La autenticidad y la fidelidad son valores que reconocemos como dignos y como relevantes
Por Juan M. Otxotorena
LO QUE SIGUE es el amargo lamento del vendedor de bonos Sherman McCoy , el patético protagonista de la novela La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe , por el modo en que su empresa Pierce & Pierce y todo el mundo le da la espalda a la hora del infortunio; un triste sentimiento de queja le invade al verse solo, una vez que es acusado de imprudencia temeraria -ante el juez y en los periódicos- por el involuntario atropello con su coche de un muchacho de color:
-Pero los de Pierce & Pierce cuidarán de ti, ¿no crees?
-¡Ja! Ya no existo para Pierce & Pierce. En Wall Street no saben lo que significa la palabra lealtad. Quizá antaño lo supieran. Mi padre suele hablar como si hubiera sido así hace años. Pero ahora se acabó. Me han llamado de Pierce & Pierce, pero no era Lopwitz. El que llamaba era Arnold Parch. Quería saber si podía hacer algo por mí, pero, una vez que lo hubo dicho, no sabes la prisa que tenía por colgar, no fuera a ocurrírseme alguna idea. De todos modos, tampoco sé por qué me meto con Pierce & Pierce. Todos nuestros amigos han actuado de la misma manera. Mi mujer ni siquiera ha conseguido que Campbell pueda ir a jugar como de costumbre a casa de sus amiguitas. Y la niña sólo tiene seis años...
McCoy se lamenta de que en Wall Street no saben qué significa la lealtad. Son otros los criterios que regulan las relaciones humanas en ese entorno de ejecutivos agresivos, transacciones vertiginosas y ambiciones obsesivas. No hay ataduras que valgan en su loca carrera hacia el éxito; en esa carrera no cabe descanso ni tregua, ni espacio para las buenas formas. Poco falta para que ese mundo fascinante pero cruel se defina como un mero choque de aspiraciones inconfesables, las de un esperpéntico coro de personajes superficiales, sin perspectiva y sin escrúpulos, movidos como autómatas por los hilos invisibles de un comercio autónomo que encuentra en la lucha a muerte a que los aboca su pauta de funcionamiento y su condición de supervivencia.
Usar y tirar
La lógica del mercado parece reacia a todo lo que no sean efectos aparentes e intereses e identidades coyunturales; y, por tanto, a toda idea de compromiso que llame a trascenderlos. Vivimos envueltos en la absorbente espiral de la ley del "usar y tirar", la de la calculada y pasajera conveniencia del instante en lugar del autocontrol, el largo plazo y la responsabilidad.
Reconocemos pocas referencias inamovibles y hay cada vez menos renuncias o sacrificios que entendamos justificados y estemos dispuestos a asumir. La cultura del bienestar ha agudizado nuestra tendencia a buscar la seguridad y evitar el riesgo. Y es muy poco lo que queda de la lucha por las ideas y el compromiso activista de otros tiempos; no se ve casi, en el mejor de los casos, sino una mera participación distante, testimonial y esporádica de algunas minorías marginales en movimientos ecologistas e iniciativas solidarias apenas llenas de voluntarismo bienintencionado.
Aquí ya nadie da la vida por una causa noble, como creen hacer aún por el mundo algunos fundamentalistas cuya estampa contemplamos con una mezcla de consternación y horror; ni entiende el lema de la "lealtad hasta la muerte" que ha regido durante siglos la vida de hombres de honor, soldados, revolucionarios, políticos, espías, religiosos y casados.
Seguimos comprendiendo lo que quiere decirse cuando oímos proclamar que "una persona vale lo que vale su palabra". Y, siquiera teóricamente, no hay peor pecado social que la hipocresía, la falsedad, la traición y la doble moral. Sin embargo, cabe que el influjo de esa doble moral amenace la estabilidad de los principios que la condenan por la vía de su paulatina e insensible relativización, curiosamente compatible con nuestro escándalo ante sus resultados.
Nos llevaría lejos comprobar cómo esta compatibilidad constituye una constante en la sensibilidad cultural dominante en nuestro mundo y prevalente en el mercado. Apunta a núcleo dialéctico del llamado relativismo , que no es sino la actitud cultural correlativa de aquella relativización y representa el paradigma de la afirmación autolimitante y perpleja: si toda proposición es relativa, entonces ésta también lo es, con lo que queda desautorizada. En cualquier caso, parece que es justo esa relativización el mal que afecta a la vigencia contemporánea de las ideas de fidelidad y compromiso, y de todo aquello que representan; y que lo hace poniendo en crisis nada menos que los cimientos del orden social vigente hasta nuestros días, si no ya de cualquier posible orden social.
Necrológicas
Por supuesto, apreciamos la integridad personal como uno de los valores supremos a la hora de juzgar nuestras conductas. Lo revelan las notas necrológicas que publican los periódicos al dar cuenta de la muerte de personas destacadas por su popularidad.
Con ocasión del reciente fallecimiento de un veterano director de cine que aún seguía militando en el Partido Comunista, todo el mundo valoró públicamente la linealidad de su trayectoria y su tenaz constancia en la lucha ideológica. Un periodista concluía: "Tan rotundo en sus facciones, acaso no albergó dudas..., fiel siempre a su convicción. De ahí su mérito: siguió siendo comunista cuando todos habían dejado de serlo". Y otro: "Para él no había contradicciones: todo lo que hacía era comunista como él" Y un tercero concluía: "... la radicalidad, la certidumbre arrogante, la feroz renuncia a cambiarse de camisa en nombre de las conveniencias que aconsejan los nuevos tiempos, suelen despertar mi respeto y mi admiración por el ser humano consecuente" Este mismo autor ironizaba a continuación sobre sus propias loas subrayando su referencia a un "... personaje y cineasta presumiblemente sacralizado después de algo tan trivial como morirse"
Y es que, visto fríamente y en abstracto, tanto bombo póstumo podría resultar curioso. Cuando una persona muere, desde luego, prevalecen la compasión y el respeto y nos referimos a ella con elegancia. Es lógico recordar los aspectos más gratos y positivos de su biografía. Pasamos por alto sus ingredientes polémicos y sus posibles pasajes oscuros. Y esto vale incluso cuando se trata de alguien con un perfil más indigesto y difícil; en tal caso, alabamos su fuerte personalidad, destacando el hecho de que haya permanecido siempre -según solemos decir con sintomática expresión-" fiel a sí mismo".
