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LA REVOLUCIÓN RUSA. 90 AÑOS DE LA INSTAURACIÓN DEL PRIMER RÉGIMEN COMUNISTA (3/3)
Luis Alonso Somarriba
III. ESTABLECIMIENTO DEL RÉGIMEN COMUNISTA: LA ÉPOCA LENINISTA (1917-1924)
Conquistado el poder, Lenin y los bolcheviques procedieron, sin dilación, a implantar su particular dictadura, el primer Estado comunista de la historia.
En marzo de 1918, Lenin traslada el Gobierno a Moscú, convirtiendo esta ciudad en capital del nuevo Estado, el cual, en 1922, adoptará el nombre oficial de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Para poder asentarse en el poder, Lenin hizo salir rápidamente a Rusia de la guerra, pagando -eso sí- un altísimo precio a los alemanes y sus aliados. Por el tratado de Brest-Litovsk, en marzo de 1918, el régimen bolchevique tuvo que entregar amplias extensiones del antiguo Imperio ruso: Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Ucrania, etc. Una buena parte de los territorios cedidos en 1918 estarán llamados a volver algún día a la madre Rusia, algunos, como Ucrania, muy pronto.
Las principales características del nuevo régimen habrían de ser: la abolición de la propiedad privada (nacionalización de las tierras, los bancos y las empresas), el régimen de partido único (Partido bolchevique o comunista), la anulación de las libertades (libertad de expresión, de asociación, de reunión), y la persecución de todo individuo, grupo o idea considerados como contrarios al comunismo.
Una de las mayores pruebas por las que pasó el régimen leninista fue la Guerra Civil (1918-1920), en la cual el Gobierno soviético tuvo que luchar contra una heterogénea coalición de fuerzas opuestas al bolchevismo, «los blancos». Lenin y los comunistas saldrán victoriosos de esta contienda civil gracias, entre otras razones, a la organización por parte de Trotsky del Ejército Rojo.
Dentro de la época leninista, podemos distinguir dos etapas. En la primera, hasta 1921, el deseo de construir cuanto antes la sociedad socialista y los problemas de la Guerra Civil, llevaron a los bolcheviques a adoptar una serie de medidas conocidas como «Comunismo de Guerra»: abandono de las prácticas económicas capitalistas, requisas en el campo, participación de los trabajadores en la dirección económica, etc. Los desastrosos resultados obligaron a cambiar de rumbo, instaurando la NEP o «Nueva Política Económica» (1921-29) que enlazará con la época stalinista. La NEP se caracterizó por el retorno, de manera transitoria, a ciertas prácticas capitalistas toleradas temporalmente para recuperar la economía.
El control político y social
El antiguo lema revolucionario de “todo el poder para los soviets” se convirtió en un abrir y cerrar de ojos en “el poder del Partido bolchevique sobre los soviets”. En pocas semanas, tanto los soviets, como las otras instituciones revolucionarias (comités de fábrica, sindicatos, partidos socialistas, etc.) que habían colaborado en la destrucción del viejo orden, se vieron subordinadas al Partido bolchevique, despojadas de su poder o simplemente eliminadas.
En enero de 1918 se reunía la Asamblea Constituyente, elegida por sufragio universal en noviembre-diciembre de 1917, según lo acordado en tiempos del Gobierno Provisional, y en la que los bolcheviques no eran más que una minoría (175, en un total de 707 diputados). Lenin, que no estaba dispuesto a permitir aquella muestra de “democracia burguesa”, acabó con dicho Parlamento nada más terminar la primera de sus sesiones. Una manifestación de protesta por la clausura de la Asamblea fue disuelta con violencia, registrándose 20 muertos.
