Por Tomás Melendo Granados *
Arvo
Net 09.09.20
Esta del matrimonio es, sin duda,
una cuestión muy grave y espinosa.
Por eso no tengo más remedio que
tomármela un poco a chacota. ¡No sea
que, en vez de aprender y
divertirnos —que fue un lema muy de
moda y relativamente sano hace algún
tiempo—, consigamos amargarnos!
(Desde este mismo instante, pido
sinceramente excusas si a alguien le
molesta el tono adoptado; considero
que el sentido del humor es una de
las claves para hacer la vida más
llevadera y resolver con eficacia
problemas que, tomados
dramáticamente, con aparente
«objetividad», se tornan
insolubles).
I. ¿Por
qué decimos ¡au! (en vez de «sí»)?
1. ¿Existe diferencia entre
convivir (decir ¡au!) y casarse?
a) Como en otra galaxia
La diferencia es
abismal, como de otra galaxia.
Aunque entiendo que a veces no sea
fácil advertirla porque, ¡qué le
vamos a hacer!, al matrimonio nos lo
han vaciado de contenido.
¿Que quiénes? Pues los «vaciadores»
de turno. Es decir, como corresponde
a nuestra época masificada, las
leyes y los usos sociales (léase
de masas).
¡No el dinero, no seamos duros ni
ingenuos! ¿A quién le importa, de
veras, que en muchos países el
matrimonio se encuentre fiscalmente
desprotegido, y salga más barato
declarar como no-casado o no-casada
(y no casarse, por tanto)? ¿Y quién
protestaría porque las consecuencias
económicas del divorcio resulten más
gravosas —sobre todo para la mujer—
que las de la separación tras una
simple (o compleja) convivencia?
Eso son minucias irrelevantes, a las
que nadie hace el menor caso. Aquí
me refiero a cuestiones de más peso.
Por ejemplo, a que:
i) La
posibilidad legal de divorciarse,
amparada por más y más
Constituciones, elimina la seguridad
de que se luchará por conservar la
unión, disminuye las ganas de
combatir para lograrlo… y hace que
bastantes madres aconsejen a sus
hijas la separación de bienes, «no
vaya a ser que, después, tu
marido…»: con lo que, queriendo con
no poca torpeza evitarlo, provocan
justamente aquello que «profetizan»
(los padres, si no yerro, no suelen
meterse del mismo modo en estas
cosas; pero tampoco importa mucho).
ii) La
aceptación social y jurídica de
«aventuras» extramatrimoniales —que
siempre las ha habido (al menos, es
lo que hay que decir, y es muy
posible que sea cierto), e incluso
se han considerado como algo
«simpático»—, pero que quizá hoy
resulten más visibles y «normales»…
hace menos fácil ser fieles, si es
que no lleva a los propios cónyuges
—cosa cada vez más frecuente— a
considerar una «necesidad», un
«derecho»… o un «deber» tener de vez
en cuando un devaneo, aun con
conocimiento del otro: una especie
de pacto interno (no he dicho
«infierno», ¡eh!) que no sabría cómo
calificar.
iii) Y
la difusión masiva, indiscriminada e
incluso forzada de contraceptivos,
unida al convencimiento inducido de
su total inocuidad —espiritual,
psíquica y física—, desprovee de
relevancia y valor a los hijos,
cuando no los transforma en algo
indeseable, al tiempo que hace del
embarazo… ¡una enfermedad!
tremendamente abultada, sobre
todo en sentido metafórico: es
decir, una dolencia gravísima, que
debe ser «prevenida» o «sanada»
cuanto antes.
No
a la unicidad. No a la
simple lealtad. No a
la fecundidad amorosa.
¿Qué queda, entonces, de esa
magnitud y belleza del matrimonio de
la que algunos locos hablaban?, ¿qué
de la arriesgada aventura que dicen
que siempre ha sido?, ¿con qué
objeto «pasar por la iglesia o por
el funcionario de turno»?
A la vista de todo ello, los más
sensatos —que siempre los hay—
aseguran que lo importante es
«quererse». Y me parece verdad, lo
digo con el corazón en la mano. Pero
precisamente aquí es donde conviene
profundizar un poco.
