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EL ITINERARIO DEL SER 1ª parte (Lluís Pifarré)

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por Lluís Pifarré



Indice
 
·         Prólogo
·         I. El retorno al fundamento
·         II Parménides: Identificación entre el ser y el pensar
·         III Platón: El ser como “mismidad”
·         IV Plotino: El Uno por encima del ser
·         V Aristótels: El ser como sustancia
·         VI Averroes y Avicena: El ser en la filosofía árabe
·         VII El ser en la Edad Media
·         VIII Suárez: El ser como “esencia real”
·         IX El ser en la filosofía racionalista
·         X Wolff: El ser como posibilidad
·         XI Kant: El ser como “en sí” incognoscible
·         XII Hegel: Identidad entre el ser y el no-ser
·         XIII Kierkegaard: El ser como opuesto a la existencia
·         XIV Nietzsche: El ser como apariencia
·         XV Heidegger: El ser como temporalidad
·         XVI Consideraciones sobre el “actus essendi”
·         XVII El “esse” y la inmortalidad del alma




PROLOGO

Hacer luz sobre la realidad del ser constituye una de las tareas más apasionantes que puede realizar la mente humana, sobre todo después de la resonante denuncia heideggeriana sobre el olvido del ser,un olvido que ha venido gravitando desde hace siglos en el pensamiento filosófico y que ha supuesto una progresiva e inevitable ruptura de la especulación filosófica respecto de la realidad.

Diversos filósofos -especialmente a partir de la segunda mitad de nuestro siglo- han abordado la temática del ser como acto, y merced a sus meritorias y competentes investigaciones han conseguido recuperar para el discurso filosófico esta trascendental e importante cuestión del actus essendi, llevándola a niveles de elaboración y esclarecimieniento especulativo francamente espléndidos. Entre estos pensadores podríamos destacar a Aimé Forest, Cornelio Fabro, Etienne Gilson, Carlos Cardona, Clemens Vansteenkiste, etc..

Uno de los propósitos de este libro es el de ofrecer a los amantes del saber -en expresión clásica- , y especialmente a los estudiantes universitarios, una serie de concisas reflexiones históricas sobre esta capital cuestión, con el objeto de que puedan progresar en su conocimiento -a veces tan desconocido- y se vayan familiarizando cordialmente en la fecunda e inagotable realidad del ser. Este conjunto de reflexiones las hemos ido desarrollando siguiendo el hilo de los más significativos pensadores de la historia de la filosofía.

Es indudable que la pretensión de confeccionar unas condensadas reflexiones sobre un tema de tanta envergadura, conlleva una cuidadosa y exigente labor de síntesis y concreción expositiva para eludir la posible trivialización manualística de las cuestiones desarrolladas. Por ello, y rememorando el sabio consejo de Ortega de que la claridad es la cortesía del filósofo, hemos procurado transmitir con la mayor nitidez y brevedad posible las nociones más fundamentales de lo que han pensado,sobre la realidad del ser, estos importantes filósofos que hemos seleccionado. Eso ha significado que a priori tuviéramos que renunciar a los estimulantes comentarios que suscitaban sus hondas consideraciones. También hemos intentado -dentro de lo que puede permitir un tema tan rico y complejo - utilizar un lenguaje lo más claro e inteligible posible, con el fin de hacer más fácil y asequible su lectura.

Nos sentiríamos sobradamente cumplidos si esta resumida investigación sobre el ser, fuera un eslabón más que contribuyera a conectar con las hondas cuestiones que interpelan al espíritu humano y que de siempre han estimulado el interés especulativo de los grandes pensadores de la historia de la filosofía.



I.- EL RETORNO AL FUNDAMENTO

Es mérito de Heidegger el haber vuelto a plantear con toda su radicalidad en el ámbito de la filosofía contemporánea, la pregunta por el ser, y la ineludible exigencia de hacernos luz sobre su realidad. Esta pregunta constituye una de las cuestiones más acuciantes y capitales que el pensamiento actual se puede hacer, ya que sin la adecuada aclaración de que es el ser, la especulación filosófica se halla a ciegas en su mismo punto de partida. Heidegger es el filósofo del S. XX, que pretende por ello, independientemente del juicio de valor que nos merezcan sus conclusiones, el retorno al verdadero fundamento, y este fundamento lo establece mediante la radical reducción de la realidad al ser, al igual que siglos antes ya lo había efectuado Sto. Tomás con su doctrina, todavía hoy poco comprendida, del actus essendi.