Valoramos positivamente que alguien se mantenga "fiel a sí mismo" a lo largo del tiempo. Y acaso acudimos a esta idea como a un recurso extremo, a falta de otra cosa; pero lo hacemos también con convicción y, de algún modo, en honor a la justicia con las personas, más allá de las diferencias que pudieran separarnos.
Integridad y coherencia
Decir de alguien que fue siempre "fiel a sí mismo" no parece que sea decir mucho; puede ser no aportar nada. Pero puede también encerrar un sentido profundo. Reconocemos mérito a la constancia en la adhesión esforzada a una causa, y mucho más si es altruista, aunque esa causa o la forma de defenderla se demuestre equivocada. Y es que, si miramos bien: por un lado, cabría seguramente concluir que toda causa sostenida en el tiempo es altruista en alguna medida, dado que hay siempre un umbral a partir del cual su defensa trasciende el plano de los intereses personales; y por otro, sabemos del carácter pasajero y coyuntural, contingente, de nuestras opiniones y elecciones humanas y, por tanto, que no hay que darles sino un valor relativo. Esto debe llevar a que en nuestra imagen de los demás prevalezca siempre lo verdaderamente importante: nuestra común condición humana, con todas sus grandezas y limitaciones, y su buena voluntad.
Hay que aclarar, por supuesto, que este tipo de valoraciones puede esconder un fondo paradójico; la coherencia que apreciamos puede quedar desautorizada por la naturaleza de su objeto. No tendría sentido ensalzar a su muerte la coherencia de figuras como las de Stalin o Hitler , el fundador del Ku-Klux-Klan o Jack el Destripador : la gravedad de sus "errores" y de sus consecuencias prevalece sobre toda eventual consideración de sus intenciones. Otra cosa es que, más allá de este tipo de casos clamorosos, extendamos sobre el pasado de nuestros contemporáneos un tupido velo de respeto educado y comprensivo que representa, a su vez, la sensatez de quien reconoce el sinsentido de un rencor inútil, evita la crueldad gratuita, rechaza la mezquina tentación de aprovechar su ventaja para afirmarse frente al adversario, y tampoco pretende-porque sabe que ni puede ni debe-erigirse en juez.
Hay una oportuna acotación benevolente del veredicto que expresa la prudencia de quien sabe que hay que ser cautos y magnánimos en la presunción de las intenciones de los demás, dado el carácter inescrutable de los entresijos de nuestra mente. El juicio de las conciencias ha estado siempre reservado a Dios.|
Pero hay que fijarse también en el reverso positivo del balance. Esa misma prudencia nos lleva a destacar, siquiera en clave compensatoria, el compromiso sostenido, la coherencia e integridad personal y la lealtad a unos principios, sean o no los nuestros. Y esta tendencia encierra todo un cúmulo de convicciones significativas. Así, el balance se plantea en esos términos no sólo con vistas a reducir al máximo su riesgo de imprecisión e injusticia; también en aras del pertinente subrayado de lo esencial, de lo que creemos decisivo desde el punto de vista del juicio moral de una vida.
Ser uno mismo
Un conocido filósofo español esbozaba hace bien poco una revisión de su trayectoria, a los 75 años, en las páginas de una revista gráfica de amplia difusión; el entrevistador le preguntaba por qué algunos le atribuían cierta aureola de profesor feliz, y él contestaba: "No tienes más remedio que alimentar en la vida un sentimiento de satisfacción; la vida se hace también con un poco de gozo, de alegría. Y creo que la razón de esa posible felicidad suele ser la coherencia...".
La coherencia se sitúa a menudo en el centro de las aspiraciones y los objetivos de la existencia humana. Se la relaciona directamente con la felicidad; y no sólo en las declaraciones de los intelectuales tal vez representativos de nuestra conciencia cultural sino también en el habla común, al hilo de nociones como la de ser fiel a uno mismo, que encuentra su eco, complemento o prolongación en la abstrusa pero expresiva idea de "estar bien con uno mismo".
En un mundo descreído como a veces es el nuestro, esa parece ser la única norma que queda como referencia de orientación moral. En lugar de "actuar correctamente", "ser buena persona" o "hacer lo que hay que hacer (lo que se debe) en cada momento", oímos decir ya a mucha gente, de manera más difusa pero muy ilustrativa, que su meta es encontrarse "bien consigo misma".
Nuestro filósofo se mostraba desalentado ante el curso de los acontecimientos, a la vista del mundo que nos ha tocado vivir; pero, apoyado en la estatura moral acreditada por la aludida sensación de coherencia, llamaba a superar la consiguiente frustración: "Hay que superar la frustración. No sé muy bien cómo. De todas formas, hay que mantener ciertos ideales de inteligencia y generosidad, cierta esperanza. Lo demás, por mucho que sea su poder, es basura; lo que pasa es que, como es corrupción, apesta" Y apelaba a "... otro tipo de intereses más generosos y creadores, intereses humanos, que a veces parecen utópicos pero son los que hacen progresar a la humanidad. con todas sus contradicciones: el interés por la justicia, por la solidaridad, por el bien, por la amistad, por la piedad, por la verdad...".