La adopción de medidas legales en contra de los otros partidos políticos y la persecución de sus miembros, comenzó por el principal partido burgués. El 28 de noviembre de 1917, un decreto de Lenin estipulaba que “los miembros de las instancias dirigentes del partido constitucional-demócrata (Partido cadete), partido de los enemigos del pueblo, quedan fuera de la ley y son susceptibles de arresto inmediato” (10). Antes o después, todos los grupos políticos (cadetes, social-revolucionarios, mencheviques, anarquistas, etc.) fueron ilegalizados y sus militantes perseguidos. En la noche del 11 al 12 de abril de 1918, la policía política, la Cheka, asaltó veinte casas en Moscú, deteniendo a 500 anarquistas, 25 de los cuales fueron fusilados sumariamente como “bandidos”. Cuatro meses después, Lenin y Dzerzhinsky ordenaban el arresto de los principales dirigentes mencheviques. Llamativo fue el caso de la líder socialista-revolucionaria, María Spiridonova, detenida en 1919, condenada y trasladada a un sanatorio psiquiátrico. Una muestra de aquel ambiente de persecución lo encontramos en el dato aportado por la propia Cheka, según la cual en los cuatro últimos meses de 1919 fueron detenidos 2.380 mencheviques y socialistas-revolucionarios(11).
Paralelamente a las actuaciones contra las organizaciones políticas, el régimen leninista procedió también al control de la prensa. Tan sólo tres días después de tomar el poder, los bolcheviques clausuraban los diarios burgueses y socialistas moderados. Poco después, se creaba un tribunal encargado de juzgar los denominados “delitos de prensa” y suspender cualquier publicación que“sembrara la desazón en los espíritus” (12). Finalmente, en la primavera de 1918 fueron prohibidos todos los periódicos no bolcheviques.
El sistema represivo
El control de la sociedad se llevó a cabo, fundamentalmente, a través de un eficaz sistema represivo. Su misión era perseguir a todos aquellos individuos o grupos políticos contrarios a los bolcheviques, así como a todas las clases sociales clasificadas como “enemigas del pueblo”. Si bien, como veremos, terminó por emplearse también contra las “antiguas clases explotadas”. Sobre esta cuestión, en septiembre de 1918, uno de los principales dirigentes bolcheviques, G. Zinoviev, afirmaba: “debemos atraer a nuestro lado digamos a 90 de los 100 millones de habitantes de Rusia soviética; en cuanto a los otros, no tenemos nada que decirles; deben ser aniquilados” (13).
En la totalitaria tarea de depurar y controlar la sociedad, la dictadura soviética contó desde sus comienzos con dos importantes instrumentos: la «Cheka», o policía política (futura KGB), y los campos de concentración, establecidos por vez primera en el verano de 1918, y conocidos más adelante con el nombre de «Gulag», por el organismo que llegó a dirigirlos.
La Checa, creada el 7 de diciembre de 1917, y colocada bajo el mando de Félix Dzerzhinsky, instaló muy pronto su sede central en la calle Bolshaya-Lubianka de Moscú, desplegando desde esta ciudad una amplia red de establecimientos en todas las provincias. Los efectivos de la Checa crecieron rápidamente, llegando a disponer de tropas especiales. Todo un ejército para ejercer una represión fundada en la idea de terror. A este respecto, a finales de 1917, Lenin había declarado: “¡A menos que apliquemos el terror a los especuladores -una bala en la cabeza en el momento- no llegaremos a nada!”(14). Lenin, consideraba que la Cheka era esencial para la causa comunista, un verdadero “brazo armado del proletariado”: “es de toda importancia para nosotros que la Cheka realice de inmediato la dictadura del proletariado, y nunca apreciaremos bastante su papel a este respecto. No existe otra manera de salvar las masas sin el aplastamiento de los explotadores” (15). Para Lenin estaba claro que “un buen comunista es un buen chekista” (16).
Entre el personal reclutado para trabajar en la Cheka abundaban“elementos criminales y socialmente degenerados de la sociedad” (17), que se entregaron con sadismo a todo tipo de torturas y vejaciones, no dudando en acabar con la vida de manera totalmente arbitraria. Así por ejemplo, en un informe desde Yaroslavl, enviado por el Secretario de organización regional del Partido bolchevique, en septiembre de 1919, se relata que “los chequistas saquean y detienen a cualquiera. Sabiendo que quedarán impunes, han transformado la sede de la cheka en un inmenso burdel adonde llevan a las burguesas. La embriaguez es general. La cocaína es ampliamente utilizada por los jefecillos”(18).