Heidegger sostiene la provocadora y desafiante afirmación de que el ser, a partir de Parménides, ha caído en el olvido (Vergessenheit) en el horizonte del pensamiento filosófico. El pensador alemán, considera que las primera grietas de este olvido aparecieron en el momento especulativo en que la verdad y actividad del ser como acto (enérgeia) fue sustituida por la prioridad de la esencia como contenido real. Una concepción del ser que comienza con el esencialismo platónico y que ha originado, lo que Heidegger denomina como la desontologización del ser, la caída y pérdida del ser, en el sentido de que el ser, de forma progresiva, se ha ido vaciando de su contenido existencial, desembocando en el olvido especulativo.

Esta desontologización del ser, se ha ido intensificando en la sucesión histórica de los diversos sistemas filosóficos, especialmente en el pensamiento de Descartes, al indagar la existencia como fundamento del ser, en el acto mismo del pensar propio: Cogito, ergo sum", y que tendrá su culminación en la filosofía de Hegel al subsumir el ser, como última determinación objetiva de la realidad, en el proceso dialéctico de la idea absoluta, originada y concebida en el interior de la conciencia subjetiva, lo que le ha llevado al ser como actualidad real, a su total empobrecimiento. Heidegger también acusará al escolasticismo formalista y decadente, como otra de las causas que han propiciado el olvido del ser. Una acusación de la que por diversos motivos tiene su parte de razón, puesto que la escolástica de tipo formalista concibe el estatuto de lo real, mediante el plexo esencia-existencia, donde la esencia es el contenido fundamental del ente y la existencia es el mero factum o simple resultado de la realidad del ente. En estas condiciones, el ente se interpreta como la esencia realizada, o como la cosa cosificada, mediante la creación divina. No obstante, y, a pesar de su lúcida denuncia, Heidegger se confunde gravemente cuando implica a la metafísica tomista, en esta corriente del escolasticismo formalista, fundado en un esencialismo logicista, poniendo de relieve con esta injusta implicación, su notable desconocimiento del pensamiento de Sto. Tomás, especialmente en lo que se atañe a su filosofía del actus essendi como acto propio y constitutivo del ente, acto radical y último de toda realidad y, en consecuencia, de cualquier predicación fundada.

Al margen de las múltiples interpretaciones que se han efectuado del pensamiento de Heidegger, debemos constatar, que su denuncia sobre el olvido del ser ha supuesto una sana terapéutica para intentar superar las doctrinas inspiradas en el esencialismo del ser. También debemos subrayar su afán por recuperar el ser de la realidad, con el ambicioso objetivo de que la filosofía como tal, vuelva a encontrar el sendero perdido que le permita emerger de la estéril especulación en la que ha desembocado el pensamiento occidental, una vez que la confusa filosofía moderna, con la absoluta decadencia del idealismo, ha agotado ya el ciclo de sus posibilidades especulativas, al quedar presa en las redes del reduccionismo empirista.



II.- PARMENIDES: IDENTIFICACION ENTRE EL SER Y EL PENSAR.

Hechas estas breves consideraciones sobre Heidegger, la pregunta surge de forma inevitable: ¿fue Parménides -según dice el pensador alemán- el filósofo que concibió la realidad del ser como presencia iluminadora i desveladora, que le permitió justificar la realidad presencial de los entes?. Para esclarecer este supuesto heideggeriano, recordemos que la cuestión fundamental de la que se hicieron cargo los primeros pensadores griegos se formuló de la siguiente manera: ¿de que materia física está constituída la naturaleza?. Para algunos de ellos esta materia como elemento primario (arjé) estaba constituída por agua, por aire o por fuego. Frente a ellos, Parménides intentará superar esta concepción unilateral y fisicista, afirmando que la realidad primigenia o principio primero está hecha de ser, puesto que las cosas tienen en común la propiedad de ser, es decir, son. Por tanto, el ser es la única propiedad que tiene todo aquello que es: el ser es la raíz última de todas las cosas existentes.