Porque para poderse querer bien, a
fondo, con auténticas perspectivas
de éxito, hay que estar
casados.
b) Hacerse capaz de amar
Me imagino más de una cara
de asombro, pero no es algo tan
extraño. En todos los ámbitos de la
vida humana hay que aprender y
capacitarse. ¿Por qué no en el del
amor, que es a la par la más
gratificante, decisiva y difícil
—¡sí, difícil!—de nuestras
actividades?
Jacinto Benavente afirmaba que «el
amor tiene que ir a la escuela». Y a
mí me gusta mucho repetirlo, porque
es «de cajón», como decimos en mi
tierra. Para poder querer de veras,
primero hay que ejercitarse;
después, ejercitarse; y, por fin,
ejercitarse: hacer actos notables de
amor. Igual que, por ejemplo, es
preciso templar día a día los
músculos para ser un buen atleta, o
pasar muchas horas al volante
—¡cuidado con los puntos!— para ser
un mediano conductor.
Y solo la boda habilita para (poder
empezar a) amar de una manera
real y efectiva… aunque muy pocos se
lo crean.
¿Por qué?
Pido excusas por mi arrogancia, pero
ni hoy ni durante muchos siglos el
matrimonio ha acabado de entenderse
bien:
Se solía contemplar como: una simple
ceremonia (mejor cuanto más lujosa o
extravagante… en la Roma clásica, en
la Edad Media y hoy); un contrato no
rescindible; un compromiso…
Algo que, sin ser falso, resulta
demasiado pobre.
c) La esencia del matrimonio
Por eso, a falta de otro
más preparado a mano, tendré que
esbozar yo mismo de qué se trata.
En su esencia, la boda es, para cada
uno de los novios, un acto
libérrimo de amor (y, por
ende, la confluencia de ambos y lo
que de ahí se deriva). El sí
manifiesta un acto único,
excepcional, notabilísimo, por el
que me entrego plenamente a otra
persona y nos comprometemos a
amarnos de por vida.
Es «amor de amores»: amor libre y
sublime que, además y más que
obligar a hacerlo, permite
amar excelsamente.
Ese acto tan impresionante me pone
en condiciones de querer bien:
fortalece mi voluntad y la faculta
para amar a otro nivel, me sitúa en
una esfera mucho más alta: en otra
galaxia, como anticipé.
La boda capacita para comenzar a
amar de una manera superior, que
luego habrá que ir mejorando día a
día, con detalles tan menudos como
concretos y constantes.
Por eso, si no me caso, si excluyo
ese acto de donación total, estaré
imposibilitado para querer de veras
a mi cónyuge (más aún, justo por
negarme a esa entrega radical, por
falta de suficiente amor —que lleva
al claro «desamor» de no arriesgarme
a darme por entero—, me iré
progresivamente incapacitando para
amar bien).
Como quien no se entrena o no
aprende un idioma, o se niega en
redondo a hacerlo, no puede, por más
que lo desee, sobresalir en un
deporte o hablar esa lengua con
fluidez.
O, mejor todavía, como quien no se
decide a lanzarse desde un
trampolín, después de aprender lo
necesario y venciendo el miedo que
inicialmente lo acogota, nunca
estará en condiciones de saltar de
nuevo, con gusto y soltura,
mejorando progresivamente la técnica
y el estilo.
¿Puedo permitirme una cita?
A su joven esposa, que le había
escrito: «¿Me olvidarás a mí, que
soy una provincianita, entre tus
princesas y embajadoras?», Bismark
le respondió: «¿Olvidas que te he
desposado para amarte?».
Estas palabras encierran una
intuición profunda: el «para amarte»
no indica una simple decisión de
futuro, incluso inamovible, lo cual
ya es mucho; equivale, en fin de
cuentas, a «para poderte amar» con
un querer auténtico, supremo,
definitivo… imposible sin el mutuo
entregarse del matrimonio, sin
casarse.
¡Qué grande era ese Bismark!
d) ¿Repercusiones psíquicas?
Vamos por pasos: de lo
complicado… a lo más complicado aún.
