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MATERNIDAD / PATERNIDAD (Arvo - Benedicto XVI - Juan Pablo II)

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PATERNIDAD Y MATERNIDAD RESPONSABLES


PATERNIDAD Y MATERNIDAD RESPONSABLES

En el núcleo de la cultura de la vida se encuentra sin duda el concepto de paternidad y maternidad responsable, pues obviamente es el matrimonio legítimo el lugar natural de las fuentes de la vida humana. Lamentablemente con los mismos términos se ha servido a ambas culturas, la de la vida y la de la muerte...

 

 

El domingo, 8 enero 2006  Benedicto XVI administró el sacramento del Bautismo a diez recién nacidos. Dirigió una homilía espontánea en la que lanzó una invitación a decir «no» a la cultura «ampliamente dominante» de la muerte. «Ninguno de nosotros – dijo el Papa- sabe qué sucederá en nuestro planeta, en nuestra Europa, en los próximos cincuenta, sesenta, o setenta años, pero hay algo de lo que estamos seguros: que la familia de Dios siempre estará presente y que quien pertenece a esta familia nunca está solo, sino que tiene la amistad segura de Aquél que es la vida».

Por este motivo, ser coherente con el Bautismo en el contexto actual, aseguró el sucesor de Pedro, exige decir «sí» a Cristo, a la vida, y «no» al mal y a la muerte. «Podemos decir que también en nuestro tiempo es necesario un "no" a una cultura ampliamente dominante de la muerte, una anticultura que se muestra, por ejemplo, en la fuga, en la droga», indicó. «Fuga de la realidad en lo ilusorio, en una felicidad falsa que se muestra en la mentira, en el fraude, en la injusticia, en el desprecio de los demás, de la solidaridad, de la responsabilidad ante los pobres y los que sufren».

Esta cultura de la muerte, añadió, "se muestra en una sexualidad que se convierte en pura diversión sin responsabilidad, que hace del hombre una cosa -por decir así-, pues ya no lo considera una persona, digno de amor personal que exige fidelidad, sino una mercancía, un mero objeto".

 

  "A esta aparente promesa de felicidad, de una vida aparente que en realidad no es más que instrumento de la muerte, a esta "anticultura" decimos "no" para cultivar una cultura de la vida. Por eso, el "sí" cristiano es un gran "sí" a la vida, un "sí" a Cristo. Un "sí" al vencedor de la muerte".

 

  Benedicto XVI afirmó que el "sí" a la cultura de la vida se expresa en los diez mandamientos, "que no son prohibiciones, sino una visión de la vida. Son un "sí" a un Dios que da sentido a la vida (los tres primeros mandamientos); "sí" a la familia (cuarto mandamiento); "sí" a la vida (quinto mandamiento); "sí" al amor responsable (sexto mandamiento); "sí" a la solidaridad, a la responsabilidad social y a la justicia (séptimo mandamiento); "sí" a la verdad (octavo mandamiento); "sí" al respeto del otro y de lo que le pertenece (noveno y décimo mandamiento). Esta es la filosofía de la vida y la cultura de la vida que se hace concreta y practicable en la comunión con Cristo".



Por eso, concluyó, «el Bautismo es don de la vida y desafío de vivir la vida», diciendo «no» al «ataque de la muerte, que se presenta con la máscara de la vida».

En el núcleo de la cultura de la vida se encuentra sin duda el concepto de paternidad y maternidad responsable, pues obviamente es el matrimonio legítimo –uno con una para siempre, como suele decirse con acierto- el lugar natural de las fuentes de la vida humana. Lamentablemente con los mismos términos se ha servido a ambas culturas, la de la vida y la de la muerte (la contracepción no es lo mismo, pero sí un escalón de la misma escalera lógica hacia el aborto voluntario). Por eso es pertinente recordar sin descanso y profundizar todo lo posible en el concepto, tal como lo ha enseñado siempre la Iglesia, y con especial lucidez desde la Encíclica Humanae vitae de Pablo VI, reiterada en su autoridad doctrinal por el mismo Sucesor de Pedro Pablo VI (con este título concluyó su célebre Carta Encíclica). Juan Pablo II, además de confirmar una y otra vez el carácter divino –no meramente humano- de las enseñanzas de la Humanae vitae, aportó al Magisterio de la Iglesia una riqueza teológica en cierto modo nueva, que en esta hora difícil facilita la comprensión de la belleza, grandeza y profundidad de la específica relación conyugal. Recordamos ahora una de las síntesis que nos legó el papa magno, en su Carta a la Familia, de
2 de febrero 1994.

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PATERNIDAD Y MATERNIDAD RESPONSABLES
 

Juan Pablo II, Carta a las Familias,
2 de febrero 1994, n. 12

 

Ha llegado el momento de aludir, en el entramado de la presente Carta a las Familias, a dos cuestiones relacionadas entre sí. Una, la más genérica, se refiere a la civilización del amor; la otra, más específica, se refiere a la paternidad y maternidad responsables.

