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LIBRO SEGUNDO

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libro segundo

LIBRO SEGUNDO
El texto en castellano de los Soliloquios que aquí ofrecemos se basa en la traducción del P. Victorino Capanaga (BAC, Obras de San Agustín, volumen I, 5ª edición, Madrid, 1979); la seguimos casi siempre, aunque nos hemos permitido variaciones frecuentes, teniendo a la vista el texto latino, fuera para subsanar algunos errores de imprenta o para lograr una expresión más clara y de fácil lectura.

CAPÍTULO I

DE LA INMORTALIDAD DEL ALMA



1. A.– Bastante se ha interrumpido nuestra obra, el amor es impaciente, y las lágrimas no cesan hasta que no se le da lo que pide; emprendamos, pues, el segundo libro.

R.– Comencemos, pues.

A.– Y confiemos que Dios nos asistirá.

R.– Confiemos, si esto mismo está en nuestra potestad.

A.– Nuestra fuerza es Él mismo.

R.– Ora, pues, con la máxima brevedad y perfección que te sea posible.

A.– ¡Oh Dios, siempre el mismo!, que me conozca, que te conozca. He aquí mi plegaria.

R.– Tú que deseas conocerte, ¿sabes que existes?

A.– Lo sé.

R.– ¿De dónde lo sabes?

A.– No lo sé.

R.– ¿Eres un ser simple o compuesto?

A.– No lo sé.

R.– ¿Sabes que te mueves?

A.– No lo sé.

R.– ¿Sabes que piensas?

A.– Lo sé.

R.– Luego es verdad que piensas.

A.– Ciertamente.

R.– ¿Sabes que eres inmortal?

A.– No lo sé.

R.– De todas estas cosas que ignoras, ¿cuál prefieres saber antes?

A.– Si soy inmortal.

R.– ¿Amas, pues, la vida?

A.– Lo confieso.

R.– Y si supieras que eres inmortal, ¿te darías ya por satisfecho?

A.– Será una gran satisfacción, pero insuficiente aún para mí.

R.– Y con este hallazgo insuficiente, ¿cuánto será tu gozo?

A.– Sin duda, muy grande.

R.– ¿Ya no habrá lugar a lágrimas?

A.– Ninguno en absoluto.

R.– Y si resulta de la indagación que en la vida ya no progresarás en el conocimiento que posees, ¿podrás moderar tus lágrimas?

A.– Me haré un mar de lágrimas y la vida misma perderá todo valor para mi.

R.– Luego amas la vida, no por sí misma, sino por la sabiduría.

A.– Apruebo la conclusión.

R.– ¿Y si la misma ciencia te sirve para hacerte desgraciado?

A.– No admito de ningún modo lo que dices; pero si así fuera, nadie podría ser feliz, porque la ignorancia es lo que me hace desgraciado ahora. Si, pues, la ciencia hace miserable, eterna será la miseria.

R.– Ya veo adónde vas. Pues como piensas que nadie es desdichado por la sabiduría, es probable que la inteligencia haga bienaventurado. Pero sólo es bienaventurado el que vive, y nadie vive si no existe; tú quieres ser, vivir, entender, y existir para vivir, y vivir para entender. Luego sabes que existes, sabes que vives, sabes que entiendes. Y aún quieres ensanchar tu saber y averiguar si estas cosas han de sobrevivir siempre, o si han de perecer, o si permanecerá alguna de ellas para siempre y alguna otra no, o si admiten aumento y disminución, suponiendo que sean eternas.

A.– Así es.

R.– Luego, probando que siempre hemos de vivir, se concluirá que existiremos siempre.

A.– Se sigue de ello.

R.– Queda, pues, por averiguar el problema del entender.


CAPÍTULO II

LA VERDAD ES ETERNA



2.A.– Me parece un orden muy claro y breve.

R.– Concentra, pues, tu atención y responde con cautela y firmeza a mis cuestiones.

A.– Estoy dispuesto.

R.– Si dura siempre este mundo, ¿será verdad que siempre durará?

A.– ¿Quién lo dudará?

R.– Y si no durase, ¿será igualmente verdad que no durará?

A.– No tengo nada que oponer.

R.– Y si el mundo debe perecer, después del final, ¿no será verdad que ha perecido? Mientras es verdadera la proposición: «el mundo no ha perecido», realmente continúa existiendo; pero hay una contradicción en decir: «el mundo se ha acabado», y «no es verdad que se ha acabado el mundo».

A.– Todo te lo concedo.

R.– Y de esto, ¿qué te parece? ¿Puede existir algo verdadero sin que exista la verdad?

A.– De ningún modo.

R.– Luego la verdad subsistirá, aunque se aniquile el mundo.

A.– No puedo negarlo.

R.– Y si pereciera la verdad, ¿no será verdad que ella ha perecido?

A.– Me parece legítima la consecuencia.

R.– Mas no puede haber algo verdadero sin verdad.

A.– Ya lo he admitido poco antes.

R.– Luego de ningún modo puede morir la verdad.

A.– Sigue adelante, porque todas son consecuencias verdaderas.


