«La gente tiene necesidad de lo sagrado y las sectas lo aprovechan»
Altagracia Domínguez - Madrid.- La Razón, 09.10.2002
Sin duda es una mujer especial. Ama la cocina y el campo (vive con caballos, perros, gatos y cabras). Le gusta tocar la flauta, leer y, sobre todo, escribir. La autora de «Donde el corazón te lleve» y «Respóndeme», ha fundado varias asociaciones benéficas y dice odiar todo lo que sea estrecho: desde los vestidos hasta los sentimientos y las ideologías. Susanna Tamaro, de 44 años y una de las heroínas de la literatura actual (nueve millones de copias vendidas de «Donde el corazón...»), vive esquivando las tortas lo mejor que puede en un mundo en el que parecen pulular las malas lenguas. ¿Será la envidia?
Ella misma, aburrida ya y algo ajena, confiesa: «Han dicho de mi que he intentado suicidarme, que soy una neurótica, budista, new age, fascista e integrista católica». En fin, una cosa es cierta, y es lo que ha dicho de sí misma en una entrevista concedida a Michele Brambilla y recogida en el libro «Gente que busca. Entrevistas sobre Dios», del periodista italiano. Susanna no se avergüenza de publicar en la revista «Familia Cristiana» y en San Paolo, una gran editorial, pero... católica. Es decir, una editorial, «perteneciente a otro mundo , ignorado por la cultura oficial», en palabras de Brambilla.
«Soy católica»
Incluso en el mundo católico hay quien piensa que es adepta de la Nueva Era (New Age). «Eso es una estupidez explica Susanna al periodista. Yo creo que Dios se ha encarnado en Jesús, que ha muerto y ha resucitado. Soy una católica practicante, no una secuaz de la New Age. La cual, es una espía de la necesidad de sagrado que tiene la gente, y esto debería, más bien, hacer reflexionar a los sacerdotes: si tantas personas terminan en ciertas sectas o movimientos, quizá es porque la Iglesia no consigue responder a la demanda de lo sobrenatural». Y añade modestamente: «A veces, me parece, se insiste demasiado en la ética, con el riesgo de mostrar la fe como un paquete de preceptos y no aquel mensaje de profunda liberación que es. Sólo quien vive la fe experimenta cuánta paz viene del respeto de la ley de Dios.
En su última obra, «Ánima Mundi», una religiosa simboliza la Gracia, con la que Susanna quiere mostrar que la Salvación viene de fuera, dando así una lección a los que se creen amos de su vida y del propio destino, y no aceptan la idea de ser salvados por Otro. «Mis libros no son de consumo, sino de reflexión, si los críticos me censuran no me importa nada». Queda patente la decisión de esta mujer de no ocultar su fe con la intención de hacer guiños al mercado.
Para Susanna cada palabra es una semilla y el terreno donde se siembra es el corazón del hombre. Recientemente decía durante un discurso pronunciado en el Encuentro Internacional para la Paz organizado por la Comunidad de San Egidio: «Hay palabras instigadoras y palabras reflexivas, palabras que explotan en forma de rabia y de resentimiento y otras que, en cambio, son capaces de detener cualquier tipo de explosión. Precisamente por eso la escritura consume, porque es un peso, y ahora más que nunca, una responsabilidad».
¿Y cómo construir la paz? En su alocución apuntaba que el mal no se puede vencer con el mal, pero tampoco con la retórica del bien y de los buenos sentimientos. «Combatir el mal con el mal conduce a un círculo vicioso cada vez más estrecho. Tendremos que sembrar más palabras continúa. Palabras que golpeen, que hieran. Palabras que hagan levantar la vista. Palabras que, en la estación justa, sepan germinar y transformarse en plantas. Las plantas de la esperanza, del amor y la misericordia».
Idolatría
Tamaro no tiene reparo en hablar de la existencia del pecado, y así, nos advierte de que «el pecado de este tiempo y de todo tiempo no es el mal, sino la idolatría. Ella es la que conduce al hombre a la deriva y transforma la historia en una carrera sin frenos hacia la aniquilación.
