| Discurso del Papa a los participantes en el Congreso organizado por el Centro de Estudios e Investigación sobre la regulación natural de la fertilidad (5-VI-1987).
Texto del discurso dirigido por el Papa Juan Pablo II a los participantes en el IV Congreso Internacional de la Familia, de África y de Europa, que tuvo lugar en la Facultad de Medicina de la Universidad Católica del Sacro Cuore, con motivo del XX aniversario de la Enc. de Pablo VI. La audiencia se celebró el 14 de marzo de 1985, en la Sala Clementina. Tomado de «L"Osservatore Romano», del 22-XI-1987.
Ilustres señores, distinguidas señoras:
1. Con viva alegría os doy la bienvenida a esta audiencia especial, que he reservado gustosamente a vuestra calificada representación, con motivo del Congreso Internacional convocado para recordar el XX aniversario de la Encíclica Humanue vitae. Al dirigiros mi cordial saludo, con una mención particular para el Profesor Bausola, al que agradezco sus palabras, deseo expresar mi viva complacencia a los responsables del «Centro de Estudios e Investigaciones sobre la regulación natural de la natalidad», de la Universidad Católica del Sacro Cuore, promotores de esta iniciativa, que se repetirá dentro de unos días en Bolonia.
Una enseñanza permanente de la doctrina moral de la Iglesia
2. El vigésimo aniversario de la Encíclica Humanue vitae ofrece a toda la Iglesia una ocasión propicia para reflexionar seriamente sobre la doctrina que enseña; una doctrina que he tratado en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio y en otras muchas ocasiones. Se trata, en efecto, de una enseñanza que pertenece al patrimonio permanente de la doctrina moral de la Iglesia.
La ininterrumpida continuidad con que ha sido propuesta por la Iglesia, nace de su responsabilidad sobre el verdadero bien de la persona humana. En primer lugar, de la persona humana de los cónyuges. En efecto, el amor conyugal es su bien más preciado. La comunión interpersonal, que se establece entre dos bautizados en virtud de ese amor, es el símbolo real del amor de Cristo por su Iglesia. La doctrina expuesta en la Encíclica Humanue vitae constituye por tanto una defensa necesaria de la dignidad y de la verdad del amor conyugal.
Como ante cualquier valor ético, también ante el amor conyugal el hombre tiene una grave responsabilidad. Los primeros responsables de su amor conyugal son los cónyuges, en el sentido de que están llamados a vivirlo en toda su verdad. La Iglesia los ayuda en su empeño iluminando sus conciencias y asegurándoles, con los sacramentos, la fuerza que la voluntad necesita para elegir el bien y evitar el mal.
Incomprensión de algunos pastores de almas
3. Sin embargo, no puedo callar ante el hecho de que, hoy, no pocos no sólo dejan de ayudar a los cónyuges en esta grave responsabilidad suya, sino que les crean notorios obstáculos.
A este respecto, cualquier,hombre que haya percibido la belleza y la dignidad del amor conyugal, no puede permanecer indiferente ante los intentos que se hacen por equiparar a todos los efectos, el vínculo conyugal y las simples uniones de hecho. Equiparación injusta, destructora de uno de los valores fundamentales de toda convivencia civil--el aprecio del matrimonio--y deformadora de las jóvenes generaciones, que se sienten tentadas a tener un concepto y a realizar una experiencia de la libertad, que aparecen desviadas ya desde su raíz.