CAPÍTULO III

SI HABRÁ SIEMPRE FALSEDAD Y PERCEPCIÓN SENSIBLE, SÍGUESE QUE NUNCA DEJARÁ DE EXISTIR ALGÚN ALMA



3. R.– Ahora te propongo esta cuestión: según tu parecer, ¿siente el cuerpo o el alma?

A.– Creo que el alma.

R.– Y el entendimiento, ¿crees que pertenece al alma?

A.– Sin duda alguna.

R.– ¿Sólo al alma, o tal vez también a alguna otra cosa?

A.– Fuera del alma no veo ningún sujeto inteligente, exceptuando a Dios.

R.– Examinemos ahora esta cuestión: si alguien te dijese que esta pared no es pared, sino un árbol, ¿qué pensarías?

A.– Pues que le engañaban los sentidos, o a mí los míos, o que él llamaba «árbol» a lo que se llama «pared».

R.– Y si a él se le muestra la pared con apariencias de árbol y a ti con figura de pared, ¿no podrán ser verdaderas ambas cosas?

A.– De ningún modo, porque una misma cosa no puede ser árbol y pared a la vez. Y aunque a cada uno de nosotros se presente en esa forma singular, uno de los dos padecemos error de imaginación.

R.– ¿Y si no es árbol ni pared y os engañáis los dos?

A.– También pudiera suceder eso.

R.– No se te había ocurrido esa suposición.

A.– Es verdad.

R.– Y si reconocéis que es cosa diversa de lo que parece, ¿seréis víctima de error?

A.– No.

R.– Luego puede haber una apariencia engañosa, sin que origine un error.

A.– Admito esa posibilidad.

R.– En resumen, pues, yerra no el que ve apariencias engañosas, sino el que asiente a ellas.

A.– Conforme con lo que dices.

R.– Pero lo falso, ¿por qué es falso?

A.– Porque es diferente de lo que parece.

R.– No habiendo, pues, alguien a quien parezca, no hay falsedad.

A.– Concluyes bien.

R.– Luego la falsedad no está en las cosas, sino en el sentido, y no se engaña quien no asiente a cosas aparentes. Una cosa, pues, somos nosotros y otra los sentidos, porque, engañándose ellos, podemos evitar el error nosotros.

A.– Nada tengo que objetarte.

R.– ¿Y acaso cuando se engaña el alma te atreverás a decir que no hay falsedad en ti?

A.– ¿Cómo voy a decir yo tal cosa?

R.– Ahora bien: no hay sentidos sin alma ni falsedad sin sentidos. El alma, pues, es causa o cooperadora de la falsedad.

A.– Las premisas anteriores me obligan a aceptar la consecuencia.


4. R.– Ahora respóndeme: ¿Te parece posible que alguna vez no haya falsedad o error?

A.– ¿Cómo me lo va a parecer, siendo tan difícil el hallazgo de la verdad, que sería más absurdo decir que es imposible lo falso que lo verdadero?

R.– ¿Crees que quien no vive puede sentir?

A.– De ningún modo.

R.– Por consiguiente, el alma es inmortal.

A.– Muy pronto me introduces en este gozo: vamos despacio, te ruego.

R.– Si están bien concatenadas tus concesiones, no hay lugar a duda, según veo.

A.– Muy pronto me parece, te repito. Por lo cual me inclino más a creer que he sido imprudente en algunas afirmaciones que profesar con certeza la inmortalidad del alma. Con todo, desarrolla esta conclusión y muéstrame el enlace de todas las proposiciones.

R.– Has reconocido que no puede haber falsedad sin los sentidos y que siempre habrá falsedad; luego siempre habrá sentidos. Es así que no puede haber sentidos sin un alma; luego el alma es inmortal, pues no puede sentir sin vivir. Vive, pues, siempre el alma.


CAPÍTULO IV

¿SE PUEDE DEDUCIR DE LA PERPETUIDAD DE LO FALSO O VERDADERO LA INMORTALIDAD DEL ALMA?



5. A.– ¡Vaya un puñal de plomo! Podrías concluir que es inmortal el hombre si te hubiera concedido que el mundo no puede existir sin el hombre y que el mundo es sempiterno.

R.– Despierto te veo. Con todo, no es poco lo alcanzado, a saber: que el alma no puede menos que coexistir con la naturaleza de las cosas, si no puede faltar de ella alguna vez la falsedad.

A.– En ésa sí veo una legítima consecuencia. Pero me parece que hay que volver más atrás para asegurar nuestras posiciones, sin negar que hemos dado algunos pasos para la inmortalidad del alma.

R.– ¿Lo has mirado bien, por si has hecho alguna concesión a la ligera?

A.– Creo que sí, y no hallo afirmación que pueda tildarse de temeraria.

R.– Está, pues, demostrado que la naturaleza no puede subsistir sin almas vivas.

A.– Conforme, pero con tal que puedan nacer unas y morir otras.

R.– Y si suprimimos de la naturaleza toda falsedad, ¿no serán todas las cosas verdaderas?

A.– También eres consecuente en esa ilación.

R.– Respóndeme, pues: ¿por qué esa pared te parece verdadera?

A.– Porque no me engaña su aspecto.

R.– Luego porque es tal como te parece.

A.– Así es.

