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ESPONTANEIDAD, AMOR Y CASTIDAD (Angel Rodríguez Luño)

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Espontaneidad, amor y castidad conyugal
La idea de que la libertad y el amor exigen una completa espontaneidad, hasta el punto de que la existencia de una norma o criterio regulador haría desaparecer tanto el verdadero amor como la auténtica libertad, es una idea relacionada con el voluntarismo.

El Dr. Ángel Rodríguez Luño, Prof. de Teología Moral en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma), Profesor de Moral en el «Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia» de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Esta mañana (29.11.2003) ha pronunciado una comunicación en el Congreso Internacional de Teología Moral celebrado en UCAM (Universidad Católica de Murcia), de gran calado doctrinal (UNIVERSALIDAD E INMUTABILIDAD DE LOS PRECEPTOS DE LA LEY NATURAL. LA EXISTENCIA DE UNA MORALIDAD INTRÍNSECA ABSOLUTA). Con esta ocasión, recordamos uno de sus textos, en los que se implican conceptos tan importantes como libertad, espontaneidad y castidad conyugal.

 

por Angel Rodriguez Luño

La idea de que la libertad y el amor exigen una completa espontaneidad, hasta el punto de que la existencia de una norma o criterio regulador haría desaparecer tanto el verdadero amor como la auténtica libertad, es una idea relacionada con el voluntarismo. Encontramos una formulación explícita en el Comentario a las Sentencias de Guillermo de Occam: «Aquello que es propiamente libre se hace también espontáneamente, de donde parece que no puede distinguirse la libertad y la espontaneidad» (Comentario a las Sentencias I, dist. X, q. 2, H), Libertad y espontaneidad son la misma cosa, ¿pero cuál es el significado preciso de espontaneidad? Intentemos responder a esta pregunta.

El análisis de los textos hace pensar que se considera espontáneo un acto o un proceso en el que la posición del querer o del impulso es anterior a toda intervención de la razón. Se actúa espontáneamente cuando se actúa porque sí, inmotivadamente, si por motivo entendemos un principio o un fin racional. Habla ahora Duns Scoto: «Quare voluntas voluit hoc, nulla est causa, nisi quia voluntas est voluntas» (Opus oxoniense I, dist. VIII, q. 5, a. 3, n. 24). El querer o el apetecer es un primum [lo que se considera de primera importancia] la verdad en cambio tiene una importancia muy secundaria.

Voluntad espontánea significa voluntad anterior a la razón, voluntad en cuya determinación el conocimiento y la verdad no tienen un papel importante. Voluntad espontánea es un impulso radical, que se desencadena por sí mismo y desde sí mismo, que no tiene otra causa que sí mismo. En el interior de este modo de concebir el dinamismo y el actuar del hombre no hay sitio para la finalidad, para la causa final. Y con la finalidad es excluida la característica específica de todo proceso racional en cuanto racional. Desde este momento toda la explicación causal consiste en el estudio de las condiciones iniciales que dan origen al movimiento o, si se quiere, en el estudio de la situación o del estado inmediatamente anterior en el tiempo. Se entiende fácilmente que en el fondo se adopta la causalidad material (causa ex qua) como único modelo de explicación causal.

Aunque esta concepción pueda parecer, inicialmente, bastante rara, ha tenido una notable importancia, incluso fuera de los estudios sobre la voluntad. Se puede sostener que este concepto de espontaneidad está presente en la mecánica clásica, es decir, en la de Newton. Es característico de la concepción newtoniana del mundo el concepto específico de fuerza. En la fuerza, en las diversas fuerzas de las que hablan los científicos, se encuentra la causa del desencadenarse de los procesos. El movimiento de los cuerpos no necesitaría de otra explicación que ésta, su movimiento es ciertamente espontáneo, en el sentido explicado, gracias al cambio del estado inercial inicial, sin siquiera referencia a la finalidad.

Este modelo explicativo es adoptado también por algunas psicologías. Se habla mucho entre ciertos psicólogos de libertad y de espontaneidad; se habla incluso de liberación de tabúes de las normas éticas, etc. Pero entonces ya no se encuentra la libertad. Estos psicólogos escuchan al paciente con la convicción de que todo hecho relatado por otra persona es el resultado de un mecanismo, que él, el psicólogo, debe descubrir y sacar a la luz. Consideran al hombre como un autómata guiado por diversos mecanismos, movido por diversas vis a tergo (fuerzas mecánicas), pero son incapaces de considerar al hombre como autor, como protagonista, como causa de algo original. Aunque estos psicólogos hablen de espontaneidad, más aún, justo porque hablan de espontaneidad, niegan la libertad del hombre.

