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Autor:
Javier Láinez
Publicado en:
Escritos Arvo,
Arvo.Net,
08.04.2008
Hay decisiones que implican algo más que la pérdida
de la inocencia. Las más graves son las que conducen
a salirse del círculo, a desprenderse de lo
irrevocable. Tal vez no haya demasiada reflexión en
el momento en el que se decide cruzar la línea y
dejar atrás algo que será difícil
―cuando
no imposible―
recuperar. Pero es una determinación consciente y
querida como tal.
Historia de Paloma y Meter
He hablado de Paloma en
otras ocasiones. Es una chica estupenda, aunque en
cierta ocasión me la jugó bien jugada. Como antigua
alumna, me pidió que redactara una carta de
recomendación para una universidad norteamericana. Al
tratarse de una institución católica, puso bastante
empeño en que dejara claro que su fe era firme y
ortodoxa. Me lancé con entusiasmo a escribir. Cualquiera
que conozca los impresos de recomendación que expiden
las universidades de Estados Unidos sabe que no se
conforman con vaguedades ni aproximaciones. Preguntan
con rigor y detalle y exigen que el firmante se moje en
todas y cada una de las afirmaciones. Pues bien,
cándido, ingenuo o tonto (no sé dónde situar el diapasón
de mi patinazo), casi llegué a describirla como si fuera
una especie de santa Juana de Arco rediviva además de
ponderar sus méritos académicos. No habían pasado muchas
semanas cuando supe por un familiar suyo que lo del
trabajo en la prestigiosa institución académica era lo
de menos. Para lo que de verdad quería Paloma
trasladarse a América era para vivir allí con su novio,
un joven empresario que había conocido el verano
anterior.
En
este punto conviene hacer una pequeña digresión. Querría
conjurar el peligro del cronista veterano. Ese que lleva
a mirar con gesto sombrío la audacia de una jovencita
ilusionada. Enamorarse tiene una arrolladora fuerza
vital y, si el amado lo merece, cualquiera es capaz de
ponerse el mundo por montera y apostarlo todo por él.
Pero una cosa es estar enamorado de alguien y otra irse
a vivir juntos antes de estar casados. Para dar ese paso
hay que deshacerse de un principio cristiano elemental
que aparece enunciado en el último capítulo de la Carta
a los Hebreos: “Que todos honren el matrimonio y
guarden inmaculado el lecho conyugal, porque Dios
juzgará a fornicarios y adúlteros”. Es difícil
decirlo más claro, me parece.
Tres
aventureros
A partir de aquí, aparece
el ámbito de la discusión. Tomar este tipo de decisiones
y pretender que uno sigue siendo cristiano es, cuando
menos, chocante. Uno se pregunta a partir de qué hoja la
margarita deshojada ha dejado de ser margarita y se ha
convertido en un tallo truncado. Es romántico –mucho-
jugarse la vida a una carta, sobre todo cuando hay amor
por medio. Faltaría más. El problema está en poner en
ese envite lo más sagrado a cambio de nada. Y llamo nada
a una pasioncilla pasajera. Me gusta la metáfora que
emplea San Josemaría:
“El mundo, el demonio y la
carne son unos aventureros que, aprovechándose de la
debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a
cambio del pobre espejuelo de un placer —que nada vale—,
les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes
y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu
Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad.”
Total, que me enfadé con Paloma y ella se enfadó conmigo
porque me había enfadado. Cruzamos muchos discursitos
sobre la libertad, el amor y el derecho de cada cual a
organizar su vida. Mis argumentos eran derribados con
furia. Yo trataba de endosarle la tesis del Dr. Rojas:
“No eres más libre cuando haces lo que te apetece y
te pide el cuerpo, sino cuando haces aquello que te hace
más persona”. Ni caso. No aceptaba que estuviera
pagando un alto precio por un plato de lentejas.
Paloma y Peter (así se llamaba el palomo de este cuento)
no tardaron en descubrir lo que dice Sabina en una de
sus canciones: “Dormir contigo es estar solo dos
veces, es la soledad al cuadrado”. Rompieron a los
seis meses y Paloma regresó triste y solitaria a su
casa. Aquí también tuve que hacer esfuerzos para no caer
en el rencoroso “ya te lo decía yo”.
A
solas con la soledad
El terrible peaje que
cobran en estas fronteras produce escalofrío. Como el
que dicen sentir los chicos de REM en Losing my
religion, pero en serio. Hay algo del vértigo de
Fausto cuando se entrega el alma en prenda para gozar de
un amor efímero. Hay mucho de la frustración de Esaú por
haber perdido la primogenitura en un momento de pasión.
Una soledad infinita (¿qué sería una soledad que no
fuera grande?) como la que ha cantado Luz Casal en el
tema que da título a estas líneas: “mi corazón se
está desangrando / por la ternura que se fue, la que lo
mató”. Para alcanzar el amor se arroja lejos la fe,
como un obstáculo incordiante. Y a la vuelta se descubre
que se han perdido la compra y su precio. Es duro,
aunque no del todo cierto, el veredicto final:
“Yo te dejé marchar / y
las olas no te traerán aquí. / Pero yo te esperaré... en
la orilla / aunque tú no volverás jamás”.
