| PROVIDENCIA DIVINA Y PLANIFICACIÓN
Por Alfredo García Suárez.
LA Constitución Pastoral "Gaudium et Spes" sobre la Iglesia en el mundo actual, al describir las características de la civilización contemporánea, hace una interesante alusión a la conciencia histórica de nuestros días. «La inteligencia humana extiende también de algún modo su dominio sobre el curva de los tiempos: por lo que se refiere al tiempo pretérito, a través del conocimiento de la historia, en cuanto al tiempo futuro por medio de la técnica prospectiva y de la planificación... La misma historia está sometida a un proceso tan rápido de aceleración que al individuo apenas le es posible seguirla. La suerte de la comunidad humana se ha unificado y no se desparrama ya por decirlo así, entre varias historias. De esta forma el género humano pasa de una noción mas estática de la realidad a una evolución mas dinámica y evolutiva, de donde surge un inmenso conjunto de problemas que incita a nuevos análisis y síntesis.» (n. 5).
Es un dato de experiencia, en efecto, que el hombre actual esta dotado de una insólita sensibilidad histórica. En ningún otro periodo del pasado se logró una penetración tan aguda del tiempo y de su sentido como en las ultimas décadas. Auscultar el pretérito y tratar de definir en cuanto sea posible las leyes a que su curva estuvo sometida constituye hoy un importante objetivo para los finos espíritus. Un somero análisis de las inquietudes del hombre contemporáneo pone de manifiesto su afán por resolver el enigma de los tiempos transcurridos con el fin de encontrar en ellos posibles leyes o elementos que sirvan para afrontar, desde el inmediato hoy, el tiempo que vendrá.
Porque el interés por la historia y la reflexión sobre su dinámica son, en el hombre de nuestros días, síntomas de una preocupación ética, más que exponentes de una actitud intelectual pura. El hombre moderno se siente responsablemente comprometido ante el futuro histórico.
Por encima de los sociologismos deterministas, que todavía apuntan aquí y allá, existe el sentir, más pujante cada vez, de que el destino de la comunidad humana es susceptible de una ordenación por parte del hombre. Ese compromiso responsable es elemento integrante del "nuevo humanismo" a cuyo nacimiento asistimos. «Es cada día mayor —se afirma también en "Gaudium et Spes"— el número de hombres y mujeres de todo grupo o nación que tienen conciencia de ser artífices y autores de la cultura de su comunidad. Crece más y más en todo el mundo el sentido de autonomía y, simultáneamente, el sentido de responsabilidad, lo cual es de la mayor importancia pare la madurez espiritual y moral del género humano... Somos así testigos de que surge un nuevo humanismo, en el que el hombre se define en primer lugar por su responsabilidad en relación con sus hermanos y con la historia» (n. 55).
Diríase que, en grandes sectores, se considera como un logro de próxima adquisición la posibilidad de neutralizar la "irracionalidad" de la historia, es decir, aquello que la historia tiene de "naturaleza" agresiva y opaca frente al imperio humano. Intenta ahora la humanidad la aventura de planificar la historia. Aunque pueda parecer paradójico, la planificación ha sido siempre una meta que la libertad se ha propuesto, en la medida en que ha sido más consciente de sí mísma. La libertad busca su apoyo en las matemáticas, la ciencia exacta de los números, para refugiar en ella su endeblez. Tal vez por eso, al descubrir su mayor libertad, nuestro siglo, en un proceso acaso no plenamente consciente, se ha vuelto hacia la planificación, la matematización. No intentamos de momento hacer la critica (positiva y negativa) de esa situación general (...)
Sin duda, la inteligencia humana se encuentra aquí con un aspecto del proceso planificador extremadamente delicado: las técnicas de planificación han de ser aplicadas en el terreno mismo de la intimidad personal. Planificar el desarrollo económico o social es ya tarea comprometida. A nadie se le oculta la problematicidad que comporta el intento de planificar la creación científica (no necesariamente técnica) y la creación artística, dominios irreductibles del espíritu humano. Plantear la cuestión de una planificación de la transmisión de la vida supone la interferencia en un ámbito en el que las decisiones humanas son particularmente trascendentes.
Por ejemplo, el hombre contemporáneo ha pensado atisbar una cierta irracionalidad en el crecimiento progresivo de la población de la tierra, y, llevado de su intuición, ensaya la búsqueda de unos medios que pongan orden en una historia cuyo proceso "natural" se manifiesta como hostil al dominio humano.
1. LA PALABRA DE DIOS SOBRE «EL DÍA DE MAÑANA»
El teólogo ha de reflexionar acerca de la planificación del futuro, centro de interés para el hombre de hoy. Ha de reflexionar también en concreto sobre la planificación de la transmisión de la vida humana, tema de inquietud actual. Y ha de reflexionar preguntándose que juicio aporta el mensaje cristiano sobre esas cuestiones, si es que aporta alguno. Es lo que se intenta hacer en este ensayo.
