Por Javier Aranguren
En "Lo que pesa el humo", Ediciones Rialp, Madrid 2001.
A menudo me planteo seriamente si no me estoy convirtiendo en un hortera; tal vez mi problema estriba en que soy en exceso sensible. No lo sé. Lo segundo queda bien, puedo incluso provocar suspiros de lástima si pongo voz de adolescente incomprendido -pasó ya esa etapa hace más de diez años-. En cambio, lo primero -ser hortera resulta impresentable para una educación tan selecta como la que he recibido entre mis algodones.
Pero tengo esa preocupación porque, un día tras otro (a veces, lo prometo, me tengo que parar por la calle a recuperarme de la sorpresa), me quedo admirado de la gente que es capaz de quererse y de decir que realmente es feliz. Así, como Diógenes en su búsqueda de un hombre que fuera verdaderamente libre, yo me muevo tratando de descubrir qué es eso del amor y su porqué.
Mucha gente podría responderme que se trata de un sentimiento, de algo que te llena por todos lados y te calienta la sangre. Me temo que con frecuencia son demasiados los que, al hablar del amor, no son capaces de superar el nivel de desarreglo psicosomático (perdón por la palabra) que produce la aparición de otro en su equilibrio vital. Pero eso no es muy interesante ya que, los que se dicen amantes teniendo ese tipo de amor, no salen de sí y, como mucho, quedan fascinados por lo que Ortega llamaba patología de la atención. El amor es más profundo que el cosquilleo o que un corazón acelerado; no se trata de un mero desarreglo homeostático.
Tengo un amigo que se casa dentro de poco y, en confianza, me decía que por fin ha descubierto qué significa amar.
-«¿El qué?», le preguntaba yo, agudamente interesado. Me respondió que su novia y él están ultimando la decoración del piso.
-«Amar -decía, mi amigo, que es un enamorado del arte y de lo plástico- es que tu novia diga que las cortinas tienen que ser verdes, y que tú lo aceptes, aunque te parezcan horribles, porque a quien quieres es a ella».
Rendir el juicio, dar, siempre dar, eso es el amor para mi amigo. Pero no desde una altura abstracta y platónica, sino que se trata de un dar que se refleja, precisamente, ya en el verde chillón de unas cortinas.
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