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MAGISTERIO PONTIFICIO (Antonio Orozco Delclós)

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EL PAPA, EN PROFUNDIDAD

EL PAPA, EN PROFUNDIDAD




Cuatro pinceladas que han puesto algunos santos en la Historia de la Iglesia sobre el Sucesor de Pedro, que pueden ayudarnos a ver, a mirar, a escuchar al Romano Pontífice en profundidad.

Por Antonio Orozco Delclós

Arvo Net, 7.7.2006
 

 

El conocido profesor luterano W. Pannenberg, en un coloquio celebrado en una Facultad teológica española, contestaba así a una pregunta sobre el papado: "la necesidad de un ministerio de unidad en la Iglesia es algo tan evidente que las negativas protestantes no debían mantenerse por más tiempo" (En P. Rodriguez, Iglesia y Ecumenismo, Madrid 1979 p. 221). El Papa es principio, fundamento y unidad de todo el Pueblo de Dios. Es lógico que sea así; es de sentido común. Además, es una verdad definida por el Concilio Vaticano I (Const. Pastor Aeternus, 2) y vivida desde el comienzo de la Iglesia. No es momento ahora de pormenorizar sino de ponderar cuatro pinceladas que han puesto algunos santos en la Historia de la Iglesia sobre el Sucesor de Pedro, que pueden ayudarnos a ver, a mirar, a escuchar al Romano Pontífice en profundidad.

 

Podemos comenzar por San Lucas. Recordábamos hace unos días cómo nos cuenta que «estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la Palabra» [Adhuc loquénte Petro, cécidit Spíritus Sanctus super omnes qui audiébant verbum, et erant loquéntes linguis et magnificántes Deum] (Hch 10, 44). Recordábamos, a este propósito, los versos de Machado: 

-Ya se oyen palabras viejas

-Pues aguzad las orejas

Viejas o nuevas, las palabras del Sucesor de Pedro, gozan siempre de la asistencia prudencial del Espíritu Santo y los oídos atentos se ven siempre enriquecidos con luces y mociones elevantes.

 

En segundo lugar, San Agustín, a quien tanto quiso Lutero. Escribió el Obispo de Hipona que al instituir el primado del Romano Pontífice, Jesucristo "quiso fortalecer de antemano nuestros oídos contra los que, según Él mismo advirtió, se habrían de levantar a lo largo de los tiempos, diciendo ved aquí a Cristo, miradlo allá (Mt. 24, 23). Y nos mandó que no les diésemos crédito. No tendríamos excusa alguna si no hiciéramos caso a la voz del Pastor, tan clara, tan abierta, tan palmaria, que ni el más miope o torpe de inteligencia puede decir: no he entendido" (S. AGUSTIN, De unitate Ecclesiae, II, 28).

 

En tercer lugar, continuamos con una santa doctora de la Iglesia, que vivió una de las épocas más conflictivas de la Historia de la Iglesia, cuando se llegó a la situación –hoy impensable- en la que había tres presuntos papas. No sucedía que el pueblo cristiano pensara que pudiera haber tres, sino que las circunstancias eran tan confusas que no se sabía bien quién era el legítimo y verdadero. El Cisma de Occidente fue una gran tribulación para la Cristiandad. Pero una cosa tenía muy clara Catalina de Siena: el Papa, fuera quien fuese era el dispensador supremo de la sangre de Cristo, al extremo que escribió de un modo tremendamente gráfico, escalofriante: "Aquél que se aleja del Papa o atenta contra él es un insensato, pues el Papa es quien tiene las llaves de la Sangre de Cristo crucificado. Por eso, aunque fuese un demonio encarnado, no debo levantarme contra él, sino humillarme siempre e implorar esa sangre de su misericordia; pues de otra suerte no podríamos tener ni participar el fruto de la Sangre [Redentora]"( Cfr Giorgio Papasogli, Catalina de Siena, reformadora de la Iglesia, Ed. BAC, Madrid 1980, p. 117). A la vez, no se mordía la lengua: con toda piedad, ternura y fortaleza, manifestaba a su "dulce Cristo en la tierra" lo que consideraba deber del Pontífice. Esto es pensar en católico;  la cabal actitud del cristiano: la más profunda y sincera adhesión al Papa, hecha de fe y amor teologales. Siempre es «el sucesor de tu viejecillo Pedro», como decía a su «Jesús dulce, Jesús amor», la Doctora de Siena. ¡Encantadoras licencias de los santos! El Príncipe de los Apóstoles sonreiría desde su ya eterna juventud, aunque anduviera frisando por aquel entonces -según las medidas del tiempo- los mil cuatrocientos años. Y rezaba Catalina a Cristo: «Quiero que tu vicario sea otro tú, porque necesita más luz que los otros, ya que debe alumbrar a los demás» (Obras, Ed. BAC, Madrid 1980, pp. 461-469).

