| Una lectura de interés
pedagógico:
Los «Soliloquios» de San Agustín
Los Diálogos de Casiciaco son obras pedagógicas, pero
los Soliloquios, destacan bajo este punto de vista;
presentan en pocas páginas y en forma amena los asuntos básicos
que cualquier profesor de filosofía desea para sus alumnos.
Los Diálogos de Casiciaco
Cuando San Agustín se retiró a la villa de Casiciaco,
en el otoño de 386, tenía treinta y tres años y acababa de
convertirse al cristianismo. Le acompañaba su madre, Mónica,
su hermano Navigio, sus primos Lastidiano y Rústico, y su
hijo Adeodato que «era apenas de quince años y por su ingenio
aventajaba a muchos varones graves y doctos» (Conf.
IX, 1). Con él estaban también dos jóvenes estudiantes, y
Trigecio, un veterano del ejército, además de Licencio (el
hijo de Romaniano, su benefactor) y Alipio, su amigo íntimo.
El lugar era hermoso, al pie de los Alpes Apeninos, o junto
al lago Como, tenía una ladera de hierba sombreada por altos
castaños. Agustín pasó allí de seis a siete meses, como responsable
de la explotación agraria de Verecundo. Alternaba el trabajo
de administrador rural con el estudio y la enseñanza; leía
a Virgilio y los Salmos; madrugaba, rezaba y recorría los
campos para supervisar las labores de los campesinos, atendía
a la correspondencia y a la formación de su pequeño grupo
de alumnos.
Allí nacieron los llamados Diálogos de Casiciaco, en
ellos se plasman los coloquios tenidos entre Agustín y sus
compañeros, entre el 10 y el 23 de noviembre, de aquel año.
Los temas y el estilo de estas obras recuerdan las Disputationes
Tusculanae, de Cicerón, mantenidas en su villa,
de Túsculum con un reducido grupo de amigos y bajo la inspiración
socrática del «ideal del sabio». ¿De qué se hablaba allí?
¿De qué se trató en Casiciaco? De la naturaleza humana, de
la felicidad, de la inmortalidad del alma, del conocimiento
de la verdad, de la amistad, de la muerte y de Dios. Todos
los asuntos de la vieja sabiduría greco-romana pasan ahora
el examen de la razón y la fe.
Los «Soliloquios»
De entre los Diálogos de Casiciaco destaca Soliloquia
(Los Soliloquios), por su intensa vibración religiosa
y filosófica, a la vez. En ellos se anticipan muchos aspectos
de las Confesiones, como la introspección y el examen
de conciencia, la purificación de la memoria y el ahondamiento
en ella, hasta encontrar el eco o la voz del Maestro interior,
Sol del mundo inteligible y de la razón, que entabla diálogo
consigo misma.
Todos los Diálogos de Casiciaco son obras pedagógicas,
pero los Soliloquios, destacan bajo este punto de vista;
en ellos se presentan en pocas páginas y en forma amena los
asuntos básicos que cualquier profesor de filosofía desea
para sus alumnos. No es de extrañar, porque quien los redactó
era un profesional de la educación, joven pero en plena madurez,
intelectual y espiritual. Era un profesor de Retórica, Gramática
y Literatura cuyos intereses estaban, desde hacía tiempo,
imantados por la sabiduría humana, la filosofía, y ahora había
encontrado el mejor motivo para buscar apasionadamente ver
cara a cara la Verdad, a saber, que la Verdad es Alguien,
no algo.
El diálogo está trenzado con formas, argumentos y elementos
tomados de Platón y del neoplatonismo; pero todo ello, formas,
argumentos y lugares comunes, está también claramente modificado
por la inspiración cristiana y el genio personal de Agustín
de Hipona. Por planteamiento, el libro es un diálogo entre
la razón y la fe; o bien, entre el corazón –convertido y que
busca conocer más, para llegar a «ver»–, y la razón dialéctica,
que guía, pregunta, pone a prueba, y en fin ayuda a obtener
conclusiones.
El objeto de la obra es el conocimiento. El conocimiento humano
entra en discusión consigo mismo; se cuestiona su validez,
su alcance, sus leyes, y su objeto más preciado, esto es,
el conocimiento de Dios y de sí mismo. Por fin, la argumentación
principal gira en torno a la demostración de la inmortalidad
del alma humana.
Tenemos pues en los Soliloquios un ejercicio de lectura
muy completo, didáctico y vital por su mismo origen. Para
su uso escolar puede bastar con el Libro II. Una lectura comentada
de éste ayudará al estudiante a ver «en concreto» qué es y
cómo funciona la Lógica (formal y «material»), la Teoría del
conocimiento, la Metafísica, la Teodicea y la Antropología;
además, se puede aprovechar esa lectura para el estudio del
platonismo, la patrística y las relaciones entre fe y razón.
Todos estos asuntos –lugares comunes de los programas educativos–,
salen en estas páginas de la formalidad del texto escolar:
se presentan interpelando al lector, vibrantes de vida y jóvenes.
|