De la facilidad con la que la Cheka fusilaba en sus comienzos, da una idea la cifra de 1300 muertes en Petrogrado, durante el mes de septiembre de 1918 (19).
Solamente en las primeras semanas de la Cheka, este organismo llegó a ejecutar entre dos y tres veces más personas que todo el Imperio zarista en sus últimos 92 años (20).
Para la Cheka todo estaba permitido, especialmente si se trataba de castigar a los “enemigos de clase”. Esta idea la explicaba perfectamente La espada roja, periódico de la Checa de Kiev: “Rechazamos los viejos sistemas de moralidad y de «humanidad» inventados por la burguesía con la finalidad de oprimir y de explotar a las «clases inferiores». Nuestra moralidad no tiene precedente, nuestra humanidad es absoluta porque descansa sobre un nuevo ideal: destruir cualquier forma de opresión y de violencia. Para nosotros todo está permitido porque somos los primeros en el mundo en levantar la espada no para oprimir y reducir a la esclavitud, sino para liberar a la humanidad de sus cadenas (…) ¿Sangre? ¡Qué la sangre corra a ríos! Puesto que sólo la sangre puede colorear para siempre la bandera negra de la burguesía pirata convirtiéndola en un estandarte rojo, bandera de la Revolución. ¡Puesto que sólo la muerte final del viejo mundo puede liberarnos para siempre jamás del regreso de los chacales!” (21).
Trágico final de la Familia Imperial
El Gobierno de Kerensky había decidido, en el verano de 1917, el traslado de Nicolás II y su familia, por razones de seguridad, desde Tzarskoie Selo (cerca de San Petersburgo-Petrogrado) a Tobolsk, en Siberia occidental. Meses más tarde, tras el golpe de Octubre, los Romanov terminaron cayendo en manos de los bolcheviques, quienes los recluyeron en una casa de Ekaterimburgo, junto a los Urales.
En la madrugada del 16 al 17 de julio de 1918, los guardias rojos despertaron a toda la familia: tenían que vestirse, bajar a una habitación del sótano y esperar. Minutos después entraba un piquete. Escueta y rápidamente se comunicó al Zar que había sido condenado a muerte. Nicolás II no tumbo tiempo ni de replicar; inmediatamente los guardias comenzaron a disparar sobre todos los presentes hasta vaciar sus cargadores. Para completar la masacre, algunas de las víctimas fueron rematadas a bayonetazos. Los cuerpos, conducidos lejos de la ciudad, terminaron arrojados en una fosa. No hubo juicio. Todo se hizo en secreto, silenciándose hasta el lugar de enterramiento (22).
Además del Zar y la Zarina, murieron: su único hijo varón, el zarevich Alexis -enfermo de hemofilia, y que no había cumplido los 14 años-, sus hijas, las grandes duquesas, Olga, Tatiana, María y Anastasia; así como los sirvientes, el médico, la doncella de la Zarina, el ayuda de cámara del Zar y el cocinero. Es curioso que no se hiciera distinción entre la sangre real y la plebeya. Por las mismas fechas fueron asesinados en distintos lugares otros siete miembros de la familia Romanov, entre ellos el Gran Duque Miguel Alexandrovich, hermano de Nicolás II.
En un principio la responsabilidad por la muerte de la Familia Imperial se atribuyó al soviet de Ekaterimburgo. Sin embargo, Trotsky relata en su diario como al pedir información sobre esta cuestión a Sverdlov, presidente del Comité ejecutivo central del Congreso panruso de los soviets y mano derecha de Lenin, aquél le dijo que “Ilich” (Lenin) había tomado la decisión para evitar riesgos (23). Se sabe también que Lenin recibió a los asesinos del Gran Duque Miguel Alexandrovich, tranquilizándoles y asegurándoles que habían cumplido con su deber (24).
Teniendo en cuenta los millones que morirían a manos de las autoridades soviéticas a lo largo de las siguientes décadas, la matanza de Ekaterimburgo puede parecer menor. No obstante, el hecho tiene un alto valor simbólico, y no sólo por lo que supuso de trágico final para la monarquía. Como bien señaló el historiador Richard Pipes: “la forma en que se preparó y se ejecutó la masacre, negada al principio y justificada después, tiene algo de particularmente repugnante; algo que la distingue radicalmente de los regicidios anteriores y que la marca como un preludio a los asesinatos masivos del siglo XX” (25).
