| Por Javier Aranguren
En "Lo que pesa el humo", Ediciones Rialp, Madrid 2001.
¿Alguien me puede decir qué es lo que haría un padre por sus hijos?, ¿y por qué lo haría? Es curioso ver con qué frecuencia se repite que las cosas van mal: que todo el mundo está a lo suyo, que aquí se ha perdido la posibilidad de la vida buena, y luego resulta que la generosidad se desborda a raudales en los anónimos actos de padres y madres que se entregan por completo a la tiranía de sus hijos y se disponen a todo por ellos. Parece como si quisieran repetir la expresión de «mi yugo es suave», incluso cuando les maldicen, cuando les tratan con la corona de la indiferencia y del triste desapego.
Unos, perdiendo el sueño ante el llanto del pequeño, o porque el otro tiene miedo aunque no pase nada, o a causa de una salida nocturna que se ha alargado y se espera con preocupación una posible llamada de la Policía con sabor a accidente («Perdónenme, pero ¿son ustedes los padres de...?»), si bien todo acabe con el desangelado despecho del hijo que dice que se siente vigilado, que quiere hacer su vida, y la siguiente noche se repetirá la escena constituyendo un ciclo.
Otros padres salvan a sus niños -incluso ya mayores- de lo que se suele llamar la cruda realidad. De ese modo, se disimula el revés económico (o sencillamente, que no queda nada en el banco sino los malditos créditos); o ante los hijos no hablan de la enfermedad que amenaza con sus garras listas como un leopardo al acecho, porque para estos todo lo real son (y tienen que ser) sus juegos, cumpleaños, problemas de matemáticas, primeros amores pasajeros e infinitos, o mosqueos en clase con algún profesor que nunca tiene razón.
Los padres, y las madres, se mueren por darse a cambio de nada. Y tal cosa resulta una maravilla. Se trata de una señal de que en el hombre es más natural la generosidad que el egoísmo, aunque resulte más difícil vivirla y los vanidosos del corazón no hablen nunca de ella; una señal de que, como padre, se ha recibido tal don en el hijo que, por él, se debe dar todo (el sueldo en uniformes, en estudios, en las pagas, en caprichos, en vacaciones, en milagros); al cabo, es señal de que si el hombre está constituido según esta imagen, y él se puede considerar siempre hijo -también a partir de los ochenta años- porque sabe que tiene a Dios como padre, entonces, y ya para siempre, nunca tendrá nada que temer y su obligación únicamente consistirá en hacer lo que hacen los niños: pedir la luna.
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