En otro orden de cosas, piénsese en Lutero, fiel seguidor de Occam. Afirma Lutero: «Profesamos que a la fe deben seguir las buenas obras, más aún, que deben seguir, pero que se siguen espontáneamente, como el árbol bueno no debe dar buenos frutos sino que los da espontáneamente» (Luthers Werke (ed. Weimar), t.39/I, 46). Emplea Lutero con toda claridad el concepto de espontaneidad como modelo explicativo, es decir, piensa que toda la causalidad y todo el valor del actuar deba buscarse en la situación ex qua ésa procede. Por eso Lutero añade: «No sólo las obras buenas hacen al hombre bueno, es el hombre bueno el que hace sus obras buenas. No sólo las obras malas hacen al hombre malo, sino el hombre malo es el que hace malas sus obras» (Ibid, t. 7, 32). Significa esta afirmación que las acciones singulares no gozan de una verdadera libertad respecto al estado fundamental del que proceden, sino que son una simple consecuencia o manifestación exterior más o menos importante. Llegados a este punto no se le escapa a nadie cuán semejantes son estas posturas aquí estudiadas a algunas teorías modernas como, por ejemplo, ciertas interpretaciones de la opción fundamental.

Llega el momento de la valoración crítica. ¿Es plausible esta idea de la libertad como espontaneidad? Quisiera hacer observar, antes que nada, que la espontaneidad implica una renuncia a la comprensión de la libertad y del amor, renuncia que termina en el irracionalismo. No sin razón escribía Hegel: «Los intereses espontáneos, los que no pueden ser entendidos por la razón, todo eso es exactamente la locura». Si la voluntad y el impulso son un prius respecto a la inteligencia, la comprensión de la voluntad y del impulso se nos presenta como un absurdo lógico, ya que comprender la voluntad sería poner la razón por encima del querer y del impulso, para regularlos según su verdad. Por tanto, la posición inicial (voluntad como un primum absoluto) cae en contradicción.

Otra observación mostrará lo no plausible de la espontaneidad entendida como espontaneismo. Y es ésta: la espontaneidad es el grado mínimo de libertad, porque es el grado mínimo de dominio y de autoposesión. El dominio sobre los procesos espontáneos es solamente inicial; las consecuencias y los desarrollos finales escapan a todo control. En los procesos espontáneos, donde no hay una posesión intencional del fin que hay que alcanzar, solamente hay consecuencias preterintencionales. Para entender intuitivamente cómo todo eso repugna a los conceptos de libertad y de amor baste pensar en el acto divino de la creación. Siendo obra del amor de Dios, la creación tiene efectos queridos, pero no tiene consecuencias preterintencionales. Decir lo contrario sería lo mismo que afirmar que Dios no conoce y no domina todo lo que sigue a su acto creador, o decir que de su actuar derivan hechos no previstos por Él y por Él no queridos, hechos que escapan a su Sabiduría, a su Amor y a su Potencia. Como si la creación fuera el desarrollo espontáneo de una especie de ciego instinto cósmico desencadenado en un determinado momento. La creación no es espontánea porque es obra de la libertad y del amor de Dios.

Vemos pues que el concepto de actuar espontáneo no se adecúa al actuar de Dios, y tampoco al actuar del hombre, porque la persona humana vive, ella misma, como causa eficiente, y, en un cierto sentido, como causa final de sus actos; el hombre se hace autor de algo conocido y querido con anterioridad. Fuera de este conocimiento se puede hablar de instinto, pero no de libertad. «La autodeterminación —se lee en Persona y acto— se identifica con el decidir consciente. En cambio la espontaneidad —o instintividad de la acción— se puede explicar como la orientación del impulso conjunto con la potencialidad del cuerpo o también con una cierta facilidad emotiva. Entonces el decidir consciente es limitado o, a voces, casi anulado» (K. WO]TYLA, Persona e atto (Lib. Ed. Vaticana, 1982), p. 149).

