LA REVOLUCIÓN RUSA. 90 AÑOS DE LA INSTAURACIÓN DEL PRIMER RÉGIMEN COMUNISTA
Recientemente se han cumplido noventa años de la Revolución Bolchevique, que dio paso al primer régimen comunista de la historia. Un episodio celebrado por la Izquierda occidental como “el mayor acontecimiento de la historia”.

Autor: Luis Alonso Somarriba.
Fuente: Arvo.net, 07.03.2008
Introducción.
I. Raíces de la Revolución. La Rusia de los últimos zares
II. 1917: el año de la Revolución
III. Establecimiento del régimen comunista: la época leninista (1917-1924)
Introducción
Recientemente(octubre-noviembre del 2007) se han cumplido noventa años de la Revolución Bolchevique cuyo triunfo dio paso al primer régimen comunista de la historia.
Como ocurre con otros aniversarios, éste puede ser una buena ocasión para conocer mejor y reflexionar acerca del episodio que, durante décadas, la Izquierda occidental celebró como “el mayor acontecimiento de la historia”.
Aquella Revolución, y los regímenes comunistas que vinieron después, fueron la materialización de un sueño, la gran utopía de la Izquierda.
El mito que se creó entorno a la Revolución Bolchevique, así como el hechizo que transmitió, han ido desdibujando la realidad de lo sucedido antes, durante y después de aquel año 1917. Es más, aunque la caída del Muro berlinés (1989), y la posterior desintegración de la Unión Soviética (1991) y de los otros regímenes comunistas en el Este, supusieron el final de la era histórica inaugurada por Lenin en octubre de 1917, dichos derrumbes no ha supuesto, en muchos casos, enterrar del todo la vieja ideología. Aún existen partidos comunistas repartidos por el mundo, y en algunos países se mantienen las dictaduras marxistas que, como en el caso de Cuba, suscitan no pocas indisimuladas simpatías por parte de políticos, intelectuales o artistas. Por no hablar de los “neosocialistas” gobiernos de sudamérica: Hugo Chávez, Evo Morales, etc.
Habría que empezar por recordar que en 1917 hubo dos revoluciones en Rusia: una en febrero, de signo liberal y cuyo objetivo era convertir a Rusia en una democracia parlamentaria; y otra en octubre, dirigida por Lenin y los bolcheviques, o comunistas rusos, contra el recién nacido Estado democrático. En realidad, más que una revolución, la Octubre fue un auténtico golpe de Estado perfectamente planificado por Lenin y sus colaboradores. Lo que vino después fueron setenta años de “Dictadura del Proletariado”, en la cual la democracia y la libertad fueron proscritas, llevándose a cabo una feroz represión para aniquilar a todos las personas con ideas distintas del comunismo, así como a los colectivos sociales que no pertenecieran al ámbito del proletariado. Se calcula en un mínimo de 20 millones los muertos ocasionados por la represión del Estado soviético, 17 millones de los cuales pertenecen a la época de Stalin (1924-1953).
Desde la Unión Soviética el comunismo o “socialismo real” se extendió a muchos países, con similares y trágicas consecuencias. Así, en la China de Mao Tse Tung (1950-76) murieron más de 20 millones de personas. Si bien, el número uno de los genocidas comunistas ha sido, sin duda, Pol Pot, quien en menos de cuatro años (1975-78) acabó con el 30% de la población de su país, Camboya.
En su momento, de todas estas tragedias, la mayor parte de los intelectuales y políticos occidentales de izquierdas tuvieron conocimiento y callaron, transmitiendo una visión idílica del comunismo.
I. RAÍCES DE LA REVOLUCIÓN. LA RUSIA DE LOS ÚLTIMOS ZARES
Rusia era en la segunda mitad del siglo XIX un imperio -la Santa Rusia- regido por la autoridad absoluta de los zares, miembros de una dinastía, los Romanov, que se había mantenido en el trono desde 1613. Su sociedad, presidida por una nobleza terrateniente y semifeudal, distaba mucho de las transformaciones experimentadas en el resto de Europa desde la Revolución Francesa. En este contexto, los primeros cambios vendrán de la mano del nuevo zar coronado en 1855, Alejandro II.