Además, los cónyuges, en su empeño por vivir correctamente el amor conyugal, pueden ser obstaculizados seriamente por una cierta mentalidad hedonista, muy difundida por los medios de comunicación; fruto de ideologías y praxis contrarias al Evangelio; pero eso también puede ocurrir--y con consecuencias graves y desintegradores--cuando la doctrina enseñada por la Encíclica es discutida, como alguna vez ha sucedido, incluso por parte de algunos teólogos y pastores de almas. Esta postura, en efecto, puede sembrar la duda sobre una enseñanza que para la Iglesia es cierta, y de ese modo se oscurece la percepción de una verdad que no puede ser discutida. Eso no es una señal de `"comprensión pastoral", sino de incomprensión del verdadero bien de las personas. La verdad no puede medirse por la opinión de la mayoría
La preocupación, que habéis tenido en vuestro Congreso, de incluir una reflexión de carácter más específicamente técnico y científico sobre el control natural de la natalidad, en el contexto de amplias reflexiones teológicas, filosóficas y éticas, debe ser subrayada y aplaudida. Otro modo de debilitar en los cónyuges el sentido de la responsabilidad sobre su amor conyugal es precisamente el de difundir información sobre los métodos naturales, sin ir acompañada por la debida formación de las conciencias. La técnica no resuelve los problemas éticos, simplemente porque no está en condiciones de hacer mejor a la persona. La educación de la castidad es algo que nada puede sustituir. Amarse conyugalmente sólo es posible para el hombre y la mujer que hayan alcanzado una verdadera armonía en lo íntimo de su personalidad.
Dios Creador, único Señor de la vida y de la muerte
4. A veinte años de la publicación de la Encíclica, puede verse claramente que la norma moral expuesta en ella no es sólo para defender la bondad y la dignidad del amor conyugal y, por tanto, del bien de la persona de los cónyuges. Tiene un alcance ético mucho mayor. En efecto, la lógica profunda del acto anticonceptivo, su raíz última, que Pablo VI señaló proféticamente, han salido ahora a la luz. ¿Qué lógica? ¿Qué raíz?
La lógica anti-vida: en estos veinte años, numerosos Estados han renunciado a su dignidad de ser los defensores de la vida humana inocente, aprobando legislaciones abortistas. Todos los días se producen en el mundo verdaderas matanzas de inocentes.
¿Qué raíz? Es la rebelión contra Dios Creador, único Señor de la vida y de la muerte de las personas humanas: es el no reconocimiento de Dios como Dios; es el intento, intrínsecamente absurdo, de construir un mundo del que se aparta completamente a Dios.
En la Encíclica Humanue vitae, Pablo VI expresaba la certeza de que, con la defensa de la moral conyugal, contribuía a la instauración de una civilización verdaderamente humana (cfr n. 18). A veinte años de distancia de la publicación de ese Documento, no faltan verdaderamente las evidencias de lo fundado que estaba aquel convencimiento. Y son evidencias comprobables no sólo por los creyentes, sino por cualquier hombre preocupado por los destinos de la humanidad, ya que cualquiera puede ver a qué consecuencias se ha llegado por no obedecer la santa ley de Dios.
Vuestro esfuerzo--como el de otras muchas personas de buena voluntad--es una señal de esperanza, no sólo para la Iglesia, sino para toda la humanidad.
Os invito cordialmente a cada uno de vosotros a perseverar generosamente en el camino emprendido, y a todos os imparto mi Bendición! como prenda de la ayuda celestial.
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LA PROCREACIÓN RESPONSABLE EN LAS ENSEÑANZAS DE LA IGLESIA*
Discurso del PAPA JUAN PABLO II
Queridos hermanos y hermanas:
1. Os saludo muy cordialmente y os agradezco vuestra presencia, mientras me congratulo con el «Centro de Estudios e Investigaciones sobre la regulación natural de la natalidad» de la Facultad de medicina de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, por haber promovido también este año un encuentro de estudios y de actualización sobre la temática referente a la procreación responsable.
El amor conyugal y el don de la vida
Vuestro empeño se inscribe en la misión de la Iglesia y participa de la misma, en el marco de una de las más urgentes e importantes preocupaciones pastorales. Se trata de conseguir que los esposos vivan santamente su matrimonio. Vosotros os proponéis ayudarles en su camino hacia la santidad, en el cumplimiento total de su vocación conyugal.