 

            ¡Aunque fuera un demonio encarnado! Hasta ahí no llegará el Señor. Pero Dios puede escribir letra inglesa con la pata de una silla y superar con una escoba Las Meninas o Las hilanderas y servirse de Satanás para el bien de los que le aman. Ahora, es preciso agradecer al Espíritu Santo que en estos tiempos de tan dura prueba para la Iglesia, haya querido poner al frente, como cabeza visible, un instrumento de primera; una singular potencia pensante, especulativa y práctica, capaz de pasearse como en casa propia por las honduras de las inteligencias más poderosas de esta época y penetrar en los entresijos más íntimos del corazón de cada hombre concreto, el de carne y hueso, que constituye su primordial interés. Un Papa sensible a los toques del Paráclito y capaz de sorprendentes síntesis que impulsan hacia progresos quizá insospechados en teología católica y filosofía cristiana. Benedicto XVI no es solo un hombre de hoy; es mucho más: es un hombre que «hace el hoy». Benedicto XVI, como Juan Pablo II, no dice lo que la gente quiere oír, sino lo que necesita oír. Y esto es, a la postre, lo que agradece la gente abierta a la verdad.

 

            Sin embargo, por encima de todo, Benedicto XVI es el Papa. Su autoridad no es la que se funda en el poder pensante de un genio alemán llamado Joseph Ratzinger, sino la que procede del carisma del Espíritu Santo, que asiste siempre de modo singular al Sucesor de Pedro.

 

            Benedicto XVI, hoy personifica a Cristo, y Cristo es signo de contradicción. «Qué pesadas son estas llaves que vienen de las manos de Pedro a nuestras débiles manos!» exclamaba Pablo VI. «¡Qué pesadas de llevar y cuánto más de manejar!» (Pablo VI, Alocución, 18-VI-1965). Se entiende muy bien, sobre todo en un mundo que tan a menudo prefiere las tinieblas a la luz. Es pues menester que todos sus hijos ayudemos al Papa a llevar su cruz. «Rogad por mí, mis muy queridos en el Señor», suplicaba Juan Pablo II en la catedral de Brazzaville (Juan Pablo II, Hom., 5‑V‑1980). Benedicto XVI no cesa de hacer otro tanto.

 

            En cuarto lugar, llegamos al siglo XX: «Esta Iglesia católica es romana -decía  San Josemaría Escrivá-  Yo saboreo esta palabra: ­¡romana! Me siento romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a querer tiernamente al Papa, il dolce Cristo in terra, como gustaba repetir Santa Catalina de Siena, a quien tengo por amiga amadísima» (Lealtad a la Iglesia, Ed. Palabra, Madrid 1973, p. 33). Estas palabras del Fundador del Opus Dei me traen al recuerdo su voz entrañable, cuando le oía decir -yo recién llegado a Roma, vacante la sede de Pedro en octubre de 1958- que rezáramos mucho por el Papa que había de venir, porque ya le queríamos con toda el alma, fuera quien fuese.

 

 

EL AMOR A LO ESENCIAL

 

El amor del cristiano al Papa ha de estar inspirado por la fe y el amor teologal. La recepción entusiasta, exultante ¾incluso clamorosa, multitudinaria¾ al Papa no es culto a la personalidad de un hombre excepcional, sino ¾como se ha dicho con acierto¾ «el vehículo del amor a Cristo, el amor a lo esencial o la esencialidad del amor».

