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LA MORAL SEXUAL Y EL CRISTIANISMO EN LA SOCIEDAD GRECORROMANA

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LA MORAL SEXUAL Y EL CRISTIANISMO EN LA SOCIEDAD GRECORROMANA

 Luis Alonso Somarriba
 Arvo.net, 02.01.2010

 

           
             En el mundo occidental, desde hace décadas -y especialmente desde la Revolución de Mayo del 68-, determinadas cuestiones o prácticas relacionadas con la sexualidad -anticoncepción, aborto, divorcio, nudismo, homosexualidad, etc.- han sido aceptadas, legalizadas y, lo que es más importante, presentadas como conquistas de la humanidad que de esta manera “se liberaba de antiguas cadenas y avanzaba, progresaba, dando un gran paso en su camino hacia la felicidad”.

             Al margen de las negativas consecuencias que dichos “progresos” han causado y siguen causando, podemos y debemos volver la vista atrás para descubrir que este tipo de conductas fueron ya aceptadas y/o recibieron el beneplácito de los legisladores en la Antigüedad.      

             Cuando el cristianismo comenzó a difundirse por el Imperio Romano, hace casi dos mil años, tuvo que enfrentarse a una sociedad pagana, opuesta a sus valores. El mundo grecorromano se encontraba dominado por el materialismo, el hedonismo, las supersticiones, la ausencia de sensibilidad social y la brutalidad de muchas costumbres. A pesar de que el cristianismo fue declarado ilegal y de que la Iglesia sufriera diez terribles persecuciones (del año 64 al 313) en las que murieron miles de fieles, los miembros de las comunidades de bautizados supieron abrirse paso y crecer mientras daban valiente testimonio de su fe. Una fe que, transformado de raíz el sentido de sus vidas, se dejó sentir en una profunda renovación de las costumbres. 

             Las diferencias entre cristianos y paganos comenzaban en el ámbito familiar. En la Roma antigua el divorcio llegó a convertirse en un recurso muy extendido, especialmente entre las clases altas y medias. En dichos niveles de la sociedad terminó siendo común que muchos maridos tuvieran aventuras amorosas o que, pasados unos años, cambiaran a su mujer por otra más joven. Si bien, con el tiempo también las mujeres se aficionaron al adulterio y al divorcio. Sobre lo que se convirtió en una plaga de rupturas matrimoniales, en el siglo I, el filósofo Séneca llegó a escribir que “se divorcian para casarse y se casan para divorciarse” (1). Por contraste, resultaba llamativo el ejemplo de amor y de fidelidad dado por los matrimonios cristianos, con maridos que valoraban a sus esposas por encima de los niveles aceptados en aquella época.

            A la hora de la descendencia, los primeros cristianos también marcaron distancias con las costumbres de su tiempo. Las leyes romanas no penalizaban el aborto que se practicaba abiertamente. Incluso era posible recurrir a rudimentarios métodos anticonceptivos, al parecer de cierta eficacia. Soranus de Éfeso (siglos I-II d. C.), que ejerció la medicina en Roma y que fue un destacado especialista en ginecología, recomendaba diferentes ungüentos y supositorios vaginales a base de yerbas y otras sustancias que servían para impedir la concepción. Igualmente, Soranus describía en sus escritos varias plantas y métodos mecánicos para provocar el aborto, como realizar ejercicios enérgicos, cargar pesos pesados, o saltar violentamente. De todas formas, si finalmente el embarazo llegaba a su fin, existía el recurso de deshacerse del recién nacido (exposición), abandonándolo para que fuera recogido o muriera de hambre y frío.

            En los años 90, durante unas excavaciones en la que fue una ciudad romana, en  Ashkelon (Israel), se encontraron unos cien esqueletos de bebés amontonados entre los desechos de una cloaca, a pocos metros de unas termas. Estos baños funcionaban también como burdel. Después de un estudio forense se descubrió que aquellos huesos correspondían a niños recién nacidos los cuales no habían fallecido a la vez (2). Estamos, pues, ante una prueba de las prácticas infanticidas de aquella “refinada” civilización, donde los niños no deseados -en este caso probablemente hijos de prostitutas- eran literalmente arrojados a la basura. No olvidemos que en nuestros días muchos cadáveres de no nacidos acaban en los cubos de la basura de las clínicas abortivas. Y es que, en el fondo, nunca ha existido una auténtica frontera entre el aborto y el infanticidio.