Colectivos sobre los que se ejerció la represión
Diferentes colectivos sociales, y hasta grupos étnicos, sufrieron, por razones distintas, la represión del régimen comunista en los primeros años tras su implantación: nobleza, burguesía (grandes industriales, financieros, profesionales liberales -abogados, médicos, ingenieros, etc.-, funcionarios, pequeños comerciantes), clero, campesinos, obreros, cosacos e intelectuales.
Contra la nobleza y la burguesía. En el caso de las clases sociales consideradas como “enemigas del pueblo” (nobleza, burguesía y kulaks, o campesinos acomodados), la represión, e incluso la aniquilación, fue una consecuencia de la «lucha de clases», propuesta por el marxismo, y entendida a la manera de un feroz racismo social que excluía a las antiguas “clases poseedoras”, de la misma manera que el nazismo rechazaba a ciertas razas -como los judíos- calificadas de “inferiores”.
Aunque fueron muchos los aristócratas y burgueses que abandonaron Rusia desde el comienzo de la Revolución, otros no pudieron o no supieron que hacer. Este colectivo sufrirá una dura persecución en estos años primeros de la era soviética. Serán despojados de sus bienes, humillados, hechos rehenes, recluidos en prisión o en campos de concentración, en muchos casos tendrán que soportar la violación de sus mujeres, y finalmente, también muchos, terminarán torturados y asesinados: de 2000 a 3000 ejecutados en Jarkov (febrero-junio de 1919) y 1800 en Kiev (22-28 de agosto de 1919), entre otros ejemplos. Las matanzas alcanzaron su apogeo en Crimea al final de la Guerra Civil, registrándose, de noviembre a diciembre de 1920, alrededor de 50.000 fusilados o ahorcados. En dicha península se ordenó a cada habitante rellenar un cuestionario con datos relativos a su trabajo, procedencia social, etc. Con los resultados se establecieron tres categorías: para fusilar, para enviar a campos de concentración y para perdonar (26).
Contra el clero (principalmente el clero de la Iglesia Ortodoxa, mayoritaria en Rusia) se llevaron a cabo tres grandes ofensivas: en 1918-22, 1929-30 y 1937. La primera de las cuales corresponde a la época leninista.
El Gobierno de Lenin comenzó decretando la separación entre la Iglesia y la escuela y la nacionalización de los bienes eclesiásticos. Luego siguieron las provocaciones: profanación de reliquias, celebración de carnavales antirreligiosos durante las grandes fiestas religiosas, etc. En febrero de 1922, se publicaba un decreto ordenando la confiscación inmediata de la mayor parte de los objetos de valor que se guardaban en las iglesias. Las operaciones de requisa provocaron numerosos y violentos incidentes ante la defensa que los fieles hicieron del patrimonio religioso.
Por aquellas fechas, y coincidiendo con la hambruna desatada en Rusia tras la Guerra Civil, Lenin escribe una carta al Buró político, el 19 de marzo de 1922, explicando como podía aprovecharse el hambre para aplastar a la Iglesia:“Para nosotros, este es el momento en el que tenemos el 99% de posibilidades de destruir al enemigo (la Iglesia) y asegurarnos una posición indispensable para las décadas siguientes. Es precisamente ahora, y solamente ahora, cuando en las regiones hambrientas la gente se alimenta de carne humana y centenares -por no decir miles- de cadáveres se pudren en las carreteras, es ahora cuando podemos -y debemos- llevar a cabo la confiscación de los tesoros de la Iglesia con la violencia más salvaje e implacable (…)”. El documento establece también“la ejecución del mayor número posible de representantes del clero reaccionario y de la burguesía reaccionaria (...) Cuanto mayor sea el número de ejecuciones, mejor” (27). En 1922, fueron asesinados un total de 2691 sacerdotes, 1962 monjes y 3447 monjas (28). Con todo, estas víctimas no serán más que un anticipo de lo que ocurrirá en tiempos de Stalin. Si antes de la Revolución había censados en Rusia 112.692 sacerdotes, en 1941 esa cifra se había reducido a 5.665. Igualmente, miles de templos fueron cerrados o destruidos: de las 57.000 iglesias ortodoxas en activo antes de 1917, quedaban abiertas, en 1941, unas 600(29).