Querer con locura a una
persona no exige echar a Dios a patadas del alma para
dar cabida a ese nuevo cariño. Ese amor divino es
entrañable, íntimo y parte de mi propio yo. Lo dijo Juan
Pablo II a los jóvenes al comienzo del Milenio: “No
penséis nunca que sois desconocidos a sus ojos, como
simples números de una masa anónima. Cada uno de
vosotros es precioso para Cristo; Él os conoce
personalmente y os ama con ternura, incluso cuando uno
no se da cuenta de ello”. Si Dios nos ama de esta
manera, ¿por qué habríamos de hacer incompatible su amor
y los demás amores?
Caminos sin retorno
En otras circunstancias
escuché a una joven universitaria la siguiente
declaración: “Hay una época en la vida de muchas
chicas en la que les da por enamorarse de un chico
malo”. Por chico malo no entendía
‘gracioso–gamberrete-tirando-a-sinvergüenza’. Me aclaró
que se estaba refiriendo a un sujeto que les haría un
mal cierto, que les provocaría sufrimiento y pesar. En
la película “Solas” de Benito Zambrano, María, la
protagonista decide tener el hijo que lleva en sus
entrañas. Pero al buscar amparo en el chulo que la ha
dejado embarazada, se encuentra con el más cruel
desprecio. Llora de rabia mientras grita: “Hay
millones de hombres en el mundo y yo me he ido a
enamorar del más canalla de todos”. Pues a ese.
Recuerdo haber leído una
explicación de este fenómeno en una obra del Cardenal
Newman:
“Una de las causas principales del mal que se advierte
en el mundo, en el que desgraciadamente participamos
todos en mayor o menor medida, es nuestra curiosidad por
mantener una cierta relación con las tinieblas, lograr
alguna relación con el pecado y conocer cómo son las
satisfacciones de lo pecaminoso”.
Son muy claras las
diferencias entre un momento difícil por el que todos
los novios pueden pasar mientras tratan de quererse
limpiamente y el movimiento que supone echarse a las
espaldas todo lo que uno sabe y cree para aventurarse en
los páramos de un amor sin credo alguno. Dos autores
retratan, a mi manera de ver magistralmente, los riesgos
de esta opción. Uno es Douglas Coupland en su demoledor
“La vida después de Dios”, quien afirma:
“A veces pienso que las
personas que más pena me dan son aquellas que en algún
momento supieron qué es lo profundo, pero que perdieron
la capacidad de maravillarse o se volvieron insensibles;
individuos que cerraron las puertas que nos conducen al
mundo secreto; o a quienes las puertas se les han
cerrado por culpa del tiempo, de los descuidos y de unas
decisiones tomadas en momentos de debilidad”.
Amar y ser fiel
El otro escritor es Iván
Turgenev. Buen conocedor del corazón humano, en el libro
“Aguas Primaverales” dibuja el itinerario por el
que el pobre Sanin pierde a su amada Gemma al dejarse
arrastrar hacia un torbellino pasional tramado por otra
mujer, María Nicolavna Polozoff. De ella dice Sanin,
fascinado por su atractivo: ¡ah, qué hermosa serpiente!
Sanin y Gemma son jóvenes, sus caminos se han
entrecruzado de una manera sorprendente y maravillosa.
Él llega a jugarse la vida por ella. Hay fecha de boda y
tan sólo hace falta vender unas propiedades. Para eso,
paradójicamente, necesita el concurso de la astuta
Polozoff. Lo más grave es que Sanin es consciente de lo
que pasará si atraviesa la raya que esa seductora arpía
le invita a cruzar:
“Pensaba con amor, con
ternura, con transportes de gratitud, en su querida
Gemma, en su existencia cuando viviesen juntos los dos,
en la felicidad que le aguardaba en lo venidero; y entre
tanto aquella extraña mujer, aquella señora Polozoff se
erguía sin descanso... ¡qué digo, se erguía!... se le
metía incesantemente por los ojos (así se expresaba
Sanin en su despecho, en su cólera); no podía
desprenderse de su imagen, ni dejar de oír su voz y sus
discursos, ni aun orearse de la impresión del perfume
particularísimo, fresco, sutil y penetrante como el
aroma de los lirios. Es evidente que esa mujer se
proponía engatusarle y burlarse de él...”
A lo
largo de los años he conocido a una buena porción de
jóvenes que, hechizados por el silbo de la serpiente,
han aceptado la invitación a salir del cálido regazo de
la fe y buscar cobijo en el “espíritu de los tiempos”,
más tolerante ―eso suponían― con las aventuras sexuales.
Como no pretendo
cargar las tintas, dejaré para otras ocasiones historias
con moraleja implacable. Concluiré con un recuerdo
nostálgico de aquella canción-protesta que nos enseñó a
cantar Joan Báez. Tenía la virtud de que lo mismo servía
para un roto que para un descosido; lo mismo se les
espetaba a los policías que a los especuladores
financieros que a los profesores del Instituto. Fue el
estribillo de miles de ‘sentadas’:
“Dejadme llorar
horas, / días, años, edades ciegas, siglos estelares /
dadme el silencio, el agua, la esperanza, / dadme la
lucha, el hierro, los volcanes / juntad los cuerpos como
imanes / acudid a mis venas y a mi boca / hablad por mis
palabras y mi sangre: / ¡No, no nos moverán!”
¿Por
qué no habría de servir ahora para proclamar que los
espejuelos del paraíso libertario tampoco nos moverán?
Conocida la fragilidad del pobre corazón humano, es
razonable pensar que amar y ser fieles a Dios, nos
facilita serlo también a nosotros mismos y a la persona
amada. Es un silogismo en bárbara.□
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