Esta idea, que a menudo se formula en clave laicista, puede participar del fondo paradójico y perplejo de la sensibilidad cultural asociada al citado curso de los acontecimientos; esto es lo que ocurriría con una apuesta por la verdad o el bien construida sobre su abierta discusión, sobre la puesta en duda de la propia pertinencia y legitimidad de estas palabras. Sin embargo, sitúa con bastante claridad el sentido de la idea de conformidad con la propia conciencia que expresa aquella apuesta por la coherencia que la asocia a la felicidad y la justificación de la vida. Las ideas de "ser fiel a uno mismo" y "estar bien con uno mismo" remiten a la de "ser uno mismo", que sólo una visión muy grosera y muy corta puede asimilar a la de sublevarse contra todo criterio moral (que es lo mismo que contra toda norma y autoridad); vista en profundidad, supone más bien lo contrario: el reconocimiento de la necesidad de ajustar la existencia a su íntima vocación ética, la que le impone su condición de existencia humana y, en definitiva, su dignidad.
Personas cabales
Procede, en fin, alabar a los muertos; y, si decir de alguien que se mantuvo fiel a sí mismo es muy poco, puede también expresar nuestro reconocimiento hacia algo que identificamos como bueno e importante; quizá por ser algo seguro y unánime, aceptado por todos. Cuando apreciamos en alguien su coherencia, valoramos su esfuerzo por mantenerse firme en sus posiciones a pesar de las dificultades; y lo vemos no sólo como algo valioso sino, además -y este es el asunto-, como lo más valioso de su biografía. Tal idea de coherencia, entonces, puede incluir el aprecio por la honradez, entereza y rectitud de las personas cabales: la de quien obedece a su conciencia, aunque pueda estar deformada; la de quien hace lo que cree que debe. Y pone de manifiesto que tanto la autenticidad como la fidelidad constituyen valores que reconocemos no sólo indiscutiblemente dignos de aprecio sino también, en consecuencia, relevantes.
Si recurrimos tanto a la idea de "mantenerse fiel a uno mismo" en fin, no es por casualidad o a causa de una posible falta de alternativa: es porque se ajusta a las necesidades del balance retrospectivo. Lo hacemos porque sirve a nuestro propósito; y esto es así porque vemos que da forma a algo capaz de sostener una personalidad, en el sentido más pleno de la palabra. Reconocemos en ella un argumento biográfico a la altura de nuestra dignidad y a la medida de sus posibilidades de plasmarse en nosotros en el término de una vida.
Ser fiel a uno mismo, por tanto, puede significar bastante más de lo que parece: podría también suponer algo así como ser fiel a lo que uno es en términos objetivos, ser consecuente con lo que se es. Con esta perspectiva, vendría a ser nada menos que comportarse con coherencia con respecto de las exigencias de la dignidad humana, esa dignidad de la que todos participamos y que llevamos impresa en el fondo de nuestro ser. Y eso supone ante todo ejercitar nuestra capacidad para seguir los dictados de nuestra conciencia a pesar de las conveniencias aparentes y, al cabo, comprometernos en empresas exigentes que trascienden en su planteamiento y desarrollo nuestro interés inmediato y nuestras inclinaciones más apremiantes.
Al parecer, en hebreo las palabras verdad y fidelidad resultan equivalentes. Ser auténtico, entre otras cosas, acaba asimilándose a la capacidad de vencer sobre aquellas inclinaciones primarias, que no es otra que la que uno tiene para afirmarse y preservar para sí cierto grado de autonomía o, lo que es lo mismo, para alcanzar una identidad personal. Consiste en poder elevar la mirada para elegir nuestra meta y, por tanto, fijarnos como norte la realización de nuestra dignidad, esa misma que se cumple -cuyas exigencias satisfacemos- en la medida en que logramos hacerlo. Sócrates consideraba el autodominio como la mayor expresión de la libertad y la manifestación más elevada de la excelencia humana; y para Séneca poseerse a uno mismo es la verdadera tarea de la vida.
Aspiraciones sociales y escarmiento histórico
Acaban de publicarse, precisamente, los resultados de una encuesta sociológica francesa centrada en la averiguación de las aspiraciones vitales de la gente, sin duda representativas del, horizonte que tenemos marcado para nuestra existencia en nuestro área cultural. Su objetivo era saber en qué creemos que consiste lo que llamaríamos una "vida lograda" (esta es la expresión del título de una de las últimas obras del filósofo Alejandro Llano , La vida lograda , y también el del reciente y sintomático libro Qu"est-ce qu´une vie reussie? de Luc Ferry , actual ministro de Educación francés). Pues bien: si el triunfo profesional es el objetivo supremo del 21% de los encuestados, y un 11% tiene su meta en sus relaciones sexuales, el 74% reconoce que su máxima aspiración sería tener una familia feliz.
La lectura de estos datos arroja la constatación de nuestra vuelta escarmentada a la apreciación social de la familia, después del violento rechazo que sufrió a partir de los años 70 en nombre de la revolución sexual, la superación de las estructuras de represión burguesas, la definitiva emancipación de la mujer, e incluso la denuncia de la indecencia social del simple hecho de traer hijos al mundo, a la luz de nuestra alarmante imagen de la evolución de la demografía.
La encuesta certifica, por tanto, el retorno de los valores familiares. Pero parece un retorno muy especial, tal vez descriptible más como la constatación de una especie de decepción claudicante que como un reencuentro aliviado o un redescubrimiento festivo.
No parece que quepa conformarse con concluir algo así como que "aquellos polvos trajeron estos lodos" y regresamos a unas posiciones abandonadas en un cierto momento de la historia de manera precipitada e irreflexiva; ni siquiera que estamos ante un mero movimiento reactivo y pendular que, tarde o temprano, tenía que llegar. Algo nos dice que ya no se trata tanto de buscar culpables, en la medida en que tampoco cabe desandar la historia y volver atrás: no sólo porque es difícil cerrar la "caja de los truenos" una vez abierta, sino también porque su posible apertura constituiría sólo una más de las complejas consecuencias de un gran proceso histórico abarcante, global, cuyo empuje no puede esquivar y de algún modo nos arrastra aún.