Para mí no hay duda de que el concepto de espontaneidad estudiado hasta aquí está presente con frecuencia en el modo de entender la realidad conyugal. Adviértase que no faltan quienes hablan de un hijo como de una consecuencia, y no como de un fruto, querido conscientemente, de su amor. Eso quiere decir que los cónyuges que hablan así han actuado espontáneamente, sin pensar y sin aceptar la finalidad inmanente de ciertos actos y de ciertos procesos. Han sido llevados por un impulso afectivo o sentimental pero no han actuado buscando un bien o un valor. Han sido víctimas de una especie de mecánica psíquica o biológica, que tanto Newton como ciertos psicólogos estudiarían con gusto. Lo peor no es que hayan sido víctimas una vez, sino que todavía lo son, ya que el dominio implicado en el concepto mismo de libertad sólo es posible gracias a la posesión intencional del fin del obrar: gracias al conocimiento y aceptación de la finalidad es como ésta se convierte en motivadora.

Hemos visto que no se puede hablar de consecuencias a propósito de Dios Creador; entre los cónyuges en cambio es consecuencial en tanto que no sean conscientes y acepten su papel de partícipes del poder creador de Dios en la transmisión de la vida, aspecto que, como sabemos, constituye uno de los significados y valores de la vida conyugal. Y si entre esos cónyuges todo es consecuencial, debemos afirmar entonces que su grado de libertad y de dominio sobre el propio actuar es mínimo.

Intentemos sacar conclusiones. E1 análisis hecho hasta este momento demuestra que las objeciones contra la castidad no son válidas. Esa objeción presupone que la existencia del verdadero amor va unida a la libertad entendida como espontaneidad. Pero hemos visto que la espontaneidad es el grado mínimo de libertad, en cuanto es el grado mínimo de autoposesión, y por eso el grado mínimo de autodeterminación y de autotrascendencia, ya que no se puede disponer ni dar de lo que no se posee. E1 amor concebido como desarrollo espontáneo de ciertas condiciones afectivas es simplemente impulso sin verdadera trascendencia, porque el otro es en este contexto un objeto de placer y de satisfacción subjetiva.

Pero ésta no es la verdadera realidad del amor conyugal. Leamos como ejemplo lo que dice la Humanae vitae «Por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva, los esposos tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas» (PABLO VI, Enc. Humanae vitae, n. 8. en Colección Folletos mc, n. 72). E1 amor conyugal mira al mutuo perfeccionamiento y a la generación y educación de nuevas vidas, el amor tiene, pues, un sentido bien definido, una finalidad, no es simplemente una espontaneidad. Por tanto, la libertad que sostiene el amor sólo es posible en cuando está fundada en el conocimiento de estos valores; la libertad va precedida y guiada por el conocimiento. En el caso concreto del amor conyugal, la libertad va precedida del conocimiento de los valores de la persona, sea de la persona del cónyuge que de las posibles nuevas personas. El valor de la persona es el criterio-guía. «La conciencia de esta verdad despierta la necesidad de integrar el amor sensual, exige que la reacción sensual y afectiva hacia el ser humano de sexo opuesto sea elevado al nivel de la persona» (Familiaris consortio, n. 33). La castidad es la virtud que realiza esta integración del amor sensual en el amor personal, evitando que la relación amorosa entre los cónyuges se convierta en una relación de utilidad, en la que uno o ambos se sirven del otro para satisfacer las necesidades no dominadas por no ordenadas. «La castidad —se afirma en la Familiaris consortio— no significa ni rechazo ni desestima de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual, que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe elevarlo hasta su plena realización» (FC, n. 33) La castidad no daña el amor, sino que lo defiende y eleva. Eleva el amor que, como se afirma en la Humanae vitae, «es en primer lugar amor plenamente humano, es decir, al mismo tiempo sensible y espiritual. No es pues simple manifestación de instinto y de sentimiento, sino también y principalmente acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer en las alegrías y dolores de la vida cotidiana, de modo que los esposos lleguen a ser un solo corazón y una sola alma, y alcancen juntos su perfección humana» (HV. n. 9).

«No hay amor humano neto franco y alegre en el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega. (...) Con respecto a la castidad conyugal, aseguro a los esposos que no han de tener miedo a expresar el cariño: al contrario, porque esa inclinación es la base de su vida familiar. Lo que les pide el Señor es que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con delicadeza, con naturalidad, con modestia. (...) Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara» (Mons. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, n. 25).
 



(Del libro La paternidad responsable, Ed. Palabra.)

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Contacto: mailto:webmaster@arvo.net

Director de Revistas: Javier Martínez Cortés

Editor-Coordinador: Antonio Orozco Delclós

 

Enviado por Palabra - 30/06/2005 ir arriba
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