EL HOMBRE CO-CREADOR, CO-PROVIDENTE
La Biblia nos revela, ya en su comienzo mismo, que Dios encomendó al hombre una tarea de co-creación. Le entregó la tierra y le dio el mandamiento de dominarla (cfr. Gen, 1, 28-30). El hombre es entonces asumido como colaborador de Dios en el perfeccionamiento de la obra creadora. La naturaleza se hace así materia de la libre acción humana, que ha de estructurarla y ordenarla. El hombre se hace co-providente con Dios. En aquel momento, se pone en marcha el lento y progresivo proceso cultural, y con él, connaturalmente unido, el proceso planificador a mayor o menor plazo, la inteligencia previsora del futuro más o menos inmediato, la convicción —cada vez más refleja— de que es un deber la construcción de un mundo en que la humanidad pueda desplegar y realizar el conjunto de sus virtualidades. Co-providencia significa todo eso.
A lo largo de la historia de salvación, Yahve toma la iniciativa en la conducción de Israel, su pueblo elegido, y oportunamente le proporciona en mensajes proféticos los planos de su proyección sobre la historia. La providencia de Dios establece la providencia humana y la potencia. Pero el hombre no debe dejar de tomar sus previsiones aunque confíe en que, en ultima instancia, Dios combatirá por él; sabe que "Mis días están en tus manos" (Ps 30, 16). Los anawim, los pobres de Yahve, son pobres sobre todo por su actitud fundamental de entrega al plan de Dios, que también se resume en la expresión del salmista: "Mejor es confiar en Yahve que confiar en los hombres: vale mas acogerse a Yahve que fiar en los príncipes." (Ps 118, 7-8).
El mensaje cristiano y la prevision del futuro
En el Nuevo Testamento Cristo elude a la previsión del futuro que necesariamente debe hacer el hombre. En la versión del Sermón de la Montaña que recogen Mateo y Lucas, Cristo concluye sus enseñanzas contraponiendo las conductas de dos hombres a la hora de construir una casa. Uno de ellos es varón prudente que hace la edificación sobre roca pare evitar que más adelante, cuando caiga la lluvia y salgan de madre los ríos y soplen !os vientos, se venga abajo la casa. El otro es un hombre insensato que edifica sobre arena sin prever las futuras incidencias del tiempo (cfr. Mt 7, 24-27, Lc 6 47-49) .
En la misma línea se encuentran los ejemplos que pone Jesús con ocasión de proponer las condiciones de su discipulado: "¿Quien de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta antes y calcula los gastos y comprueba si cuenta con qué terminarla? No sea que después de echados los cimientos y no pudiendo acabarla comiencen cuantos lo vean a burlarse de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar. O ¿que rey saliendo a campaña pare hacer la guerra a otro rey no se sienta antes para deliberar si podrá hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? De lo contrario, hallándose aun lejos aquel, le enviara una embajada haciéndole proposiciones de paz" (Lc 14, 28-32). Da Cristo por supuesto el razonable comportamiento humano que no se descuida ante el porvenir y que a través de la experiencia aprende a prever el futuro y sabe leer en el aspecto turbio o sereno del cielo las circunstancias del día de mañana (cfr. Mt 16, 2-3). Pero al Maestro no le preocupa tanto acentuar la obligación de esa co-providencia como subrayar la urgencia de mantener el auténtico sentido de esa previsión. Hay, como intuiría San Pablo, un proyecto de los tiempos que el Padre ha establecido en Jesucristo, y la planificación de la historia que hagan los hombres será valida en la medida en que procure ajustarse al plan de Dios. La planificación del tiempo futuro es un deber pero es, en sí misma, ambivalente: puede hacerse según Dios o según la carne.
Por esa razón, Cristo, en su predicación intencionadamente llamativa, reiterará que vivir al día es la actitud ética que han de encarnar en sus discípulos. Esta es una de sus fórmulas escandalosas: "No tengáis inquietud por el mañana. El mañana se preocupará de sí mismo. Ya le basta a cada día su mal" (Mt 6, 34). Esta orientación de fondo persistirá en la predicación apostólica y en la fe de la primitiva comunidad. "El Señor esta cerca. Que nada os traiga cavilosos", exhortara San Pablo (Phil 4, 5-6). Y en la primera carta de San Pedro se lee: "Arrojad en Dios vuestra preocupación, porque El se cuida de vosotros"" (1 Pet 5, 7).