Contra el campesinado. Los campesinos, el sector más numeroso de la sociedad rusa en 1917, pronto entró en conflicto con el nuevo régimen, a causa de los reclutamientos forzosos, motivados por la Guerra Civil, y sobre todo por las abusivas requisas de cosechas y ganados impuestas por el Gobierno que comprometían seriamente la subsistencia en las aldeas. La consecuencia más directa de las requisas, y en general de la disparatada política agraria seguida desde octubre de 1917, será «la hambruna» que azotará Rusia en 1921-22, y que llegará a provocar 5 millones de muertos.
Las protestas en el campo derivaron pronto en insurrecciones contra el poder bolchevique, que comenzaron en el verano de 1918 (110 insurrecciones entre julio y agosto) y se extendieron hasta 1921. El Gobierno reaccionó con violencia creciente ante estos movimientos, calificados, de cara a la propaganda, como “rebeliones kulaks” (por los “kulaks” o clase de agricultores propietarios), si bien era notorio que en aquellos levantamientos participaban sin distinción el conjunto de las comunidades aldeanas. En un telegrama enviado al soviet de Penza (agosto de 1918), Lenin ordenaba castigar con dureza:“¡Camaradas! La sublevación kulak (…) debe ser aplastada sin piedad. Los intereses de la Revolución lo exigen (…). Es preciso dar un escarmiento. 1º. Colgar -y digo colgar «de manera que se vea»- al menos a cien kulaks (…). Haced esto de manera que en centenares de leguas a la redonda la gente vea, tiemble, sepa y digan: matan y continuarán matando a los kulaks sedientos de sangre. P.S. Encontrad gente más dura” (30).
Algunas de estas rebeliones llegaron a constituir auténticas guerras, con la formación de ejércitos campesinos. Tal fue el caso del levantamiento de Samara y Simbirsk (primavera de 1919), que reunió a 30.000 hombres armados; de «la insurrección de las horcas» (febrero-marzo de 1920), que llegó a contar con hasta 50.000 hombres; o de la sublevación de Tambov (1920), la más prolongada y mejor organizada.
El Ejército Rojo, que terminó por imponerse a las tropas campesinas, no dudó en aplicar durante y después de la lucha una brutal represión. cientos de aldeas fueron incendiadas, y en alguna ocasión se utilizaron gases asfixiantes. Las víctimas de dicha represión se contaron por decenas de miles, practicándose de forma masiva las detenciones de rehenes, las ejecuciones, las deportaciones y los internamientos en campos de concentración. Para la “pacificar” de la provincia de Tambov, en junio de 1921, se ordenaron medidas del siguiente tipo:“La familia que haya ocultado a un bandido en su casa debe ser arrestada y deportada fuera de la provincia, sus bienes confiscados y el hijo mayor fusilado sin juicio. (…). Aplicar la presente orden del día rigurosamente y sin piedad”(31).
Aplastadas las rebeliones campesinas, continuaron los abusos contra la población rural. Así, en Siberia, para acelerar el cobro de los impuestos en especie, que teóricamente sustituían a las requisas, se registraron tantos atropellos que fue necesario abrir una investigación. Desde Osmk, en febrero de 1922, uno de los inspectores escribía: “Los abusos de los destacamentos de requisa han alcanzado un grado inimaginable. (…) A los campesinos se les da latigazos, se les amenaza con la ejecución. Aquellos que no han cumplido de manera total su cuota de entrega son amarrados, obligados a correr desnudos a lo largo de la calle principal de la aldea, y después son encerrados en un hangar sin calefacción. Se ha golpeado a un gran número de mujeres hasta que pierden el conocimiento, se las introduce desnudas en agujeros cavados en la nieve (…).” (32).
