Por Pedro María Gutiérrez
Me contaban los padres de un niño - entonces de once años -, que atravesaban unos días un poco difíciles y discutían con alguna frecuencia. Una noche aquel pequeño, oyó a su madre decir acaloradamente a su marido: «pues sabes lo que te digo... ¡que estoy harta! ¡me oyes? ¡harta!, y por tanto, mañana me voy con mi madre; a ver cómo te las arreglas tú solo con los niños». Pasado el mal momento , observó que el niño por la mañana se resistía a marchar con sus hermanos al colegio y que estaba sin su alegría natural. Al interrogarle, su hijo le dio una respuesta que no olvidará nunca: «mamá, si te separas...¡me mato!». Esta es la verdad pura del amor esponsal verdadero; un niño de once años estima que la unión de amor de los padres para siempre, vale más aún que su propia vida; no quiere vivir sin esa unión conyugal permanente y sin ella elige matarse. La razón de su vida radica en el amor de sus padres, que debe ser amor que está dispuesto a perdurar, a ser victorioso, amor neto que se especifica por el “siempre”. Con este amor y de este amor vive y sin él no es capaz de vivir.
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