R.– Luego si una cosa es falsa porque es diversa de lo que parece, la verdad de una cosa consistirá en ser lo que parece; pero suprimido el sujeto que la percibe, no hay verdad ni falsedad. Mas si no hay falsedad en la naturaleza de las cosas, todas serán verdaderas. Sin embargo, no puede aparecer algo más que a los ojos del alma viva. Luego el alma permanece en la naturaleza de las cosas, si no puede quitarse la falsedad; y permanece si puede quitarse.

A.– Veo que has robustecido más la conclusión, pero nada hemos adelantado con lo añadido, porque, a pesar de ello, me inquieta una objeción, y es que las almas nacen y mueren, de suerte que su supervivencia en el mundo no proviene de su inmortalidad, sino de la sucesión de unas a otras.


6. R.– ¿Te parece que las cosas corporales, es decir las sensibles, las puede comprender el entendimiento?

A.– No me lo parece.

R.– ¿Y crees que Dios usa sentidos para conocer las cosas?

A.– No quiero afirmar nada temerariamente acerca de este punto; pero, según conjeturo, de ningún modo necesita sentidos para lo que dices.

R.– Luego concluimos que sólo las almas pueden sentir.

A.– Admite esa proposición como probable.

R.– Pues bien, ¿concedes que esta pared, si no es verdadera pared, no es pared?

A.– Nada más fácil de conceder.

R.– ¿Me concedes igualmente que nada es cuerpo si no es verdadero cuerpo?

A.– También te lo concedo.

R.– Siendo, pues, lo verdadero lo que es realmente tal como parece, y lo corpóreo sólo puede manifestarse a los sentidos, y los sentidos son propios del alma, y si el cuerpo no es verdadero si no es cuerpo, resulta que no puede haber cuerpo si no hay alma.

A.– Mucho me apremias y no puedo resistir a tus razonamientos.


CAPÍTULO V

QUÉ ES LA VERDAD



R.– Aguza ahora tu atención para lo que viene.

A.– A tus órdenes estoy.

R.– Ciertamente esto es una piedra, y lo es en verdad si no es diferente de lo que parece; y no es piedra, si no es verdad; y no puede captarse más que con los sentidos.

A.– Es verdad.

R.– Luego no habrá piedras en los escondidos senos de la tierra ni tampoco allí donde nadie puede verlas; y no sería piedra, si no la viéramos; y dejará de serlo cuando no estemos y ningún otro que esté presente la vea. Y cerrando bien los armarios, por muchas cosas que en ellos hayas metido, nada contienen. La madera tampoco será madera en lo oculto, pues escapa a la percepción sensible todo lo que está en lo más profundo de los cuerpos que no son transparentes; todo ello, por fuerza carece de ser. Porque si existiese, sería verdadero; pero no es verdadero sino lo que es tal como parece; ahora bien, todo aquello no se manifiesta ni aparece, luego no es verdadero. ¿Tienes algo que responder a esto?

A.– Veo que proviene de lo que concedí; pero es tan absurdo que antes negaré cualquiera de aquellas cosas que conceder la verdad de estas.

R.– Nada opongo. Concreta, pues, lo que quieres decir: si los cuerpos sólo pueden percibirse con los sentidos, si no siente más que el alma, si hay piedras y otras cosas semejantes no verdaderas, o si la verdad debe definirse de otro modo.

A.– Discutamos, te ruego, este último punto.


8.R.– Define, entonces, la verdad.

A.– Es verdadero lo que es tal como parece al que conoce, si quiere y puede conocerlo.

R.– Luego, ¿no será verdadero lo que nadie puede conocer? Además, si lo falso es lo que parece lo que no es, supongamos que a uno le parece esto piedra y a otro madera, ¿no será una misma cosa falsa y verdadera a la vez?

A.– Lo primero me persuade más; pues si una cosa no puede ser conocida, resulta que tampoco es verdadera. Pero que una cosa sea verdadera y falsa a la vez no me preocupa demasiado, pues noto que una misma magnitud comparada con otra diversa resulta mayor y menor a la vez. De donde se sigue que nada de suyo es mayor o menor, por ser éstos términos de comparación.

R.– Pero si dices que nada es verdadero por sí mismo, ¿no temes que de ahí se siga que nada es por sí mismo? Por lo mismo que esto es madera, es verdadera madera. Pero no puede ser que por sí misma, esto es, sin relación a un sujeto conocedor sea madera y que no lo sea en verdad.

A.– Pues eso digo y así defino, sin temor a que mi definición sea rechazada por demasiado breve. La verdad me parece que es «lo que es».

R.– Nada, pues, habrá falso, pues todo lo que es, es verdadero.

A.– En gran aprieto me pones y ya no sé que responder. De tal modo que, no queriendo ser enseñado sin preguntas, empiezo a temerlas.


CAPÍTULO VI

DE DÓNDE VIENE Y DONDE SE HALLA LA FALSEDAD



9. R.– Dios, en cuyas manos nos hemos puesto, sin duda nos asistirá y librará de estos cepos, con tal que creamos y le invoquemos con devoción.

A.– Nada más grato que hacer esto en tales aprietos, pues nunca me he encontrado con tanta niebla. Dios, Padre nuestro, que nos exhortas a la oración y concedes lo que se te pide, de modo que cuando te rogamos vivimos mejor y somos mejores: escúchame, porque voy tanteando en estas tinieblas; dame tu diestra, socórreme con tu luz y líbrame de los errores; que con tu dirección llegue a mí mismo y a Ti. Así sea.