En octubre de 1922, un informe de la policía política detallaba la situación límite a la que habían llegado muchas gentes del campo en distintas provincias. El capítulo más dramático del citado informe es el concerniente a la provincia de Kiev: “los campesinos se suicidan en masa porque no pueden ni pagar sus impuestos, ni volver a tomar las armas que les han sido confiscadas.” (33).
Contra los cosacos. La denominada “descosaquización” consistió en el intento de exterminio o deportación del conjunto del pueblo cosaco, calificado por las autoridades soviéticas como “kulak” y “enemigo del pueblo”, y cuyo territorio -las tierras cosacas del Don y el Kubán- fue llamado la “Vendée soviética”. Sobre la cuestión cosaca, el Comité central del Partido bolchevique había llegado a declarar la siguiente resolución:“(…) es necesario reconocer como sola medida políticamente correcta una lucha sin compasión, un terror masivo contra los ricos cosacos, que deberán ser exterminados y físicamente liquidados hasta el último” (34). En 1919 y 1920, entre 300.000 y 500.000 cosacos fueron muertos o enviados a trabajos forzados, sobre una población total de unos 3 millones (35).
Contra los obreros. El enfrentamiento con los obreros fue uno de los capítulos más silenciados en la Historia oficial soviética, por lo que de contradictorio tenía; al fin y al cabo el proletariado era la razón de ser de la Revolución Socialista.
Varias son las razones del descontento entre las masas proletarias a los pocos meses del triunfo bolchevique: la falta de libertades -en especial la anulación de la libertad sindical y del histórico derecho de huelga-, la persecución de las organizaciones obreras, así como las pésimas condiciones de trabajo y de vida -el hambre creciente- que lejos de mejorar habían empeorado.
La primera oleada importante de incidentes (hasta 70, entre huelgas, manifestaciones y motines) tuvo lugar en Petrogrado, entre mayo y junio de 1918, culminando con un fracasado intento de huelga general (2 de julio), e implicó a los trabajadores de los grandes complejos fabriles de la antigua capital, los mismos que habían apoyado año y medio atrás a los bolcheviques. Un ejemplo de estos incidentes lo encontramos en Kolpino, localidad cerca de Petrogrado, donde la Cheka hizo fuego contra una manifestación de obreros que protestaban contra el hambre, causando diez muertos (36).
En marzo de 1919, se desencadenó otra oleada de protestas y huelgas. En Petrogrado, la asamblea de obreros de la fábrica Putilov, ante 10.000 participantes, proclamó un manifiesto condenando solemnemente a los bolcheviques: “Este Gobierno es sólo la dictadura del Comité central del Partido comunista que gobierna con la Cheka y los tribunales revolucionarios” (37).Lenin, en un intento por frenar el movimiento de protesta, acudió personalmente a las fábricas para hablar a los obreros, pero éstos le recibieron con abucheos. Días más tarde, destacamentos de la Cheka tomaron al asalto la factoría Putilov, defendida por sus trabajadores en armas. Se detuvo a 900 obreros y cerca de 200 fueron fusilados. Además, todos los huelguistas fueron despedidos, siendo posteriormente readmitidos aquellos que firmaron una declaración en la que reconocían haber sido inducidos por agitadores contrarrevolucionarios. Desde entonces, la Cheka introdujo informadores en muchos de los centros obreros.
Numerosos movimientos huelguísticos se extendieron por distintas ciudades durante la primavera de 1919. Las reivindicaciones de los obreros eran casi siempre las mismas: más ración de comida, supresión de los privilegios de que gozaban los comunistas, liberación de los presos políticos, elecciones libres al comité de fábrica y al soviet, libertad de expresión, asociación, prensa, etc. Estos movimientos obreros suponían un grave peligro pues podían contagiarse con facilidad a los soldados.
Los métodos utilizados para reprimir los levantamientos proletarios fueron desde la confiscación de las cartillas de racionamiento (hambre) hasta las ejecuciones masivas por centenares. En Astracán fueron fusilados o ahogados entre 2000 y 4000 obreros huelguistas y soldados amotinados. El 12 de febrero de 1920 el diario oficial Pravda comentaba que “el mejor lugar para un huelguista, ese mosquito amarillo y dañino, es el campo de concentración”(38).