Es bien sabido que frecuentemente --como también ha puesto de relieve el Concilio Vaticano II- una de las principales angustias que encuentran los esposos está constituida por la dificultad de realizar en su vida conyugal el valor ético de la procreación responsable. El mismo Concilio pone como base de una justa solución de este problema la verdad según la cual no puede haber una contradicción real entre la ley divina referente a la transmisión de la vida humana y el auténtico amor conyugal 2. Hablar de «conflicto de valores o de bienes» y de la consiguiente necesidad de realizar una especie de «equilibrio» de los mismos, eligiendo uno y rechazando el otro, no es moralmente correcto y sólo produce confusión en la conciencia de los esposos. La gracia de Cristo da a los esposos la real capacidad de realizar toda la «verdad» de su amor conyugal. Vosotros queréis dar testimonio concretamente de esta posibilidad y así of recer a las parejas casadas una preciosa ayuda: la de vivir en plenitud su comunión conyugal. A pesar de las dificultades que podéis encontrar, es necesario seguir adelante con generosa entrega.
Valor y carácter obligatorio de la verdad referente a los anticonceptivos, propuesta por el Magisterio
2. Las dificultades que encontráis son de diversa índole. La primera, y en cierto sentido la más grave, es que incluso en la comunidad cristiana se han oído y se siguen oyendo voces que ponen en duda la misma verdad de la enseñanza de la Iglesia. Dicha enseñanza ha sido expuesta vigorosamente por el Vaticano II, por la Encíclica Humanue vitae, por la Exhortación Apostólica Familiaris consortio y por la reciente Instrucción El don de la vida. A este respecto surge una grave responsabilidad: los que se ponen en abierta oposición a la ley de Dios, auténticamente enseñada por la Iglesia, llevan a los esposos por un camino equivocado. Lo que enseña la Iglesia sobre los anticonceptivos no constituye materia sujeta a libre discusión entre los teólogos. Enseñar lo contrario equivale a inducir a error a la conciencia moral de los esposos.
La segunda dificultad está constituida por el hecho de que muchos piensan que la enseñanza cristiana, aunque es verdadera, resulta, sin embargo, impracticable, por lo menos en algunas circunstancias. Como ha enseñado siempre la Tradición de la Iglesia, Dios no manda lo imposible, y todo mandamiento lleva consigo también un don de gracia que ayuda a la libertad humana a cumplirlo. Sin embargo, son necesarios la oración constante, el recurso frecuente de los sacramentos y la práctica de la castidad conyugal. Vuestro empeño, pues, no debe limitarse solamente a la enseñanza de un método para el control de la natalidad humana. Esta información deberá estar encuadrada en el contexto de una propuesta educativa completa, que se dirija a la persona de los esposos, globalmente considerada. Sin este contexto antropológico, vuestra propuesta correría el peligro de ser errónea. Vosotros estáis muy convencidos de esto, porque como base de vuestros cursos habéis puesto siempre una reflexión antropológica y ética.
Hoy más que ayer el hombre siente de nuevo dentro de sí la exigencia de la verdad y de la recta razón en su experiencia de cada dio. Estad siempre dispuestos a decir sin ambigüedad la verdad sobre el bien y el mal del hombre y de la familia.
Con estos sentimientos quiero animaros en el extraordinario servicio de apostolado que os proponéis realizar en las diócesis y en los centros de formación de la familia. En la educación para la procreación responsable, sabed animar a los esposos a seguir los principios morales inherentes a la naturaleza humana y a la sana conciencia cristiana. Enseñada a buscar y a amar la voluntad de Dios. Animad a respetar y a realizar la sublime vocación del amor conyugal y del don de la vida.
Con mucho gusto os bendigo a todos, a vuestros seres queridos y a vuestras inciativas de apostolado.
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LA ANTICONCEPCIÓN, CONTRA LA LEY DE DIOS*
Discurso del PAPA JUAN PABLO II
a los sacerdotes participantes en el «Seminario de Estudio» sobre la «procreación responsable» (17-lX-1983).
