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LUTERO EN ROMA (Lluís Pifarré)

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Lutero en Roma

Esta investigación histórica de Lluís Pifarré muestra que no fueron razones de degradación moral o vicios escandalosos, las del rompimiento de Lutero con la Iglesia Católica, sino que más bien fueron razones doctrinales y dogmáticas. Lutero no se alzó para corregir las costumbres y la disciplina, sino que se enfrentó con los dogmas y la doctrina de la Iglesia.

por LLuís Pifarré (*)
Arvo Net
 


El conflicto de la Congregación de los Observantes

En julio de 1505, Lutero con su recién licenciatura en Artes, ingresó como novicio en el monasterio negro de los agustinos en Erfurt, y fue ordenado sacerdote en abril de 1507. Tres años después, se encuentra metido de lleno en la conflictiva escisión de los frailes “observantes” o “reformados”, debido a que se negaban a aceptar la unión con el resto de los conventos agustinos de Alemania. Inicialmente, Lutero forma parte del grupo de los “Observantes”, quizá con poca convicción, como pudo comprobarse poco después, al separarse violentamente de ellos. Pero antes de producirse esta separación, Lutero, junto con otro fraile del que desconocemos su nombre, se desplaza en noviembre de 1510 hacia Roma por encargo de los conventos observantes, con objeto de entrevistarse con el prior general de la Orden, y también si era preciso con la Santa Sede, para lograr que garantizaran su autonomía. ¿Cual fe el origen de este conflicto entre los conventos de distintas ordenes religiosas que se produjo en el s. XIV, y que en el caso de Lutero, será a posteriori, una de las claves que explicarán su ruptura con la comunión romana?

En el año 1345 se desató una peste que desoló a gran parte de la población europea. En ella, perecieron muchos frailes y monjes (en el caso de los agustinos murieron más de 5.000). Esta siniestra circunstancia, fue una de las causas que motivaron la decadencia de la vida monástica, y para enmendar esta situación, surgieron en diversas órdenes religiosas, varias corrientes que trataron de restaurar el espíritu de la observancia primitiva. Este intento de reforma dio lugar al surgimiento de las Congregaciones llamadas de la Observancia o también de los Reformados, a las que se les otorgaron, por medio de bulas pontificias, una serie de privilegios.

Ya en pleno s. XV, el general de la Orden de los agustinos, Gerardo de Rímini, aprobó en 1432, a ruegos de Fr. Enrique Zolter, la Congregación de la Observancia para Alemania. En 1460, Fr. Andrés Proles, considerado el más ferviente defensor de la Observancia, sustituye a Zolter como vicario general de los agustinos de Alemania, y bajo su mandato y amparo, varios de los conventos de esta orden se pasaron a las filas de los observantes. Al fallecer en 1503, le sucede Juan Staupitz, un piadoso y contemporizador fraile, que ejercía la cátedra de Sagrada Escritura en la naciente Universidad de Wittemberg, construida gracias a su gran amistad con el elector Federico de Sajonia.

El nuevo vicario general Staupitz se propone como uno de sus objetivos el restablecer la unión entre los observantes y el resto de los conventos agustinos de Alemania. El entonces general de la Orden, el italiano Edigio de Viterbo, aprobó el plan unionista de Staupitz con tal de que continuase sometido a la autoridad central de Roma, y este proyecto de unión se intentó ratificarlo mediante la llamada bula de Memmingen confeccionada en 1507. Pero la promulgación de la bula se iba retrasando debido a que algunos conventos de la Observancia, en desacuerdo con la unión, le ponían serias dificultades. Esta difícil situación se prolongó durante un largo tiempo, hasta que E. de Viterbo, exigió por carta, que todos los frailes de la Orden debían obedecer al vicario general bajo pena de castigo. En septiembre de 1910, Staupitz convoca un capítulo en Neustadt, en el que gran parte de los asistentes aceptaron la fusión jurídica, y el vicario sintiéndose respaldado, promulgó la mencionada bula de Memmingen.

Pero las resistencias a la fusión no tardaron en resurgir en 7 de los conventos de la Observancia (1), liderados por Fr. S. Kayser y Fr Juan Nathin, al considerar que la fusión se intentaba realizar mediante ocultas maniobras entre el general de la Orden, y el vicario general, sin consultar de nuevo con la Santa Sede. Fr. Juan Nathin, que había sabido ganarse la confianza de Lutero atrayéndolo a su facción, lo reclamó al convento de Erfurt para enseñar teología (Lutero se había trasladado en 1508 al monasterio de Wittemberg) y evitar así la influencia que Staupitz pudiera ejercer sobre él. Es posible que el prestigio y la amistad con Nathin, convencieron a Lutero del derecho a la resistencia por medios legítimos, para que aceptara tal proposición (2).