 

Hemos dicho ya que el matrimonio entraña una singular responsabilidad para el bien común: primero el de los esposos, después el de la familia. Este bien común está representado por el hombre, por el valor de la persona y por todo lo que representa la medida de su dignidad. El hombre lleva consigo esta dimensión en cada sistema social, económico y político. Sin embargo, en el ámbito del matrimonio y de la familia esa responsabilidad se hace, por muchas razones, más «exigente» aún. No sin motivo la Constitución pastoral Gaudium et spes habla de «promover la dignidad del matrimonio y de la familia». El Concilio ve en esta «promoción» una tarea tanto de la Iglesia como del Estado; sin embargo, en toda cultura, es ante todo un deber de las personas que, unidas en matrimonio, forman una determinada familia. La «paternidad y maternidad responsables» expresan un compromiso concreto para cumplir este deber, que en el mundo actual presenta nuevas características.

 

En particular, la paternidad y maternidad se refieren directamente al momento en que el hombre y la mujer, uniéndose «en una sola carne», pueden convertirse en padres. Este momento tiene un valor muy significativo, tanto por su relación interpersonal como por su servicio a la vida. Ambos pueden convertirse en procreadores —padre y madre— comunicando la vida a un nuevo ser humano. Las dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la procreativa, no pueden separarse artificialmente sin alterar la verdad íntima del mismo acto conyugal.

 

Esta es la enseñanza constante de la Iglesia, y los «signos de los tiempos», de los que hoy somos testigos, ofrecen nuevos motivos para confirmarlo con particular énfasis. San Pablo, tan atento a las necesidades pastorales de su tiempo, exigía con claridad y firmeza «insistir a tiempo y a destiempo» (cf. 2 Tim 4, 2), sin temor alguno por el hecho de que «no se soportara la sana doctrina» (cf. 2 Tim 4, 3). Sus palabras son bien conocidas a quienes, comprendiendo profundamente las vicisitudes de nuestro tiempo, esperan que la Iglesia no sólo no abandone «la sana doctrina», sino que la anuncie con renovado vigor, buscando en los actuales «signos de los tiempos» las razones para su ulterior y providencial profundización.

 

Muchas de estas razones se encuentran ya en las mismas ciencias que, del antiguo tronco de la antropología, se han desarrollado en varias especializaciones, como la biología, psicología, sociología y sus ramificaciones ulteriores. Todas giran, en cierto modo, en torno a la medicina, que es, a la vez, ciencia y arte (ars medica), al servicio de la vida y de la salud de la persona. Pero las razones insinuadas aquí emergen sobre todo de la experiencia humana que es múltiple y que, en cierto sentido, precede y sigue a la ciencia misma.

 

Los esposos aprenden por propia experiencia lo que significan la paternidad y maternidad responsables; lo aprenden también gracias a la experiencia de otras parejas que viven en condiciones análogas y se han hecho así más abiertas a los datos de las ciencias. Podría decirse que los «estudiosos» aprenden casi de los «esposos», para poder luego, a su vez, instruirlos de manera más competente sobre el significado de la procreación responsable y sobre los modos de practicarla.

 

Este tema ha sido tratado ampliamente en los Documentos conciliares, en la Encíclica Humanae vitae, en las «Proposiciones» del Sínodo de los Obispos de 1980, en la Exhortación apostólica Familiaris consortio, y en intervenciones análogas, hasta la Instrucción Donum vitae de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La Iglesia enseña la verdad moral sobre la paternidad y maternidad responsables, defendiéndola de las visiones y tendencias erróneas difundidas actualmente. ¿Por qué hace esto la Iglesia? ¿Acaso porque no se da cuenta de las problemáticas evocadas por quienes en este ámbito sugieren concesiones y tratan de convencerla también con presiones indebidas, si no es incluso con amenazas? En efecto, se reprocha frecuentemente al Magisterio de la Iglesia que está ya superado y cerrado a las instancias del espíritu de los tiempos modernos; que desarrolla una acción nociva para la humanidad, más aún, para la Iglesia misma. Por mantenerse obstinadamente en sus propias posiciones —se dice—, la Iglesia acabará por perder popularidad y los creyentes se alejarán cada vez más de ella.

 

Pero, ¿cómo se puede sostener que la Iglesia, y de modo especial el Episcopado en comunión con el Papa, sea insensible a problemas tan graves y actuales? Pablo VI veía precisamente en éstos cuestiones tan vitales que lo impulsaron a publicar la Encíclica Humanae vitae. El fundamento en que se basa la doctrina de la Iglesia sobre la paternidad y maternidad responsables es mucho más amplio y sólido. El Concilio lo indica ante todo en sus enseñanzas sobre el hombre cuando afirma que él «es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» y que «no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino es en la entrega sincera de sí mismo». Y esto porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y redimido por el Hijo unigénito del Padre, hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación.