 

Obras son amores. Lo primero es rezar. Todos podemos facilitar la colosal tarea del Papa con nuestra oración, en sus múltiples modalidades. La Santa Misa, de infinito valor; el Santo Rosario, arma poderosa contra las fuerzas del mal y vigoroso imán de la gracia divina; ratos más o menos largos de petición ante el Sagrario; horas de trabajo bien hecho, con sacrificio ofrecido por la persona e intenciones del Romano Pontífice; sucesivas e incesantes conversiones que culminen en el sacramento de la reconciliación. Y un quehacer de suma importancia, difundir su Magisterio. Primero, conocerlo bien, estudiarlo a conciencia, cada uno según su capacidad, ponderarlo en el corazón, bebiendo en la misma fuente (no vaya a ser que conozcamos al Papa y su doctrina a través de los medios de contaminación social); sabiendo entender bien la verdad que transmite e interpreta con autoridad apostólica. Ante el Romano Pontífice como tal, todos somos discípulos, incluidos los más eruditos teólogos. Es él quien tiene, recibidas del Logos en persona, las llaves de la Sangre redentora de Cristo y de la sabiduría cristiana. Sigue en vigor el adagio Roma locuta, causa finita.

 

Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus: donde está  Pedro, ahí está  la Iglesia, ahí está  Dios, ahí está  Cristo, ahí está  el Espíritu Santo, ahí los carismas auténticos, ahí brotan como por ensalmo espléndidas vocaciones sacerdotales y de otros mil colores, ahí se encuentra la paz, la serenidad, la alegría, el optimismo, la generosidad, la caridad auténtica, porque ahí y no en otra parte están el Camino, la Verdad y la Vida.

 

Para terminar no estará de más recordar lo que el propio Benedicto XVI entiende como esencia del Primado del Papa: no se trata de un simple primado de honor, por supuesto, pero tampoco –nos dirá– de una soberanía absoluta. Son palabras precisas, medidas, de la Homilía que pronunció al tomar posesión de la Cátedra del Obispo de Roma en la Basílica de San Juan de Letrán:

 

El obispo de Roma se sienta en su cátedra para dar testimonio de Cristo. De este modo, la cátedra es el símbolo de la «potestas docendi», esa potestad de enseñanza que constituye una parte esencial del mandato de atar y desatar conferido por el Señor a Pedro y, después de él, a los Doce. En la Iglesia, la Sagrada Escritura, cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el ministerio de la interpretación auténtica, conferido a los apóstoles, se pertenecen mutuamente de manera indisoluble. Allí donde la Sagrada Escritura es extraída de la voz viva de la Iglesia, se convierte en víctima de las disputas de los expertos. Ciertamente todo lo que éstos pueden decirnos es importante y precioso; el trabajo de los sabios nos es de notable ayuda para poder comprender el proceso vivo con el que creció la Escritura y comprender así su riqueza histórica. Pero la ciencia por sí sola no puede ofrecernos una interpretación definitiva y vinculante; no es capaz de darnos, en la interpretación, esa certeza con la que podemos vivir y por la que también podemos morir. Para ello se necesita la voz de la Iglesia viva, de esa Iglesia confiada a Pedro y al colegio de los apóstoles hasta el final de los tiempos. Esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una presunción que se opone a la libertad de pensamiento. No es así.

 

El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como ante todo oportunismo. Lo hizo el Papa Juan Pablo II, cuando ante todos los intentos, aparentemente benévolos, ante las erradas interpretaciones de la libertad, subrayó de manera inequívoca la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce el ser humano a la esclavitud. En sus grandes decisiones, el Papa es consciente de estar ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de peregrinación de la Iglesia. De este modo, su poder no está por encima, sino que está al servicio de la Palabra de Dios, y sobre él pesa la responsabilidad de hacer que esta Palabra siga haciéndose presente en su grandeza y resonando en su pureza, de manera que no se haga añicos con los continuos cambios de las modas.

 

Los católicos podemos estar bien tranquilos y gozosos. Nada de voluntarismos. Razón y Fe. Fe y razón. Nos hallamos en buenas manos. Laus Deo!
 

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Arvo Net, 07/07/2006

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Contacto: webmaster@arvo.net

Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

 

Enviado por Arvo - 07/07/2006 ir arriba
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