Un utopismo desencantado y escéptico
Lo que más llama la atención en el asunto, en fin, es esa alta valoración de las relaciones familiares, afectivas y conyugales, en una época poco menos que resignada a la generalización del fracaso más completo en este campo. Se comprende que ambicionemos aquello de que carecemos, constatando el dramatismo de nuestra aguda percepción de su falta y sus implicaciones; pero lo nuevo y destacable es la nota de fatalismo que la caracteriza, que es la de quien tiende a verla como a la vez trágica e irremediable, lamentable pero forzosa.
La aspiración que la encuesta identifica, en definitiva, es la visión idealista de quien reconoce el objetivo pero lo considera inalcanzable y utópico. Va de la mano del escepticismo más crudo. Constituye la ilusión teórica y sin esperanza, desencantada, de quien da ya de antemano la batalla por perdida.
La misma impresión arroja la evolución de nuestra actitud hacia la falsedad y la hipocresía en la vida pública: las vemos tan rechazables como a la vez difíciles de desterrar; y esto nos sitúa al borde no sólo de vernos obligados a dudar de nuestra propia fiabilidad, sino también de asumir como imperiosa la subsunción directa de la vida social y política en la picaresca. La perplejidad asociada a esta constatación no es otra que la que vemos, según lo dicho, en las líneas maestras de la sensibilidad moral asociada a nuestros tiempos y ligada a la lógica del mercado, esa que se entrega al relativismo como a un estado y un criterio moral que ve como a la vez paradójico e inevitable.
Tal es al cabo el fondo sobre el que, al hilo del complicado retorno de los valores familiares, se perfila contemporáneamente la pregunta por el matrimonio, referida ya a su estricta viabilidad. Y esta pregunta lleva implícita la relativa a si hay que suponer que algo hoy tan difícil como la fidelidad tiene sentido, juega un papel real en relación con ella, y no constituye una especie de salida forzada al efecto de asegurar un sucedáneo con que aplacar provisionalmente la angustia y superar las fases más conscientes de nuestras crisis de identidad, para apenas fingir el éxito y engañarnos a nosotros mismos.
El caso del matrimonio
Una renombrada artista sintetizaba recientemente su estado de ánimo, en una de las llamadas de portada de una popular revista "del corazón" -y refiriéndose a sus problemas sentimentales-, con una frase tan breve como tristemente elocuente: "No soporto la infidelidad ni las mentiras"; y otra, que vive satisfecha con su novio como pareja de hecho, aseguraba en la misma portada estar "absolutamente en contra del matrimonio" y decidida a no casarse. Tal vez estas dos posturas, más próximas entre sí de lo que parece, completan la imagen del marco en que se perfilan las posibilidades contemporáneas de las nociones de fidelidad y compromiso, en general y referidas al matrimonio.
El recurso a la palabra fidelidad se asocia hoy, de hecho-aparte de a la aludida cuestión de la integridad personal-, a las complejas vicisitudes de las relaciones de pareja en nuestra sociedad. Y, en realidad, apela a lo que podríamos llamar las condiciones de posibilidad del "matrimonio indisoluble", defendido por la ley hasta hace poco en bastantes países, incluso en el mundo desarrollado.
La noción de indisolubilidad matrimonial, a ojos de muchos, apenas evoca ya una especie de ingenuo sentir utópico vigente durante siglos y respaldado por la religión. Según lo visto, no obstante, cabe dudar de que hayamos salido ganando, en conjunto, con su presunta superación: la fidelidad se ha convertido en un desiderátum compartido pero poco menos que inmanejable, sujeto a manipulación y frivolización; y es difícil ver su crisis como algo más que una victoria del egoísmo, representativa de una visión de las cosas demasiado tosca e incauta y de consecuencias perversas, a la larga decepcionantes.
Sintomáticamente, ese egoísmo no parece muy distinto de aquel en que la economía de mercado y el denominado capitalismo reconocen su motor, su clave explicativa y su pauta de funcionamiento. Sería paradójico que nos preocupásemos de marcar distancias frente a la lógica impía del puro mercado, con seria preocupación y escándalo indignado, y adoptásemos su régimen para dilucidar nuestras opciones íntimas, las relativas a los asuntos sentimentales y familiares.
Cambios de escena
Se impone en todo caso superar eventuales conclusiones precipitadas, dependientes de sugestiones inmaduras y simplificaciones equívocas y capciosas. Así, por ejemplo, el tipo de entrega que exige el "matrimonio indisoluble" es muy similar al correspondiente al compromiso que encierra algo tan simple y común como un regalo o la posibilidad de donar en vida una suma a alguien de manera irrevocable. Y nada nos repugna o sorprende en la idea de que quien lo hace pierde el dinero del donativo, o aquello que regaló, y ha de atenerse a las consecuencias.
En cierta manera, en efecto, la apuesta por la indisolubilidad del matrimonio tampoco debiera sorprendernos. Va unida a la convicción de que caben en la vida opciones y sucesos -vicisitudes y alternativas profesionales, accidentes, golpes de fortuna, etc.- que determinan algo así como un cambio de escenario irreversible, a veces drástico y repentino. Y conviene observar que nos vemos a diario en muchas situaciones en las que esto ocurre con normalidad, sin que el asunto nos choque.
La maternidad puede constituir otro punto de referencia útil. Es obvio que una madre queda moralmente ligada a la suerte de su hijo desde el momento en que lo tiene; y que este hecho marca un verdadero hito o punto de inflexión en su vida, a todos los efectos: sin posible marcha atrás, con un antes y un después. Sin embargo, lo que parece evidente en relación con la maternidad no lo parece tanto cuando se trata del matrimonio; esto es así aunque veamos todas las otras relaciones familiares como inamovibles de por sí, definitivas e incontestables. Y es que el matrimonio se basa en una elección abierta y libre que, dada su repercusión y trascendencia, ha de ser en extremo consciente y nos cuesta considerar cerrada porque a menudo, además, aparenta poder cesar sin perjuicio de terceros e incluso con notables beneficios para todos.