El "día de mañana"" y las riquezas
Resulta luminoso e interesante apreciar los contextos en los que se leen las citadas palabras de Cristo sobre el mañana. El Señor trata el tema del futuro cuando hace su enseñanza sobre las riquezas y también cuando anuncia a sus discípulos que la confesión de su fe les conducirá a encontrarse en situaciones límites y conflictivas, producidas por el choque entre su sentido de la realidad y las concepciones meramente humanas del medio en que habrán de moverse.
Mateo pone las recornendaciones de Jesús sobre la despreocupación de la comida, la bebida y el vestido —los afanes de los paganos—(6, 25-34) como una glosa de la gnómica sentencia: "Nadie puede servir a dos señores... No podéis servir a Dios y a Mammón" (6, 24). Lucas recoge el lugar paralelo (12, 22 34) en un clima semejante en que Cristo alerta a sus oyentes frente al apego de las riquezas. Después de negarse a intervenir en la partición de una herencia (12, 13-14), Jesús previene contra la avaricia —"nadie recibe de sus bienes la vida" (12, 15)— e ilustra su doctrina con la parabola del hombre rico que previene cuidadosamente el futuro de sus muchas posesiones: "Comenzó a cavilar: "iQue haré, que no tengo dónde guardar mis cosechas?" Y dijo: Haré esto: derribaré mis graneros, los construiré mayores guardare allí todo el trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma, tienes muchas cosas buenas guardadas para muchos años: descansa, come, bebe, diviértete. Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te pedirán el alma y lo que has acumulado ¿para quien será? Así ocurre con el que atesora para sí mismo y no se enriquece delante de Dios" (12, 17-21). A continuación se incluye la doctrina sobre la quietud serena ante el mañana (12, 22-34).
El apego a los bienes materiales, en efecto, es una actitud entremezclada con la angustia ante el futuro: el porvenir se asegura por la autosuficiencia que proporciona la riqueza. No es extraño que el mensaje evangélico enlace ambas temáticas y les de un tratamiento conjunto. Cristo quiere subrayar que es imposible creer en Dios radicalmente, confiar en El, dejarse conducir por El y, al mismo tiempo, poner la confianza, entregarse, buscar la seguridad de toda la vida —y todo esto de modo radical— en los recursos humanos, en el hombre. "La fe —ha escrito Y. Congar— consiste en hacer que Dios sea verdaderamente Dios para nosotros: Dios verdadero, Dios vivo, que quiere afirmarse como soberano en la vida de sus criaturas, para bien de las mismas: Dios no es realmente mi Dios, el Dios de mi salvación mas que en la medida en que le confío la orientación de mi vida. No debo dejar que nadie tomé en mi vida el lugar de Dios, el puesto de Señor" (4).
En este sentido la planificación de la historia que el hombre, por otra parte, está obligado a hacer, no puede constituirse en un espacio de pretendidas seguridades que reclamase la entrega de la intimidad humane más profunda. La dirección última de la vida ha de confiarse a Dios, so pena de caer en la idolatría. Si la codicia es una idolatría también lo es el afán desmedido de asegurar el curso de la historia. "El pecado contra la pobreza es la preocupación", se ha dicho (5). La preocupación cavilosa es también el pecado contra la confianza en la Providencia.
b) Inestabilidad del discípulo de Cristo
Las palabras de Cristo que iluminan el tema que estoy desarrollando se mueven también en otros contextos, según dije ya antes. Los ejemplos prudentes del hombre que hace un cálculo previo a la construcción de su casa y del rey que echa cuentas de sus recursos bélicos antes de salir a guerrear forman parte de una enseñanza que contempla las consecuencias prácticas del seguimiento de Jesús. El texto de Lucas (14, 25-35) ha de relacionarse con los lugares paralelos (Lc 23-36; Mt 10, 34-39).
Así se podrá comprobar que la fidelidad a Cristo supone aceptar con ella una posible situación desarraigada del status quo admitido como vigente por una sociedad regida por criterios humanos: es esa posibilidad la que debe calibrar previsoramente el cristiano al dar el paso decisivo de adherirse a Cristo: "aquel de vosotros que no renuncia a todas las cosas que tiene no puede ser mi discípulo" (Lc 14, 33). La previsión cristiana del futuro que se propone a partir de los ejemplos aducidos por Cristo es, para una visión humana, la planificación de una incoherencia, es todo lo contrario a lo que humanamente se comprende por una buena previsión, por la preparación de un estado feliz entendido como un estado en que la propia voluntad se halla perfectamente "encajada". Cristo, por el contrario, pide la previa apertura a una situación "desencajada". "El que quiera conservar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mi causa, ése la salvará" (Lc 9, 24). "No creáis que he venido a traer la paz a la tierra: no vine a traer la paz sino la espada. He venido a separar al hombre de su padre y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra y serán enemigos del hombre los de su casa" (Mt 10, 34-35). En un marco parecido alienta el Señor a sus discípulos sobre el destino de sus vidas que está previsto hasta sus mínimos detalles por el Padre providente: "¿No se venden dos gorriones por una moneda? Ni uno de ellos cae por tierra sin vuestro Padre. Pues en vosotros, hasta los cabellos de la cabeza están todos contados. No tengáis miedo, entonces: valéis vosotros más que muchos gorriones" (Mt 10, 29-31). Esta revelación de Cristo es la luz precisa para hacer inteligible el futuro opaco que anuncia el señor simultáneamente: un futuro humanamente irracional, indigente de toda inserción en una situación normal, prudente, estable aquietante para la razón. El porvenir que Cristo desvela a sus discípulos es un entramado de conflictos con el "orden" establecido: os perseguirán, os odiarán, tendréis que huir de ciudad en ciudad, no os podréis instalar ni en vuestra casa familiar, porque allí encontraréis la primera oposición a estabilizar vuestras vidas... Y todo esto por confesar el nombre de Cristo, a quien se ha confiado radicalmente la orientación de la existencia (cfr. Mt 10, 17-33).