En cuanto a la paz interior Susanna explica que practica el yoga y las artes marciales porque le ayudan a la reflexión, el equilirio interior y también a la oración, pero las considera tan sólo técnicas. Sabe que a Dios no se le alcanza a fuerza de puños y admira la sencillez evangélica, que es la que nos acerca a la entrada al Reino de los Cielos.
Revista: SHARE INTERNACIONAL
Ejemplar: Enero/Febrero 1998
Título: Cuando la literatura sirve al corazón
Autor: Entrevista a Susanna Tamaro por Carmen Font
Cuando la literatura sirve al corazón
Entrevista a Susanna Tamaro por Carmen Font
Susanna Tamaro (Trieste, 1957) no es una escritora de éxito convencional. En 1976 se traslada a vivir a Roma, donde se dedica durante varios años a realizar documentales científicos para la televisión. Es una apasionada de la zoología y las ciencias naturales, y por muchos años consideró la literatura como algo ajeno a su vida. No obstante, ante su gran sorpresa, a los 23 años empieza a escribir, y hasta ahora no ha parado. Tras publicar La cabeza en las nubes (1989), Para una voz sola (1991), y varios relatos para niños: Papirofobia (1994), El Círculo Mágico (1995), saltó a la fama internacional con su libro Donde el corazón te lleve (1994), convirtiéndose en una de las escritoras de mayor éxito de Europa; Su Anima Mundi (1997) vendió 5 millones de copias en todo el mundo. Ahora varios editores le ofrecen contratos millonarios que ella rechaza con toda naturalidad, ajena al reconocimiento y la fama. Mientras tanto, sus libros siguen ocupando tanto los escaparates de las librerías más respetables como las alternativas, deseosos, quizás, de entender mejor nuestra relación entre lo espiritual y lo humano
SI: Varios intelectuales, particularmente en Italia, y refiriéndose a tu último libro Anima Mundi, dicen que es literatura engagé, alegando que es anticomunista – por caracterizar negativamente a un partisano –, conservadora y mística por tu apología a la compasión y el amor. ¿Cuál es tu reacción ante estas críticas?
ST: Me ha sorprendido mucho esta polémica que ha girado entorno a mi libro. Todavía no consigo hacerme una idea clara de donde viene, si no es pensando que se deba al resultado de una lectura superficial, mezclada con prejuicios y clichés culturales que nada tienen que ver con la verdadera esencia de este libro.
Anima Mundi es una obra que trata sobre el mal y la devastación que han atravesado este siglo y, por lo tanto, era inevitable hablar sobre la acción producida por los regímenes totalitarios comunistas. Pero evidentemente, aunque haya caído el muro de Berlín y se sepa que en la Unión Soviética han muerto sesenta millones de personas por "razones de estado", hablar de estas cosas se considera, todavía, un tabú.
Yo he nacido y crecido en las fronteras con la ex-Yugoslavia y por lo tanto he vivido muy de cerca esta realidad histórica, que forma parte de mi humus narrativo, mi temática al escribir.
SI:¿Pues entonces qué es lo que no entienden o no quieren entender tus detractores en el análisis del alma humana que haces en tus libros?
ST: Los grandes detractores de mi libro han sido, principalmente, detractores "a priori": Yo he cometido el error de escribir un gran best-seller como Dónde el corazón te lleve y ese error se tenía que pagar. El libro no ha sido leído por los "críticos", sólamente lo han ojeado con impaciencia – basta pensar que las críticas fueron enviadas a los periódicos pocas horas después de haber recibido materialmente el libro – y sacando una palabra por aquí y una frase por allá han dictado su sentencia.
Por tanto, han querido hacer pasar el libro por un manifiesto político – "Tamaro fascista" cuando en realidad se trata de un libro de riqueza espiritual muy potente, muy fuerte. Quizás ha sido esto, sobretodo, lo que les ha molestado.
