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LA REVOLUCIÓN RUSA. 90 AÑOS DE LA INSTAURACIÓN DEL PRIMER RÉGIMEN COMUNISTA (2/3) (Luis Alonso Somarriba)

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LA REVOLUCIÓN RUSA. 90 AÑOS DE LA INSTAURACIÓN DEL PRIMER RÉGIMEN COMUNISTA
Luis Alonso Somarriba
 
Continuación
 
La Revolución de 1905. En 1905 toda Rusia se vio sacudida por una Revolución que, aunque fracasó, hizo que  temblara hasta los cimientos la monarquía autocrática de los Romanov. El detonante de este movimiento revolucionario fue la derrota del Imperio Ruso en la guerra contra el Japón (1904-1905). Sin embargo, las razones de fondo hay que buscarlas en el malestar social provocado por la pobreza, en la que vivían los campesinos y la creciente masa de obreros de las ciudades, así como en el deseo de la burguesía -desarrollada al calor de la reciente industrialización- de establecer un régimen liberal.
 
           En San Petersburgo, el 22 de enero de 1905, (3) una manifestación pacífica de obreros, portando iconos religiosos e imágenes del Zar, y dirigida por un sacerdote, el pope Gapón, se encaminó al Palacio de Invierno para entregar a Nicolás II un manifiesto en el que se pedían mejoras laborales y cambios políticos, entre ellos una Asamblea constituyente: "¡Señor! Nosotros, obreros de San Petersburgo, nuestras mujeres, hijos y ancianos inválidos, llegamos ante ti para impetrar justicia y protección. Estamos en la miseria, oprimidos y cargados con trabajo excesivo, tratados como esclavos que deben soportar pacientemente su amarga suerte y callar. (…) Señor, hemos llegado al límite de la paciencia. Creemos ser preferible morir que prolongar insoportables sufrimientos. (…). Por esto, nos hemos congregado cerca de los muros de tu palacio. Es aquí donde buscamos el último saludo. No rehúses proteger a tu pueblo. Sácale de la tumba de la arbitrariedad, de la miseria y de la ignorancia”(4). Pero aquel día el Zar no estaba en la capital, y el ejército, nervioso, resolvió disolver la manifestación a tiros. El resultado, decenas de muertos y centenares de heridos, y sobre todo el comienzo de una separación -atizada por los revolucionarios- entre el “padrecito” Nicolás y su amado pueblo.
 
           Los disturbios continuaron a lo largo de todo el año: en febrero, una bomba bajo el trineo acabó con la vida del gran duque Sergio, tío del Zar y gobernador de Moscú; en junio se amotinó el acorazado Potemkin; se produjeron revueltas en el campo, y, finalmente, durante el mes de octubre, estalló una huelga general revolucionaria. En medio de todos estos sucesos, se creaba en la capital el primer soviet, o consejo, de obreros.
 
           A finales de octubre, Nicolás II no tuvo más remedio que anunciar reformas políticas. El monarca fue aconsejado por Sergey Witte, convertido a partir de entonces en primer ministro (1905-1906). Pasados unos meses y calmada la marea revolucionaria, las medidas liberales prometidas quedaron recortadas: se estableció una Duma (Parlamento), con poderes limitados, elegida por sufragio restringido, y se aplicó una Constitución (en realidad unas Leyes fundamentales) redactada por el propio régimen zarista y no por la Duma.
 
           La relativa liberalización del régimen, a partir de 1905, permitió el desarrollo de una serie de partidos políticos -algunos ya existían anteriormente- que llegarán a tener representación en las diferentes dumas establecidas entre 1906 y 1917. Destacaron: el Partido cadete, que pretendía un régimen plenamente liberal y democrático; los social-revolucionarios (eseritas), emparentados con el antiguo populismo y con implantación principalmente en el campo; el Partido laborista o de los trabajadores (trudoviki), que evolucionará hacia posiciones conservadoras; y los socialistas marxistas, a su vez -como ya vimos- divididos en bolcheviques y mencheviques.
 