Sentido del compromiso
Ahora bien, conviene armarse de cautela. La pasión puede nublarnos la vista y condicionar nuestras reacciones. Tanto más cuando se trata de asuntos tan vivos e interpelantes, que nos afectan de manera tan directa y acuciante.
Así, de entrada, hay que levantar la vista por encima de lo inmediato para no dejarnos llevar de impresiones fugaces y de impulsos emotivos e irreflexivos, eventualmente traidores. Pero, sobre todo, quizá haya que cambiar el punto de mira para fijarnos en el auténtico sentido del compromiso, más o antes que en nuestras probables dificultades para cumplirlo si es valiente y exigente.
En efecto, acaso no debamos poner tanto la atención en nuestra capacidad subjetiva de ser coherentes con nuestras posibles opciones programáticas de alcance a lo largo de mucho tiempo; y menos aún en nuestra momentánea imagen de esa capacidad, siquiera porque podemos ser poco realistas y ecuánimes. Acaso debemos fijarnos más bien en el sentido de la fidelidad como opción que cabe elegir y como campo de comportamiento disponible -tal vez aún poco explorado en muchos casos-, como camino y como virtud, y en el papel que desempeñan en nuestra vida aquellos compromisos que la demandan.
Tales compromisos pueden ser naturales e implícitos, tácitos y obvios, como el de la madre con su hijo; o, por así decir, más expresamente elegidos y formulados como, por ejemplo, el del donante con su decisión dadivosa o el del matrimonio. Cabe, en cualquier caso, que uno y otro tipo de compromisos tenga un alto sentido antropológico y juegue un gran papel en nuestra vida, como algo muy ligado a las posibilidades de culminación de nuestro propio proyecto existencial, de la satisfacción de nuestras expectativas vitales y de nuestra realización personal y social.
Las reglas del juego
Eso sí, hay algo al respecto que necesita ser subrayado: la entidad y calidad del compromiso condiciona de modo determinante la naturaleza de su objeto, y viceversa. La aceptación de la indisolubilidad del matrimonio, por ejemplo, lo define en cuanto tal: lo cualifica de manera decisiva. Desde luego, no es igual el día a día de quien se casó dispuesto a esforzarse para llegar hasta el final, dando por hecho que esta es la opción digna y coherente, la única atractiva y que vale la pena-y que, en consecuencia, no cabe alternativa y el reto está en construir a partir de esta premisa-, que el de quien lo hizo pensando en que el matrimonio dure -según suele decirse- "mientras funcione": no es lo mismo lo que se pone en juego si se renuncia o no desde el principio a la posibilidad de romperlo.
La elección del punto de partida condiciona las reglas del juego o, más bien, si se cambian las reglas el juego es otro. Si quien dona una suma no lo hace a fondo perdido, y cuenta con la posibilidad de recuperarla en caso de necesidad, entonces no hace tanto un regalo como un depósito; bloquea su disponibilidad y, desde luego, tenderá a arriesgar más en sus negocios haciendo mucho más probable ese caso de necesidad. Lo que ocurre con el matrimonio, en el mejor de los casos, es algo parecido. El "matrimonio indisoluble" y el matrimonio abierto a la posibilidad del divorcio son completamente distintos en todo. Llamar igual a ambas cosas resulta confuso y equívoco, porque tienen en común mucho menos de lo que parece.
Cabe argüir que la apertura a la posibilidad del divorcio constituye una respuesta escarmentada y precavida a nuestra conciencia de la volubilidad de la voluntad y su exposición al error y al fracaso. El argumento es sensato y merece toda nuestra atención. Otra cosa es que responda a una visión muy parcial y muy pobre del matrimonio, marcada justo por la aceptación de la posibilidad de disolverlo al cabo del tiempo en función de las circunstancias. No hay que pensar únicamente, a tal respecto, en unas circunstancias ideales, en realidad muy infrecuentes, sino también en el papel que en su consideración y en la apuesta por las uniones conyugales de carácter temporal puede jugar el excesivo afán de seguridad ligado a un egoísmo de mira estrecha, necesariamente destructivo y decepcionante. Y el problema no es sólo el de las frívolas situaciones en que puede desembocar la reducción de las relaciones de pareja a mero sexo, o las visiones más superficiales e ingenuas del enamoramiento; se refiere a las uniones conyugales que resultan de la mera aspiración de sus integrantes a una situación vital más cabal y convencional -también en tanto más completa, satisfecha y estable-, en la medida en que no pongan su fundamento en su firme irrevocabilidad, en el sentido más pleno y positivo de la palabra.
Lo cierto es que la admisión de la posibilidad de liquidar el matrimonio si no va bien, si deja de satisfacer las expectativas de alguno de los contrayentes, distorsiona y modifica totalmente la relación conyugal. De ahí la idea de que el "matrimonio indisoluble" es el único que está a la altura de su horizonte y sus motivos o ámbitos de realización -los clásicamente considerados ""fines de la institución matrimonial"-: la entrega mutua y la procreación. Con ella se nos llama a constatar que, al fin y al cabo, el "matrimonio indisoluble" es el único capaz de acoger y dar forma proporcionada y congruente al extremo nivel de autodonación que viene exigido tanto por el amor cabal y auténtico, con todas sus implicaciones, cuanto por la originaria y maravillosa dignidad de la generación, ligada a la formación de una familia.
Esta percepción, entre otras cosas, caracteriza la postura católica ante el tema; y redunda en la reivindicación del amparo legal del "matrimonio indisoluble", reivindicación que debiera saldarse con el reconocimiento jurídico de la posibilidad de elegirlo. No es cosa de descender aquí y ahora al detalle de la argumentación y las posibilidades de concreción de esta opción; pero se impone advertir que su defensa no es otra que la de la propia dignidad del matrimonio -visto a su vez como institución directamente asociada a la expresión social de la dignidad humana- y que, precisamente, la cuestión de la fidelidad encuentra su espacio y explicación en este orden de consideraciones, y no puede ser tratada de manera aislada o fuera de contexto.
