| Por Pedro de Miguel
Le preguntaron a Álvaro Mutis, Premio Príncipe de Asturias, qué es lo primero que hacía al llegar a Madrid. "Ir a ver a mi novia", contestó. Ante la extrañeza de quien le entrevistaba, añadió enseguida: "Es la infanta Catalina Micaela, pintada por Sánchez Coello". Así que Mutis no deja de ir al Prado a charlar un ratito con su novia, como otros hablan con los muertos, las paredes o las plantas de interior. Después de la visita, hace mutis y ya ha cumplido lo principal.
El caso es hablar y, sobre todo, elegir con quién se habla. Otro reciente Premio Príncipe de Asturias, el gran medievalista español Martín de Riquer, decía hace poco en una entrevista: «Cuando alguien me viene a comunicar que se casa, yo le pregunto: "usted y su novia, ¿tienen tema para hablar durante cincuenta años? Porque si no, déjenlo correr...». Tener tema: ahí está la dificultad. No basta la "química" en las relaciones con los demás: es necesario que la conversación fluya una y otra vez con la espontaneidad que da la mutua comprensión y el mutuo interés. La amistad eso tiene; es capaz de hacer posible una infinita charla que se interrumpe infinidad de veces, pero que se retoma en el punto en que se había dejado. El matrimonio, los amigos y amigas, las relaciones familiares, se sustentan en la palabra: una palabra que se materializa unas veces en diálogo y otras en silencio, pero que no deja de estar presente en la mirada. De ahí que Mutis pueda llamar novia a una mujer pintada hace siglos, porque quiénes desean hablarse no necesitan la presencia física ni el teléfono ni incluso la contemporaneidad. Por eso se han dado a lo largo de la historia intensos diálogos entre gentes muy alejadas en el tiempo y el espacio. Por eso nos gusta tanto mirar fotos antiguas de antepasados. Por eso somos capaces de entablar un diálogo frente a una tumba en un cementerio.
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