           En 1906 Witte fue forzado a dimitir. Poco después era nombrado como primer ministro Piotr A. Stolypin (1906-1911), uno de los políticos más capaces del reinado de Nicolás II, que desgraciadamente no pudo concluir su labor, al morir víctima de un atentado. El magnicidio fue perpetrado en medio de una representación teatral, ante la atónita mirada del Zar y su familia. Stolypin puso en marcha una reforma agraria cuyo objetivo era crear una nutrida clase de propietarios entre los campesinos. Se trataba de acabar con el mir, o propiedad comunal de las aldeas, transformándolo en propiedad privada. Por ser una reforma en profundidad, se aplicó con cierta lentitud; sin embargo al comenzar la guerra, en 1914, ya había hecho interesantes progresos. Desde el primer momento los bolcheviques criticaron la reforma agraria, que hacía peligrar su proyecto revolucionario. Desde luego Lenin no contemplaba la posibilidad de unos campesinos satisfechos, ni mucho menos propietarios. Cuando finalmente triunfe la Revolución Bolchevique, las tierras pasarán al Estado y los kulaks, o campesinos acomodados, surgidos a partir de la reforma de Stolypin, serán uno de los colectivos más perseguidos.         
 
          
 

Rusia ante la I Guerra Mundial

 

            Seguramente el factor que más contribuyó al colapso de la monarquía Romanov y al advenimiento de la Revolución fue la participación de Rusia en la I Guerra Mundial (1914-1918).
            Al fervor patriótico que siguió a la declaración de guerra, en los primeros días de agosto de 1914 -fue impresionante contemplar a una muchedumbre ingente de rodillas ante su zar-, y a los éxitos iniciales del ejército ruso en Prusia Oriental, sucedieron pronto las primeras derrotas (Tannemberg) con sus escalofriantes cifras de bajas. Y es que el Imperio de los zares contaba con un ejército muy numeroso y valiente pero mal organizado, armado y abastecido. A medida que el conflicto avanzó y las derrotas se sucedieron, estos problemas de fondo se multiplicaron. Muchas veces  los víveres no llegaban y los soldados hambrientos carecían hasta de balas. En estas terribles condiciones, cuando las bajas se contabilizaban ya por cientos de miles, crecieron la desmoralización, la indisciplina y las deserciones. En enero de 1917 había ya un millón de desertores.
            La guerra afectó también a la población civil, que sufrió un endurecimiento de sus ya precarias condiciones de vida, y potenció todos los problemas que arrastraba el Imperio Ruso. 
            En el verano de 1915, en contra de la opinión de sus ministros, Nicolás II decidió acudir al frente asumiendo directamente el mando de las tropas y dejando los asuntos de Estado en manos de su mujer, Alejandra. La Zarina, por su manera de ser, se había aislado de la corte y de la familia de su marido, ganándose muchas antipatías. Ahora, sola, pero cada vez más convencida de sus ideas, se dispuso a mangonear, apoyándose más que nunca en los consejos de Rasputín. Así, durante más de dos años, la influencia del llamado “monje loco” se dejará sentir a través diversos  nombramientos para importantes cargos de la administración imperial. Generalmente los elegidos eran personajes inadecuados, incapaces e impopulares. Con ello el prestigio de la Monarquía, de suyo ya mermado, cayó en picado. En el otoño de 1916, en los círculos de la alta nobleza y de la familia Romanov se empezó a conspirar contra la Zarina (5). Para algunos aristócratas y políticos había que empezar por eliminar al falso monje. De este modo se llegó a la conjura, encabezada por el príncipe Yusupov, pariente del Zar, que a finales de diciembre de 1916 logró acabar con la vida de Rasputín.
            Sin embargo, la muerte del “staretz” (6) -a tan sólo nueve semanas del estallido de la Revolución- aunque fue un duro golpe para Alejandra, no cambió nada. En la Duma, desde el verano, se había formado un bloque progresista que intentó, sin éxito, convencer a Nicolás II para que liberalizara el régimen, formando un Gobierno responsable ante el Parlamento. Los liberales entendían que era urgente iniciar cambios desde arriba para evitar una revolución desde abajo, pero Nicolás y Alejandra, con o sin Rasputín, siguieron cerrándose ante cualquier posibilidad de apertura política.
            En cuanto a Lenin, éste consideraba que la guerra era una disputa entre capitalistas en contra de los intereses de las clases trabajadoras. No obstante, el líder revolucionario se daba cuenta de que los sufrimientos causados por el conflicto bélico entre los obreros y los campesinos constituían el mejor caldo de cultivo para su revolución. Cuanto más reinaran la desesperación y el caos más posibilidades de triunfo tendría el proyecto bolchevique. Este enfoque de los hechos estuvo siempre presente en Lenin. Ya en sus inicios, cuando residía en Samara, durante la hambruna de 1891, se pronunció categóricamente en contra de la ayuda a los necesitados, defendiendo las numerosas consecuencias positivas de aquella catástrofe humanitaria: “Al destruir la atrasada economía campesina, el hambre nos acerca objetivamente a nuestra meta final, el socialismo (…) El hambre destruye no solamente la fe en el zar, sino también en Dios” (7).        
 