R.– Concéntrate, pues, y presta mucha atención.

A.– Dime, te ruego, si se te ocurre algo, para que no nos perdamos.

R.– Estate atento.

A.– Otra cosa no hago.


10. R.– Discutamos primero con seriedad qué es lo falso.

A.– Me maravillo si no puede definirse así: lo que no es tal como parece.

R.– Atiende antes y preguntemos a los sentidos. Pues lo que los ojos ven no se llama falso, si no tiene alguna apariencia de verdad. Por ejemplo: el hombre a quien vemos en sueños no es verdadero hombre, sino falso, porque tiene semejanza de verdadero. Pues ¿quién viendo en sueños un perro dice que ha visto un hombre? Luego aquél también es perro falso, por tener parecido con el verdadero.

A.– Así es como dices.

R.– ¿Y si a uno que está despierto, un caballo le parece un hombre? ¿No se engaña al percibir alguna apariencia de hombre? Pues si sólo percibe la forma de caballo, no puede parecerle hombre.

A.– De nuevo concedo.

R.– Llamamos también falso árbol al pintado, y falsa la cara reflejada en el espejo, y falso el movimiento de las torres vistas cuando se navega, y falsa la rotura de un remo en el agua; todas esas cosas se llaman falsas por ser semejantes a las verdaderas.

A.– Lo admito.

R.– Así también nos engañamos con los gemelos, con los huevos, y los sellos impresos con un mismo anillo y otras cosas semejantes.

A.– Completamente de acuerdo, lo concedo.

R.– La semejanza, pues, de las cosas en lo que toca a los ojos, es origen de la falsedad.

A.– No puedo negarlo.


11. R.– Toda esa multitud de objetos, si no me engaño, puede dividirse en dos géneros: uno lo forman las cosas iguales y otro las desiguales. Iguales llamo a dos cosas cuando se parecen entre sí, como los gemelos o las impresiones de un anillo. Mas en cosas desiguales, el objeto menos bueno se dice semejante a lo mejor. ¿Quién, mirándose en el espejo, dirá con razón que se parece a la imagen, y no al contrario, que la imagen se parece a él? Y este género consta en parte de las impresiones que recibe el alma, y en parte de las semejanzas que se ven en la naturaleza. Y lo que el alma experimenta o recibe en los sentidos, como el movimiento ilusorio de las torres que están quietas, o dentro de sí misma por medio de imágenes sensoriales, como ocurre en los que sueñan y tal vez en los alienados. Y respecto a las semejanzas que se ven en la misma realidad, unas son de la naturaleza, otras son expresión y hechura de seres animales. La naturaleza produce semejanzas inferiores por generación o por reflexión. El primer caso tiene lugar en los padres, que engendran hijos semejantes; el segundo, en toda clase de espejos. Pues aunque los hombres fabrican espejos, no son ellos los que producen las imágenes que resultan. Las obras de los seres animados están en las pinturas y otras ficciones del mismo género; y allí también puede incluirse lo que hacen los demonios, si realmente lo hacen. Mas en cuanto a las sombras de los cuerpos, no está fuera de la verdad decir que son semejantes a los cuerpos y como cuerpos falsos, y toca a los ojos el juzgar de ellas, y deben colocarse en el género de semejanza por resultado que tiene lugar en la naturaleza, porque resulta de oponer a la luz un cuerpo que proyecta una sombra en la parte opuesta. ¿Tienes algo que oponer a esto?

A.– Nada, pero espero ansiosamente ver adónde me llevas por estos caminos.


12. R.– Ten paciencia hasta que los demás sentidos nos informen y digan que la falsedad está en la verosimilitud. En lo tocante al oído, casi las mismas semejanzas valen, como cuando oímos a alguien que nos habla, pero sin verlo, y atribuimos la voz a otro por parecérsele. Y en las cosas inferiores, tenemos el ejemplo del eco, o el del zumbido de los mismos oídos, o en la imitación del grito del mirlo o del cuervo, que dan algunos relojes, o en los sonidos que creen percibir los que sueñan y deliran. Y las que llaman los músicos falsas vocecillas confirman nuestras aserciones, como veremos después, y basta observar que aun aquellas inflexiones imitan las voces verdaderas. ¿Sigues el hilo de mi discurso?

A.– Con mucho gusto, porque no me cuesta trabajo entenderte.

R.– Para no detenernos, pues, aquí, ¿te parece que se puede distinguir un lirio de otro por el olor, o por el sabor la miel de tomillo de un enjambre de la miel de tomillo de otro, o con el tacto la suavidad de las plumas de cisne de las de ganso?

A.– No me parece.

R.– Y cuando soñamos que estamos oliendo, gustando o tocando tal o cual objeto, ¿no nos engaña la semejanza de una imagen, que cuanto más imperfecta es más irreal?

A.– Verdad dices.

R.– Luego se ve claro que en todas las cosas, sean iguales o desiguales, se engañan los sentidos por el atractivo de las semejanzas; y si no nos engañamos por suspender el juicio o por reconocer las diferencias, aun con todo, se llaman falsas las cosas por cierta semejanza que tienen con las verdaderas.