Por este motivo en la historia de la filosofía se considera a Parménides como el pensador que supo llevar la especulación filosófica a su verdadero lugar. Con su filosofía, hace su aparición la metafísica como presupuesto inicial, pero no la metafísica -como a veces incorrectamente se la interpreta- como un ir simplemente más allá de lo físico, sino como arranque originario por la pregunta fundamental sobre el ser del ente, en cuanto el ente es lo primero que aprehendemos al enfrentarnos con la realidad. El pensamiento de Parménides no se va a circunscribir en las cosas físicas, como ocurría con los anteriores filósofos, sino que va a tratar de las cosas en cuanto son , es decir, en cuanto son entes. El ente será su gran aportación filosófica.

Si afirmamos que el primer principio (arjé) es agua, aire o fuego, de algún modo se entiende lo que se pretende decir, por su misma simplicidad, pero si decimos que todo es ser, deberemos legítimamente preguntarnos ¿y qué es el ser?. Y aquí empiezan las dificultades, puesto que Parménides nunca nos dirá que es el ser, en qué consiste, que sin duda es lo importante y decisivo, sino que sólo nos dirá lo que es el ser, cuáles son sus propiedades, un lo que es, que en consecuencia aparecerá revestido de aquellos atributos propios de la total identidad. El ser, nos dirá Parménides, es uno en su radical materialidad, inmóvil, imperecedero, necesario, siempre presente... Para conocer en rigor el ser que se manifiesta eternamente a través de los entes particulares, entes que son perecederos, contingentes y plurales, no podemos utilizar el acceso de los sentidos, de la experiencia sensible, sino solamente la vía del nous o de la razón. El pensamiento será, por tanto, el único medio que tenemos para conocer el ser, más aún: el nous mismo forma una esencial identidad con el ón, el ser como tal.

La vía del pensamiento es así para Parménides la vía de la verdad, aquella que nos conduce al conocimiento del ser. En cambio, mediante los órganos de la sensación, que son los únicos que poseemos para conocer la existencia de lo sensible, ya no estamos en condiciones para poder conocer el ser con sus propiedades esenciales de unidad, inmutabilidad e identidad,puesto que la sensación como vía de conocimiento, sólo puede captar la diversidad y el cambio de las cosas concretas y singulares. La sensación, en estas condiciones, no puede conocer el ser como lo común y real de los entes, por lo que su conocimiento tendrá la validez de simple opinión o doxa. Las cosas, si las consideramos con el pensamiento o nous, antes de ser rojas, duras, calientes o sonoras, presentan una propiedad común a todas ellas: son. El ser es, por tanto, su propiedad esencial que solamente se manifiesta al nous. Las cosas vistas desde esta perspectiva noética, por medio de la razón, son ahora estrictos entes. El ón y el nous presentan en el pensamiento de Parménides una indisoluble conexión esencial, de modo que no se da el uno sin el otro. En este sentido es lo mismo el ser y el pensar.

Es innegable que las cosas sensibles y particulares aparecen y desaparecen de forma incesante; van cambiando, menguan y llegan a su fin. Surge así, la pluralidad, la diversidad, la mutabilidad y su consecuente caducidad, características, todas ellas, inaplicables a la concepción del ser inmutable e idéntico, tal como lo formula Parménides. Puesto que las cosas singulares conocidas mediante la sensación, no responden a las exigencias esenciales del ser, Parménides acabará sosteniendo que no son. En estas condiciones, no hay nada real, sino sólo el ser. Pero si resulta, que mediante la experiencia sensible no podemos tener ningún conocimiento de los atributos propios del ser, de lo absolutamente uno, imperecedero y eterno, libre de cambio, entonces se desprende que si la verdad del ser no la podemos conocer a través de la experiencia sensible, el ser sólo lo podemos conocer mediante el pensamiento. El ser, se convierte así, en un puro objeto del pensamiento. La concepción parmenídea del ser, se aleja irreversiblemente de la interpretación heideggeriana del ser como acontecimiento y presencia fenoménica, fundamentalmente por la confusión que tiene entre el ente verdadero y el ente real. Del mundo de las cosas particulares, infinitamente variado, incluidos nosotros mismos como entes singulares, no se puede decir que sea, es sólo mera apariencia, una simple ilusión.