A principios de 1921, terminada la Guerra Civil, la situación en Rusia se encontraba al borde del colapso: los trenes no circulaban, las fábricas estaban paralizadas por falta de combustible y el hambre crecía cada día amenazando la existencia de millones de personas. En estas condiciones, cuando el 21 de enero, el Gobierno ordenó rebajar 1/3 las raciones de pan en Moscú, Petrogrado y otras ciudades, se produjo un nuevo estallido de huelgas, con marchas contra el hambre y manifestaciones de protesta, todo lo cual provocó enfrentamientos con muertos y centenares de detenidos. En Petrogrado, los obreros volvieron a elegir –como en 1918- una Asamblea, proclamando la abolición de la dictadura bolchevique y convocando una huelga general. Algunos regimientos se sumaron a los obreros, creándose una situación muy parecida a la de la Revolución de febrero de 1917. El 26 de febrero tuvo lugar la rebelión de la base naval deKronstadt, isla situada frete al puerto de Petrogrado. Los amotinados se unían así a la insurrección proletaria y el régimen bolchevique vivió sus peores momentos. No obstante, el Gobierno de Moscú actuó con energía y rapidez, ahogando la rebelión en un baño de sangre. La represión que se siguió fue, como de costumbre, terrible: 2.103 condenas a muerte y 6.459 de prisión o campo de concentración. De los 5.000 enviados al campo de concentración de Jolmogory, en el Norte, sólo sobrevivían un año después unos 1500. Además, 2514 civiles de Kronstadt fueron deportados a Siberia por el mero hecho de haber permanecido en la isla siendo testigos de la sublevación (39).
Después del trágico episodio de Kronstadt, el régimen soviético no rebajó la presión sobre el proletariado industrial, al contrario, en muchas ocasiones la incrementó. Fue el caso de la región del Donbass, productora de la mayor parte del carbón y el acero de Rusia, y en la cual se aplicaron métodos de explotación-represión sin precedentes: las ausencia en el trabajo -cualquier ausencia- fueron consideradas como “sabotaje” y sancionadas con el campo de concentración o la pena de muerte, se aumentó el horario de trabajo, anulándose los domingos, y se generalizó el chantaje de la cartilla de racionamiento. Todas estas medidas se impusieron en circunstancias en las que el hambre abocaba a situaciones límite, y la pobreza se manifestaba en detalles como el de prestar el único par de zapatillas al final del trabajo para que lo utilizara el siguiente turno de trabajadores (40).
Contra los intelectuales. Para Lenin era una tarea fundamental limpiar Rusia de la intelligentsia que no encajaba con el nuevo Estado bolchevique. En 1923 se procedió a la expulsión de doscientos reconocidos intelectuales rusos de distintos campos (filósofos, historiadores, profesores universitarios, etc.), prohibiéndoles volver a la URSS so pena de ser ejecutados inmediatamente. Paralelamente, la policía política fichó a miles de intelectuales de segunda fila con vistas a la deportación a zonas lejanas del país o el internamiento en campos de concentración.
El final de la época leninista. Conclusión
La etapa fundacional de la Unión Soviética se cierra con la muerte de Lenin, en la ciudad de Gorki, el 24 de enero de 1924; aunque desde marzo de 1923, cuando sufriera su último ataque de apoplejía, se encontraba apartado de la actividad política.
Con la desaparición del Líder comienza un período de luchas por el poder entre Trotsky y Stalin, que se resolverá a favor del segundo.
Hasta el día de hoy se ha mantenido el mito de un Lenin ideólogo que diseñó correctamente el comunismo pero que no tuvo tiempo para implantarlo, siendo su terrible sucesor, Stalin, el que corrompió el sistema tan sabiamente diseñado por el Padre de la Revolución Socialista, instaurando una sangrienta dictadura. Otra de las leyendas propaladas sobre el llamado “socialismo real”, es la de que se trataba de un proyecto político, económico y social “ideal”, que nadie pudo o quiso aplicar correctamente.
