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LA ILUSTRACIÓN Y LAS RAÍCES DEL LAICISMO ANTICRISTIANO ( Luis Alonso Somarriba)

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La Ilustración y las raíces del laicismo anticristiano

Autor: Luis Alonso Somarriba.
Fuente: Arvo.net, 21.11.2008

Cómo nace la Ilustración como movimiento ideológico. Qué creía saber y qué ignoraba. Qué actualidad tiene hoy día. El origen del laicismo anticatólico. El autor afronta esta temática desde la perspectiva de los hechos históricos y de las ideas que los propiciaron.
 

 

1. La Ilustración: significado y características.

2. La crítica de los ilustrados al cristianismo y el deísmo.

3. Voltaire y la lucha ideológica contra la Iglesia en el siglo XVIII.

4. De la teoría a la práctica: el anticristianismo de la Revolución Francesa.

 

1. La Ilustración: significado y características.

             El siglo XVIII marcó el final de toda una época, la del llamado Antiguo Régimen, caracterizado por una sociedad jerarquizada, dividida en estamentos -nobleza, clero y pueblo llano-, un sistema político -absolutismo monárquico-, una economía centrada en la agricultura y los gremios, y unos principios religiosos, los del cristianismo, que habían ayudado a construir la civilización occidental y que empapaban casi todos sus ámbitos.

            En este contexto se desarrolla la Ilustración, movimiento ideológico que preparará el camino de la Revolución Francesa (1789), a través de la cual se abre una nueva era en la historia, la Edad Contemporánea, caracterizada por una sociedad de clases, el predominio creciente del liberalismo político y económico, la producción industrial y el progresivo avance de la secularización. 

            La Ilustración se apoyó en los avances del siglo XVII. Los intelectuales ilustrados se sintieron deslumbrados por los progresos científicos y las nuevas doctrinas filosóficas del siglo anterior (Galileo, Newton, el racionalismo de Descartes, el empirismo de Locke, etc.), llegando a profesar una fe ciega en el poder de la razón. Creyeron que si la razón era el instrumento seguro para conocer el universo también podrían aplicarla a la propia vida humana y social.

            Así surgió la Ilustración, movimiento que pretendió, a través del entendimiento, revisar y reformar todas las realidades y problemas que atañían al hombre y a la sociedad: la política, la organización social, la economía, la religión, y hasta el modo de ser y de pensar de las gentes. El nombre de Ilustración procede del ideal, de “iluminar”, con las luces de la humana razón, todos los sectores de la realidad. En opinión de los filósofos del siglo XVIII, el poder de la inteligencia es comparable a una luz: "es una lámpara que difunde sus rayos benéficos y disipa la oscuridad y las tinieblas de la ignorancia y de la tradición en las que había estado sumida la pobre humanidad".

            Las características que mejor definen a la Ilustración son: una confianza ciega en el poder de la razón, el entusiasmo por las ciencias útiles, la esperanza en el progreso y una actitud crítica. Para los ilustrados o iluminados del siglo XVIII, la idea de progreso supone que el hombre, guiado sólo de su capacidad de raciocinio, promoverá el avance, “el progreso” -progreso material- de la civilización, que habrá de llevarle a la felicidad.

            En cuanto a la actitud crítica, ésta se manifestó como un medio necesario para separar lo racional -lo bueno-, de lo irracional o malo: “lo mismo que la luz descubre y clarifica”, la razón debía analizar, discutir, "poner al descubierto los ocultos cimientos de todo lo establecido", para desechar aquello que no resistiera su examen. De esta manera, surgió una feroz crítica que atacó todo lo que hasta entonces se había aceptado por tradición. Dicha crítica se centró principalmente en la religión, las formas de gobierno (absolutismo), la economía y la sociedad de la época (sociedad estamental).

            De todas formas, el paso del tiempo ha ido colocando en su sitio todos aquellos exámenes y apasionados debates del iluminismo y, hoy por hoy, podemos y debemos plantearnos dos preguntas: ¿qué es lo racional?, y sobre todo, ¿qué es lo que los ilustrados veían como racional?

            También, en aquellas actitudes podemos descubrir algunas tendencias generalizadas en la cultura actual, en particular la de recelar de lo tradicional y bendecir todo aquello que se presenta como nuevo, máxime si viene envuelto con los calificativos de vanguardista o progresista.

 

2. La crítica de los ilustrados al cristianismo y el deísmo.

  El cristianismo se ha presentado siempre como una religión revelada, es decir, manifestada por Dios a los hombres. Muchos ilustrados, sintiéndose hijos de la razón, la cual sólo acepta aquello que puede comprobarse, rechazaron toda religión, sobre todo el cristianismo de la Iglesia Católica; según ellos la Revelación pertenecía al orden del milagro y "la razón no podía admitir milagros".