Según el mensaje de Jesús no hay duda de que el sosiego —un comprometido y tenso sosiego— ante el mañana pertenece a la ontología de la existencia del cristiano. En la misma medida en que también se incrustan en esa ontología la pobreza y la inestabilidad frente a las concepciones carnales a que la humanidad se siente inclinada. Recientemente se ha observado que el elemento básico de las bienaventuranzas cristianas parece encontrarse en la primera y en la última, es decir, en las que se refieren a la pobreza y a la persecución. "El pobre —escribe a este propósito J. Daniélou— será necesariamente un perseguido. Y, por el contrario, será inquietante para un cristiano encontrar demasiada buena acogida por parte del mundo: deberá pensar si esta excesiva benevolencia responde o no a secretos compromisos".
Como en tantos otros aspectos, también en éste la revelación ofrece un panorama claro oscuro. El cristiano es con Dios co-providente de los tiempos futuros, pero, en su acción planificadora, debe apuntar al plan de Dios —a veces difícilmente discernible— y ha de estar dispuesto a pasar por imprudente a causa del Nombre de Cristo.
II. REFLEXIONES SOBRE EL RIESGO CRISTIANO
Aún es posible reflexionar más sobre estos datos. Admitida la racionalidad del hombre, sería absurdo solicitar de él una actitud perennemente insegura. Por su misma esencia, el hombre busca de continuo caminar "de la oscuridad a la claridad", como decia Goethe. No es el hombre un ser totalmente luminoso, pero tampoco es absolutamente opaco: su existencia se va realizando en un movimiento progresivo que marcha de la opacidad a la luz. Pero estos dos extremos (opacidad luz) condicionan la actitud humana previsora: ésta se adopta siempre desde una capacidad visual limitada. Y esto, llevado a las últimas consecuencias, quiere decir que es lícito buscar seguridades en la vida, pero que no es dable aspirar a un estado absoluto de seguridad.
Debemos a Peter Wust un fino análisis del binomio "incertidumbre-riesgo" que él considera como característico de la condición humana. Dado que el hombre no podrá alcanzar nunca una certeza omnímoda que le haga poseedor de la clave de la naturaleza aparentemente embrollada, "no tendrá más remedio" que exponerse al riesgo, a no ser que renuncie a vivir su existencia. O sea, el riesgo aceptado ante la realidad y ante el futuro conduce a la plenitud de la persona. Sin correr un riesgo no hay posibilidad de un desarrollo verdaderamente humano. La pretensión de racionalizar la vida toda es opuesta a la vida misma. Recogeré sus mismas palabras: "en toda analogía del ser prevalece lo aparentemente laberíntico, irracional, discordante e incalculable, de tal modo que un racionalismo superficial siempre está en peligro de violentar conceptualmente la realidad o de desesperarse en la apariencia de su irracionalidad. Y aquí se fundamenta el propio riesgo de la sabiduría. La verdadera sabiduría de la vida arriesga con ese mínimo de capacidad visual humana el máximo de fe en el orden universal. Y esto significa un máximo de veneración; un máximo de humildad, un máximo de amor"
CONDICIONAMIENTOS HISTÓRICOS Y LIBERTAD HUMANA
Ya se comprende que el riesgo de que se trata no es el riesgo absoluto y ciego que correspondería a la incertidumbre absolutamente oscura. No se da una circunstancia humana ni una coyuntura histórica en la que la libertad, como tal, no se pueda insertar y comprometerse en una decisión. Los condicionamientos (las obscuridades) del medio no atentan definitivamente contra la libertad: suponen —eso sí— una realidad que implanta a la libertad en el ámbito en que ha de desplegarse en concreto y al que ha de responder aptamente. Prescindiendo de abstracciones; no puede ser sino la libertad situada (no se quiere decir instalada) la que ha de presentar cara a la historia.