A.– No hay lugar a duda.


CAPITULO VII

DE LO VERDADERO Y LO SEMEJANTE. EL NOMBRE DE «SOLILOQUIOS»



13. R.– Sígueme con atención, porque voy a volver a las mismas afirmaciones, para aclarar más lo que pretendemos.

A.– A tus órdenes; dime lo que te plazca. Estoy resuelto a seguirte por estos ambages sin sentir fatiga, con la esperanza tan grande de llegar a la meta adonde veo que vamos.

R.– Haces bien; pero dime: ¿No te parece que cuando vemos huevos semejantes, ninguno de ellos en verdad puede llamarse falso?

A.– Cierto, porque todos son verdaderos, si son huevos.

R.– Y la semejanza que resulta en el espejo, ¿por qué señales decimos que es falsa?

A.– Porque no se puede palpar, no suena, no se mueve por sí, no vive, y por otras cosas que sería largo enumerar.

R.– Veo que no te quieres detener, y hay que acceder a tus deseos. Así, pues, para abreviar, si aquellas figuras de hombres que vemos en los sueños viviesen, hablasen, tuviesen corpulencia real para los que están despiertos, sin diferencia entre ellos y los que vemos y tratamos, estando sanos y en vela, ¿los tomaríamos por falsos?

A.– ¿Cómo podría decirse eso con verdad?

R.– Luego si habían de ser tanto más verdaderos cuanto mas semejantes a los hombres reales, sin haber diferencia entre los unos y los otros, y si, al contrario, habían de ser falsos por la diferencia o disimilitud que hemos apuntado, resulta que la semejanza es la madre de la verdad, y la desemejanza, fuente de ilusiones.

A.– No sé qué replicarte, y me ruborizo de las afirmaciones tan temerarias hechas anteriormente.


14. R.– No me parece justificable tu rubor, como si estas conversaciones tuviesen otro fin. Se llaman «Soliloquios», y con este nombre quiero designarlas, porque hablamos a solas. Nombre tal vez nuevo y duro, pero muy propio para significar lo que estamos haciendo. Pues siendo el mejor método de investigación de la verdad el de las preguntas y respuestas, apenas se halla uno que no se ruborice al ser vencido en una discusión, y casi siempre sucede que conclusiones ya llevadas casi al término, se desechan por el apasionado griterío de la terquedad, y quedan heridos los ánimos, disimulada o abiertamente; por eso, con plena calma y tranquilidad, me plugo investigar la verdad con la ayuda de Dios, preguntándome y respondiéndome a mí mismo; no hay lugar, pues, a rubores, si en alguna parte, por concesiones temerarias, te has visto forzado a volver atrás, en busca de mejores soluciones, pues no hay otro medio de salir de aquí.


CAPÍTULO VIII

ORIGEN DE LO FALSO Y LO VERDADERO



15. A.– Muy bien discurres; pero no veo aún lo que erradamente he podido conceder, a no ser aquello de que lo falso es lo que tiene alguna verosimilitud, pues ninguna otra cosa se me ocurre digna del nombre de falso; por otra parte, tengo que confesar que lo falso es tal por su desemejanza o desacuerdo con lo verdadero. De donde resulta que la desemejanza engendra falsedad. Y por esta razón vacilo, pues nada se me ocurre que sea originado de causas contrarias.

R.– ¿Y si este género es único y singular en la naturaleza de las cosas? ¿No sabes que entre la multitud de los animales, solamente el cocodrilo mueve la mandíbula superior para comer y, sobre todo, no reparas en que ninguna cosa puede hallarse semejante a otra sin que difiera de ella en algo?

A.– Te concedo lo que dices; con todo, cuando considero que lo falso tiene algo semejante y desemejante a lo verdadero, no acierto a discernir por cuál de esas propiedades recibió su nombre. Pues si digo que es por la disimilitud, todas las cosas podrán decirse falsas, pues no hay ninguna que no sea disímil con otra, considerada como verdadera. Y si digo que lo falso recibe su nombre por la semejanza, no sólo clamarán los huevos, que son verdaderos, siendo semejantísimos entre sí, sino que no podré rebatir al que me obligue a confesar que todo es falso, pues todas las cosas se hallan vinculadas entre sí por alguna semejanza. Pero imagínate que no me arredra decir que la similitud y disimilitud dan juntamente origen a lo falso; ¿tendré entonces un camino para salir? Se me instará que proclamo falsas todas las cosas, por ser todas entre sí semejantes y desemejantes. Podría llamar falso a lo que es diverso de lo que parece, y volvamos otra vez a la definición, rechazada por sus disparatadas consecuencias, de que ya me creía libre, dando por aquí en aquel inesperado remolino que me obliga a decir que la verdad es lo que aparece. De donde resulta que sin un sujeto conocedor, nada puede ser verdad, y aquí es de temer un naufragio en escollos secretísimos, que no son menos verdaderos por estar ocultos. O si digo que la verdad es lo que es, se concluirá, discrepando de todos, que lo falso no está en ninguna parte. Así que vuelven las fatigas pasadas y veo que nada hemos ganado con tantos rodeos y pausadas marchas del pensamiento