            Si el cristianismo había predicado que los seguidores de Jesucristo podían alcanzar en esta vida, siendo fieles, la mayor porción posible de felicidad, pero que la auténtica felicidad se encontraba tras la muerte, una buena parte de los intelectuales ilustrados, por el contrario, buscaron únicamente una felicidad puramente terrena; creyeron que, a través del “progreso material”, lograrían crear un “paraíso en la Tierra”. De esta manera, la felicidad empezó a entenderse únicamente como acumulación de riqueza, placer y bienestar. Es del todo evidente comprobar lo perfectamente instalada que se encuentra esta mentalidad -consumismo, materialismo- en nuestra actual sociedad occidental.

            Dentro de este planteamiento, la Iglesia Católica fue vista como el mayor obstáculo para conseguir el progreso de la humanidad, o lo que es lo mismo para alcanzar la felicidad. De aquí arranca la lucha desde entonces emprendida contra el catolicismo.

            Prescindiendo del Dios del cristianismo, y de cualquier otra religión, la mayor parte de los ilustrados aceptaron no obstante la existencia de un Dios, deducible desde la inteligencia, como creador y ordenador del universo, el Gran Arquitecto. Se trataba de un Ser Supremo, bondadoso, pero lejano y desconocido, que no interfería en la vida de los hombres, no les hablaba y tampoco les imponía “incómodos” mandamientos. En esta nueva religión filosófica, que algunos denominaron deísmo o religión natural, se rescataron algunos principios de la moral cristiana, por considerarlos útiles. Así por ejemplo, la virtud de la caridad (amor al prójimo), previamente devaluada en cuanto a sus exigencias, fue sustituida por la filantropía. Tanto el deísmo como la filantropía tienen sus equivalentes actuales: piénsese en argumentos como “creo en Dios pero no en la Iglesia”, o en la tan proclamada solidaridad.

            Deísmo, filantropía, progresismo y anticatolicismo formaron pronto parte esencial del programa ideológico las sectas masónicas que, originarias de Inglaterra, se extendieron por toda Europa. La masonería estuvo integrada por ricos burgueses y algunos nobles. A lo largo del siglo XVIII existió una relación muy directa entre Ilustración y masonería.

            Pese a todo el sesgo antirreligioso, siempre hubo una Ilustración cristiana, que intentó hacer compatibles algunos ideales del Movimiento de las Luces con la fe de la Iglesia. Este tipo de ilustración, que predominó en ciertos países católicos como España, aceptó, entre otras cuestiones, la idea de progreso material, si bien desde otra perspectiva: se trataba de emprender reformas -apoyando la economía, las ciencias, la cultura y la educación- para así fomentar el desarrollo material de los pueblos, pero dicho desarrollo o progreso no era entendido en modo alguno como un fin absoluto, es decir, no trataba de sustituir la felicidad que nace de la unión con Dios ni el Paraíso sobrenatural.

 

3. Voltaire y la lucha ideológica contra la Iglesia en el siglo XVIII.

            Entre las nuevas ideas divulgadas en el Siglo de las Luces, encontramos autores que defendieron revolucionarios conceptos políticos, como Montesquieu y su división de poderes, o Rousseau con sus teorías de la soberanía nacional y la voluntad general. También hayamos partidarios de nuevas formas económicas, como el británico Adam Smith, padre del liberalismo económico. Sin embargo, como ya hemos podido ver, junto a estas ideas se encontraban otras, no solamente opuestas al cristianismo, sino a la vez unidas a una actitud beligerante, de confrontación y lucha contra la Iglesia. A este último grupo corresponde la figura de Voltaire 