Las coyunturas históricas no son inexorables, pero su "exorabilidad", o sea, su posibilidad de encauzamiento, depende de que se opere sobre ellas en cuanto realidades que se den como una "necesidad". Toda encrucijada histórica es una "necesidad" que se ofrece a la libertad para ser "exorada".
La razón idealista y abstracta conduciría a la libertad hacia la utopía. El determinismo científico paralizaría la libertad ante la inexorabilidad de los datos. En ambos casos la seguridad que procede de una presunta certeza absoluta constituiría una posición viciosa ante la historia.
Desde este ángulo se entiende que el analista de las leyes sociológicas, psicológicas, etc., en su alcance determinante de la actuación humane tengan un sentido, un interés para la realización responsable de la libertad. "La libertad humana debe utilizar los diversos determinismos como punto de apoyo y medio para influir en el curso de las cosas".
Nos encontramos, pues, con que la dinámica de la libertad se desarrolla a impulsos de una búsqueda de seguridad; pero al mismo tiempo arriesgadamente, es decir, aceptando que el conjunto de energías configuradoras del futuro no se entrega de un modo total a la capacidad de previsión.
2. La oscura revelación de Dios en la historia
La aceptación del riesgo es todavía más urgente para el hombre que cree en la Providencia divina. La incertidumbre y; en consecuencia, la aceptación de un riesgo no procede sólo de que las posibilidades humanas de ordenar la irracionalidad de la naturaleza sean limitadas, porque Dios tiene también sus momentos en la historia (los kairoi bíblicos) que han de ser auscultados con diligencia: «¿sabéis interpretar la cara del cielo, pero no sabéis discernir los signos de los tiempos?» (Mt 16, 3).
Ahora bien, el empeño por diagnosticar las "ocasiones" que Dios dispone o permite en el curso de la historia se da de bruces también con el enigma de la incertidumbre. ¿Se puede asegurar, a través de los medios ordinarios, que un momento histórico determinado está respaldado por la positiva voluntad de Dios, o, por el contrario, que ocurre a pesar de la voluntad de Dios? He aquí un nuevo motivo que obliga a una prudencia audaz y arriesgada. Porque, evidentemente, esa incertidumbre no puede llevar a la pasividad o inhibición.
¿Qué aptitud adoptar entonces? Lo importante es estar presentes en la historia, aunque seamos vencidos por ella, aunque no se obtenga un "éxito" inmediato. "Con miras sobrenaturales —ha escrito J. Escrivá de Balaguer—, el final (¿victoria? ¿derrota?, ¡bah!) sólo tiene un nombre: éxito" (Camino, n. 406; ver también nn. 404 y 405).
Es preciso creer que la "justicia y la rectitud tienden en sí mismas (con independencia de los factores físicos) al éxito real de las sociedades humanas y la injusticia y el mal tienden en sí mismas al fracaso real". Dicho de otra manera: la cualificación ética de un periodo determinado es inmediatamente inasequible, porque los procesos éticos y los procesos naturales siguen cursos independientes, pero, en todo caso, el hombre puede estar seguro de que sus decisiones libres, tomadas según Dios, son siempre valiosas. En última instancia todo periodo histórico (bueno o malo) acaba bien, porque Dios providente hace confluir todas las cosas para el bien (cfr. Rom 8, 28).
Pero entonces se ve con evidencia que el esfuerzo del cristiano por "exorar" la historia es una actitud apasionante y arriesgada. Es apasionante porque se vive desde la conciencia de que la actualización del plan de Dios no es ajena a la acción co-providente del hombre. Y es exigentemente arriesgada porque se opera desde la convicción de que la aparente irracionalidad de la historia está fermentada por el amor con que Dios ama al mundo: "esta aparente contrariedad de sentido que emplea el método del destino de la vida, en efecto, es un método de amor que oculta su sabiduría y su bondadosa plenitud debajo de la dureza de sus medios" (P. Wust).
El riesgo apasionado que ha de correr el cristiano tiene su más profunda razón de ser en la ley que rige en el ámbito de la Providencia divina: Dios Padre tanto más se oculta cuanto más amorosamente arropa la cuita humana: "La más viva revelación de Dios es la Cruz de Cristo. No obstante, no hay mayor ocultamiento de Dios que esa misma Cruz, de modo que el incrédulo puede reírse de la fe cristiana a causa de la Cruz de Cristo (1 Cor. 1, 23). Dios, al mostrarse, se oculta bajo la forma de la debilidad humana" (M. Schmaus).