SI: En cambio, para tus millones de lectores en todo el mundo, tus libros serían como un chorro de agua fresca por la mañana: te lavas la cara y te das cuenta de que es mejor que el perfume para despejar tu sueño, motivo por el cuál recibes miles de cartas de lectores diciendo que tus libros han cambiado su vida. ¿De qué manera crees que tus libros pueden haberles influido, y por qué?
ST: Creo que muchas personas pueden sentirse identificadas en mis libros y en el camino que recorren mis personajes. Estamos atravesando un período de mucha inquietud y hay una gran necesidad de restablecer el sentido de los valores. La cultura de este siglo no ha hecho más que destruir. Yo pienso al contrario, que ha llegado el momento de construir, de reconstruir los valores de la vida humana, mirando hacia un camino de conciencia, conocimiento interior.
SI: Seguramente, todo esto tendrá que ver con algunas frases de tu libro: "A estas alturas puedo decir que el mal de nuestro tiempo es ese: la inteligencia soberbia, alimentada solamente de sí misma" y "cuando ante ti se abran muchos caminos, y no sepas cuál recorrer ... quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve". Si la razón por sí sola no basta, sino una especie de intuición, ¿cómo se puede aprender a confiar en nuestra intuición y a diferenciarla de un mero capricho instintivo?
ST: No he creído nunca que la morada de la inteligencia verdadera sea la cabeza. Como persona cercana a la verdad espiritual, siempre he percibido el corazón como base de la complejidad y la riqueza humana. En el (verdadero) corazón, para una persona creyente, se vive y se manifiesta la parte divina que hay en cada uno de nosotros. Es la anulación de esta parte lo que ha llevado a considerar al corazón como un caballo desbocado, del que no te puedes fiar y que es irracional; pero entonces, la cabeza, como pensamiento exclusivamente racional, ha tomado las de ganar, con todos los clamorosos desastres que se han seguido de ello.
La mayoría de hombres y mujeres viven extraños a sí mismos precisamente porque han distinguido estas dos realidades: el corazón, aparentemente en silencio, y la cabeza, que habla demasiado. De esto no puede nacer nada bueno. La inteligencia del corazón es más elevada porque comprende en sí misma la racionalidad y la intuición, el amor y la compasión.
SI: Más bien da la impresión de que el nivel de esa intuición dependerá de un cierto grado de conciencia individual. ¿Cómo se cultiva, o se hace avanzar, esa conciencia individual, y de dónde crees que procede?
ST: Creo que para hacer avanzar la conciencia es necesario, antes que cualquier otra cosa, reintroducir en nuestras vidas el silencio y la meditación. Sólo separando el ininterrumpido – y a veces inútil – flujo del pensamiento, puede el hombre empezar a reemprender el contacto con la parte más profunda de su ser.
SI: ¿De qué forma influye la práctica de la meditación en ese sentido? Tú misma creo que practicas Meditación Trascendental.
ST: Considero muy importante cultivar los espacios donde lo sagrado que mora en el cuerpo se pueda manifestar. En mi vida practico regularmente el yoga, la meditación y la oración. Tres formas para manifestar un deseo de unión y condivisión con el absoluto.
SI: Si desde una transformación personal se pueden cambiar cosas más grandes, ¿qué papel desempeñan las ideas e ideologías en este siglo y el venidero?
ST: Siempre he tenido una opinión muy negativa de las confrontaciones por las ideologías, de todas las ideologías. En el momento en que hay una idea hay una división, y todo lo que divide no es nunca bueno. Nuestro siglo – el siglo breve – ha manifestado demasiado la explosión masiva de las ideologías, una explosión que ha provocado y continúa provocando centenares de millones de muertos. Yo espero, en el fondo de mi corazón, que en el milenio que viene haya poco espacio, por no decir ninguno, para las ideologías. El único cambio que podrá aportar madurez y estabilidad a la sociedad humana es aquel que madura en cada uno de nosotros, reconociendo la responsabilidad de nuestro camino y el camino del prójimo.