Por de pronto, Fr. Nathin y Fr. Martín Lutero, visitaron al obispo de Magdeburgo, Ernesto de Sajonia, para que les escribiera una carta comendaticia, con objeto de apelar a Roma, pero el prelado no atendió su petición. En vista de ello, los 7 conventos opuestos a la unión, se reunieron en Nuremberg, y tomaron la decisión de enviar a Roma dos mensajeros que propusieran al general de la Orden los inconvenientes de la fusión, y si fuera preciso apelasen ante la Santa Sede. Uno de los elegidos fue Fr. Martin, quizá porque en aquel entonces, ya era conocida su audacia y vehemencia en impugnar las opiniones contrarias.

El viaje a Roma

Lutero que entonces tenía 27 años, era la primera vez que salía de Germania, y se alegró de su nombramiento para ir a la ciudad santa. Habiendo recibido las “cartas testimoniales” para acreditar su persona y su misión en los conventos de tránsito, se puso en marcha hacia Roma, a mediados de Noviembre de 1510, acompañado por el otro fraile elegido. ¿Cual fue el itinerario que siguieron para recorrer los 1.400 Km que separaban Nuremberg de Roma? A pesar de que Lutero describe algunas de las ciudades y comarcas por donde transitaron, lo hace a menudo con ambigüedad e imprecisión. Por las informaciones actuales, parece ser que al salir de Nuremberg se dirigieron hacia Ulm, y después de contemplar la magnífica catedral, penetraron en Suiza por el lago de Constanza. Bajando hasta Chur, cruzaron los Alpes, que en esta época del año estaban cubiertos de nieve, y de allí penetraron en Italia. Rodeando el lago de Como llegaron hasta Milán, y salvando los Apeninos después de atravesar la fértil llanura del Po, arribaron a Florencia (3). Pasando por Siena, y Viterbo, por fin vislumbraron a lo lejos la ciudad de las siete colinas. Soportando estoicamente el rigor del frío invernal, habían realizado un largo y difícil recorrido a pie, lleno de dificultades y peligros, debido a la inseguridad de algunos parajes.

Al llegar a Roma, a finales de diciembre, se hospedaron en el convento de los agustinos de la Congregación lombarda. El día siguiente. ya lo aprovecharon para iniciar las gestiones previstas para presentar sus alegaciones en la curia pontificia. No obstante, debido a que el prior general de la Orden, Fr Edigio de Viterbo, estaba a favor del plan unionista de Staupitz, su apelación en nombre de los siete conventos observantes tenía pocas posibilidades de éxito. Buscar la recomendación de algún cardenal no era posible, puesto que estaban todos fuera de Roma acompañando al papa Julio II en la campaña contra el duque de Ferrara.

Con la fe sencilla de un peregrino medieval, el joven fraile Martin aprovechó su estancia en la sede del cristianismo, para visitar la basílica constantiana de San Pedro en el Vaticano, mientras ya se estaba construyendo la nueva basílica bajo la dirección del Bramante. Conmovido, visitó los sepulcros de los apóstoles e hizo una confesión general para hallar a Dios propicio. También pudo visitar las cuatro monumentales basílicas, las numerosas iglesias y monasterios y las catacumbas de San Sebastián y San Calixto. Es indudable que Roma tuvo que causarle la impresión de grandeza y majestuosidad, y aunque todavía no había surgido la gran ciudad renacentista con sus espléndidos palacios, ya pudo admirar algunos de ellos, como el bello “palazzo” de los Farnesios, el de Venezia, o el de San Marcos, y él mismo narra cuánto le impresionaron las grandes proporciones del Coliseo, convertido entonces en cantera de mármol. Al recorrer las miserables calles y plazuelas de la parte vieja de la ciudad, a Lutero le pareció toda aquella zona, como un recinto de ratas por la gran cantidad de roedores que se escondían en sus maltrechos edificios.

Convendría recordar aquí, la existencia de una generalizada opinión que sostiene que el ejemplo de la curia romana, con sus supuestos vicios y desórdenes de todas clases, determinó en el ánimo de Lutero una fuerte reacción de repulsa contra aquella supuesta degenerada y prostituida Babilonia, que según ellos, era la Roma de entonces, provocando en el ánimo del fraile Martin, la primera idea de realizar una fuerte reforma. Pero es conveniente aclarar que esta versión es una fábula inventada por una serie de historiadores y ensayistas, llevados más por sus prejuicios que por una fundada documentación serena y crítica. Para justificar esta postura, se basan en las distorsionadas afirmaciones que muchos años después expresó Lutero en sus charlas de sobremesa, cuando ya estaba visceralmente enfrentado con Roma y el pontífice.

Además, y de acuerdo con lo que manifiesta el mismo Lutero, su estancia en la ciudad santa, no le supuso ninguna brusca sacudida, ni influyó en lo más mínimo en el giro que dio a su pensamiento teológico. Y esto fue así, al margen de que pudiera presenciar determinadas costumbres poco ejemplares de algunos prelados mundanos, u observara cierta religiosidad supersticiosa de algunos curiales, extendida también a numerosos fieles. Pero esto no hizo tambalear su fe en la Iglesia y el pontificado en aquellas momentos, ni se le ocurrió ni de lejos protestar contra la abominación y pecados de la Iglesia romana, como haría violentamente años más tarde. Por tanto, no fueron razones de degradación moral o vicios escandalosos, la razón del rompimiento de Lutero con la Iglesia Católica, sino que más bien fueron razones doctrinales y dogmáticas. Lutero no se alzó para corregir las costumbres y la disciplina, sino que se enfrentó con los dogmas y la doctrina de la Iglesia