Los reinados de Alejandro II y Alejandro III
Alejandro II (1855-1881) puso en marcha un importante proceso de modernización. El primer y más destacado paso fue la liberación de los siervos (1861), colectivo cuya situación rozaba muchas veces la esclavitud. Los campesinos emancipados -unos 50 millones- recibieron parte de las tierras, aunque no en régimen de propiedad privada individual sino de forma comunal (mir). La libertad delmujik, o campesino ruso, no supuso por lo general una mejora de sus miserables condiciones de vida.
Otras medidas impulsadas por Alejandro II fueron las reformas de la universidad (autonomía) y del sistema judicial, la prohibición de los castigos corporales, la reducción de la censura y la formación de los zemstvost, o asambleas locales.
A lo largo de este reinado, Rusia se va abriendo cada vez más a Occidente, desarrollándose una clase intelectual -la inteligentzia- cuyas ideas se manifiestan radicalmente contrarias al régimen zarista. Progresivamente se formarán en la clandestinidad grupos revolucionarios, a menudo partidarios de la lucha a través del terrorismo. Destacaron los populistas, movimiento socializante centrado en el campesinado, y los nihilistas. También, por estos años se divulgaron las ideas anarquistas de Bakunin.
La política reformista se vio bruscamente truncada a raíz del atentado con bomba que, en 1881, segó la vida del Zar. Poco antes, Alejandro II había publicado un ukase, o decreto, para el establecimiento de un Parlamento electivo. Aquel asesinato iba a traer fatales consecuencias para el futuro al interrumpir la evolución en sentido liberal del Estado zarista.
Su hijo y sucesor, Alejandro III (1881-1894), reaccionó con un cambio de rumbo, reafirmando el absolutismo e imponiendo un severo control policial.
En el terreno económico, el Imperio Ruso experimentó, en la década de 1880, un rápido proceso de industrialización, propiciado por capitales extranjeros, principalmente franceses y británicos, que se hará más intenso en la siguiente década y que ya no cesará hasta la I Guerra Mundial. La industrialización supuso la emigración de miles de campesinos que abandonaron sus aldeas para trabajar en los principales centros industriales (San Petersburgo, Moscú, etc.), creándose así la nueva clase obrera rusa. Este proletariado vivirá en un ambiente de pobreza opresiva, trabajando bajo duras condiciones: sueldos de hambre, jornadas agotadoras, accidentes, ausencia de cualquier cobertura social, etc. Relacionado con esta situación social, nace una nueva generación de revolucionarios que, apoyados en el marxismo, abandonan la idea populista del campesinado como motor de la revolución, y la sustituyen por una acción fundada en el proletariado.
El marxismo en Rusia. Lenin y los bolcheviques
El marxismo -en su día también conocido como “socialismo científico”- vio la luz pública en 1848 con la publicación de un folleto,Manifiesto al Partido Comunista, escrito por Marx y Engels. La obrita nacía al final de una etapa de revoluciones liberales, pero sobre todo lo hacía en el epicentro de la I Revolución Industrial, fenómeno que implicó grandes avances materiales para la civilización, pero también muchas injusticias sociales, las que sufrieron los nuevos parias, el proletariado industrial.