Horizontes y obligaciones
Hay temas como el del matrimonio que, en definitiva, incluyen de suyo la llamada a un compromiso personal en que se ponen en juego los mismos valores de lealtad, compromiso, coherencia e integridad que situamos en el núcleo del bagaje moral de la existencia individual. Bien mirada, su exigencia específica no es sino una extensión o prolongación del protagonismo que se impone reconocerles en él, con un mismo horizonte de referencia: la dignidad humana. Tal dignidad, que constituye la guía y la meta de la conquista de su propia libertad por parte del individuo que sigue a su conciencia, se expresa a la vez -y en la misma medida- en la definición de la entidad e identidad del compromiso matrimonial.
Ambas cuestiones están ligadas. La misma dignidad que nos exige una coherencia e integridad personal nos lleva a abordar el matrimonio con una perspectiva muy precisa, ligada a su institucionalización: la apuesta por el matrimonio indisoluble no tiene otro objetivo y horizonte que la defensa de esa misma dignidad en relación con todos y cada uno de los implicados en él.
¿Puede alguien promover ciertos principios morales hasta el punto de arriesgarlo todo por ellos? Cabe que sólo una entrega de este tipo esté verdaderamente en consonancia con ellos, con su sentido y su carácter comprometedor. De la misma manera: ¿se puede querer a una persona hasta el punto de arrostrar por ella dificultades y privaciones fuertes, con un amor absolutamente exigente que prevalezca aunque esa persona enferme y se deteriore gravemente en el plano físico, o incluso psíquico, hasta convertirse en una sombra de sí misma? ¿Se puede querer a una persona con la entrega que compone tal suma de afecto, adhesión y respeto? Únicamente una entrega de este tipo está a la altura de la dignidad de esa persona en el matrimonio; y no sólo eso: también de la dignidad del propio sujeto al que se le pide. Y la experiencia de multitud de personas, a lo largo de muchas generaciones, demuestra que esa entrega resulta posible.
En realidad, además, el elogio de la integridad personal alcanza un sentido pleno cuando la coherencia que aprecia se refiere a las exigencias globales de la dignidad humana. Puede haber logros parciales que la memoria benevolente de los difuntos nos lleve a subrayar al evocar su figura, teniendo en cuenta que esta es la escala definitiva del juicio moral; pero esa misma escala tiene un óptimo, una culminación, que está en la convergencia y armonización de nuestra conducta con los dictados de nuestra conciencia y las exigencias de nuestra dignidad.
De todos modos, estamos demasiado acostumbrados a enunciar el asunto en términos negativos, referidos casi sólo a amenazas y exigencias, deberes y obligaciones. Esto es así, quizá, como consecuencia de los encendidos debates sociales que han suscitado en los últimos tiempos asuntos tan candentes como la homologación de las llamadas parejas de hecho, incluso homosexuales, y su presunto derecho a la adopción. Con todo, aun en el marco de esos debates, habría que hablar mucho más de mundos de posibilidades, de metas dignas de ser perseguidas y de verdaderas oportunidades. Hemos de afrontar las cosas con un optimismo mayor, que no por eso sea menos realista. Hay que centrar más las cosas en el sentido del compromiso y la calidad de las relaciones de las que constituye la puerta que en la consideración de su peso y sus eventuales dificultades.
Un optimismo realista
Hay textos, como el que sigue -de Amalia Bautista -, que no dejan que uno pase de largo junto a ellos y seguramente centran el tema mejor que cualquier digresión teórica: "Cuéntamelo otra vez: es tan hermoso/ que no me canso nunca de escucharlo./ Repíteme otra vez que la pareja/ del cuento fue feliz hasta la muerte./ Que ella no le fue infiel, y a él ni siquiera/ se le ocurrió engañarla. Y no te olvides/ de que, a pesar del tiempo y los problemas,/ se seguían besando cada noche./ Cuéntamelo mil veces, por favor:/ es la historia más bella que conozco". La obviedad de las claves líricas de la ilusión que estas palabras transmiten la vuelve significativamente susceptible de ser relacionada con el entreguismo escéptico al que hicimos referencia. Puede encerrar su trágico fatalismo. No obstante, su emotiva llamada puede también contribuir, como contrapunto, a perfilar un marco más completo y positivo para nuestra pregunta por la lealtad, incluso en un mundo y un momento como el nuestro.
No hemos de manejar, en relación con este tema, una visión de las cosas idílica a lo Walt Disney, utópica y edulcorada, ni una actitud desencantada y escéptica, representada por una especie de hondo suspiro resignado; ambas cosas, por lo demás, pueden estar más próximas de lo que parece. Por el contrario, hemos de alimentar al respecto una visión de carne y hueso, capaz de distinguir las luces y las sombras, con una actitud emprendedora y esperanzada, dispuesta a luchar: la actitud de quien sabe que la meta vale la pena aunque pueda parecernos ardua, que el miedo a sufrir puede hacer que lo veamos todo mucho más difícil de lo que realmente resulta, y que un final feliz -no necesariamente el happy end de las comedias de Hollywood sino un resultado feliz en la medida en que resulta posible, sabiendo como sabemos lo que esta palabra puede significar en el mundo real- está a nuestro alcance.
La fidelidad como meta y como virtud
La cuestión de la posibilidad de comprometer conscientemente nuestro futuro y de su sentido profundo o auténtico merece, con todo, la atención más cuidadosa. Hemos de estar prevenidos para no improvisar conclusiones urgidos por la prisa, arriesgándonos a que se revelen parciales y, por tanto, contraproducentes.