 

II.  1917: EL AÑO DE LA REVOLUCIÓN

 

 

La Revolución de Febrero (1917)

 

            Hasta ahora hemos expuesto de la Revolución, sus raíces y causas. Pero el detonante, la causa última que provocó su estallido, hay que buscarla en las penalidades de la población civil y especialmente en el hambre.
            Desde el comienzo de la guerra los alimentos habían subido un 600 %. El 16 de febrero, el Gobierno racionó el pan. Unos días después, en Petrogrado -nombre con el que fue rebautizada San Petersburgo al declararse el conflicto bélico- la fábrica Putilov cerraba dejando en la calle a miles de obreros. El ambiente en la capital se volvió tenso,  propicio para cualquier estallido social.
            El proceso revolucionario dio comienzo casi espontáneamente el 23 de febrero. Ese día la agitación surgida en las colas del pan se entremezcló con un movimiento huelguístico. El 24, la huelga se generalizó alcanzando a más de 200.000 obreros que se manifestaron por las calles pidiendo pan, pero también la paz y el final de la autocracia. En las jornadas siguientes se sucedieron los disturbios con la consiguiente represión. Nicolás II, que se encontraba a cientos de kilómetros, en el Cuartel General del ejército en Moguilev, ordenó el día 27 la disolución de la Duma, pero los parlamentarios, burlando el mandato del Soberano, simplemente cambiaron de sala dentro del mismo edificio, el Palacio Tauride, estableciendo una Comisión, pronto denominada Gobierno Provisional. Paralelamente se constituyó un Soviet, integrado por obreros y soldados. A lo largo de ese mismo día 27, la guarnición de Petrogrado se suma a la insurrección completando, en la práctica, el proceso revolucionario. Horas más tarde varios ministros y altos cargos del Zar eran detenidos.
            Como último recurso, Nicolás II decide volver a la capital, pero tropas rebeldes se lo impiden. Entones el tren imperial tiene que desviarse a Pskov, donde se entrevista con delegados del Gobierno Provisional. Es también en Pskov, donde, el 2 de marzo, aconsejado por los políticos de la Duma y los altos mandos del Ejército, el Zar firma su abdicación, renunciando a favor de su hermano, el gran duque Miguel Alexandrovich: “Nos, Nicolás II, por la gracia de Dios, emperador de todas las Rusias, (…). A todos nuestros leales súbditos, hacemos saber: (…). de acuerdo con la Duma imperial, estimamos actuar bien al abdicar la corona del Estado y al deponer el poder supremo. No queriendo separarnos de nuestro bienamado hijo, legamos nuestra herencia a nuestro hermano, el gran duque Miguel Alexandrovich, y le damos nuestra bendición en el momento de su subida al trono. Nos le pedimos que gobierne en completa unión con los representantes de la nación (…). ¡Dios salve a Rusia! “(8).
            Después de firmar el documento, Nicolás II escribía en su diario: “a mi alrededor todo es infamia, traición y cobardía” (9).
            Por su estilo cortesano, el acta de abdicación no reflejaba para nada la realidad. La Revolución no podía admitir otro Romanov, aunque fuera con la promesa de democracia. Por eso, horas después de la renuncia del Zar, el gran duque Miguel, a instancias del Gobierno Provisional, rechazaba la corona. Finalizaba así una dinastía que había dirigido los destinos de Rusia durante trescientos años. Nicolás y su familia fueron recluidos en su residencia habitual, el Palacio de Alexander, en Tzarskoie Selo, a unos 25 kilómetros al sur de la capital.           
 
