Por Javier Aranguren
En "Lo que pesa el humo", Ediciones Rialp, Madrid 2001.
Hay veces en que la gente te dice que es demasiado difícil, que no compensa eso de amar a alguien porque te lía: te comprometes, le das tu corazón y, sin previo aviso, te llevas un desengaño que hunde el resto de tus proyectos, que te arranca la tranquilidad de una vida normal con su serena monotonía, que te impide la sencillez, el trabajo metódico de relojero suizo (con la lupa bien pegada al ojo para no ver más allá de su pequeño mundo tan exacto), y es un fastidio.
Verdaderamente, una vida sin compromisos parece mucho más llevadera: en ella no caben líos ni malentendidos, ni la enésima discusión con la novia o novio del momento («si no me has hablado bien, si te vas con tus amigos, si ya no me haces caso, si tus padres son unos pesados, etc.»), ni las lágrimas porque ha tenido un accidente («¡Yo siempre le decía que conducía muy rápido!») o porque de pronto te deja.
La vida sin amor, en efecto, parece muy pacífica, pero ¡debe ser de aburrida! Desde luego, que si no se tienen amigos, o amores, no se va a sufrir por perderlos, pero ¡lo que se perdería justamente es lo más interesante del juego de la existencia! E incluso el dolor puede servir de cauterio ante la decepción del fallo, o la pérdida, del amado.
Así lo entiende Pedro Salinas, en ese libro tan pro-fundo que es La voz a ti debida, cuando dice: «No quiero que te vayas,/ dolor, última forma/ de amar». El dolor es un aviso, un recuerdo de toda la realidad que estuvo presente en el amor que ahora parece que falta. Y es también una confirmación de la grandeza del hombre que se atrevió a intentar tanto; del hombre que quiere volar como Ícaro, y derretirse, y morir antes de permanecer pegado al sucio polvo gris de la tierra.
Concluye Salinas: «Si tu no me quedaras,/ dolor, irrefutable,/ yo me lo creería;/ pero me quedas tú./ Tu verdad me asegura/ que nada fue mentira./ Y mientras yo te sienta,/ tu me serás, dolor,/ la prueba de otra vida/ en que no me dolías./ La gran prueba, a lo lejos,/ de que existió, que existe,/ de que me quiso, sí,/ de que aún la estoy queriendo».
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