SI: En ciertas escenas de tus libros introduces conceptos como la reencarnación, por ejemplo cuando la nieta de Olga (en Donde el corazón te lleve) empieza a relatar existencias pasadas y a hablar en una lengua extraña en el parvulario, y la ley de causa y efecto, como cuando el mismo día en que el amante de Olga muere, a ésta se le desploma el armario. ¿Cuál era tu objetivo aquí?
ST: Quería decir que la realidad esconde vínculos mucho más misteriosos de lo que podemos vislumbrar con nuestra simple inteligencia. Detrás de la apariencia del mundo hay una trama indivisible y muy potente, que es la trama del espíritu. El hecho de que esta realidad pueda manifestarse a menudo escapa a la racionalidad, y entonces ganan los mismos límites de la materia: es el espíritu de Dios que está presente desde el primer momento de la creación del mundo.
SI: ¿Entonces qué pasa con el destino? En la vida de tus personajes, algunos se dan cuenta de que su existencia ha consistido en cosas que "tienen que suceder" – como así lo dice Olga en cierto momento, y otras que dependen de una elección: "Dios nos da la posibilidad de elegir. El bien y el mal están en nuestras manos. No hay nadie que nos haga la papilla. Si no, qué significado tendría nuestra vida si todo estuviera preestablecido?"
¿Cómo se relacionan, pues, lo predestinado y lo elegible? ¿Y qué te hace pensar que en la comprensión de este equilibrio está la base de nuestra existencia?
ST: Detrás de cada existencia humana hay un proyecto de crecimiento. Hay crecimientos lentos y crecimientos rápidos, crecimientos fatigosos. Cada crecimiento requiere unas ciertas dosis de obstáculos y dolor.
Ante estos obstáculos – que son diversos para cada existencia – no tenemos la capacidad de escoger. Cada obstáculo – o sea, cada prueba mandada por el destino – nos pone ante una bifurcación, ante una posibilidad de escoger. Podemos decidir afrontarlo, o quizás podemos escapar, podemos odiar o perdonar. El escoger hacia una dirección u otra nos puede llevar hacia nuestro destino de conocimiento y maduración interior, o por el contrario, hacia su abdicación. Ahí está la elección. Entre cumplir el propio destino o abandonarlo.
SI: Dónde reside y qué es pues, para ti, la verdadera espiritualidad del hombre?
ST: La verdad espiritual del hombre reside en reconocer en sí mismo la llamada divina y cumplirla.
SI: ¿Crees que aplicar esta noción de espiritualidad en nuestras vidas es, no sólo necesario, sino un poco la tónica de nuestro tiempo? Sobretodo en la forma en que esta espiritualidad aplicada hace cambiar nuestras estructuras políticas, por ejemplo.
ST: Creo que en los últimos años se ha manifestado una necesidad de espiritualidad cada vez mayor, en un número de personas siempre más grande. El verdadero problema es, de hecho, el de los políticos, porque los políticos son hombres con poder, y como hombres de poder están casi siempre muy lejos de cualquier intuición no-materialista. La esperanza es que una gran fuerza de pregaria y meditación consiga crear personas nuevas también dentro de la política, personas capaces de mirar hacia un horizonte que hasta ahora, en este universo específico, ha permanecido velado.
"¡Respóndeme!"
publicado el próximo 24 de enero 2002
"Es un trabajo terrible, que agota física y mentalmente, al menos como yo lo vivo. Es el trabajo de asumir el dolor, de hacerlo aflorar, transformarlo, hacerlo comunicación: un trabajo que mina la salud, seguramente".
ROMA, 16 enero 2001 (ZENIT.org).- Susanna Tamaro, la escritora que ha ganado fama internacional con libros como "Donde el corazón te lleve" o "Anima Mundi", saca ahora un nuevo libro en el que Dios se convierte en protagonista.
La popular escritora, explica en una entrevista, concedida al programa "Raíces y traiciones" ("Radici e tradimenti"), de la RAI (televisión pública italiana), que será transmitida el próximo 20 de enero, que se trata de una obra que le ha hecho sufrir mucho.
