La
Razón (Madrid)
18 de noviembre de 2005
Las jaurías tertulianas de la radio
suelen lanzarse sobre los asuntos de
actualidad a veces con profundo
conocimiento de causa, en ocasiones
sin otras referencias reales que la
apariencia, el maquillaje, el barniz
superficial. Cuando el Gobierno,
pasándose triunfalmente por el arco
de la victoria a la Real Academia
Española y al Consejo de Estado,
decidió llamar matrimonio a las
uniones entre homosexuales, las
divagaciones sobre asunto de tanto
calado intelectual como el amor
conyugal alcanzaron en ocasiones
cotas cercanas al delirio.
Por eso
reconforta tropezarse con un libro
como el que acaba de publicar Pedro
Juan Viladrich:
El amor
conyugal entre la vida y la muerte.
Sin una sola concesión, con el
máximo rigor científico, el autor
analiza, desde la más alta reflexión
ontológica, el matrimonio y el amor
conyugal en un ejercicio de tensión
filosófica que no decae en un solo
párrafo.
El
amor, para Viladrich, no es lo mismo
que nuestra naturaleza biológica,
psicológica y sociocultural, aunque
se nutre de ella. Hay un además, un
principio de vida "que no se pasa
entre lo que nos pasa y se pasa". En
la conyugación del varón y la mujer,
cristalizada en matrimonio, hay que
distinguir por un lado su in
fieri, es decir, el pacto, y
por otro, el vínculo, el in
facto esse. El consentimiento
real, en efecto, es causa eficiente
del matrimonio. Practicar el sexo no
resulta motivo de unión conyugal, ni
tampoco prueba de amor. Non
concubitus sed consensus matrimonium
facit. Pero el pacto que
legaliza la unión no es por sí solo
matrimonio. Sin el amor profundo que
vincula se desvirtúa la esencia
matrimonial. Definir el matrimonio
sólo como un contrato significa la
deglución del in facto esse por un
caníbal in fieri. Afirmar
que ese contrato es indisoluble
terminará por colisionar con la
realidad. "Acabará, imponiéndose
-afirma Viladrich- la lógica de éste
in fieri glotón y
sustantivado: si el matrimonio es el
contrato, entonces es tan
indisoluble como cualquier contrato,
pues lo que el consentimiento funda,
el mismo consentimiento puede
cancelarlo".
Instalada la concepción del
matrimonio en una dimensión que
sobrepasa al pacto, al contrato, la
dinámica amorosa ínsita entre varón
y mujer se transforma y robustece en
vínculo de amor debido. Estamos ya
en "la inaudita y extraordinaria
tridimensionalidad de la vida
unitiva que entraña el amarse" y que
sólo "la heterosexualidad humana
contiene en todos sus componentes".
El varón y la mujer se transforman
en el nosotros y de esa
tridimensionalidad -el yo, el tú y
el nosotros- derivarán los hijos con
"la experiencia de vivir asistiendo
a los conflictos, desavenencias,
separaciones y desintegraciones de
la unión y del consenso entre sus
padres, precisamente en cuanto
cónyuges". Y, claro es, en la otra
experiencia del amor espiritualizado
y profundo, que comprende el sexo y
el contrato, pero que los supera y
trasciende.
La
cobiografía de la unión conyugal,
del matrimonio verdadero, al que se
refieren Scheler y Schopenhauer,
también Ortega y Gasset, tiene poco
que ver con las muchas formas de
relacionarse sexualmente, pues está
"depositada desde el principio en la
naturaleza de la heterosexualidad
humana". Es la potencia profunda de
la conyugación íntima. Viladrich
explica la evolución del amor en el
matrimonio en función de tiempo y
edad. No se ama siempre igual que el
primer día. Lo que algunos
especialistas en psicología
experimental llaman "la parábola del
corazón amante" descifra la realidad
del amor que muda desde el período
liminar de la ilusión hasta la
plenitud y la melancolía final.
Esa
gozosa realidad cobiográfica
transformará en una sola carne el
amor de los esposos, la carne
enamorada que invita a la
fecundidad, a la paternidad y
maternidad del hijo común, a la
prolongación del nosotros. Es la
sacralización procreadora, "el
latido de la persona en la intimidad
de su carne conmovida", como escribe
bellamente Viladrich. En la estancia
matrimonial del amor conyugal hay
unión en el ser (entre las personas)
y no sólo en el obrar (las dinámicas
de la sensualidad sexual).
El
autor de El amor conyugal entre
la vida y la muerte ha
colocado, sobre la mesa científica
de la disección, el ser matrimonio,
el ente matrimonio; para desarrollar
una profunda reflexión ontológica y
caminar filosóficamente desde las
dinámicas unitivas según la carne,
al vínculo entre las personas, según
el espíritu. La humanidad del varón
y la mujer, en sus cuerpos y almas,
así conyugada, queda explorada y
analizada de forma pródiga y
certera.
El
corazón amante, en fin, siente
sinceramente que ese amor, esa unión
conyugal, es para toda la vida
aunque se produzca en ocasiones "la
belleza del castigo", las
disensiones circunstanciales de las
que hablaba San Agustín en De
gratia et libero arbitrio,
fruto inestable de la plenitud de la
relación matrimonial. El poeta, en
fin, trasciende el "para toda la
vida" en el amor constante después
de la muerte: "Su cuerpo dejarán, no
su cuidado; / serán ceniza, mas
tendrá sentido; / polvo serán, mas
polvo enamorado".
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