En esta perspectiva se comprende que, ni abandonarse a la historia ni tratar de "topificarla" son actitudes lícitas. Abandonarse al influjo de la historia supondría deponer la obligación de co-creación y de co-providencia, sería la aceptación del riesgo puro ciego y laberíntico. La "topificación" de la historia seria, por el contrario; la búsqueda idealista de una seguridad inasequible. Bajo esa aspiración se esconde siempre el hombre de la razón cavilosa. E1 hombre preocupado se manifiesta en el afán por arbitrar unas formas absolutamente originales —desarraigadas del pasado— que garanticen un estado de cosas que se afronta como algo absolutamente nuevo. Y el hombre preocupado se expresa igualmente en la inquietud por mantener estructuras pasadas, en las que se quiere descubrir una parecida garantía de la seguridad. En ambos casos se intenta edificar sobre la autosuficiencia. Detrás de una y otra postura se agazapa el temor de vivir la vida, la desazón ante la clara oscuridad de la fe. Al término de esos caminos hay ineludiblemente un mito que se situará en el pasado o se pondrá en el futuro. Jacques Maritain acertaba al decir que "no somos cooperadores de la historia: somos cooperadores de Dios". Y esa cooperación con Dios exige desconfianza crítica en la capacidad de los recursos humanos, supone un salto a la trascendencia en cuanto ésta es factor de la historia.
III. HUMANIDAD Y FE EN EL CONCILIO VATICANO II
Decía al comienzo de estas reflexiones que el juicio sobre las cuestiones planteadas sociológicamente por la explosión demográffca forma parte del juicio más amplio —que en líneas generales acabamos de hacer— sobre la actitud del hombre ante el futuro histórico: en realidad, la formulación de ese juicio estriba en aplicar a un caso concreto unas premisas de alcance más universal. Si queremos ahora detenernos, aunque sea brevemente, en hacer esa aplicación podemos acudir, como a una vía de acceso, a los principios que el Concilio Vaticano II expone en la Constitución Pastoral "Gaudium et Spes".
1. Validez de los órdenes humanos
Al abordar la doctrina de ese documento, impresiona en primer término la reiteración con que se afirma la solidaridad con los demás hombres que el cristiano ha de actualizar en la tarea de construcción del mundo.
El Concilio subraya la tensión escatológica de la existencia cristiana, pero hace notar que esa dinámica, característica de una existencia peregrinante, no es incompatible con un serio interés por los órdenes de la temporalidad: por el contrario, "de los misterios de la fe cristiana recibirán (los cristianos) múltiples estímulos y ayudas pare cumplir intensamente su misión, y, sobre todo, para descubrir el sentido pleno de las actividades que señalan a la cultura el puesto eminente que en la vocación integral del hombre le corresponde" (n. 57) .
Al tomar parte en los afanes de la cultura —tomado este término en su sentido más amplio (n. 53)—, el cristiano cumple con dos mandatos divinos: el precepto de co-creación y "el gran mandamiento de Cristo de entregarse al servicio de sus hermanos" (n. 57).
Aunque la misión del Pueblo de Dios no es profana, sino religiosa, el curso del mundo sin embargo, no es ajeno al Pueblo de Dios. Precisamente porque las realizaciones del mundo son, en su misma esencia, relativas, y sólo alcanzan la plenitud en cuanto se acaban en Cristo, el cristiano ha de mantener ante ellas la actitud más seria: su testimonio hace así presente y actuante el amor con que Dios ama a este mundo (cfr. Ioh 3, 16). Puesto que el mensaje evangélico concede al mundo una finalización trascendente, supramundana, los discípulos de Cristo se ven urgidos a proclamar de continuo que la intramundanidad no es portadora de una validez autosuficiente, sino que el mundo (pero el mundo que despliega todas sus potencialidades según el mandato divino) está abierto a un destino más alto.
En suma, la Iglesia de Cristo se interesa por los esfuerzos constructivos humanos y el exponente más significativo de su interés se pone de manifiesto cuando aporta a esas iniciativas los elementos que las pueden hacer más plenas.
Según el Vaticano II, "La Iglesia reconoce cuanto de bueno se encuentra en el actual dinamismo social" (n. 42), y hace ese reconocimiento consciente de que los auténticos esfuerzos de promoción humana concuerdan con su íntima misión de sacramento o signo de la unión íntima con Dios y de la unidad del género humano. La fe y la caridad, fundamento indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo, son "las energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana" (ibidem).