CAPÍTULO IX

LO FALSO, LO FALAZ Y LO MENTIROSO



16. R.– Redobla la atención, pues de ningún modo me inducirás a creer que hemos invocado en vano el auxilio de Dios. Veo que examinando bien todo, según hemos podido, no hay más recurso que definir lo falso así: lo falso, o se finge lo que no es o tiende absolutamente a ser y no es. Pero el primer género de falso se llama más bien lo falaz o mentiroso. El falaz tiene deseo de engañar, y esto supone alma, y se verifica en parte con la razón, en parte con la naturaleza. Con la razón, en los animales racionales, como el hombre; con la naturaleza, en los irracionales, como el zorro. Mendaces son los que mienten y difieren de los falaces, porque todo el que es falaz quiere engañar, pero no todos los que mienten pretenden engañar, pues las farsas y las comedias y muchos poemas contienen mentiras o ficciones, imaginadas para deleite, no para engaño, y así también las chanzas están entreveradas de mentiras. Al contrario, el falaz todo lo dispone para el logro de su fin, que es producir engaño. Mas los que hacen esto sin ánimo de engañar, fingiendo alguna cosa, o son simplemente mendaces o ni siquiera merecen este nombre, pero tampoco dicen la verdad. ¿Hallas algo que oponer a esto?


17. A.– Sigue adelante, porque ahora creo que has comenzado a decir verdades acerca de lo falso; espero la explicación del segundo género acerca de lo que tiende a ser y no es.

R.– Pues ¿qué esperas? Son las mismas cosas mencionadas arriba las que te servirán de aclaración. ¿No te parece que la imagen del espejo quiere como ser lo que tú eres, y es falsa, porque no lo consigue?

A.– Me agrada tu observación.

R.– Y toda pintura, estatua y otros géneros de arte, ¿no aspiran a ser aquello cuya semejanza remedan?

A.– Justamente

R.– Concederás también, según opino, que al mismo género pertenecen las imágenes engañosas dibujadas en la fantasía de los soñadores y delirantes.

A.– Con más derecho que ninguna, porque ninguna tiende más a remedar lo que ven los sanos y despiertos; y precisamente son falsas porque no pueden ser lo que imitan.

R.– Hablemos ahora del movimiento de las torres, y del remo sumergido en el agua, y de las sombras de los cuerpos. Me parece que con la misma regla se puede medir todo ello.

A.– Evidente cosa me parece.

R.– Callo de los otros sentidos, pues todo el que reflexione sobre este punto, convendrá en que lo falso se llama en las cosas que sentimos aquello que tiende a ser algo y no lo es.


CAPÍTULO X

CÓMO ALGUNAS COSAS SON VERDADERAS EN CUANTO FALSAS



18. A.– Discurres bien; pero me admiro de que excluyas de este género los poemas, los juegos y demás falacias.

R.– Porque una cosa es ser falso y otra no poder ser verdadero. Y así, aquellas obras de los hombres, como las comedias y tragedias o las farsas y ficciones de este género, podemos unirlas o las obras de los pintores y demás clases de arte. Porque tan imposible es que sea verdadero un hombre pintado, aunque propenda a remedar al ser humano, como aquellas ficciones escritas en los libros de los cómicos. Las cuales no intentan ser falsas o por alguna tendencia suya lo son, sino por cierta necesidad de seguir la ficción del artista. Así, Roscio en la escena representa voluntariamente una falsa Hécuba, siendo en realidad un verdadero hombre por naturaleza. Mas por aquella voluntad resultaba un verdadero actor trágico, por ejecutar bien su papel; pero era un falso Príamo, por parecerse a él, sin serlo de veras. De donde resulta una cosa maravillosa, admitida por todos.

A.– ¿Cuál es?

R.– ¿Cuál ha de ser sino que todas estas cosas en tanto son verdaderas en algunos en cuanto son falsas en otros, y para su verdad sólo les aprovecha el ser falsas con relación a lo demás? Y por eso, si dejan de ser falsas o de fingir, no logran lo que quieren y deben ser. Pues ¿cómo el actor mencionado podría ser verdadero trágico si no consintiera en ser un falso Héctor, una falsa Andrómaca, un falso Hércules, etc.? Y ¿cómo sería un verdadero caballo pintado si no fuera un caballo falso? Y ¿cómo en el espejo resultaría una verdadera imagen de hombre si no fuera un hombre falso? Por eso, si a algunos favorece la falsedad, dando realce a la verdad de otros, ¿por qué la tememos tanto y vamos en pos de la verdad como un gran bien?

A.– No lo sé; y mucho me admiro, si no es porque en los ejemplos aducidos no veo cosa digna de imitación. Pues nosotros no somos como los histriones, ni como las figuras que relucen en los espejos, ni como las terneras de bronce de Mirón, ni debemos para ser verdaderos en nuestro ser imitar y asimilarnos el porte ajeno, siendo falsos por eso; nosotros debemos buscar aquella verdad, que no es bifronte ni contradictoria, de modo que por un lado sea verdadera y por otro falsa.

