| Por José Luis Olaizola
Premio Planeta, colaborador de Arvo.
Con su letra picuda y elegante, las palabras y las frases bien puntuadas, como corresponde a la educación antigua, me cuenta en su última carta que para ella hacer el amor tiene poco que ver con lo que explican en determinados programas de divulgación cultural, en los que suelen participar -me dice- gente de muy poca clase. «Para mí -copio literalmente-, hacer el amor fue conocer a un hombre que sería después el padre de mis diez hijos. Yo sólo tenía diecisiete años, y él veinticinco. Lo conocí en una carrera de caballos, en Sanlúcar de Barrameda, en la que había corrido y ganado una copa. Estaba destinado aquí, en Jerez -que es de donde me escribe la enamorada-, en el regimiento de lanceros de Villaviciosa, pero yo no le conocía porque todavía iba al colegio, y en casa me consideraban muy niña, ya que era la quinta de siete hermanos y la más pequeña de las tres niñas. Como es lógico, mis padres no me dejaban salir con él, y tuvo que esperarme un año. Durante ese tiempo, él, a mediodía, a la salida del colegio, iba a caballo a verme de lejos...»
Al llegar a este punto del relato a mí me dan ganas, bajo un punto de vista estrictamente literario, de ponerme a aplaudir. ¿Pero ustedes se lo imaginan? ¡Qué hermosura! El teniente de lanceros, caracoleando su caballo, las herraduras levantando chispas sobre el adoquinado del paseo y mi bella comunicante fingiendo un pudor que estaría muy lejos de sentir, ya que, muy por el contrario, en aquellos momentos sería una joven ardiente y arrebatada. ¿Qué mujer, a los diecisiete años, cortejada por un teniente de lanceros, no lo sería? Le he pedido que me envíe una foto de entonces, es decir, de hace sesenta años, porque ahora mi comunicante tiene setenta y siete y un dolor muy grande en el corazón porque se le acaba de morir una hija mayor dejando nueve hijos, algunos muy pequeños. ¿Qué será de esos niños?, me decía en su primera carta. Yo le contesté, por si le servía de consuelo, que mi madre murió cuando yo sólo tenía un año, dejando, también, nueve hijos, y que todos han salido adelante de manera admirable.
Prosigo con su carta de amor: «Luego, por las noches, paseaba por delante de mi casa para verme en el balcón, o se subía a la azotea del Casino, desde la que se veía la de mi casa; al año, más o menos, nos hicimos novios. Nuestro noviazgo fue "pelar la pava", para lo que yo bajaba a una ventana enrejada (y con mosquitera), hasta que nos consintieron hablar en la cancela del patio. Todo esto es lo que yo creía que era "hacer el amor". Luego, como hombre y mujer, ya casados, comenzó nuestra vida sexual que Dios dispuso para con gozo tener hijos. A pesar de las muchas oposiciones, aquellos años de novios fueron muy felices. Y en mi matrimonio fui doblemente feliz. Cuando me quedé viuda, a los veintidós años de casada, con diez hijos, no sé cómo pude seguir viviendo.» Pero, claro, pudo y durante treinta años ha tenido problemas de todas clases con tantos hijos, y ahora esa pena tan grande de que se le muere una hija, que ya no se le pasará nunca -me dice-, y me parece muy bien.
¿Cómo se puede olvidar semejante dolor?
Estos amores antiguos eran intensos, hermosos y dramáticos. Mi comunicante, parafraseando al poeta, podría decir: «Confieso que he vivido.» Pero no sólo con palabras, sino con hechos.
Los amores de ahora no tienen por qué ser distintos, pero a veces lo son. Por precipitación y exceso de manoseo. « ¿Tienes novio, niña?», le preguntas a una joven. Y te puede contestar: «No. Tengo amigo con derecho a beso.» Y no preguntes dónde, porque te pueden sacar los colores. Porque esa es otra. El asunto de los besos se ha convertido en un uso social muy complicado. Según el modelo francés, nos besamos a diestro y siniestro en cócteles y recepciones, de manera que esa aplicación de los labios sobre piel ajena como muestra de afecto o respeto -así define el beso el Diccionario de la Academia-, se está desvirtuando.
Por la semántica comienzan muchos desórdenes. No soy partidario de amigos fuertes ni de amigos con derecho a beso que encubren situaciones confusas. Ni soy partidario de hacer el amor. El amor no se hace, se vive. Con todas sus consecuencias. A veces esas consecuencias, como le ocurre a mi comunicante, son diez hijos, treinta y siete nietos, una viudez temprana y un millón de dolores. El amor es una cosmogonía que, al margen de las leyes físicas, nos explica cómo y por qué fue creado el universo una mañana de abril en la feria de Jerez.
Por supuesto que hay otra clase de amor, el que simplemente se hace. Pero ese, háganme caso, no vale la pena.
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