 

El Gobierno Provisional (marzo-octubre de 1917)

 

            La de Febrero había sido una revolución burguesa. Por eso mismo no es de extrañar que los miembros del primer Gobierno Provisional procedieran de grupos liberales, sobre todo del Partido cadete. Aunque en los meses sucesivos se formen nuevos gabinetes ministeriales con participación de social-revolucionarios y mencheviques, los objetivos seguirán siendo los mismos.
            Hasta julio el Gobierno Provisional estuvo presidido por el príncipe Lvov, pero el ministro clave en todos estos meses (marzo-octubre) fue Kerensky -originario del Partido laborista, aunque pasado a los social-revolucionarios- quien era a la vez vicepresidente del Soviet. Con la dimisión de Lvov (julio), Kerensky pasó a ocupar la jefatura del Gobierno.
            Desde el primer momento, el Gobierno se encontró bajo la vigilancia y control del Soviet de obreros y soldados, organismo genuinamente revolucionario, integrado en sus inicios por mencheviques y socialistas revolucionarios. Desde la capital esta forma de representación popular se extendió por toda Rusia, si bien el Soviet de Petrogrado fue siempre el más importante e influyente.
            El objetivo del Gobierno Provisional consistía básicamente en convertir a Rusia en un Estado democrático al estilo occidental. Para ello se convocó una Asamblea que debía elaborar una constitución. En su primer mes, el nuevo régimen decretó una serie de medidas para liberalizar la vida social y política: libertad de prensa y de asociación, derecho de huelga, amnistía general, abolición de la pena de muerte, igualdad de derechos, jornada laboral de 8 horas y autonomía para las nacionalidades.  
            El mayor problema del Gobierno Provisional, y el que a la larga provocará su caída en octubre, fue la guerra. El conflicto seguía sumando derrotas y víctimas, pero el Gobierno de la nueva Rusia no podía romper sus compromisos con los Aliados y abandonar una guerra calificada siempre de defensiva, y apoyada, con mayor o menor entusiasmo, por todas las fuerzas políticas, a excepción de Lenin. Hay que tener en cuenta que, en aquellos momentos, pedir la paz a los alemanes podía suponer un alto precio en territorios y dinero, por no hablar del coste político. Sin embargo el pueblo estaba demasiado cansado para poder entender nada. Los soldados y sus familias, los campesinos y los obreros, sólo querían paz, pan, y tierras. Y, justamente esas tres cosas, de momento, el Gobierno Provisional, el mismo que había traído la libertad, no se las podía dar. 
            A Lenin la Revolución de Febrero le había cogido por sorpresa en su exilio suizo. Necesitaba estar presente en el escenario ruso para poner en marcha sus planes  revolucionarios. Paradojas de la historia, habría de ser el Gobierno del káiser Guillermo II de Alemania -uno de los regímenes más conservadores de Europa- quien le ayudara a llegar Rusia. Los alemanes necesitaban liquidar el frente oriental para concentrar sus efectivos militares en el norte de Francia, intentando en un último esfuerzo romper las trincheras y llegar a París. Era un momento crítico dentro de la I Guerra Mundial y el Gobierno imperial germano, conociendo la postura de Lenin a favor de una paz a cualquier precio, no dudó en aliarse con el mismo “demonio”. El plan de los alemanes era facilitar la llegada del dirigente bolchevique a Rusia para que una vez allí pusiera en marcha su revolución y sacara a Rusia de la guerra. Así las cosas, el Gobierno del Káiser puso a disposición de Lenin y sus colaboradores un vagón de tren precintado -o más bien protegido- que atravesando toda Alemania les llevó hasta Suecia. Desde este último país, cruzando Finlandia, el grupo de revolucionarios llegó a Petrogrado (3 de abril). Con todo, la ayuda germana no terminará con este viaje.
            Ya antes de regresar de su exilio, Lenin había anunciado que la Revolución de Febrero no era el final del recorrido sino una primera etapa. La revolución proletaria estaba por hacerse. Una vez en Rusia, Lenin declaró que se encontraba con “el país más libre del mundo”. Esa libertad, creada por el Gobierno Provisional, sería aprovechada por Lenin para sus objetivos políticos, los cuales pasaban por derribar a dicho Gobierno y acabar con la libertad.
            En sus Tesis de Abril, Lenin, comenzando por el slogan de “todo el poder para los soviets”, se manifestó en contra de cualquier apoyo al Gobierno Provisional, del fin inmediato de la guerra, y de entregar toda la tierra a los campesinos.
            El 3 de julio estalla en las calles un movimiento popular insurreccional, apoyado por algunos soldados, que fue neutralizado por el Gobierno y que dio paso a un período de represión contra los bolcheviques: Trosky fue encarcelado y Lenin tuvo que huir a Finlandia. Es por estas fechas (24 de julio) cuando Kerensky se convierte en presidente.
            A finales de agosto, el general Kornilov, destituido de su cargo de Comandante en jefe de los ejércitos, inició una marcha sobre la capital con la intención de acabar con el Gobierno de Kerensky e imponer el orden. El presidente del Gobierno Provisional, viéndose sin apoyos efectivos frente al militar golpista, convocó la ayuda de los bolcheviques. Los sediciosos de unas semanas atrás eran ahora liberados de las cárceles, y los guardias rojos recibieron armas. De este modo el proletariado de Petrogrado, dirigido por los bolcheviques, logró frenar el golpe militar.
            A la continúa y metódica labor de propaganda y captación que desde hacía tiempo venía desarrollando el partido de Lenin, ahora, tras el fracasado golpe de Kornilov, hay que sumar un acelerado proceso de bolchevización de los soviets. Muy pronto, los bolcheviques consiguen la mayoría en los soviets de Petrogrado (31-VIII) y Moscú (6-IX), y el 8 de septiembre Trotsky es elegido presidente en el de Petrogrado. Desde esta privilegiada posición, con una buena parte del poder fáctico en sus manos, a finales de septiembre, los bolcheviques cambian su antiguo slogan, “todo el poder para los soviets”, por otro nuevo, “todo el poder para los soviets bolcheviques”. A la vez, Lenin hace circular la consigna de que la insurrección armada contra el Gobierno debe comenzar cuanto antes. 
                         