Así, hay que empezar constatando que la asunción de un compromiso de lealtad externo y público constituye una forma de decantar y reforzar, en relación con su objeto, la disposición personal. De entrada, tiene esta doble finalidad: por un lado, su formalización externa constituye un paso importante y necesario en su propia evolución; y por otro, supone la adopción de una defensa para algo importante que uno mismo sabe que podría llegar a arruinar en un despiste, en un momento de flaqueza u ofuscación, ya que dicha disposición puede ser tan resuelta como a la vez consciente de su fragilidad. La asunción de un compromiso expreso de futuro constituye, por tanto, la culminación de todo un proceso de decisión y, a la vez, una medida de protección al alcance del interesado para algo muy valioso que sabe que, a la larga, podría echar a perder si no está atento o carece de la ayuda de un entorno favorable (en el sentido más amplio de la palabra): desde este punto de vista, es un modo de prevenir eventuales pérdidas transitorias de energía y criterio, de fortaleza y de lucidez.
La fidelidad, además, es tanto algo que se comprueba y mide al cabo del tiempo cuanto algo que se construye en su desarrollo. Se forja a cada momento, adquiere forma en el día a día. Constituye un proyecto llamado a desplegarse y realizarse de manera progresiva; y puede llegar a desbaratarse pero tampoco resulta tan difícil de cumplir. No hemos de dejarnos impresionar por esa especie de perspectiva acumulativa que nos presenta de golpe la suma de todos los posibles problemas e incertidumbres de un porvenir hipotético, sin duda disuasoria: hay que construir el proyecto a cada momento, superando las dificultades concretas que éste nos presenta y, por cierto, aprovechando las nuevas oportunidades que nos brinda, casi siempre imprevisibles.
Por fin, la fidelidad no es sólo un objetivo a perseguir o un resultado a obtener a base de esforzarse en irlo construyendo día a día, sino también el arma para lograrlo. De ahí que se defina históricamente como virtud. Representa una disposición activa que interviene en nuestro obrar y, en su seno -en el curso de su desarrollo-, nos confirma paso a paso en la opción por ella: constituye un hábito que se forja en el entrenamiento del día a día y dirige nuestros pasos a lo largo del tiempo, actuando como un resorte cuya eficacia se refuerza con su ejercicio.
No hay que tener una visión simplista y reduccionista. La ambición y firmeza del compromiso y el cultivo de la virtud de la fidelidad componen una especie de continuo dinámico cuyo fruto viene a ser su consecución, también en la medida en que nos capacita para afrontar las situaciones extraordinarias en que pudiéramos llegar a vernos.
Prudencia y coraje
Habría que concluir, en síntesis: que a veces nos falta realismo en relación con nuestras posibilidades tanto de responder a las exigencias de compromisos fuertes cuanto de eludir el terreno de ese tipo de compromisos; que no cabe obviar, por mucho que nos abrume, la necesidad de decantarnos con claridad en relación con los grandes temas de la existencia, temas que ella misma nos pone delante de manera espontánea e implacable; y que podemos engañarnos con la idea de que no comprometernos es tanto diferir con prudencia nuestra decisión cuanto ser consecuentes con el conocimiento que tenemos de nuestras profundas limitaciones, evitando idealismos frustrantes. No hay que pedirle a la existencia más de la que puede dar, ni buscar un exceso de garantías. El deseo de "nadar y guardar la ropa" ante la posibilidad de "mojarse" en la vida puede encerrarla en los estrechos términos de un egoísmo mezquino y autodestructivo, quizá asociado a un pesimismo exagerado, asustado y paralizante.
Esto es tal vez lo fundamental: buscar demasiada seguridad puede llevarnos a perderlo todo. No hay que llamar prudencia a la cobardía; ni olvidar que con frecuencia la decisión prudente es la más ambiciosa y osada, la que en principio incorpora más riesgo.
La prudencia es aquello que nos mueve a tomar la mejor decisión en cada circunstancia, sopesando los pros y los contras. Y, en efecto, no lleva al encogimiento ni al cálculo egoísta de miras cortas, incapaz de trascender la visión de las consecuencias más tangibles e inmediatas de nuestras opciones; lleva al coraje preciso para abordar cada problema a su tiempo, invirtiendo en el empeño el esfuerzo necesario. No se limita a frenarnos: debe impulsarnos a afrontar cuando y como convenga los retos que se nos presentan, y puede aconsejarnos en su momento una apuesta atrevida y costosa, menos conservadora.
Lo importante, en cualquier caso, es advertir que esa eventual cobardía distorsiona la propia naturaleza de la meta. Según vimos, nuestra actitud hacia el fin que buscamos condiciona su talla. Y hemos de aplicarnos la viceversa: dado que estamos en el mundo, arrojados a vivir, y esa talla viene dada por las exigencias fundamentales de nuestra propia dignidad -la dignidad humana, esa cuya consideración tiene como consecuencia la afirmación de los denominados derechos humanos-, entonces se nos piden a todos, desde el principio, ciertas dosis elementales de valentía.
Pauta y programa de vida
Más aún, demos de nuevo la vuelta al planteamiento: se impone una especie de conclusión más global. La cuestión no está en la existencia de ciertas situaciones especiales, singulares e insólitas, en las que no cabe otra opción que la apuesta por el compromiso; el asunto está en que, en general, debemos afrontar la vida con valentía y coraje, en positivo, comprometiéndonos con los altos ideales que le impone la conciencia de nuestra dignidad.
La cuestión del compromiso y la lealtad, según venimos viendo desde un principio, trasciende los casos concretos de la maternidad y el matrimonio. Hay muchos otros ámbitos en los que la llamada de esta dignidad nos interpela con fuerza y de manera constante, emplazándonos a dar lo mejor de nosotros mismos: desde la amistad, la fraternidad y la piedad filial hasta la fe y la vocación religiosa, el sentido del deber en el trabajo, el patriotismo, o la solidaridad y la responsabilidad social, con la llamada a contribuir al alivio de las eventuales penurias y dificultades de nuestros congéneres en todos los órdenes.