Con libros traducidos en 42 idiomas y con 15 millones de ejemplares, es lógico que "¡Respóndeme!", este es el título (el original italiano es "Rispondimi!"), cree expectativa. Mientras ojea el índice, Tamaro (Trieste, 1957) reconoce que el volumen es una serie de preguntas planteadas "a Alguien que está arriba. Tiene una línea común con mis otros libros, la de la desesperación humana, la condena, la autocondena. Un libro que me ha hecho sufrir mucho pero que, ahora, es un hijo que amo".
La escritora evoca en la entrevista una pequeña iglesia aislada, en la montaña, a la que solía ir de joven. "Era seguramente una llamada hacia lo Trascendente --relata--, hacia la relación con el Absoluto que está dentro de nosotros, que a los veinte años puede estar todavía larvado pero que pide una respuesta".
Susanna Tamaro cuenta su larga búsqueda infantil de este Absoluto. Primero en los números, buscando el "supernúmero". Luego, en las diversas manifestaciones de la fe, en las confesiones conocidas, o en la doctrina del catecismo, que la dejó desilusionada. Siguió haciéndose preguntas intensas, tales como la de la muerte, para las que no encontraba respuesta.
"Nada --confiesa--. Estaba desesperada. No sabía qué respuesta darle. Me bastaba ver a una persona muy anciana por la calle para romper a llorar: pensaba que dentro de poco yo estaría muerta".
Su abuela Elsa, de origen judío, con quien se sintió muy unida, tampoco le dio una respuesta que la convenciera. Era una soledad atormentada en la que la pregunta se hacía cada vez más urgente.
"El cristianismo es una fe muy severa, no es para nada "buenista". Ha sido transformado en una cosa meliflua, pero es muy exigente. Yo creo que la fe es un profundísimo viaje interior para encontrar al Otro, que para mí tiene el nombre de Cristo. También yo encuentro a mucha gente que siente que cree en algo, en las nubes, en la naturaleza... pero creer en el Resucitado es otra cuestión, se sale de lo genérico. Es algo que cambia la vida, no algo que aporta pequeñas mejoras: un poco más bueno, más generoso y luego a lo mejor voy al Paraíso... Creo que la fe es vivir el Paraíso ahora, empezar desde aquí".
Terminado el libro, la autora se siente extenuada: "Es un trabajo terrible, que agota física y mentalmente, al menos como yo lo vivo. Es el trabajo de asumir el dolor, de hacerlo aflorar, transformarlo, hacerlo comunicación: un trabajo que mina la salud, seguramente".
Un don, indica Susanna Tamaro, una capacidad mimética y de absorción que, reconoce, da un poco de miedo y le impide escribir un libro al año: "Es un larguísimo trabajo de fatiga interior. No es un oficio, es algo... en mi opinión, misterioso. Hay una parte de oficio, naturalmente, pero es una parte minúscula".
ENTREVISTA EN LA RADIO TELEVISIÓN ITALIANA
Susanna Tamaro intervistata dopo l"inatteso successo di "Va dove ti porta il cuore".
Come si convive con un successo così grande ?
Con una grande emozione, ma anche con un grande terrore perché è una cosa che non ci si aspetta, assolutamente imprevedibile e che scuote la vita in profondità.
Hai avuto tanti consensi, primo tra tutti quello dei lettori, qual è la cosa ricorrente che ti dicono?
Mi ringraziano per avere scritto un libro che, senza scivolare nel sentimentalismo, parla della profondità dei sentimenti e della vita; inoltre molti mi dicono che, dopo avere letto il libro, guardano alla vita con occhi nuovi, amandola con più profondità. Questo, per uno scrittore, è una grandissima emozione.
In genere nei titoli la parola cuore non viene mai utilizzata, come mai tu l"hai scelta?
È stata una provocazione. Ci vuole coraggio a scegliere un titolo "da baci perugina". È successo che un giorno in libreria ho trovato queste parole su un vecchio libro giapponese; come nei fumetti, mi si è accesa la lampadina e mi sono detta che questo doveva essere il titolo di un libro, il cui senso era quello di trovare il cuore di sé stessi per imparare ad ascoltarlo e seguirlo.