 

Revolución de Octubre (1917): el golpe de Estado bolchevique

 

            El 10 de octubre, Lenin consigue que el Comité central del Partido Bolchevique apruebe, por diez votos contra dos, la insurrección armada contra el Gobierno Provisional. Ese día se nombra un Buró político del Partido compuesto por Lenin, Trotsky, Stalin, Sokolnikov, Bubnov, Zinoviev y Kamenev. En una reunión posterior, la fecha del levantamiento queda fijada para el 25 de octubre. Casi al mismo tiempo, Trotsky había constituido un Comité Militar Revolucionario encargado de dirigir el golpe en sus aspectos técnicos.
              Los bolcheviques contaban con sus propias milicias: tropas de la guarnición, social-revolucionarios del ala izquierda, etc.
 
           La noche del 24, al iniciarse la insurrección, Lenin abandona su escondite y se instala en Instituto Smolny -hasta hacía poco colegio para señoritas y por aquellas fechas sede del Partido bolchevique- para dirigir desde este lugar las operaciones. Esa noche del 24 al 25, las fuerzas revolucionarias toman los centros estratégicos de la capital: central telefónica, correos, centrales eléctricas, gasómetros, depósitos de carbón, reservas de petróleo y trigo, estaciones de ferrocarril, el Banco del Estado,  ministerios y puentes.
 