Si observamos con atención, concluimos que todos los temas importantes de la existencia, los que afectan de lleno al reconocimiento y la defensa de nuestra dignidad -amor, religión, ética, identidad individual e inserción social- se resuelven directamente en términos de compromiso personal y conducta y trayectoria consecuente.
Cabe, en fin, que el papel que desempeña la lealtad en nuestra vida resulte mucho más central y protagónico de lo que parece. El compromiso y la fidelidad afectan de lleno a la expresión de nuestra personalidad hacia dentro y hacia fuera; y dan forma al carácter, lo modelan y manifiestan. La tensión dinámica que enlaza y asocia las actitudes de compromiso y fidelidad, de apuesta valiente y perseverancia esforzada, constituye una pauta básica de comportamiento que se deduce de la consideración de nuestra dignidad personal y marca profundamente, a todos los niveles, nuestro proyecto o programa existencial.
Lealtades e identidad moral
La pregunta por la fidelidad y nuestra capacidad de compromiso encierra, al cabo, una cuestión de fondo que afecta al nudo de nuestra identidad vital. Y hemos de estar prevenidos porque la insensible tendencia al repliegue que un egoísmo calculador vendría a imponernos puede acabar mostrándonos como valiente y pundonorosa, emancipadora, no sólo la apuesta por la posibilidad de revisar a lo largo del tiempo nuestras elecciones en el terreno sentimental sino también, incluso, la de transgredir y dejar de lado nuestras obligaciones naturales -la de una madre con su hijo, la de un hijo hacia sus padres...- en beneficio de nuestra comodidad y en nombre de la autonomía y la libertad.
No es difícil ver cómo esta sugestión aparece a menudo influyendo en nuestras respuestas ante debates tan delicados como los referidos al aborto y la eutanasia, la emigración y el racismo -con la cuestión de la marginalidad y la exclusión social- o la experimentación genética; y, en general, ante todo lo relativo a nuestras obligaciones hacia los demás, sean del orden que sean.
De todos modos, la cuestión apunta al núcleo de nuestro horizonte moral. Termina remitiendo a la de la tentación de afrontar la existencia con el simple objetivo de vivir lo mejor posible o sufrir lo mínimo, en lugar de con el empeño de realizar en nosotros el proyecto cuyo horizonte llevamos impreso en nuestro ser desde que nacemos, aquel que nos impone nuestra común condición humana. El asunto no es otro que aquel que han subrayado con insistencia, a través de los siglos, tanto el discurso admonitorio de la religión cuanto el propio de los filósofos clásicos, los pensadores e intelectuales conscientes y los lideres sociales comprometidos de todos los signos políticos; y esta insistencia incluye, no pocas veces como argumento central, la advertencia de que el primer objetivo -el de vivir lo mejor posible o sufrir lo mínimo- se alcanza sólo, en cuanto cabe, a través del segundo.
Pero hay más: si miramos bien, nuestras lealtades constituyen las líneas de fuerza que recorren nuestra vida y componen su hilo conductor; constituyen su guión: son aquello que se distingue al contemplarla, destacado sobre el fondo del vibrante e intenso magma de flashes inconexos que compone nuestra historia. De ahí que les demos tal relieve en la memoria de los muertos.
En definitiva, y en la línea de lo observado en relación con nuestros habituales panegíricos obituarios, la medida de nuestra biografía no es sino la de las lealtades que la recorren. Ellas perfilan nuestra alma y nos constituyen. Somos aquello que van delineando al cabo del tiempo nuestros compromisos observados a pesar de las dificultades. De ahí que la renuncia a las ideas de compromiso y fidelidad suponga la pérdida radical de nuestras posibilidades de encontrarnos a nosotros mismos, de realizar una personalidad y ser alguien.
Ideales y dignidad
La opción por el compromiso que la fidelidad ejercita y traduce nos hace identificarnos con objetivos que nos sobrepasan e ideales que nos exceden; sin embargo, tales son los objetivos e ideales apropiados, aquellos que nos corresponden. A pesar de que nos parezcan inalcanzables, resultan mucho más coherentes con las exigencias de nuestra dignidad que otros tal vez más modestos y cómodos y, por supuesto, que la mera posibilidad de ignorarlos. Su asunción nos hace elevarnos sobre nosotros mismos y alcanzar, en todos los órdenes, umbrales de plenitud y realización personal que se encuentran más allá del pobre horizonte que a veces dibujan nuestras pulsiones primarias, y nuestras precarias fuerzas, y se ajustan más a nuestras íntimas necesidades y aspiraciones.
De hecho, tal opción nos lleva a lograr niveles de satisfacción o felicidad más elevados, profundos y ciertos, más serios y duraderos, más reales. Esa satisfacción no la dan las cosas que podemos conseguir directamente o adquirir en el mercado, acaso en su surtida sección emocional; la da más bien la adecuación de nuestras apuestas vitales a nuestra dignidad moral, aunque esas apuestas exijan renuncias que nos alejen de la seguridad que nos da la asequibilidad de aquello que se compra y se vende.
La apuesta por la fidelidad y el compromiso constituye para nosotros, en síntesis, la llave del acceso a una vida digna: digna de nosotros mismos en tanto personas. La ausencia de esa apuesta, en cambio -a pesar de las apariencias-, desencadena una deriva existencial empobrecedora y alienante. Según lo dicho, la diferencia entre una cosa y otra puede ser la que habría entre entender la vida como una sucesión de situaciones sueltas, más o menos llevaderas, y verla como algo que tiene argumento; y este argumento no es otro que, precisamente, el de la realización en ella de nuestra dignidad irreductible de seres humanos.
Vale la pena arriesgarse y, en realidad, no hay otra alternativa. Hemos de ser menos inmediatos y más juiciosos: más serenos, equilibrados y prudentes; y esto implica jugar a largo plazo, arriesgar para ganar. Sólo apuntando lejos acabaremos descubriendo finalmente, con sorpresa, aquello de lo que somos capaces.
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