Para Parménides, sólo aquello que es, existe; ser un ser es existir, existir es ser un ser. No hay conciliación intermedia entre ser y no ser. Pero si siguiendo su pensamiento identificamos su concepción del ser con el existir que es accesible a la experiencia, desembocamos en una serie de consecuencias antitéticas e irresolubles, puesto que si al modo de ser propio de las cosas particulares comúnmente lo denominamos como existencia, ya que no tenemos experiencia perceptiva de ningún otro tipo de realidad, surge una infranqueable diferencia entre ser y existir. Las cosas particulares cuya verdadera existencia las conocemos mediante la experiencia,son para Parménides, mera apariencia, ilusión; no son, no tienen ser, y lo que es, al no ser accesible a la experiencia, no existe. En esta tesitura se inicia en la historia del pensamiento el principio de que si el ser es verdaderamente, nada debería existir, porque el ser es lo opuesto a la existencia, ya que en el ser no hay nada que pueda dar cuenta del hecho de la existencia como tal. En los albores del pensamiento humano, la existencia actual aparece en desconexión con el ser, y en la modernidad de la filosofía existencialista, se interpretará como una fisura o agujero que ha enfermado y debilitado al ser.

En Parménides, a pesar de lo que diga Heidegger, ya está implícito el germen de la escisión del ser con la existencia, que culminará en el idealismo alemán, iniciándose con ello, el resquebrajamiento del pensamiento como vía de la verdad y la experiencia sensible como vía de la apariencia. Ello conllevará una serie de consecuencias inevitables; puesto que el ser es inmóvil y radicalmente uno, lo que implica que el movimiento no es", con lo que no será posible la física como ciencia filosófica de la naturaleza. Si el movimiento es, entonces se precisa de una idea del ser muy distinta a la que sostiene Parménides. Esta será la gran cuestión con la que se van a enfrentar los filósofos griegos posteriores, y no se encontrará una adecuada solución hasta la llegada de Aristóteles.

Al no poder compaginar Parménides los atributos del ser con los predicados de la experiencia, el ser se le ocultará y le quedará absorbido en la esencia abstracta del puro pensamiento, al desvincularse de su referencia óntica y fáctica, con lo que nos encontramos bastante alejados de la pretensión heideggeriana de interpretar el ser parmenídeo como desocultamiento y desvelamiento de su fenomenidad mostrativa y patentizadora.

A pesar de los escasos fragmentos que conservamos de Parménides, es indudable el gran avance filosófico que supuso su pensamiento respecto a los filósofos presocráticos anteriores a él. Es indiscutible su talento metafísico para intentar penetrar el ser en lo más profundo de lo real, y su ambicioso objetivo por hallar la raíz y ultimidad de todo lo que hay, que en definitiva es la cuestión fundamental que incita la especulación de los verdaderos filósofos. Se puede sostener, que el ser del ente (das Sein des Seienden)en terminología heideggeriana, fue entrevisto por él, en cuanto la verdad, iluminada por el acto de conocer, expresada en el juicio, consiste en decir y pensar lo que el ente es, pero esta brecha de una posible luz sobre el ser se eclipsará en cierto modo, en la ontología griega clásica.


III.- PLATON: EL SER COMO MISMIDAD".

Para Heidegger, Platón ha sido el filósofo que más ha contribuído a la pérdida del ser, iniciando el itinerario de su esencialización del que ya no se recuperará. El ser se irá empobreciendo progresivamente de su contenido real y mostrativo a costa de trasponer y transferir su realidad como acto, al mundo de las ideas formales e inteligibles como sustrato de su verdadero fundamento.