R.– Grande y divina cosa pides. Pero si logramos hallarla, ¿habremos de confesar que con estos esfuerzos hemos conseguido y formado el concepto de la misma verdad, de la que toma denominación todo lo verdadero?

A.– Asiento con gusto.


CAPÍTULO XI

LA VERDAD DE LAS CIENCIAS.– LA FÁBULA Y LA GRAMÁTICA



19. R.– Luego qué te parece: el arte de disputar, ¿es verdadero o falso?

A.– ¿Quién duda de que es verdadero? Pero también es verdadera la gramática.

R.– ¿Tanto como aquél?

A.– No veo qué puede haber más verdadero que la verdad.

R.– Lo que nada tiene de falso; viendo lo cual, poco antes te extrañabas de las cosas que no podían ser verdaderas sino a condición de ser falsas. ¿O no sabes que todas las fábulas y otras ficciones abiertamente irreales pertenecen al dominio de la gramática?

A.– No ignoro lo que dices; pero a mi parecer, no son falsas por la gramática, sino que ella se limita a enseñarlas como son. Porque la fábula es una ficción o mentira compuesta con fines recreativos y educativos. Y la gramática es el arte de conservar y ordenar las palabras articuladas; con esta mira recoge todas las ficciones del lenguaje humano que se han conservado por tradición o escrito, no falsificándolas, sino buscando en ellas provecho para la enseñanza.

R.– Muy bien; no me importa ahora si estas definiciones y divisiones están bien hechas; pero dime: ¿cuál de las dos disciplinas, la gramática o el arte de disputar, te enseña todo esto?

A.– No niego que el arte y la agudeza de definir, con que he querido discernir ambas cosas, pertenecen a la dialéctica.


20. R.– Y la gramática, ¿no es tal vez verdadera por lo que tiene de disciplina? Porque «disciplina» viene de discere, aprender, y nadie puede decirse que ignora lo que aprendió y conserva en la memoria, ni que sabe cosas falsas. Toda disciplina es pues, verdadera.

A.– No veo que este breve razonamiento esté hecho a la ligera. Pero me hace fuerza el pensar que por esta razón alguien pueda creer que las fábulas son verdaderas, porque también las aprendemos y guardamos en la memoria.

R.– Pero ¿acaso nuestro maestro no quería que aprendiésemos y conociésemos las cosas que nos enseñaba?

A.– Con empeño nos apremiaba a aprenderlas.

R.– Pero ¿insistió tal vez en hacernos creer en la verdad del vuelo de Dédalo?

A.– Eso nunca. Pero si no sabíamos la fábula, apenas nos permitían tener cosa alguna en las manos.

R.– ¿Niegas tú, pues, que sea esta una fábula y que dio renombre a Dédalo?

A.– No niego que eso sea verdad.

R.– Luego no niegas que has aprendido una cosa verdadera al aprender esta fábula. Pues si fuera verdad que Dédalo se remontó a los aires volando y este hecho fuera enseñado y admitido por los niños como una fábula, por lo mismo aprenderían una falsedad, dándoseles como fingido un hecho real. Y de aquí resulta lo que antes nos pareció admirable, a saber: que la fábula del vuelo de Dédalo no pudo ser verdadera sino a condición de ser falso su vuelo.

A.– Estoy ya conforme con eso, pero espero el resultado.

R.– ¿Cuál ha de ser sino rebatir aquella afirmación tuya, esto es, que la disciplina, si no enseña verdades, no puede ser disciplina?

A.– Y ¿a dónde quieres ir a parar?

R.– A que me digas por qué la gramática es disciplina, pues por serlo es verdadera.

A.– No sé qué responderte.

R.– ¿No te parece que si en ella no hubiera definiciones, distinciones y divisiones en géneros y partes, no sería disciplina?

A.– Ahora veo a lo que vas; porque yo tampoco concibo una disciplina donde no haya tales elementos y discursos para declarar la naturaleza de las cosas, dando a cada una lo que se le debe, sin omitir nada de lo que le pertenece ni añadirle lo que sea extraño; tal es el oficio de la disciplina.

R.– Pues ahí tienes el fundamento de la verdad de la disciplina.

A.– Todo es consecuencia de los asertos anteriores.


21. R.– Ahora dime: ¿a qué arte corresponde definir, dividir y distribuir?

A.– Ya te he dicho que a la que regula los razonamientos.

R.– Luego la gramática ha recibido su ser de disciplina verdadera de la dialéctica, a la que has defendido de todo reproche de falsedad; y esto no debe limitarse a la gramática, sino extenderse también a las demás artes liberales. Porque has dicho, y con verdad, que ninguna disciplina se dispensa de definir y dividir, y eso mismo le da la dignidad de tal. Si, pues, ellas son verdaderas por ser disciplinas, ¿negará alguien que es la misma verdad la que hace verdaderas a todas?

A.– Estoy por asentir a tus afirmaciones, pero me detiene el pensar que la misma dialéctica la contamos entre las disciplinas. Por lo cual creo que, gracias a aquella verdad, tiene razón de verdadera disciplina.

R.– Muy aguda es tu respuesta, pero con eso no niegas, según opino, que ella también es verdadera por ser disciplina.

A.– Es precisamente la razón que me hace fuerza, pues he advertido que es disciplina, y por eso es verdadera.