Qual è la corda che ha toccato questo libro nei lettori?
Diverse corde, abbastanza vicine. Il libro parla dell"anima - un argomento dimenticato da tanto tempo - e della ricerca in sé stessi, del senso della propria vita. In questi anni piuttosto bui secondo me apre uno spiraglio e una speranza.
Tu scrivi libri per bambini e per adulti, dopo questo grandissimo successo, che accadrà?
Non lo so nemmeno io. È un po" come dopo un incidente in macchina: non si sa se superare la paura e ricominciare subito a guidare, o non farlo mai più.
Così anch"io, non so se scrivere subito qualcosa o aspettare. Comunque non farò niente di cui non sarò pienamente convinta.
Come modifica la vita un grande successo?
Sono contenta che sia arrivato adesso, che ho trentasette anni e ho già scritto quattro libri. Il successo con il primo libro, forse, può essere devastante e far perdere le coordinate della vita di uno scrittore. Io le coordinate le ho ben precise e sono determinata a seguirle. Nonostante ciò mi sento… invasa: dai mass media; invasa dai sentimenti negativi di molte persone; ma anche dai sentimenti dei lettori. Sono tutte cose che colpiscono in profondità e bisogna riuscire a schermarsi per mantenere un nucleo di vita pacifica.
L"essere cintura nera di karatè ti ha aiutata?
Mi ha fatto assolutamente sopravvivere: nella pratica letteraria mi ha insegnato la sincerità e la coerenza con me stessa, indispensabili per produrre qualcosa di vero; nella vita mi ha insegnato una stabilità nell"approccio con l"esterno, fondamentale per non farmi travolgere dalle lodi o dalle malignità.
Quanto ti sei messa in gioco scrivendo "Va dove ti porta il cuore"?
Completamente. Ci ho pensato a lungo. Volevo scrivere un libro sulla ricerca interiore. Ho pensato a diecimila forme, diverse da quella del diario, alla fine ho capito che non dovevo avere paura di scegliere quella più diretta.
Appena finito, il libro mi ha terrorizzata, perché era molto intenso e temevo che i tempi non fossero pronti.
VIDEO ENTREVISTA CON SUSANNA TAMARO . Copiar en el navegador la siguiente dirección
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RESPÓNDEME , de SUSANNA TAMARO
Primer Capítulo
En el fondo sólo quedaba la Navidad del año pasado, las últimas vacaciones que pasé en casa de mis tíos. Hacía frío y el pueblo se hundía en la niebla. La vida allí era aburrida como siempre, nadie llamaba por teléfono, nadie venía a buscarme. Mi tío se dormía frente a los ballets de la televisión, mi tía hacía grandes colchas de croché. En la penumbra el árbol de plástico parpadeaba como un semáforo roto.
Incluso a mediodía la niebla envolvía la casa como un sudario. Cada media hora me acercaba a la ventana para ver si salía el sol. Nunca se veía nada. De noche soñaba que tenía brazos larguísimos, tan largos que llegaban hasta el cielo. Llegaban al cielo y cogían las nubes, las apartaban una tras otra como si fueran las cortinas del cine. ¿Hay sol o no?, me preguntaba con rabia. Lo encontraba por fin, su rayo luminoso me golpeaba en mitad de la frente. Sólo me golpeaba a mí y a nadie más, porque lo había buscado yo, lo había sacado de su madriguera con mis brazos desmesurados, con mi voluntad.
En fin de año fui a la leñera y me emborraché. De fuera llegaba, intermitente, el ruido de los coches. Todos corrían en la niebla. ¿Adónde iban? Quizá, de tristeza, a matarse antes del banquete. La leña olía a moho, y brillaba, mojada como la de un galeón hundido. Estoy en el vientre de la ballena, pensaba, mientras todo me daba vueltas. Me ha tragado y no puedo liberarme. Estoy prisionera en lo más hondo de un castillo, o quizá ya estoy en el más allá y ésta es mi tumba. Se pudre la leña y se pudren ya mis huesos. Si ésta es la tumba, ¿dónde está la ultratumba? En algún momento se tendría que abrir una rendija, por algún sitio entraría la Luz. O se desatarían las llamas.