            Voltaire (1694-1778) perteneciente a la élite económica del pueblo llano, la burguesía -era hijo de un rico notario de París-, gustó siempre de los placeres, el refinamiento y la buena vida. Tuvo gran afición a codearse con la aristocracia y la realeza. Aunque atacó la autoridad y los abusos del poder monárquico, en la práctica aceptó el absolutismo, llegando a mantener una gran amistad con Federico II de Prusia. Voltaire hizo pública profesión de deísmo y acabó ingresando en la masonería. Destacó con su brillante pluma en varios campos, desde la Historia y el teatro hasta la novela y el ensayo. Su personalidad, sus polémicas opiniones, así como su genio y su chispa literaria hicieron de él uno de los philosophes más reconocidos e influyentes del siglo XVIII. Lo más destacado dentro de su obra es la crítica violenta, demoledora y obsesiva contra la Iglesia Católica, dentro de la cual sobresale el odio hacia los jesuitas. Tanto en sus escritos como en sus conversaciones, Voltaire fue un  maestro no igualado de la ironía y del sarcasmo, poniendo estas corrosivas armas al servicio de la lucha contra la Iglesia. Voltaire, que se hizo famoso por su lucha contra la intolerancia, terminó adoptando un estilo agresivo que traslucía fuertes dosis de intolerancia. Conocidas son sus famosas sentencias, empezando por la que se convirtió en su grito de guerra, “écrasons l’infâme!”,” ¡aplastemos al infame!” (el infame enemigo era naturalmente la Iglesia), o su fanfarrona declaración: “Jesucristo necesitó doce apóstoles para propagar el cristianismo; yo voy a demostrar que basta uno sólo para destruirlo.” Aunque su labor como historiador fue notable, a menudo envenenaba sus escritos con afirmaciones y anécdotas falsas, o fundadas en medias verdades, que buscaban el descrédito del cristianismo y de todo aquello relacionado con él. De esta manera, Voltaire inició un vicio, continuado hasta hoy, que ha vertido en nuestra cultura numerosas leyendas negras -como las ridículas historias del cinturón de castidad y del “derecho” de pernada, seguidas por un largo etcétera- difundidas por la literatura, el cine y la televisión.

            Por todos estos méritos, no es de extrañar que el presente laicismo siga recordando a Voltaire como uno de sus más destacados referentes.       

            Uno de los capítulos más señalados de la lucha entablada en la Europa del siglo XVIII contra el catolicismo, fue la ofensiva emprendida contra de la Compañía de Jesús. Para entender este tema en todo su calado, hay que comprender que, desde su fundación por San Ignacio de Loyola en 1534, los jesuitas se habían convertido en la institución más importante de la Iglesia. Su clero contaba con una formidable preparación teológica y cultural, destacando muchos de sus miembros en diversos campos: Filosofía, Teología, Derecho, ciencia, etc. Su labor se había desplegado en varios frentes, fundando colegios y universidades en Europa y América, consiguiendo reconquistar para la Iglesia de Roma diferentes zonas que en su día habían sido ganadas por el protestantismo. Finalmente, en el Nuevo Mundo, su labor misionera había llegado a sus cotas más altas al establecer las famosas reducciones del Paraguay, en las cuales los indios bajo la tutela de los hijos de San Ignacio habían levantado una armónica sociedad notablemente avanzada en sus aspectos materiales, que fue la envidia de muchos europeos.

            Era pues evidente, que quien quisiera dañar a la Iglesia centrara sus ataques en la Compañía de Jesús. Sin embargo, paradójicamente, los principales protagonistas de la lucha, los que a la postre consiguieron acabar con los jesuitas, fueron los Estados católicos. Las razones que llevaron a estas monarquías a posicionarse en contra de la Compañía de Jesús eran distintas a las alegadas por la Ilustración deísta. El caso de España fue significativo, aunándose recelos de todo tipo: desde la simple envidia o las acusaciones sobre la presunta participación en el motín de Esquilache, hasta las calumnias que se decía los jesuitas propalaban sobre el rey Carlos III, o las acusaciones de que los ignacianos obedecían a consignas secretas y formaban un Estado dentro del Estado. Cuando finalmente se decretó la expulsión de los jesuitas en Portugal (1759), Francia (1764), España (1767), Nápoles (1767), etc., los ilustrados no hicieron otra cosa que alegrarse de la eliminación de un poderoso enemigo, aunque como advirtió D’Alambert, uno de los directores de la Enciclopedia francesa, con los jesuitas no quedaba destruida toda la reacción. De todas formas, podemos constatar la colaboración de individuos relacionados con la ilustración anticlerical en el trabajo de acabar con la Compañía de Jesús, es el caso del conde de Aranda, pro volteriano, ministro de Carlos III de España y autor del decreto de expulsión de 1767. Años después, al desatarse el torbellino de la Revolución Francesa, los Borbones y las otras monarquías católicas comprobaron que el enemigo era otro y que su antijesuitismo había sido un error.          

 

4. De la teoría a la práctica: el anticristianismo de la Revolución Francesa.

            Las ideas que habían bullido en la gran olla de la Ilustración, conocieron su gran eclosión durante la Revolución Francesa de 1789-95. La Constitución francesa de 1791 consagró los grandes principios políticos: libertad de expresión, división de poderes, soberanía nacional e igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y los impuestos. Sin embargo, junto a dichos principios políticos, la Revolución también recogió -y concretó en diferentes medidas- la corriente de pensamiento antirreligioso que, como ya hemos visto, había recorrido todo el Siglo de las Luces.