R.– Entonces, ¿crees que ésta pudo ser disciplina por otra causa que por las definiciones y divisiones en ella introducidas?

A.– Nada tengo que oponerte.

R.– Luego si a la dialéctica pertenece tal oficio, es por sí misma disciplina verdadera. ¿Quién se maravillará, pues, de que aquella ciencia por la que son verdaderas las demás sea por sí misma y en sí misma la verdad verdadera?

A.– No hallo dificultad en admitir lo que dices.


CAPÍTULO XII

DE CUÁNTOS MODOS ESTÁN UNAS COSAS EN OTRAS



22. R.– Atiende ahora a lo poco que falta.

A.– Di lo que quieras, con tal que lo entienda y te lo conceda gratamente.

R.– De dos modos sabemos que una cosa puede hallarse en otra; uno de modo separable, pudiendo hallarse en otra parte como la madera en este lugar o el sol en el Oriente. Otro es de modo inseparable, como en esta madera la forma y la naturaleza que le es propia; en el sol, la luz; en el fuego, el calor; en el alma, las artes, y en otras cosas semejantes. ¿No estás de acuerdo?

A.– Esa distinción me es muy conocida y entendida desde los primeros años de la adolescencia; por lo que si se me pregunta sobre eso no puedo sino asentir sin dudar.

R.– ¿No me concedes igualmente que lo que inseparablemente se halla unido a un sujeto, en faltando éste, no puede subsistir?

A.– También me parece una consecuencia necesaria; pues permaneciendo el sujeto, puede realizarse lo que hay en él, como es notorio al que bien considera estas cosas. Así, por ejemplo, el color de un cuerpo humano puede cambiarse por enfermedad o por los años, sin que él perezca. Pero no ocurre lo mismo con todas las propiedades inherentes a un sujeto, sino en aquellos para cuya existencia no son necesarias. Para la existencia de esta pared no es necesario el color que tiene, y por eso, aunque se blanquee o pinte de negro o de otro color, seguirá siendo y llamándose pared. Pero el fuego, si pierde su calor, dejará de ser fuego; ni podemos llamar nieve a lo que no es blanco.


CAPÍTULO XIII

DONDE SE COLIGE LA INMORTALIDAD DEL ALMA



23. Sobre tu pregunta: «¿Cómo es posible que lo que va unido a un sujeto permanezca dejando de existir éste?», te diré que es absurdo y falsísimo sostener que puede subsistir una cosa faltándole el soporte, al que va ligada indefectiblemente su existencia.

R.– Luego hemos llegado adonde queríamos.

A.– ¿Qué me dices?

R.– Lo que oyes.

A.– ¿Luego se colige ya la inmortalidad del alma?

R.– Clarísimamente, si lo que me has concedido es verdad, a no ser que sostengas que el alma, aun después de muerta, sigue siendo alma.

A.– Lejos de mí asentar tal proposición, pues al perecer, deja de ser alma. Ni me aparta de esta sentencia lo que han dicho grandes filósofos, a saber: que todo principio vivificante, doquiera se halle, no puede ser sujeto de muerte. Pues aunque la luz, entrando donde quiera, ilumina un lugar, y por la maravillosa fuerza de los contrarios no admite en sí tinieblas, sin embargo puede apagarse, quedando a obscuras el lugar. Así, lo que resistía a la oscuridad, sin admitirla de algún modo en sí, extinguiéndose, da lugar a su contrario, como podía haberle dado retirándose. Por lo cual temo que la muerte sobrevenga al cuerpo, como la oscuridad a un lugar, sea retirándose de él el alma igual que una luz o extinguiéndose allí mismo. No hay, pues, seguridad alguna contra la muerte corporal, y ha de desearse cierto género de muerte con que se separe el alma viva del cuerpo para ir a un lugar donde no pueda morir, si es posible esto. Y si ni aun esto puede ocurrir, porque el alma se enciende en el mismo cuerpo, como una luz, sin poder subsistir sola en otra parte, y toda muerte consiste en la extinción del alma o de la vida en el cuerpo, entonces habrá de escogerse, según lo permite la humana condición, un género de vida tranquila y segura, lo cual no sé cómo puede lograrse, siendo el alma mortal. Dichosos mil veces los que lograron la certeza por convicción propia o autoridad ajena de que no se debe temer la muerte, aun cuando sea mortal el alma. Pero yo, desgraciado, no he podido conquistar esta certeza con ningún razonamiento ni autoridad.


24. R.– ¡Deja todo lamento! Inmortal es el alma humana.

A.– Pero ¿cómo lo demuestras?

R.– Con las premisas que tú me has concedido muy cautamente.

A.– No recuerdo haberte hecho ninguna afirmación imprudente; con todo, hazme un resumen, te ruego; veamos adónde hemos llegado con tantos rodeos, ni quiero ya que me interrogues más. Para sintetizar el resumen de mis concesiones ya no hacen falta preguntas. ¿O es que quieres retardar mi gozo por el éxito de nuestro discurso?

R.– Te daré gusto, pero atiéndeme con mucha vigilancia.

A.– Habla ya, atento estoy, ¿a qué me atormentas?

R.– Si lo que pertenece a un sujet

06/06/2005 ir arriba
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