Carlos Marx (1818-1883) explicaba que, en su época, la del capitalismo industrial, el proletariado se encontraba explotado y oprimido por la burguesía, y que para superar esta situación era necesario comenzar por la unidad del pueblo obrero y por la consideración de su “conciencia de clase”. Marx pensaba que la acción de los trabajadores debía conducir a la “Revolución”, es decir, a la toma del poder por la fuerza para, de este modo, imponer la “dictadura del proletariado”. Dicha dictadura lo transformaría todo, creando una sociedad igualitaria, sin propiedad privada: un “paraíso en la tierra”. El marxismo era, y es, una doctrina materialista y atea, que en numerosas ocasiones se ha manifestado violentamente anticristiana. Una de sus herencias más pegajosas, es la de un marcado clasismo que incita al odio social. Es, en definitiva, la herencia de la que, en su momento, Marx definió como “lucha de clases”.
Del marxismo derivó, en el último tercio del siglo XIX, el anarquismo, utopía que tuvo como más importante ideólogo al ruso Bakunin. Su finalidad era la destrucción del Estado y la creación, poco definida, de pequeñas sociedades asamblearias y autosuficientes, donde no habría propiedad privada. El anarquismo también rechazaba la democracia burguesa y se declaraba abiertamente anticristiano. Su medio de acción fue el terrorismo.
El primer grupo marxista ruso será Emancipación del Trabajo, fundado por Plejanov en la década de 1880. Unos años más tarde, en 1898, nacerá el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, organización marxista a la que se unirá Vladimir Ilich Ulianov, conocido con el sobrenombre de Lenin.
Lenin (1870-1924) nació en Simbirsk, ciudad situada a orillas del Volga, en el este de Rusia. Pertenecía a una acomodada familia, siendo su padre un importante funcionario del Estado. En la adolescencia sufrió la trágica muerte de su hermano mayor, quien fue ejecutado tras probarse su participación en un complot para asesinar al zar Alejandro III. Aquel acontecimiento habría de influirle fuertemente, constituyendo muy probablemente el final de sus creencias religiosas y tradicionales y el origen de una evolución ideológica que habría de convertirle en un líder revolucionario. Después de cursar estudios de Derecho y administrar una finca familiar, entra en contacto con otros revolucionarios, siendo detenido y posteriormente deportado a Siberia (1897-1900). A su vuelta de Siberia, donde contrajo matrimonio, tomará el camino del exilio. En la personalidad de Vladimir Ilich destaca su férrea voluntad, su tenacidad en la consecución de objetivos, su enorme capacidad de trabajo y su frialdad. Estas cualidades estuvieron en Lenin puestas totalmente al servicio de la causa revolucionaria, para cuyo triunfo cualquier medio -también la mentira, la difamación y el terror- estaba justificado. En cierta ocasión, después de oír interpretar laAppasionata de Beethoven, Lenin comentó: “no conozco nada mejor que la Appasionata (…). Pero no me permito escuchar frecuentemente música: porque (…) querría uno decir amables tonterías y acariciar en la cabeza a los hombres que, viviendo en un infierno repugnante pueden crear aún algo que sea bello. Hoy no se debe acariciar a nadie la cabeza, so pena de que a uno le muerdan y le arranquen la mano; hay que partirlas de manera despiadada” (1).
Aunque Lenin se sintió un marxista clásico, lo cierto es que sus ideas sobre el socialismo supusieron ciertas variaciones respecto al discurso del maestro. Así por ejemplo, mientras Marx entendía que el proletariado, por el mero hecho de serlo, ya era revolucionario, Lenin argumentaba que la conciencia revolucionaria no podía emanar de la clase obrera sino que tenía que ser inyectada desde fuera. En este sentido, para Lenin el Partido constituía una pieza clave, en cuanto que debía reunir a una élite de revolucionarios profesionales que representaran y dirigieran al pueblo trabajador, transmitiéndole la conciencia de su misión histórica. El Partido, pues, debía incidir sobre el proletariado pero no fundirse con él.
En 1903, durante su II Congreso celebrado en Londres, el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso se dividió en dos: bolcheviques y mencheviques. Los primeros, dirigidos por Lenin, hacían una afirmación rígida de los postulados marxistas, defendiendo con radicalidad la lucha de clases y apostando por la dictadura del proletariado. En sintonía con las ideas de Lenin, antes expuestas, los bolcheviques creían que era necesario un Partido fuertemente centralizado y sometido a un Comité Central, el cual determinaría la línea a seguir por el Partido.