Frente al ser absolutamente cerrado y circular de Parménides, Platón opondrá lo que comúnmente se ha denominado su idealismo.Entre los múltiples objetos de conocimiento, Platón querrá averiguar cuáles son aquellos que merecen el título de ser, y llegará a la conclusión que lo que hace que un ser sea verdaderamente, y esta es una de las claves centrales de su pensamiento, es que sea su propia y proseguida mismidad, es decir, que sea lo mismo con respecto a sí mismo". Lo esencial del ser y que determina que sea verdaderamente un ser es, por tanto, su propia mismidad, restableciendo así la relación parmenídea entre identidad y mismidad.

En su búsqueda del ser, Platón descubre las Ideas. Indagando en el mundo de las cosas sensibles, observa que éstas no son en sentido pleno y verdadero, puesto que son y no son, aparecen y desaparecen, y en sus contenidos cualitativos no poseen una acabada perfección. Pero para saber esto, previamente tenemos que conocer lo que son las realidades plenas, y perfectas sin restricciones. Pero como resulta que nada de lo que conocemos mediante la experiencia sensible posee esta exigencia de plenitud y perfección, Platón deducirá que nuestras almas antes de incardinarse en el cuerpo sensible, han contemplado la plena belleza y perfección de las Ideas. El contacto con las cosas sensibles nos provoca el recuerdo o reminiscencia (anámnesis) de las Ideas en otro tiempo contempladas. Es así, que el ser que buscaba Parménides, no está en las cosas, sino fuera de ellas, en el mundo de las Ideas. Estas Ideas son reales seres metafísicos, unas, inmutables y eternas, sin mezcla de no-ser, ya que son en absoluto. Las Ideas son el modelo o paradigma de las cosas del mundo sensible. Estas cosas, son en la medida que reflejan la realidad de las Ideas y en su particular forma imitan lo que aquellas son. La relación entre el mundo de lo sensible y el mundo inteligible de las Ideas se realiza ontológicamente mediante el concepto de participación (en el sentido de que las cosas sensibles toman parte de un todo constituido por las formas ejemplares de las Ideas). En cuanto participan de la forma de las Ideas, las cosas son en cierto modo, pero al participar sólo en parte, no son de modo pleno y verdadero. Desde la perspectiva de las Ideas, podemos conocer que las cosas sensibles que simultáneamente son y no son, pueden llegar a ser y dejar de ser, cambien y se muevan, y a pesar de ello no contradigan los predicados del ser (contradicción que no pudo superar Parménides), haciendo compatibles la unidad del ser con la multiplicidad de las cosas cambiantes. Por tanto, las cosas sensibles no tienen el ser por sí mismas, sino que lo tienen recibido, participando de otras realidades que están fuera de ellas mismas: las Ideas.

Para Platón, como antes indicábamos, lo que hace que un ser sea verdaderamente un ser, es que sea lo mismo con respecto a sí mismo. La verdadera realidad se encierra en la permanencia de lo que siempre es lo que es, o en lo que es idéntico a sí mismo. La persistencia de la autoidentidad propia, que se manifiesta como absoluta unidad y mismidad, constituye el rasgo más intrínseco de lo realmente real, que es el ser o Idea. En el pensamiento platónico, cuanto más ser tiene una cosa, tanto más cognoscible es. Las Ideas al ser lo máximo como ser, son lo más inteligible; el conocer y lo conocido, como ya había sentenciado Parménides, son una y la misma cosa, pero no como acto de conocer, sino como realidad del ser. Una posición metafísica pura, que el mismo Hegel la pondrá como eje de su pensamiento. Si en Platón son equiparados el ser y la inteligibilidad, es porque antes el ser ha sido equiparado con la autoidentidad que es lo más propio del conocimiento abstracto. Por eso, definir el ser como autoidentidad es una de las tentaciones permanentes del intelecto humano, pues al igualar la realidad con la identidad se hace ser a la realidad lo que debiera ser según el pensar, para que resulte totalmente inteligible. En estas condiciones, el pensamiento se complace a sí mismo contemplando las esencias mismas de los objetos construidos por la mente (falsedad cognoscitiva, pues el pensar no construye, sino que posee), para satisfacer sus necesidades especulativas. Y es que más allá de la complejidad de las cosas concretas y particulares, se obtiene la simplicidad de las especies universales, reduciendo abstractamente la diversidad de los sensibles, a la igualdad y unidad de su idea común, mediante el artificio lógico.