            Pese a que una buena parte del clero había aceptado la Revolución en sus comienzos, la Asamblea Nacional francesa decretó, en noviembre de 1789, la confiscación de los bienes eclesiásticos. La medida benefició a los más ricos, más no a los pobres campesinos sin capacidad económica para adquirir las tierras. Poco más tarde, en 1790, se suprimieron las Órdenes religiosas y se publicó el Estatuto Civil del Clero, que negaba la autoridad del Papa y sometía a obispos y sacerdotes al directo control del Estado. Pío VI condenó rotundamente el Estatuto y  lanzó la excomunión sobre aquellos eclesiásticos que jurarán la nueva ley. La Iglesia francesa quedó entonces dividida. Una minoría, los llamados juramentados, aceptaron el nuevo ordenamiento, pero la mayoría, los denominados refractarios, rechazaron el Estatuto, perdiendo su retribución y siendo desplazados hacia una peligrosa situación al margen de la legalidad.

            Cuando el Lunes Santo de 1791, Luis XVI quiso dirigirse con su familia a la cercana localidad de Saint Claud para poder seguir las celebraciones de la Semana Santa de manos de sacerdotes refractarios, asunto que en París era por entonces cada día más difícil, las masas populares y la Guardia Nacional se lo impidieron. La libertad, que tanto se había predicado por los ilustrados y que la Revolución había proclamado de tantas maneras, empezaba a restringirse si se quería ejercer en determinado sentido.

            Con todo, lo peor estaba por venir. En 1792, al ser proclamada la República, la Revolución entró en su fase más radical, que alcanzó su clímax cuando los jacobinos, dirigidos por Robespierre, tomaron el poder. Durante este período, además de ser ejecutados el Rey, la Reina, numerosos aristócratas, e incluso revolucionarios, se desató una persecución religiosa como no se conocía en Francia desde los tiempos del Imperio Romano. El simple hecho de ser un sacerdote refractario, una monja o un fraile se convirtió en un delito castigado con la guillotina. La Iglesia en Francia conoció miles de mártires. Se calcula que en conjunto -sumando víctimas políticas y religiosas- las muertes llegaron a 40.000 en menos de dos años.

            Cuando en 1793, los campesinos de la región de La Vendée se levantaron en armas contra la República, en defensa de la Monarquía y de la Iglesia, el Gobierno revolucionario contestó enviando un ejército, conocido como las Columnas del Infierno que, siguiendo las órdenes de París -“destruid esa horrible Vendée completamente…utilizad los medios más seguros a fin de exterminar enteramente esa casta de criminales”-, asoló la región actuando con la crueldad propia de un genocidio: fueron violadas las monjas, descuartizadas mujeres vivas, con los niños se formaron hileras para ahogarlos en estanques, mujeres embarazadas se vieron pisoteadas en lagares hasta morir, en aldeas enteras los vecinos perecieron al ser envenenadas las aguas, y fueron enviados materiales inflamables para incendiar casas, campos y bosques. Casi 120.000 vendeanos fueron asesinados. Como llegó a declarar el general Turreau, principal responsable de las matanzas, “tenemos que convertir a La Vendée en un cementerio nacional.”  (1)

            Paralelamente a estas masacres, tuvo lugar un intento de descristianización de la sociedad -hoy, algunos políticos lo llamarían proceso de laicización-, que comenzó imponiendo un nuevo calendario, donde no había domingos ni festividades religiosas, y que terminó estableciendo el culto al Ser Supremo y a la diosa Razón. 

            Sin duda, en la historia de la humanidad se han dado episodios más violentos e injustos, pero lo peculiar del período revolucionario francés es que todo aquel baño de sangre se hizo invocando, como nunca hasta entonces, la sacrosanta libertad, seguida de la igualdad y de la fraternidad.

____________

 

            Estas son, pues, las raíces y los inicios del mundo que nos ha tocado vivir. No debe de extrañar por lo tanto, que la pasión, el irracional virus antirreligioso, que desde el siglo XVIII circula por las venas de nuestra civilización, brote hoy intermitentemente de muchas y muy distintas maneras, bien en forma de leyes laicistas, de discriminación, de campañas difamatorias contra la Iglesia, con manipulaciones históricas o con burdas groserías.     

Julio del 2008.  

 Luis Alonso Somarriba,
profesor de Historia del IES. Murieras (Cantabria).

 

(1)  SECHER, Reynald, Le génocide franco-français. La Vendée-vengué, París, 1986, págs 157, 158 y siguientes.  Citado por GRAF HUYN, Hans: Seréis como dioses; vicios del pensamiento político y cultural del hombre de hoy; EIUNSA, Barcelona, 1991, págs 30-32. 

 

Enviado por Arvo.net - 21/11/2008 ir arriba
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