Valga este artículo para divulgar la falsedad de esos tópicos, y manifestar que el Estado levantado por Lenin, en seis años, incluía los elementos genuinos de un régimen al que Stalin no necesitó más que perfeccionar. Por otro lado, es imposible concebir la bondad del diseño cuando estamos tratando de un sistema, el comunista, ensayado durante décadas en múltiples países, de orígenes y características diferentes, y, sobre todo, cuando la experiencia en todos los casos ha sido siempre rotundamente negativa y trágica.
Luis Alonso Somarriba.
Santander, febrero del 2008.
(10) BELOV, G. A., De la Historia de la Cheka, 1917-1921: compilación de documentos; Moscú, 1958, pág. 67. Citado en COURTOIS, S., WERTH, N., PANNÉ, J. L., PACZKOWSKI, A., BARTOSEK, K., MARGOLIN, J. L., El libro negro del comunismo, Planeta, Barcelona, 1998, pág. 71.
(11) BELOV, G. A., op. cit., pág. 354. Citado en COURTOIS, S.,…, op. cit., pág. 104.
(12) FINN, E. A., La prensa antisoviética en el banquillo. Citado en Ibid., pág. 71.
(13) Severnaya Kommuna, núm. 109, 19 de septiembre de 1918, pág. 2. Citado en Ibid., 93.
(14) LENIN, V. I., Polnoe sobranie sochinenii (Obras completas), Moscú, 1958-1966, vol. XXXV, pág. 311. Citado en Ibid., pág. 75.
(15) LENIN, V. I., Gesammelte Werke, XXVIII, pág. 165.
(16) Citado en COURTOIS, S.,…, op. cit., pág. 97.
(17) Citado en Ibid., pág. 123.
(18) CRCEDHC, 17/6/384/62. Citado en Ibid., p. 124.
(19) COURTOIS, S.,…, op. cit., págs. 93-94.
(20) 6.321 sentencias de muerte dictadas por los tribunales zaristas entre 1825 y 1917, en asuntos relacionados con el orden político. Hay que tener en cuenta que una buena parte de estas sentencias de muerte se conmutaron por trabajos forzados. Datos del informe de Liebnecht, Ibid., pág. 96.
(21) La espada roja, núm. 1, 18 de agosto de 1919, pág. 1. Citado en Ibid., pág. 123.
(22) Los bolcheviques intentaron deshacerse de los cadáveres con ácido y fuego. No pudiendo completar esta tarea, arrojaron los cuerpos en una fosa secreta. En 1991 dicha fosa fue abierta y, después de un pormenorizado estudio forense, se identificaron los restos de la familia imperial, a excepción de dos miembros, posiblemente Alexis y María. Recientes investigaciones, en 2007, aseguran haber dado con fragmentos óseos que pueden ser de los dos hermanos Romanov. En 1998, Nicolás II y su familia fueron enterrados solemnemente, junto a sus antepasados, en la catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo. Dos años más tarde, la Iglesia Ortodoxa Rusa confirmaba la canonización del último zar y de toda su familia. En la actualidad, sobre el solar de la casa donde fueron asesinados en 1918 se alza una iglesia para honrar su memoria.
(23) De una entrada de 1935 en el Diario de Trotsky en el exilio. Citado en RADZINSKY, E. The Last Tsar, Nueva York, Doubleday, 1992, págs 325-326.
(24) No obstante algunos miembros de la familia Romanov lograron huir al exilio, entre ellos la madre de Nicolás II, la emperatriz María, viuda de Alejandro III.
(25) PIPES, R., The Russian Revolution, 1990, pág. 787.
(26) COURTOIS, S.,…, op. cit., págs. 128.
(27) CRCEDHC, 2/ 1/ 22947/ 1-4. Citado en Ibid., págs. 147-149.
(28) La Iglesia Ortodoxa Rusa y el Estado comunista, 1917-1941, Moscú, 1996, pág. 69. Citado en COURTOIS, S.,…, op. cit., pág. 149.
(29) Datos citados en Ibid., págs. 197 y siguientes.
(30) CRCEDHC, 2/ 1/ 6/ 898. Citado en Ibid., pág. 89.
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