Queridísimos:
1. Os recibo con el ánimo alegre al fin de vuestra importante Convención. Al dirigiros mi cordial saludo, deseo expresar a los organizadores del «Seminario de Estudio» una sincera satisfacción por esta oportuna iniciativa, que os ha reunido para que reflexionéis sobre uno de los puntos esenciales de la doctrina cristiana respecto al matrimonio. De hecho, durante estos días, habéis procurado descubrir las razones de lo que Pablo VI enseña en su Carta Encíclica Humanue vitae, y que yo mismo he repetido en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio.
Profundizar en las razones de esta enseñanza es uno de los deberes más urgentes para cualquiera que enseñe ética o se dedique a la pastoral familiar; no basta con una exposición fiel e íntegra, sino que es necesario que se muestren cuáles son las razones más profundas.
Razones teológicas
Estas razones son, principalmente, de orden teológico. En el origen de cada persona humana hay un acto creador de Dios: ningún hombre viene a la existencia por casualidad; el hombre es siempre el término del amor creador de Dios. De esta fundamental verdad de fe y de razón se deriva que la capacidad procreativa, inserta en la sexualidad humana es --en su más profunda verdad--una cooperación con el poder creador de Dios. Y se deriva también que de esta capacidad procreativa el hombre y la mujer no son los árbitros, no son los amos, sino que son llamados, en ella y por ella, a ser partícipes de la decisión creadora de Dios. Por tanto, cuando, mediante la anticoncepción, los esposos quitan al ejercicio de su sexualidad conyugal su potencial capacidad procreativa se atribuyen un poder que pertenece sólo a Dios: el poder de decidir en ultima instancia la venida a la existencia de una persona humana. Se atribuyen la cualidad de ser no los cooperadores del poder creador de Dios, sino los depositarios últimos de las fuentes de la vida humana. Bajo esta perspectiva, la anticoncepción debe ser juzgada, objetivamente, como algo tan profundamente ilícito, que nunca podrá, por ninguna razón, ser justificado. Pensar o decir lo contrario equivale a suponer que en la vida humana se puedan dar situaciones en las que sea lícito no reconocer a Dios como Dios.
Razones antropológicas
2. Existen, además, razones de orden antropológico. La enseñanza de la Humanae vitae y de la Familiaris consortio se justifica en el contexto de la verdad de la persona humana, verdad que está en la base.
La conexión inseparable de la que habla la Encíclica, entre el significado unitivo y él significado procreativo, inscritos en el acto conyugal, nos da a entender que el cuerpo es parte constitutiva del hombre, que pertenece al ser de la persona y no a su tener. En el acto que expresa su amor conyugal los esposos son llamados a hacer de sí mismos don del uno al otro: nada de lo que constituye su ser persona puede ser excluido de esta donación. Escuchemos a este respecto un texto, de singular profundidad, del Vaticano II: Ille autem amor, utpote eminenter humanas, cum a persona in personam voluntatis affectu dirigatur, totius personae bonum complectitur (...). Talis amor, humana simul et divina conscians, coniuges ad liberum et mutuum sui ipsius donum (...) conducit 1. A persona in persona». (de persona a persona): estas palabras tan simples expresan la completa verdad del amor conyugal, el amor interpersonal. Un amor centrado del todo en la persona, en el bien de la persona (totins personue bonum complectitur): en el bien que es el ser personal. Y es este bien el que los cónyuges se dan recíprocamente (liberum et mutuum sari ipsius donum). El acto anticonceptivo introduce una sustancial limitación en el interior de esta recíproca donación, y expresa un objetivo rechazo de dar al otro, respec¿ivamente, todo el bien de la feminidad o de la masculinidad. En una palabra, la anticoncepción niega la verdad del amor conyugaL
La ley de Dios no es graduable
3. No se pueden ignorar las dificultades que los esposos encuentran para ser fieles a la ley de Dios, y estas dificultades han sido objeto de vuestra reflexión. Es necesario que «Este amor, por ser un acto eminentemente humano--ya aue va de persona a persona con el afecto de la voluntad--, abarca el bien de toda la persona y, por tanto, enriquece y avalora con una dignidad especial las manifestaciones del cuerpo y del espíritu y las ennoblece como elementos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo por el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don mutuo y libre de sí mismos».Se haga lo posible para que los cónyuges sean ayudados del modo adecuado.