El interés de la Iglesia por el mundo no se ha de entender como una actitud simplemente moral, ni mucho menos como una táctica. Pertenece a la esencia de su misma ontología dinámica, y es la raíz de su diálogo can la humanidad. La Iglesia presta atención a las voces del mundo con el fin de encontrar en esos datos elementos que fecunden el mensaje de la fe y lo hagan próximo al hombre histórico. De esta forma la Iglesia se aparta de un sociologismo que dedujese los jmperativos éticos de unas exigencias de hecho, pero también se desconecta de los "imperativos categóricos" de raigambre kantiana. Sin oportunismos claudicantes, la Iglesia se atiene a la realidad. "La verdad católica se halla en el punto medio. Las normas generales se configuran diferentemente en las diversas situaciones y tiempos" (19). De esta forma respeta la historia de los hombres, dentro de la cual se realiza su propia historia. La Constitución "Gaudium et Spes expone con nítida claridad esta doctrina en el n. 44 y en relación con las cuestiones de la transmisión de la vida humana, se señala que el sentido de responsabilidad con que han de abordarse debe atenerse a la lev divina, "habida cuenta de las circunstancias reales y temporales" (attentis adiunctis rerum et temporum)
2. LA DECISIÓN RESPONSABLE COMO EXPRESIÓN DE FE MADURA
De su afirmación acerca de la validez radical del progreso humano y del papel activo que el cristiano ha de iugar en la historia, la Iglesia deduce, en su magisterio, la necesidad de que el cristiano se enfrente con responsabilidad madura ante su tarea. La clave de la cuestión no puede radicar en la mera transformación de unas condiciones de vida material: el progreso puede cooperar a la liberación del hombre, pero también puede esclavizarlo. Lo verdaderamente importante es poner al hombre en la posibilidad de adoptar una decisión libre con todas sus consecuencias, lo que equivale a conducirlo "a una vida de fe más pura y más madura" (n. 62).
Esto puede observarse en las directrices del Concilio en orden a los deberes de la paternidad. Esas Orientaciones se sitúan en esta perspectiva; es decir, en función de la madurez humana y cristiana. El magisterio conciliar evita concentrar su atención en los problemas planteados por los medios contraceptivos y contempla de modo positivo la responsabilidad de la misión procreadora: los actos de transmisión de la vida son actos humanos y, por tanto, no están al azar ni al juego de los instintos irracionales (cfr. n. 50). En este sentido, el Concilio ilumina desde la fe las adquisiciones de nuestro tiempo, que toma progresivamente mayor conciencia de su responsabilidad ante la humanidad del porvenir. Pero su posición no puede ser interpretada como un progresivamente mayor compromiso con el espíritu carnal.
La Iglesia, al enseñar la responsabilidad en el cumplimiento de la paternidad, no hace más que subrayar que la misión de co-providencia que Dios ha confiado al hombre es una misión que ha de tomarse en serio: "los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes" (n. 50). Dicho de otra forma: el matrimonio es una vocación divina, una respuesta a Dios que sale al encuentro (20). Cuando la "Gaudium et Spes" describe el juicio que deben formarse los esposos pare vivir con responsabilidad la procreación, apunta al respeto y la prudencia que han de ejercitarse a la hora de hacer realidad la cooperación con la acción divina que el matrimonio exige.
Podría tal vez acechar la duda de que el Concilio, al recurrir tan decididamente a la conciencia reflexiva y responsable, hubiese dejado en la penumbra el abandono y la confianza en la Providencia, que forman parte ineludible de un comportamiento cristiano. Pero, si no se actúa con fácil superficialidad, baste examinar las orientaciones de fondo del Concilio para comprobar que no ha hecho concesiones al espíritu de este mundo. Pablo VI, en la alocución de clausura del Vaticano II, decía que "la concepción teocéntrica y teológica del hombre y del universo, como desafiando la acusación de anacronismo y de extrañeza, se ha erguido con este Concilio en medio de la humanidad". El Vaticano II ha significado la presencia en el mundo del sentido religioso y, para una visión lúcida, una exaltación de los valores perennes de la Cruz de Cristo. En expresión de J. Ratzinger, el Concilio ha abierto el acceso al escándalo ineludible de la Cruz del Señor, desnudándolos de los "escándalos" que los hombres le habían añadido, y que, innecesariamente, lo hacían más opaco y distante.
3. La paternidad responsable como respuesta personal al Dios vivo
Es ese el mensaje que se descubre en su doctrina sobre la responsabilidad en el ejercicio de la paternidad, que ha de ser testimonio del misterio de amor que el Señor reveló al mundo con su muerte y resurrección (cfr. n. 52).
No sitúa el Vaticano II a los esposos en una fácil y cómoda posición apelando a su madurez, los coloca por el contrario, en la misteriosa y siempre arriesgada tesitura de dar una respuesta a las exigencias del Dios vivo. Animarlos a ponerse en la presencia de Dios pare formar un juicio consciente es invitarlos a purificar el egoísmo y disponerlos a aceptar un porvenir no siempre humanamente seguro y a asumir la incertidumbre que siempre acompañan las decisiones que surgen en la inevidencia de la fe.