En este punto nos podemos preguntar a qué se refiere Platón cuando dice que una Idea es, especialmente, si tenemos en cuenta la ambigüedad en la que se desenvuelve el término ser". El término ser, puede significar el hecho de que es, o significar aquello que es, su esencia. Algo se puede aclarar si nos apercibimos que Platón desconoce el primer significado, referido al ser como acto, y que tiene un marcado carácter existencial, y sólo concibe del ser el segundo significado que tiene un carácter puramente esencial. Para él, una Idea es, en cuanto es exclusivamente lo que es: su propia autoidentidad. Y en sus hermosos diálogos no nos dará ninguna otra respuesta, en la medida que no se cuestiona ninguna pregunta inspirada en supuestos existenciales. Pero esta noción del ser a primera vista tan sencilla e inte- ligible, pronto aparecerá llena de dificultades. Parménides había formulado explícitamente que lo que es es, y aquello que no es, no es". Frente a ello, Platón dirá que las cosas son pero no del todo. No establece la radical contraposición parmenídea entre el ser y el no-ser, la realidad y la apariencia, sino que admitirá que en la apariencia hay algo de realidad. La oposición ya no es entre el ser y el no-ser, sino entre lo que es realmente real: la Idea, y aquello que, aunque real, no lo es plenamente: las cosas sensibles.

Esta postura ambivalente y equívoca respecto de lo real que no es, nos desvela la indiferencia del platonismo respecto al orden del ser actual, pues en este marco, no puede haber oposición intermedia entre el ser y el no-ser, puesto que en el ser como acto, una cosa es acto o no lo es, y entre estas dos posibilidades no existe efectivamente término medio. En esta plano de la existencia real o ser actual, la mismidad se concibe como que cada ser es lo mismo consigo mismo, sólo una vez, en la medida que es distinto de las demás cosas (en cuanto se puede ser de diversos modos). Por tanto, la unidad como la mismidad son insuficientes para explicar la complejidad y multiplicidad de lo real existente. En Platón, lo verdadero está referido a lo que lo real es, no a que es, desvinculándose del contexto existencial de Parménides. En esta situación la esencia se convierte en la propiedad de lo realmente real como tal, haciendo que un ser sea un ser con respecto a sí mismo, en su persistente mismidad, en cuanto que en esta causa metafísica se funda su propia autoidentidad.

La cuestión se complica si se acepta el principio metafísico de la autoidentidad como causa fundamental de la Idea, ya que antes habrá que aclarar como una Idea puede ser autoidéntica, sin ser distinta en tanto sí misma y en tanto que idéntica. Ciertamente es un problema saber como sea posible para una multiplicidad de cosas sensibles, participar en la unidad de su Idea común, pero también lo es comprender como una y la misma Idea en el cosmos noetós, puede participar de su propia y solitaria unidad, puesto que es indudable que si una Idea es autoidéntica, es una. La total e interna igualdad no es nada más que total unidad, pero entonces resulta que es la misma cosa decir que una Idea es autoidéntica, que decir que es y simultáneamente decir que es una, surgiendo un inevitable conflicto especulativo, pues si la idea de justicia es lo que es ser justo, la idea de igualdad es lo que es ser igual, la idea de agua es lo que es ser agua, etc., cada una de estas ideas es, por una parte, sólo aquello que ella es, pero al ser cada una de ellas una, de forma común están participando de un modo semejante en otra Idea que es la unidad misma de sí misma. La unidad está entonces, con respecto a cada una de las diversas ideas, en una relación similar a la que hay entre una Idea dada y sus múltiples individuos, entre el género y la especie. Si nos referimos a su carácter común que es el ser realmente real, entonces la Idea es, porque es una, el ser es, porque es uno. Así, todo lo realmente real es un ser que es uno, o también un uno que es, apareciendo conjuntamente el compuesto del uno y del ser. Pero entonces, el ser no es simple, sino compuesto de dos partes, cada una de las cuales también está compuesta de dos partes, ya que se puede decir que un ser es uno y que ser uno es ser. Con lo que la más simple de las Ideas no sólo es una, sino que encierra una multiplicidad virtualmente infinita. Identificar el ser con lo uno, que bien entendido es algo verdadero, le acarrea a Platón contradictorias e irresolubles paradojas: si la condición del ser es que sea el mismo, la condición del no-ser será que sea lo otro", y como todo ser idéntico a sí mismo, es, a la vez, distinto de los otros, se deduce que el ser será al mismo tiempo no ser. Una situación que hace aparecer en escena el punto de partida hegeliano, puesto que faltándole a Platón el concepto de potencia, su doctrina se ve amenazada de un monismo absoluto, o por contra, de una flagarante contradicción. Para salir de este embrollo, Platón considerará lo uno mismo en sí mismo, ya no como ser, sino como meramente uno. Lo uno será, entonces, distinto del ser, sin relación entre ellos. El horizonte matemático del último Platón, se justifica por sí mismo.