¿Debía creer? ¿Volver a caer en la trampa y creer de nuevo?
En algún sitio debía estar mi madre. Quizá ya estaba en el infierno, y por eso yo no podía verla. O quizá no había nada, nada de nada. Después de un año sólo había gusanos y después de dos, polvo.
"Reza un poco por mamá y por las almas del purgatorio", me decían cada tarde las monjas, cuando estaba en el colegio. Yo obedecía, con las manos juntas y los ojos hacia lo alto. Esperaba que, de un momento a otro, apareciera mamá, una ráfaga de luz y viento. La reconocería por el calor, por el pequeño tornado de tibieza que surgiría del estómago. El amor, me diría, la ha hecho volver del mundo de los muertos.
Rezaba y rezaba, pero lo único que continuaba encendiéndose y apagándose era una bombilla defectuosa.
¿Existía de verdad el amor? ¿Y en qué forma se manifestaba?
Cuanto más pasaba el tiempo, menos lo entendía. Era una palabra, una palabra como mesa, ventana, lámpara. ¿O era otra cosa? ¿Y cuántos tipos de amor existían?
De pequeña había creído en él, como se cree en la existencia de los duendes. Pero un día miré en las hendiduras de los troncos, bajo el sombrerillo de las setas. No había duendes ni hadas, sólo musgo, líquenes, un poco de mantillo y algún insecto.
En lugar de besarse, los insectos se devoraban entresí.
Mi madre murió cuando yo no había cumplido los ocho años. Un accidente de coche mientras yo estaba en el colegio. Recuerdo bien aquel día. La maestra me llevó al despacho de la directora. Una tenía un brazo en mi hombro, otra movía los labios: "Ha sucedido algo terrible..."
Yo me quedé quieta, sin llorar. Quién sabe si en alguna parte volveré a encontrar su perfume, pensé.
¿Por qué los rostros desaparecen con el tiempo y los olores no? ¿Cómo era su perfume, qué contenía? Seguro que agua de colonia barata, mezclada con el olor de su piel y el de jabón y talco. Mi madre siempre estaba lavándose.
En mis primeros siete años siempre estuvimos juntas. Vivíamos en un pequeño apartamento. Era alegre, vistosa, de buen color. Se iba al trabajo después de haberme acostado y, al despertar, volvía a encontrarla de pie junto a la cama. Se me echaba encima, riendo: "Se aproxima una lluvia de besos..."
Así era y así, pensaba yo, sería siempre.
Aún no sabía que nuestros nombres no estaban esculpidos en piedra, sino sólo trazados sobre una pizarra. De vez en cuando, alguien pasaba el borrador y una salía de la lista. ¿Lo pasaba con voluntad precisa? ¿Lo pasaba por distracción? ¿Era precisamente aquél el nombre que quería borrar, o quizá era el de arriba, o el de abajo?
Sobre la puerta de la cocina habíamos colgado una estampa de Jesús. Siempre había, debajo, una lucecita encendida. Aunque no quemaba, se movía como una llama. Jesús tenía el corazón en la mano, pero no me impresionaba, porque, en vez de descomponerse y gritar de dolor, estaba bien peinado, con las mejillas sonrosadas y sonreía sin ningún temor. "¿Quién es ese señor?", pregunté la primera vez que lo vi. "Es un amigo", respondió mamá, "un amigo que te quiere". "¿A ti también te quiere?" "Claro. Quiere a todos."
El olor de aquel día, el día de la muerte, para mí es desde entonces el del pan recién hecho. De la silla de la directora colgaba la bolsa de una panadería. De allí salía el perfume e invadía toda la habitación.
En el alféizar de la ventana una batata agonizaba en un vaso de agua sucia.
La "cosa terrible" era la muerte.
"Quiero ir donde está", dije.
"Lo siento. Ya no es posible."