            La Iglesia de los primeros tiempos rechazó siempre, por criminal, el aborto y la exposición de los recién nacidos. Acerca de esta cuestión, Atenágoras, un apologista cristiano del siglo II, escribía: "Decimos a las mujeres que utilizan medicamentos para provocar un aborto que están cometiendo un asesinato, y que tendrán que dar cuentas a Dios por el aborto (…) contemplamos al feto que está en el vientre como un ser creado, y por lo tanto como un objeto al cuidado de Dios (…) y no abandonamos a los niños, porque los que los exponen son culpables de asesinar niños” (3). La condena de la Iglesia también se extendía a quienes ayudaban en un aborto. Así, San Basilio, en el siglo IV, declaraba que: "Las mujeres que proporcionan medicinas para causar el aborto así como las que toman las pociones para destruir a los niños no nacidos, son asesinas" (4).

            El ocio fue otro de los ámbitos donde cristianos y paganos mostraron claramente sus diferencias. Al igual que la televisión y el cine de nuestros días, en el teatro romano abundaban el sexo y la violencia. Con frecuencia, lo que se ofrecía a los ojos del espectador se inclinaba por lo vulgar, incluyendo chistes groseros, striptease u otras escenas de carácter erótico. Y de la misma manera que hoy un cristiano coherente no acude a ver determinadas películas u obras teatrales en las que se dan este tipo de contenidos también el cristiano de los primeros siglos se “retrataba” ante sus conciudadanos evitando aquellos espectáculos. Por supuesto, un cristiano tampoco acudía al anfiteatro donde dos gladiadores luchaban para entretener a miles de espectadores que, finalmente, decidían con un simple gesto de sus manos sobre la vida o la muerte de uno de ellos.

            En cuanto a las termas, el cristiano tuvo que enfrentarse ante una auténtica prueba de fuego, pues los baños  eran mucho más que higiene y relax; se trataba de una auténtica institución social donde el ciudadano, cualquiera que fuese su condición y origen, quedaba plenamente integrado y romanizado. Sin embargo, las termas planteaban importantes problemas morales. Muchas veces se trataba de espacios compartidos a un mismo tiempo por los dos sexos, semejantes por lo tanto a las actuales playas nudistas o seminudistas. Los padres de la Iglesia primitiva fueron muy claros al advertir sobre la participación en los baños. San Cipriano († 258), por ejemplo, escribía: “¿Y qué decir de las que acuden a los baños en promiscuidad, y prostituyen ante las miradas curiosas y lascivas la castidad? Cuando allí ven desnudos a los hombres y son vistas por ellos con desvergüenza ¿acaso no fomentan y provocan la pasión de los presentes para su propia ignominia y afrenta? Pero, dirás, «allá se las haya quien lleve tales intenciones; yo no tengo otro interés que reparar y lavar mi cuerpo». No te excusa este pretexto, ni te libras del pecado de lascivia e inmodestia (…). Podrás tú no mirar a nadie con ojos deshonestos, pero otros te mirarán a ti (…). Haces del baño un espectáculo, y más vergonzoso que el teatro mismo, a donde acudes. Allí queda excluido todo recato; allí se despoja el cuerpo a un tiempo del vestido y de su dignidad y pudor, poniendo al descubierto unos miembros virginales para ser objeto de miradas y curiosidad” (5).

            Ante una sociedad que había perdido el sentido del pudor, los cristianos supieron defender la intimidad del cuerpo como parte esencial del individuo y de su dignidad. En las Actas de los Mártires se nos cuenta el caso de Santa Perpetua que, en el 203, contando 22 años, fue arrojada a la arena del anfiteatro de Cartago, donde sufrió la envestida de una vaca salvaje. Aquella mujer apenas se levantó, al ver su túnica desgarrada, “se cubrió la pierna, acordándose antes del pudor que del dolor”. Luego, tras pedir una aguja se ordenó el pelo,”pues no era decente que una mártir sufriera con la cabellera esparcida, para no dar apariencia de luto en el momento de su gloria” (6).