¿No seremos nosotros quienes insensiblemente intentemos hurtar a la paternidad responsable sus factores de riesgo, al interpretarla como una paternidad mezquinamente fecunda? ¿Por qué se identifica sin más paternidad responsable con número limitado de hijos? Es lo que agudamente ponía de manifiesto López Navarro al indicar que paternidad responsable quiere decir algo muy diverso que paternidad "confortable".
La paternidad responsable, si se entiende bien, incluye como elementos determinantes la confianza en la Providencia, el espíritu de sacrificio, la apertura generosa a los planes divinos (cfr. n. 50) y una revalorización de la castidad conyugal que santifica el amor cristiano "purificándolo de los egoísmos de la carne y de los egoísmos del espíritu, de la búsqueda superficial de las realidades de este mundo pare dar preferencia a la entrega propia a algo eterno" (22).
Paternidad responsable no es negación del heroísmo cristiano: exige más bien una constante disponibilidad y una apertura al heroísmo.
Alguien podría seguir objetando que el Concilio, al describir el juicio prudente que han de formarse los cónyuges, observe que, además del bien propio y de los hijos, han de tenerse en cuenta el bien de la propia familia, de la sociedad y de la Iglesia (n. 50). Se podría estimar que en esas afirmaciones se adopta una posición acomodaticia al espíritu de la época y que el fantasma de la explosión demográfica no esta ausente del contexto implícito. Habría que decir, en primer lugar, que toda decisión libre verdaderamente humana y cristiana no puede tomarse sin considerar las circunstancias sociológicas. La libertad humana, lo he dicho ya, es una libertad situada. Pero no se olvide, que, intencionadamente, el magisterio conciliar se ha colocado en una perspectiva de independencia frente a los pretendidos conflictos que el problema demográfico presenta al matrimonio. "Gaudium et Spes" proclama enérgicamente la libertad civil de procreación y estima la política demográfica (tomada en su sentido más estricto) como un atentado a la dignidad de la familia. No es lícito a la autoridad pública coartar esa libertad civil de procreación porque "conforme al inalienable derecho del hombre al matrimonio y a la procreación, la decisión sobre el número de hijos depende del recto juicio de los padres" (n. 87)
Las orientaciones morales sobre la paternidad dictadas por el Concilio se dirigen a la conciencia de los esposos. Estos podrán ponderar, al ejercitar su misión procreadora, el sentido de los datos demográficos y la medida en que su matrimonio pueda verse afectado por ellos. Es decir, los esposos, al formar sus conciencias, podrán dar cabida a esta pregunta: ¿quiere Dios positivamente la explosión demográfica o la permite tan sólo? Este interrogante tiene justificación en el ámbito de unas voluntades sinceramente abiertas a las exigencias de Dios. Pero esta cuestión, surgida en la intimidad de la conciencia, es algo bien distinto de los ambientes organizados a través de recursos propagandísticos pare una planificación de la natalidad, muchas veces exclusivamente pendiente de razones económicas o raciales.
Me doy perfecta cuenta de que estas reflexiones, propuestas en un terreno no inmediatamente práctico, pueden resultar ingenuas a algunos. Se puede pensar que, a la hora de la verdad, las cosas son menos asépticas y que no parece solución a los graves interrogantes que desencadena hoy la superpoblación de la tierra, propugnar que existan matrimonios responsables que tomen en el riesgo de la fe decisiones auténticamente libres en su misión procreadora.
Pero, tal vez porque la cuestión es intrincada, se hace más necesario recordar los principios más altos: "el mundo actual tiene más necesidad de sabios que de planificadores" (L. J. Lebret).
Yo pienso, por otra parte, que esos principios luminosos no son meras abstracciones: por el contrario, se han encarnado y tienen el alto valor de un testimonio visible. Me refiero a la existencia en nuestra sociedad de matrimonios generosamente fecundos. Su fecundidad es una respuesta consciente y libre a las exigencias del Dios vivo en cuya presencia viven su unión conyugal. Su actitud no es irracional ni han sido conducidos a ella por los egoísmos de la carne. Son, sencillamente, responsables en su paternidad, y pensar otra cosa sería ofensivo pare ellos. No dejan de encontrar ante los hombres incomprensión, ironía y hasta enojo para con sus decisiones. Por ello, precisamente constituyen una señal espléndida de confianza en la Providencia, que entra en conflicto con un medio frecuentemente penetrado de prudencia carnal.
Su testimonio es hoy, más que nunca, necesario. Aunque fuesen una minoría, serían suficiente pare mantener siempre inquietas las conciencias. Al mostrarse como desafiando desde la fe la deseable estabilidad del futuro serán el signo permanente de un mensaje del Señor, que pertenece a la misma ontología de la existencia de sus discípulos: "No os inquietéis por el mañana".
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