Por su parte, los mencheviques defendían posturas menos duras. Eran más cercanos a los socialdemócratas occidentales, siendo partidarios de una posible alianza con la burguesía liberal. Además, los mencheviques concebían el Partido como una organización amplia cuya dirección estuviera abierta a todos los miembros.
Reinado de Nicolás II (1894-1917) hasta 1914
Nicolás II, hijo de Alejandro III, poseía una buena formación cultural, pero en el momento de su entronización carecía de cualquier experiencia de gobierno. El nuevo Zar era débil de carácter y muy influenciable. Su ideología política coincidía plenamente con el absolutismo monárquico. Nicolás II pensaba que, al igual que a sus antepasados, Dios le había coronado como zar de todas las Rusias para que ejerciera el poder de forma absoluta y gobernara a su pueblo con justicia. Sólo ante Dios tendría que dar cuentas de sus actos, no ante ningún parlamento. Nicolás rechazaba todo lo que tuviera que ver con el liberalismo, y pensaba que su pueblo -en especial las capas más humildes como los campesinos- le amaba. Y era cierto, existía un fervor popular tradicional por el “padrecito” zar; así había sido durante generaciones y así continuó en tiempos de Nicolás II, al menos hasta los sucesos del fatídico año de 1905, luego las cosas empezaron poco a poco a cambiar.
Nicolás no eligió a la persona más idónea para acompañarle en el trono. Se había casado con Alix de Hesse, una princesa alemana, nieta de la reina Victoria de Inglaterra, que al entrar en la Iglesia Ortodoxa cambio su nombre por el de Alejandra Feodorovna. Ambos estuvieron siempre muy enamorados. Alejandra era dominanta y con una notable tendencia al histerismo. Era también, al igual que su marido, sinceramente religiosa, pero en su caso la religiosidad se fue desviando hacia lo milagrero e incluso en ocasiones hacia el espiritismo. Alejandra ejercía una gran influencia sobre su marido, al que solía aconsejar para que actuara con más energía y rechazará cualquier política que supusiera compartir el poder con un parlamento.
La situación de la familia imperial empeoró a partir de 1904, cuando, por fin, después de cuatro niñas, llegó el ansiado heredero, el zarevich Alexis (Alejo). El niño nació con una enfermedad hereditaria e incurable, la hemofilia. Cualquier hemorragia podía poner en peligro la vida del pequeño. Fue en esta difícil situación cuando apareció en la vida de los zares la enigmática figura de Gregory Rasputín, un campesino siberiano con fama de místico y curandero milagroso. “Toda la expresión de su personalidad parecía concentrarse en sus ojos. Eran de color azul claro, de brillo, profundidad y atractivo excepcionales. Su mirada era a la vez penetrante y acariciadora, ingenua y astuta, lejana y absorta. Cuando se entregaba a conversaciones serias, sus pupilas parecían irradiar magnetismo. Despedía un fuerte olor animal, como de una cabra"(2). Rasputín acertó a calmar las crisis en la enfermedad del Zarevich y de esta manera se ganó la confianza de la zarina Alejandra, la cual consideró desde entonces a Rasputín como a un santo, enviado por Dios para salvar la vida de su hijo y, con ella, también a la dinastía de los Romanov. Alejandra nunca quiso admitir la doble vida del falso monje, cada vez más entregado a la bebida y las mujeres.
NOTAS:
(1) Anécdota relatada por Máximo Gorki. GORKI, Maxim, Erinnerungen an Zeitgenossen, Frankfurt, 1962, págs. 212 y sigs.
(2) PALEOLOGUE, Maurice, An Ambassador’s Memoirs bey Maurice Paléologue (Last French Ambassador to theRussian Court).
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