Refiriéndonos al concepto de mismidad, también surgen dificultades. Si el ser es idéntico con la igualdad, entonces es igual a sí mismo, no habiendo diferencia entre el ser y la igualdad. Esto supone que no podremos aplicar el ser dos cosas distintas, con lo que se hace ininteligible el hecho esencial en Platón de la participación, tanto de las Ideas entre sí con la Unidad, como el de las cosas sensibles respecto a las Ideas. Para evitar estas consecuencias que tornarían en inexplicable todo su estatuto especulativo, y evitar tener que admitir una Idea que corresponda a la esencia de cada una de la infinidad de cosas existentes, Platón se decantará en sus últimas obras por una interpretación pitagórica que le llevará a concebir las Ideas, ya no como formas ejemplares que conllevan la integración de unos contenidos cualitativos, cuya complejidad es difícil de ser aprehendida, sino simplemente como número.

Estos números se derivarán del Uno como su sustante fundamentación. Pero no olvidemos que hasta que no se decide a transformar las Ideas en números, cada cosa sensible participa de una multiplicidad de Ideas, no sólo diferentes, sino en ocasiones opuestas (se participa a la vez de la altura y la pequeñez, de la mente y el cuerpo, de la justicia y la injusticia, etc.). Esta mezcla de Ideas en las que se encuentran involucrados los seres sensibles, le lleva a la consideración de que en el mundo de las Ideas inteligibles existe también una mezcla entre las Ideas mismas, puesto que al fin y al cabo, el mundo de lo sensible (cosmos oratós), es un reflejo e imitación del mundo de las Ideas (cosmos noetós). Es así, que la justicia participa de la igualdad, la igualdad de la cantidad, la cantidad del número, etc. Pero si cada Idea entraña una multiplicidad de relaciones, siendo, a pesar de ello, ella misma en si misma, no podremos hallar en la mismidad del ser, la causa de sus relaciones. Esto le impulsará a Platón a buscar, más allá del ser, un principio supremo y causa de aquello que el ser es, que le permita justificar la interna consistencia de cada una de las Ideas y el hecho de su mutua compatibilidad y armonía. Será en su obra La República, donde establecerá que lo realmente real; el ser de las Ideas, no es el principio supremo, puesto que por encima y superior a la esencia (ousía) se encuentra un principio que está más allá del ser. Tal principio es el Bien que al estar por encima del ser lo supera en poder y dignidad, pero también al estar mas allá del ser que es, el principio supremo, él mismo, no es. En la filosofía de Platón aparece el presupuesto de que lo realmente real; el ser, depende de algo superior que no es real, que lo cognoscible del cosmos noetós, del mundo ideal, procede y se fundamenta en un principio incognoscible. Ya designe este principio último y superior como lo Uno o el Bien, se pone de manifiesto que en el platonismo, el ser y la inteligibilidad de su realidad, a partir de un determinado momento de su pensamiento, ya no rigen como lo supremo.

Continua >>>>>

Etiquetas: Metafísica
05/11/2005 ir arriba
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