A pesar de lo que afirmen ciertos
psicólogos y otros profesionales, la
convivencia íntima sin boda tiene
repercusiones psíquicas, y muy
claras.
i)
Cuando me caso establezco las
condiciones adecuadas para dedicarme
de lleno y en exclusiva a lo que mis
alumnos y bastantes otros, con toda
razón, consideran lo importante:
amar a mi cónyuge.
ii) Por
el contrario, si simplemente vivimos
juntos, todo el esfuerzo tendré que
dirigirlo, aunque no sea consciente
de ello e incluso me empeñe en
negarlo, a «defender las posiciones»
alcanzadas, a no perder lo que
parece que he conseguido.
El problema más grave, y el que
origina los demás inconvenientes, es
entonces la inseguridad. ¿Por qué?
Porque:
i) al
no existir un libre compromiso, un
«acuerdo digno» de la grandeza de lo
que está en juego, la relación puede
romperse en cualquier momento;
ii) no
tengo certeza de que el otro se va a
empeñar seriamente en quererme, en
acopiar las alegrías y superar los
roces y conflictos del trato
cotidiano: ¿debo ser yo «el tonto o
la tonta» que luche… para no ser
correspondido?;
iii) no
puedo mostrarme de verdad como soy,
«bajar la guardia»; tengo que «dar
la talla» constantemente, no sea que
mi pareja advierta defectos que no
le gustan, decida que «hasta aquí
llegaron las aguas», y considere
mejor no seguir adelante;
iv)
ante los obstáculos y contrariedades
que por fuerza surgirán, aunque sean
de poca monta, la tentación de
abandonar el empeño está muy cerca,
puesto que nada lo impide… sino más
bien al contrario;
v) con
lo que —¡fíjate por dónde!— lo único
importante, que es el amor, es lo
que pide a gritos que uno se case;
si no me caso, repito, no puedo
dedicarme a amar, a lo importante
(¡qué bien me ha quedado esto!).
En resumen, la simple convivencia
sin entrega crea una atmósfera en la
que la finalidad fundamental y
entusiasmante del matrimonio —hacer
crecer y madurar el amor y, con él,
la felicidad— pasa a un segundo
plano y resulta muy comprometida.
Pienso que no es difícil de
entender.
El ser humano solo es feliz cuando
se empeña en algo grande, que
efectivamente compense el esfuerzo.
Y lo más impresionante que un varón
o una mujer pueden hacer en la
tierra es (aprender a) amar,
normalmente a través del matrimonio.
Vale la pena emplear toda la vida en
amar cada vez mejor y más
intensamente… porque solo para eso
hemos venido a este mundo.
De ahí que, en realidad, sea lo
único que merece nuestra dedicación:
todo lo demás, todo, debería ser tan
solo un medio para conseguirlo.
«Al atardecer de nuestra existencia
—repetía un clásico castellano— se
nos examinará del amor».
(¡Y de nada más!, añado yo: todo lo
que, en mi vida, no transforme en
amor, resulta inútil, vano… o
incluso perjudicial).
e) Y una razón determinante
Por otro lado, las
estadísticas manifiestan con
claridad que esa convivencia
prácticamente nunca produce efectos
beneficiosos. Aporto solo un par de
datos.
i) El
primero, que los divorcios son mucho
más frecuentes entre quienes han
convivido «antes de» contraer
matrimonio (más bien, «en lugar de»
hacerlo).
ii)
Después, que el trato entre los
jóvenes, cuando empiezan a mantener
relaciones, y contra lo que ellos
esperarían o incluso se resisten a
admitir, se deteriora a ojos vista:
uno y otra (otra y uno: «tanto
monta, monta tanto…») se tornan más
acaparadores, más agobiantes y
posesivos, más suspicaces, más
irritables…
(Por eso quienes poseen un poco de
experiencia advierten de inmediato
cuando un par de chicos ha iniciado
ese trato íntimo).
Pero conviene ir más al fondo:
No es serio ni honrado «probar» a
las personas, como si se tratara de
perros, de motos o de instrumentos
de música; a las personas se las
respeta, se las venera, se las ama.
Pero no se las pone a prueba para
ver cómo «funcionan».
Las personas son algo tan grandioso
que, en su presencia, solo cabe la
contemplación y el amor: por ellas
uno arriesga la vida, «se juega
—como decía Marañón— a cara o cruz,
el porvenir del propio corazón».