           Al día siguiente, el 25, sólo el Palacio de Invierno, donde se encuentra el Gobierno Provisional, resiste a los bolcheviques. El enorme edificio barroco -antigua residencia de los zares y hoy sede del Museo del Hermitage- se encontraba débilmente defendido por algunos destacamentos de cadetes, los cosacos y el batallón femenino, en total unas 2000 personas. Aquella mañana Kerensky había abandonado Petrogrado, al parecer en un coche de la embajada de EEUU.
 
           A las 6 de la tarde del 25, las tropas revolucionarias cercaron el Palacio de Invierno. Aunque la posterior propaganda soviética haya ensalzado a través de la pintura y el cine -recuérdese el clásico cinematográfico, Octubre, de Serguei Eisenstein- la toma del Palacio de Invierno, hasta convertirlo en el épico hito de la Revolución Proletaria, lo cierto es que el acontecimiento no tuvo nada de heroico.
 
           Formalizado el cerco, comenzaron las deserciones de los defensores. Cuando las mujeres del batallón femenino decidieron abandonar el edificio fueron hechas prisioneras y algunas violadas. Solamente quedaron en el interior algunos jóvenes cadetes fieles al Gobierno. El crucero Aurora, anclado en el puerto, lanzó varios disparos contra el Palacio, primero de fogueo y luego con fuego real. Afortunadamente tan sólo dos, de los treinta y cinco obuses, impactaron en el histórico edificio ocasionando escasos daños. Poco a poco los bolcheviques se fueron infiltrando por los pasillos y estancias. Hacia las dos de la madrugada del día 26, el jefe de los sitiadores, Vladimir Antonov-Ovseenko, entró en el salón donde estaban reunidos los ministros y dirigiéndose a ellos les dijo: “en nombre del Comité Militar Revolucionario quedan ustedes arrestados”. A continuación los miembros del Gobierno -el Gobierno del primer régimen democrático de Rusia- fueron encarcelados en la cercana fortaleza de Pedro y Pablo, durante muchos años prisión y símbolo de la represión zarista.
 
           Tres horas antes de la caída del Palacio de Invierno, habían comenzado en el Instituto Smolny las sesiones del II Congreso de los Soviets, en el que los bolcheviques tenían una clara mayoría. De madrugada, en medio de esta asamblea fue recibida con entusiasmo la noticia del derrocamiento del Gobierno Provisional. 
 
           Seguidamente, se formó el primer Gobierno de la Rusia soviética, al que se denominó Soviet de los Comisarios del Pueblo, y que, presidido por Lenin, contó con quince miembros, entre ellos, Trotsky (Asuntos Exteriores) y Stalin (Nacionalidades). Ese día 26, Lenin da a conocer dos decretos históricos: «el decreto sobre la paz», que establecía un armisticio inmediato con los Imperios Centrales, y «el decreto sobre la tierra», por el que ésta era nacionalizada, quedando abolidos todos los latifundios, sin derecho a indemnización, y colocándose todas las tierras a disposición de los comités agrarios para su distribución.
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(3) Rusia introdujo el calendario gregoriano (que rige en Occidente desde el siglo XVI) el 1 de febrero de 1918. Hasta ese año en Rusia se utilizó el calendario juliano, que a principios del siglo XX llevaba un retraso de 13 días respecto al gregoriano.
               En este artículo las fechas empleadas hasta el final de 1917 serán las del calendario ruso       entonces vigente, es decir, el juliano.
(4) Manifiesto del pope Gapón al zar Nicolás II (enero de 1905).
(5) RADZINSKY, Edgard, Rasputín, Editorial Ares y Mares, Barcelona, 2003, págs 332-551.
(6) “Staretz”: en la tradición ortodoxa rusa significa anciano, hombre santo. Tal era la creencia de la zarina Alejandra y de otros seguidores hacia Rasputín.
(7) BELIAKOV, A., La juventud del Guía, Moscú, 1960, págs. 80-82.
(8) Acta de abdicación de Nicolás II, 2 de marzo de 1917 (calendario juliano), 15 de marzo (calendario gregoriano).
(9) Diario de Nicolás II  (marzo de 1917).

 
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Enviado por ARVO.NET - 07/03/2009 ir arriba
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