Es necesario, sobre todo, evitar la «gradualidad» en la ley de Dios, según las diversas situaciones en las que los esposos se encuentren. La norma moral nos da a conocer el proyecto de Dios sobre el matrimonio, el bien entero del amor conyugal; querer reducir ese proyecto es una falta de respeto a la dignidad del hombre. La ley de Dios expresa las exigencias de la verdad de una persona humana: ese orden de la Sabiduría divina ·quem si tenuerimus in hac vita--como dice San Agustín--perducet ad Deum, et quem nisi tenuerimus in sita, non perveniemus ad Deum 2.
Se nos puede preguntar, en efecto, si la confusión entre la «gradualidad de la ley» y la «ley de la gradualidad» tiene también su explicación en una escasa estima y valoración de la ley de Dios. Se la considera no adecuada para cada hombre, para cada situación, y, por eso, se la quiere reemplazar por otra ordenación distinta de la divina.
La verdad del amor conyugal
4. Hay una verdad central en la ética cristiana, que es necesario que ahora saquemos a colación. Hace algunos días leíamos en la Liturgia de las Horas de la Fiesta de la Natividad de María: «La ley fue vivificada por la gracia y se puso a su servicio en acuerdo armónico y fecundo. Cada una conservó sus características sin alteración ni confusión. Al contrario, la ley, que al principio constituía un deber gravoso y una tiranía, se convirtió, por obra de Dios, en peso ligero y fuente de libertad»:.
El Espíritu Santo, dado a los creyentes, escribe en nuestros corazones la ley de Dios, de modo que la ley no exigida desde fuera, sino también y sobre todo dada en el interior del hombre. Suponer que existan situaciones en las que no sea de hecho posible a los esposos ser fieles a todas las exigencias de la verdad del amor conyugal, equivale a olvidar esta presencia de la gracia que caracteriza la Nueva Alianza: la gracia del Espíritu Santo hace posible lo que al hombre, dejado a sus solas fuerzas, no le es posible. Es necesario, por tanto, sostener a los esposos en su vida espiritual, invitarles a que recurran frecuentemente a los Sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía para su continuo retorno, una permanente conversión, a la verdad de su amor conyugal.
Todo bautizado, por tanto también los esposos, ha sido llamado a la santidad, como enseña el Vaticano II 4: In variis vitae generibus et officiis una sanctitas excolitur ab ómnibus, qui a Spiritu Dei aguntur, atque voci Patris oboedientes Deumque Patrem in spiritu et veritate adorantes, Christum pauperam, humilem, et crucem buiulantem sequuntur, ut gloriae Eins mereantur esse consortes 5.
Todos, inclusos los cónyuges, estamos llamados a la santidad, y es vocación ésta que puede exigir incluso el heroísmo. No se debe olvidar esto.
Queridisimos, la reflexión que habéis llevado a cabo en estos dias debe ser continuada y continuamente profundizada para tener una visión siempre más adecuada de esa verdad del amor conyugal, que constituye el más precioso tesoro del matrimonio. Haceos generosamente cargo de esta tarea. Que os acompañe en vuestro trabajo la Bendición Apostólica, que os imparto de todo corazón.
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4 Cfr CONC. VAT. II, Const. Dogm. Lumen gentinm, n. 39.
5 Gandinm et spes, n. 41.«Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los que son guiados por el Espíritu de Dios y, obedeciendo a la voz del Padre, adorando a Dios y al Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, para merecer la participación de su gloria».
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