Además, la desconfianza que implica
el «probarlas»:
No solo genera un permanente
estado de tensión, difícil de
soportar, sino que se opone
frontalmente al amor incondicionado
e «incondicionable» que está en la
base de cualquier buen matrimonio: y
si no hay base o punto de apoyo bien
sólidos, el matrimonio… se cae.
A lo que cabe añadir otro motivo,
todavía más determinante: no
se puede (es materialmente
imposible, aunque no lo parezca)
realizar ese «experimento», porque
la boda cambia muy profundamente a
los novios.
No solo desde el punto de vista
psicológico, del que he expuesto
algunos extremos, sino en su mismo
ser.
Los modifica muy hondamente. En
cierto modo los hace otros,
distintos; los transforma en
esposos, en personas capaces de amar
(sobre todo, de amarse mutuamente)
en otro plano más alto.
Como antes decía, los convierte en
extraterrestres, provenientes de
otra galaxia.
Así —como «tíos muy raros», «de otro
mundo»— los consideran también los
derrotistas agoreros del matrimonio:
los que estiman que «el amor es
imposible».
¡Pobrecillos!
Los invito a leer estas palabras de
Marta Brancatisano:
«El amor existe, es nuestro humus y
al mismo tiempo es nuestra obra,
algo que se construye con esfuerzo y
con materiales costosos. Es algo que
compromete por entero a nuestro ser:
la razón más allá del sentimiento y
la voluntad más allá del instinto.
Cae del cielo por sí solo como un
rayo en medio del cielo sereno, pero
no se mantiene por sí solo. Exige
compromiso y esfuerzo, y quien no
sabe o no quiere comprometerse, iza
la bandera blanca y colabora así a
la construcción del falso mito según
el cual el amor es una quimera».
2. «Es más fácil decir “au” que
decir cómo has “estau”»
No lo escribo solo para seguir
con la conocida cancioncilla de los
indios de Peter Pan, aunque también
un poco por eso, seamos sinceros.
Lo que sucede es que expresa
bastante bien la diferencia entre
quienes conviven y los que (¡locos!)
se arriesgan a casarse.
Estos segundos, a poco leales y
conscientes que sean, se dedican
desde el mismo momento de la boda —y
ya antes— a querer al otro e
intentar hacerlo feliz, en las
alegrías (que deben ser muchas más)
y en las adversidades (que deberían
ser muchas menos).
Las «parejas convivientes», por el
contrario, están de continuo dando
vueltas a cómo se encuentran: no a
«cómo has “estau”», por tanto, sino
más bien a «cómo “estou” yo»: que si
feliz, que si cansado, que si un
poco «depre», que si autorrealizado
(¡oh, maravilla!), que si bastante
harto, gordo, desanimado, abatido… y
separado.
Con lo que, en fin de cuentas,
parece más sencillo decir «au». Pero
a la larga resulta más eficaz y
gratificante pronunciar el «sí», con
todas sus consecuencias… también las
jurídicas y religiosas, si es este
el caso.
a) ¿Amor o «papeles»?
Todo ello a pesar de la
afirmación de que «lo importante» es
quererse, ¡que sigue siendo verdad!
O más bien, ¡ojalá quedara claro!,
a causa de lo que
implica esa afirmación.
El amor es efectivamente lo
importante.
No hay que tener el menor miedo a
esta realidad, capaz de regir toda
una existencia.
Pero ya he explicado que no puede
haber amor cabal sin donación mutua
y exclusiva, sin casarse.
Los papeles, el reconocimiento
social, no son de ningún modo lo
importante (o, al menos, lo más
importante)… pero, en cuanto
aceptación y confirmación externas
de la mutua entrega, resultan
imprescindibles.
¿Por qué?
Me pongo serio unos momentos.
Desde el punto de vista social,
porque mi matrimonio tiene
repercusiones civiles claras (más
todavía con la llegada de los
hijos): la familia es —¡debería
ser!— la clave del ordenamiento
jurídico y el fundamento de la salud
de una sociedad; es indispensable,
por tanto, que quede constancia de
que otra persona y yo hemos decidido
cambiar de estado y crear una nueva
familia.