Lo que sí pensaba e iba madurando Lutero durante su estancia en Roma, era su intención de adherirse al plan de unión que propugnaba Staupitz, Mientras tanto, ya llevaban un mes en la ciudad, y la posibilidad de conseguir algún reconocimiento en favor de los Observantes era cada vez más escasa. Al enterarse de que el prior general de la orden iba a dar una definitiva y tajante negativa a sus demandas, regresaron a Alemania. Y con el mismo frío que tuvieron que soportar en el viaje de ida, iniciaron su camino de regreso, pero en esta ocasión, en vez de pasar por Milán, atravesaron la fértil llanura del Po pasando por Mantua y Verona (4). De allí subieron hasta Trento, y cruzando los Alpes por el paso de Brenner, llegaron a Insbruck, y a Augsburgo, hasta finalizar su recorrido en Nuremberg (5). Era a mediados de Marzo de 1511, y el viaje de ida y vuelta, más su estancia en Roma, había superado los tres meses, lo que supuso para Lutero una larga interrupción de su actividad docente.

Lutero se aparta del grupo de los reformados

Una vez llegaron a Nuremberg, informaron de la decisión del prior general de la Orden de no aceptar sus revindicaciones. Ante esta negativa, los Observantes no se resignaron, y en una carta de protesta a Fr Edigio de Viterbo, le advertían de los inconvenientes de la unión y de su propósito de apelar al papa, en el caso de no admitir sus demandas. El vicario general de Alemania, Staupitz, apoyado por el prior general y por los conventos de Colonia, siguió adelante con sus planes. Pero en los meses de verano, al adquirir la discordia mayores proporciones, el vicario adoptó una política de diálogo y contemporización, asegurando a los observantes o reformados, que la fusión sólo afectaría a su dependencia del vicario general, prometiéndoles que no les quitaría nada en lo referente a su espíritu reformista ni a sus privilegios.

A pesar de estos ofrecimientos, los siete conventos rebeldes se reunieron y tras larga deliberación, optaron por la resistencia. Esta situación de manifiesta tozudez, fue para Lutero la gota que desbordó el vaso, y reaccionando con furor, se apartó de ellos, para pasarse al grupo de Staupitz, decisión que le llevó a abandonar Erfurt y romper su amistad con Nathin. Debido a que el vicario general no lograba ningún acuerdo con los Observantes. y temiendo que estos apelasen al papa, y tal vez el pontífice les diera la razón, juzgó que debía ceder. Para ello convocó el capítulo de la Congregación en Colonia, que significó la renuncia definitiva de Staupitz a sus propósitos unionistas, volviéndose a la situación primitiva, lo que significó la victoria de los Observantes contrarios a la fusión. En el capítulo, Staupitz, que fue confirmado en su cargo de vicario general, nombró a Lutero que estaba presente, como subprior de Wittemberg.

Instalado en el “monasterio negro de Wittemberg”, permanecerá en las frías paredes de esta morada el resto de su vida. Allí tendrá la ocasión de intensificar su amistad con el vicario general (6), y gracias a su mediación realizará un rápido ascenso en la Congregación agustiniana, y cuando Staupitz renuncie a su cátedra de Sagrada Escritura, será Fr. Martín quien le sustituya. En un futuro no muy lejano, Lutero convertirá aquel desconocido lugar en el centro de la nueva teología y en la cuna de donde surgirán los pregoneros del nuevo evangelio luterano.

Enfrentamiento contra los Observantes

En el entreacto, Lutero sentía aumentar su odio contra los Observantes, acusándolos de ser una facción de frailes que se consideraban superiores a los demás y despreciaban a cuantos no observaban sus penitencias, ceremonias y reglas ascéticas. Así dirá de ellos: “Estos observantes ignoran la verdadera justicia y santidad, porque quieren que su pecados le sean perdonados a causa de sus méritos y sus buenas obras… para ellos no hay más justicia que la propia, la de su doctrina y de sus ceremonias” (7). La espoleta que hizo estallar esta animadversión, fue su atormentada crisis religiosa, incubada desde los comienzos de su vida monástica, que se alimentaba de su escrupulosa obsesión por realizar numerosos obras meritorias, a base de oraciones, ayunos y penitencias con objeto de ser propicio ante Dios, pues lo concebía, en versión ockamista, no como un Padre misericordioso, sino como un juez omnipotente, arbitrario y severo de sus pecados, que le imponía terror y espanto ante la posibilidad de su condenación eterna (8). Así escribirá algunos años después: “En la observancia de las reglas era tan diligente y supersticioso que cargaba mi cuerpo con mayor peso del que podía soportar sin peligro de la salud… Cuanto más me esforzaba por tener contricción, tanto mayor era la fuerza con que se alzaban las angustias de mi conciencia”, “En el monasterio mi corazón temblaba

Enviado por Arvo Net - 18/06/2005 ir arriba
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