Por Luis Olivera *
El amor no es ningún instinto sublimado, ni un sentimiento, ni una sensación. Es un modo de estar-en-el-mundo, que funda una unidad Tú-Yo, que lleva consigo la superación de toda ausencia de significado de la vida. Hoy en día el amor se ha vaciado de sentido, a través de un proceso de desnaturalización: se ha generalizado una falsificación del amor, que identifica el "yo amo" con el "me gusta" o "me apetece". El galicismo "hacer el amor" expresa el fondo del deterioro. Un filósofo, Carlos Cardona, lo expresa muy bien al decir que "el amor se tiene y se da, no se 'hace'". Y para restituir su dignidad al amor, hay que derribar de su primacía al placer: "Amo porque es amable, porque es bueno y, entonces, me gusta. Al amar al otro como otro -y no por lo que me da-, se obtiene, además, como consecuencia, el deleite del amor". La unidad que funda el amor no es sólo unidad de dos personas: es unidad con el mundo y unidad en lo íntimo del ser de cada amante. Supera en mucho el puro mundo material, el del hacerse las cosas.
Como dice el psiquiatra Juan Bautista Torelló, una relación con el mundo sólo materialista y utilitaria "lleva al agotamiento y a la estrangulación del amor que, de hecho, ya no es amor, sino una degeneración del mismo, con variadas encarnaciones emotivas y sexuales". Precisamente por eso el número de amantes felices es exiguo en nuestro días. Frente a ellos hay una multitud de gentes de miras cortas, que se vierten en una ola de erotismo insaciable, que hace naufragar los matrimonios y desemboca en perversiones. Cualquier psiquiatra sabe que en la raíz de muchos desequilibrios se esconden acciones a veces inconfesables. Y así nos dice el ruso Dostoievski, con una finura insuperable, que más allá de la moral y de la conciencia sólo se encuentra el abismo.
El mismo Torelló, español que vive y trabaja en Austria, señala que una sexualidad separada del amor, un ejercicio meramente corporal, "no proporciona ninguna experiencia verdaderamente humana". Con las prácticas eróticas que una sexología de folletín ha popularizado sin cesar, "sólo se aprende a separar lo que únicamente en el completo don de un yo a un tú, encuentra significado y plenitud". ¡Cuánta ingenuidad y superficialidad demuestran tantos jóvenes, y no tan jóvenes, -conozco a varios- que se pavonean de ser "expertos" en cuestiones "de amor"! En realidad llevan lo que el psiquiatra Juan Cardona llama "una existencia reptil". Esto lo saben muy bien, por desgracia, psicólogos, sexólogos y sacerdotes de nuestro tiempo.
La unidad de vida que funda el amor, como expuso el filósofo Max Scheler, está protegida por la misma naturaleza y, precisamente, por medio del sentimiento del pudor. En efecto, el pudor no es ni ignorancia ni miedo al tabú, ni doblez ni coquetería. Sino, exactamente, tutela del individuo -¡de lo indivisible! y de sus valores. Es la salvaguardia del amor unitario, que no permite el desahogo del impulso sexual cuando no ha nacido todavía el auténtico amor personal. La finura del pudor verdadero nace de las pasiones más altas y más fuertes; nunca de la estrechez de una mente rota ni del recelo o del miedo ante la realidad corporal.
Otro psiquiatra, el judío Viktor Frankl, sostiene que el amor se dirige hacia el "exclusivo e irrepetible 'ser-así' de la persona que se ama. El amor no es atraído por ésta o aquella cualidad que 'el otro tiene, sino por la unicidad irreductible que ese otro es". De ahí las consecuencias de la actitud de no pocas muchachas, que tienen por resultado el ser literalmente canjeadas por hombres tan sólo sexualmente excitados o emotivamente enamorados: "Nosotros no somos infieles a las chicas; simplemente las confundimos", dice el protagonista de una novela italiana. "El amor verdadero es una relación espiritual con el espíritu del otro, como aparición de un Tú en su 'ser así' y no de otra manera, inmunizada contra la caducidad que inevitablemente conlleva la mera circunstancialidad de la sexualidad corporal y del erotismo psicológico" (Frankl). Ese tú es intocable e insustituible. Y la relación con él es indisoluble y "más fuerte que la muerte". Por eso escribió Shakespeare aquel verso: "Fatigado de todo esto, quisiera abandonar el mundo si, al morir, no dejara solo a mi amor".
La entrega sexual puede ser amor transferido a la esfera corporal. Pero eso no es "prueba" de amor, aunque a menudo sea exigida como tal. Es sólo la "calderilla" del comportamiento sexual. Quien exige lo caduco y canjeable como prueba de lo que es intemporal y único, especialmente en la forma de la unión sexual prematrimonial, "siempre cargada de tensión, de curiosidad morbosa, de torpeza ensayística y exhibicionista, ha arrojado por la borda el derecho a ser tratado y amado como persona humana", dice Torelló. Porque es el espíritu el que comprende y humaniza la materia. Y no al revés. Pero el hombre "realiza" el amor no sólo en el ejercicio de la sexualidad, sino también en la continencia. Todo depende de que la persona se entregue y se perfeccione, a la vez, mediante el sacrificio del yo egoísta en aras de la persona amada: sea hombre, sea Dios, o Dios a través del hombre.
La optimización de la sexualidad, dice Aquilino Polaino-Lorente, necesariamente exige la no represión de ninguna de sus dimensiones: "procreativa, afectiva, cognoscitiva, hedónica, educativa, religiosa, etc." Aquí lo difícil -añade este catedrático de Psiquiatría- no es tanto obtener un placer sexual en una determinada situación, "como satisfacer en plenitud, a través de la sexualidad, el deseo de ser feliz". De algún modo subyace también aquí el deseo del hombre por llegar a ser todas las cosas. Deseo éste que anhela e identifica con el alma. Por eso, cuando se vende el alma a cambio de placer, toda la vida pierde su sentido. Porque en esas circunstancias, el hombre pierde su libertad y deja de ser dueño de sí mismo. Ya Séneca decía que "el que persigue el placer pospone a él todas las cosas. Y lo primero que descuida es su libertad". Pero una vez que se ha perdido la libertad, entonces ningún otro valor vale realmente la pena. Y uno acaba cayendo en la desesperación.
*Luis Olivera
Periodista