[Tan serio quiero ponerme, que me
voy a permitir incluso citar a
Benedicto XVI… ¡y por dos veces!
1) «En concreto, el “sí” personal y
recíproco del hombre y de la mujer
abre el espacio para el futuro, para
la auténtica humanidad de cada uno
y, al mismo tiempo, está destinado
al don de una nueva vida. Por eso,
este “sí” personal no puede por
menos de ser un “sí” también
responsable, con el que los esposos
asumen la responsabilidad
pública de la fidelidad, que
garantiza asimismo el futuro de la
comunidad.
En efecto, ninguno de nosotros se
pertenece exclusivamente a sí mismo.
Por eso, cada uno está llamado a
asumir en lo más íntimo de su ser su
responsabilidad pública.
Así pues, el matrimonio como
institución no es una ingerencia
indebida de la sociedad o de la
autoridad, una forma impuesta desde
fuera en la realidad más privada de
la vida, sino una exigencia
intrínseca del pacto del amor
conyugal y de la profundidad de la
persona humana».
Pero, volviendo al tono festivo y
cercano, a lo que nos mueve hoy y
ahora, cabe decir que la dimensión
pública del matrimonio —ceremonia
religiosa y civil, fiesta con
familiares y amigos, participaciones
del acontecimiento, anuncios en los
medios (¡superguay, si puede ser en
la tele!), etc.— deriva sobre todo
de la enorme relevancia que lo que
están llevando a cabo tiene para los
cónyuges.
Si eso va a cambiar radicalmente mi
vida, a hacerla mejor, si me va a
permitir realizar una auténtica y
maravillosa aventura… me gustará que
todos —o, al menos, los auténticos
amigos— lo sepan: igual que pregono
con bombo y platillo las restantes
buenas noticias.
Igual, no.
Mucho más, porque no hay nada
comparable a casarse, nada capaz de
modificar tan hondamente mi vida: me
pone en una situación inigualable
para crecer interiormente, para ser
mejor persona y tremendamente feliz
(el que no se lo crea… que haga la
prueba en serio).
¿Cómo no difundir, entonces, mi
alegría?
Lo expone con suma precisión J.
Carreras, uno de los mejores
especialistas en estas cuestiones:
«Un amor […] que
no se perfecciona por la mutua
entrega de los esposos, es un
amor que no es participable por los
demás componentes de la familia y
de la sociedad. […] En las nupcias
auténticas, los comensales se saben
partícipes de la alegría de los
esposos. No en vano es la alegría
más alta que puede existir en esta
tierra: amar de verdad y sentirse
amado, con un amor fiel hasta la
muerte. Es el júbilo que
desborda el grito de Adán: “esto sí
que es carne de mi carne y
hueso de mis huesos”. Esta
alegría es tan intensa que no cabe
en dos
corazones solos y tiene que
expandirse a la sociedad. Es el
júbilo lo que es participable y,
por eso, se inventan la música, los
cantos y las danzas».
b) ¿Anticipar el futuro?
Es verdad que, a la vista
de lo expuesto, bastantes se
preguntan: ¿cómo puedo yo
comprometerme a algo para toda la
vida, si no sé lo que esta me
deparará?, ¿cómo puedo estar seguro
de que elijo bien a mi pareja?
Se trata de una pregunta típica de
los dos últimos siglos, en los que
el afán de seguridad se ha
desbordado más allá de lo
propiamente humano (a veces con
repercusiones psíquicas, incluso
graves); algo que, a pesar de las
proclamas teóricas a favor de la
libertad, ha crecido de manera
inversa al aprecio real por ella;
pues toda acción libre… siempre
lleva consigo algo de riesgo.
Y la única respuesta posible, la que
doy siempre que me hacen
públicamente esta pregunta es: «de
ningún modo», «no hay ninguna manera
de saberlo», «el futuro es… el
futuro (por definición, indefinible…
con el permiso de los “adivinadores
de turno”, aunque son ya tantos que
lo del turno es más bien utópico: se
nos cuelan por todos lados y a todas
horas)».
Como explica Alberoni, y aquí sí que
hay materia para la reflexión,