 

El Concilio Vaticano II, particularmente atento al problema del hombre y de su vocación, afirma que la unión conyugal —significada en la expresión bíblica «una sola carne»— sólo puede ser comprendida y explicada plenamente recurriendo a los valores de la «persona» y de la «entrega». Cada hombre y cada mujer se realizan en plenitud mediante la entrega sincera de sí mismo; y, para los esposos, el momento de la unión conyugal constituye una experiencia particularísima de ello. Es entonces cuando el hombre y la mujer, en la «verdad» de su masculinidad y femineidad, se convierten en entrega recíproca. Toda la vida del matrimonio es entrega, pero esto se hace singularmente evidente cuando los esposos, ofreciéndose recíprocamente en el amor, realizan aquel encuentro que hace de los dos «una sola carne» (Gén 2, 24).

 

Ellos viven entonces un momento de especial responsabilidad, incluso por la potencialidad procreativa vinculada con el acto conyugal. En aquel momento, los esposos pueden convertirse en padre y madre, iniciando el proceso de una nueva existencia humana que después se desarrollará en el seno de la mujer. Aunque es la mujer la primera que se da cuenta de que es madre, el hombre con el cual se ha unido en «una sola carne» toma a su vez conciencia, mediante el testimonio de ella, de haberse convertido en padre. Ambos son responsables de la potencial, y después efectiva, paternidad y maternidad. El hombre debe reconocer y aceptar el resultado de una decisión que también ha sido suya. No puede ampararse en expresiones como: «no sé», «no quería», «lo has querido tú». La unión conyugal conlleva en cualquier caso la responsabilidad del hombre y de la mujer, responsabilidad potencial que llega a ser efectiva cuando las circunstancias lo imponen. Esto vale sobre todo para el hombre que, aun siendo también artífice del inicio del proceso generativo, queda distanciado biológicamente del mismo, ya que de hecho se desarrolla en la mujer.¿Cómo podría el hombre no hacerse cargo de ello? Es necesario que ambos, el hombre y la mujer, asuman juntos, ante sí mismos y ante los demás, la responsabilidad de la nueva vida suscitada por ellos.

 

Esta es una conclusión compartida por las ciencias humanas mismas. Sin embargo, conviene profundizarla, analizando el significado del acto conyugal a la luz de los mencionados valores de la «persona» y de la «entrega». Esto lo hace la Iglesia con su constante enseñanza, particularmente con la del Concilio Vaticano II.

 

En el momento del acto conyugal, el hombre y la mujer están llamados a ratificar de manera responsable la recíproca entrega que han hecho de sí mismos con la alianza matrimonial. Ahora bien, la lógica de la entrega total del uno al otro implica la potencial apertura a la procreación: el matrimonio está llamado así a realizarse todavía más plenamente como familia. Ciertamente, la entrega recíproca del hombre y de la mujer no tiene como fin solamente el nacimiento de los hijos, sino que es, en sí misma, mutua comunión de amor y de vida. Pero siempre debe garantizarse la íntima verdad de tal entrega. «Íntima» no es sinónimo de «subjetiva». Significa más bien que es esencialmente coherente con la verdad objetiva de aquéllos que se entregan. La persona jamás ha de ser considerada un medio para alcanzar un fin; jamás, sobre todo, un medio de «placer». La persona es y debe ser sólo el fin de todo acto. Solamente entonces la acción corresponde a la verdadera dignidad de la persona.

 

Al concluir nuestras reflexiones sobre este tema tan importante y delicado, deseo alentaros particularmente a vosotros, queridos esposos, y a todos aquéllos que os ayudan a comprender y a poner en práctica la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, sobre la maternidad y paternidad responsables. Pienso concretamente en los Pastores, en tantos estudiosos, teólogos, filósofos, escritores y periodistas, que no se plegan al conformismo cultural dominante, dispuestos valientemente a ir contra corriente. Mi aliento se dirige, además, a un grupo cada vez más numeroso de expertos, médicos y educadores —verdaderos apóstoles laicos—, para quienes promover la dignidad del matrimonio y la familia resulta un cometido importante de su vida. En nombre de la Iglesia expreso a todos mi gratitud.¿Qué podrían hacer sin ellos los Sacerdotes, los Obispos e incluso el mismo Sucesor de Pedro? De esto me he ido convenciendo cada vez más desde mis primeros años de sacerdocio, cuando sentado en el confesionario empecé a compartir las preocupaciones, los temores y las esperanzas de tantos esposos. He encontrado casos difíciles de rebelión y rechazo, pero al mismo tiempo tantas personas muy responsables y generosas. Mientras escribo esta Carta tengo presentes a todos estos esposos y les abrazo con mi afecto y mi oración.

 

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Arvo Net, 7 de agpsto de 2005

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Enviado por Arvo Net - 09/01/2006 ir arriba
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