            A todas estas malas costumbres de la antigua Roma tenemos que añadir el problema de las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. En Grecia y Roma, la bisexualidad y la homosexualidad fueron vicios muy arraigados y socialmente aceptados. Los cristianos detestaron aquellas prácticas: en la moral cristiana la sexualidad siempre se ha entendido como la culminación del amor entre un hombre y una mujer unidos en matrimonio. El Antiguo Testamento recuerda el castigo sufrido por las ciudades de Sodoma y Gomorra a causa de este pecado, desde entonces conocido como sodomía. Sobre el tema de la homosexualidad el apóstol San Pablo hablaba en una de sus cartas a los fieles de Roma: “Por lo tanto, Dios los entregó a pasiones deshonrosas, pues sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contrario a la naturaleza, y del mismo modo los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos de unos por otros, cometiendo torpezas varones con varones,  y recibiendo en sí mismos el pago merecido por sus  extravíos”. Y el Apóstol añadía: “(…) Dios los entregó a un perverso sentir que les lleva a realizar acciones indignas, colmados de toda iniquidad, malicia, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidio, riñas, engaño, malignidad; chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades (…)” (7). En otra de sus cartas, enviada a los fieles de Corinto, ciudad griega conocida por su riqueza y también por su degradación moral, San Pablo advierte: “No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los injuriosos, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios”   (8).

            La renovación de las costumbres, que hemos repasado, observada en las comunidades cristianas, no fue más que una parte de la gran revolución espiritual  nacida con las enseñanzas de Jesucristo. Junto a la fidelidad conyugal, la castidad y el pudor, aquellos primeros fieles de la Iglesia se afanaron por vivir principalmente el primero de los mandamientos, la caridad. Arístides, autor del siglo II, nos ha legado el siguiente testimonio acerca de la caridad cristiana en aquella época: “Socorren a quienes los ofenden, haciendo que se vuelvan amigos suyos; hacen bien a los enemigos. No adoran dioses extranjeros; son dulces, buenos, pudorosos, sinceros y se aman entre sí; no desprecian a la viuda; salvan al huérfano; el que posee da, sin esperar nada a cambio, al que no posee. Cuando ven forasteros, los hacen entrar en casa y se gozan de ello, reconociendo en ellos verdaderos hermanos (…). Cuando muere un pobre, si se enteran, contribuyen a sus funerales según los recursos que tengan; si vienen a saber que algunos son perseguidos o encarcelados o condenados por el nombre de Cristo, ponen en común sus limosnas y les envían aquello que necesitan, y si pueden, los liberan; si hay un esclavo o un pobre que deba ser socorrido, ayunan dos o tres días, y el alimento que habían preparado para sí se lo envían (…)” (9).

             El ejemplo de vida que presentaban los cristianos en el mundo romano fue, en muchos casos, despreciado, ridiculizado o simplemente rechazado porque no encajaba en los moldes establecidos. Aquellos que se atrevieron a recibir el Bautismo tuvieron que nadar contracorriente, en cierta manera como ocurre en la actualidad. Pero también, es justo recordar que otros muchos paganos observaron asombrados -con un asombro que les llevó a la admiración y a la reflexión- la novedosa fe de la Iglesia, vivida con tanta coherencia por sus fieles. Estos últimos terminaron por convertirse a Cristo.

            Entonces como ahora, la historia se repite.

 Luis Alonso Somarriba,
licenciado en Filosofía y Letras (Historia),
profesor de Historia del IES. Murieras (Cantabria)
Santander, diciembre del 2009.

 

NOTAS:

 (1) SÉNECA, De benef. III, 16,2.

(2) Diario El Mundo, 16 de enero 1997.

(3) ATENÁGORAS, En defensa de los cristianos, XXXV.

(4) S. BASILIO, ep 188, VIII.

(5) S. CIPRIANO, De habitu virginum 19.

(6) Actas 20.

(7) 1 Romanos, 26-31.

(8) 1 Corintios 6, 9-11.

(9) ARÍSTIDES, Apología.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 - LLORCA, Bernardino: Historia de la Iglesia Católica, Edad Antigua. BAC, Madrid, 1990.

- RAMOS-LISSÓN, Domingo: Compendio de Historia de la Iglesia Antigua. EUNSA, Pamplona 2009.

- HERTLING, Ludwig: Historia de la Iglesia. Ed. Herder, Barcelona, 1975.

- HAMMAN, Adalbert: La vida cotidiana de los primeros cristianos. Ed. Palabra, Madrid, 2002.

 

02/01/2010 ir arriba
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