En los días siguientes se superpusieron un número casi infinito de olores. El olor del hospital, un olor que no había conocido hasta entonces, pero feo, el olor de la tierra removida y de las flores que han envejecido, el olor de sus amigas, la Pina, la Giulia y la Cinzia, que me habían abrazado tantas veces, el olor de la sotana del viejo cura que tenía prisa y hablaba rápido, el olor de un bocadillo de mortadela que alguno se estaba comiendo cerca, el olor a pino del aparador que teníamos en la cocina.
Ahora era ella la que estaba encerrada en aquel aparador largo y estrecho.
Sus amigas lloraban y se sonaban la nariz. La señora que me había acompañado me cogía fuerte como si temiera que volara al cielo.
"¿Yo también tengo que llorar?", le pregunté. Movió la cabeza adelante y atrás, como diciendo "Sí". Me esforcé en llorar, pero con poco éxito. Tenía un único pensamiento en la cabeza. ¿Adónde va una persona cuando ya no está en ninguna parte?
Al día siguiente empecé a pedirle a Jesús que me dejara ciega. En el instituto me habían contado que había curado a muchos ciegos, escupiendo sobre sus párpados. Si había hecho eso, pensaba, también podría hacer lo contrario. Dicen que también ciertos animales son capaces de hacerlo: te escupen un líquido en los ojos y te hundes en el mundo de las sombras.
Esto era lo que yo quería con todas mis fuerzas. Llegar al mundo donde no hay nada, ni casas ni calles ni coches ni caras ni mañanas ni tardes. Sólo la noche. Una noche en alta mar, con el cielo cubierto, sin estrellas ni lunas ni faros en el horizonte.
Por lo general los ciegos saben dónde ir con el tacto. Yo hubiera sido una ciega distinta: me habría movido por el olfato. Sentiría el olor del semáforo rojo y el del verde, el olor de la lluvia y ese olor, más intenso, que precede a la nieve. Hubiera sentido el olor de las personas antipáticas y el de las simpáticas, el olor de aquellas de las que podía fiarme y el de esas a las que había que morder antes de que se acercaran demasiado.
Le había pedido a Jesús que me llevara a la sombra porque estaba convencida de que allí se escondía mi madre. Dando vueltas por las tinieblas, arriba y abajo, antes o después olfatearía un rastro, y el rastro me llevaría hasta ella, a la turbulencia tempestuosa de sus besos.
Olor a desinfectante, olor a menestra de verduras, a cebolla, a puerro, olor a cerrado, a polvo, a faldas sucias, olor a pipí en la cama y a jabón barato, olor a humedad,olor a incienso. En el mapa de estos olores, no reconocía ni uno mío.
En el colegio había una monja que siempre me cogía del brazo. Quería consolarme, pero me daba miedo.
¿Tenía que acostumbrarme a aquel nuevo olor de mi vida?
Todavía no estaba ciega, pero había aprendido a hacer un juego con los ojos. Cuando alguien se me ponía delante, imaginaba ser un caracol: proyectaba hacia adelante y hacia atrás los ojos hasta que todo se volvía opaco.
Sólo por la tarde me ponía contenta, cuando todas estábamos en pijama junto a la cama y la monja decía: "Juntemos las manitas y recemos a Jesús."
Jesús me había seguido de una vida a la otra y, puesto que era mi amigo y me quería, era algo bueno. Así, con las manos juntas, repetía dentro de mí: "Por favor, ya que me quieres y quieres a mamá, haz que vuelva conmigo para siempre."
Pero el Jesús del dormitorio era distinto del de la cocina. En vez de sonreír con el corazón en la mano, estaba clavado en una cruz, sucio, casi desnudo y con los ojos cerrados. Allí estaba, con su dolor, y no miraba a nadie.
Entretanto buscaban a mis parientes. Nunca había habido un padre. Mamá no tenía hermanos ni hermanas. Sus padres habían muerto hacía tiempo.
"Qué suerte", me dijo un día la de la cama de al lado, "al final te adoptarán".
Así, con el paso de las semanas, también aquél se había convertido en mi sueño. No quería otra mamá, pero me gustaría tener por fin un papá y una casa con una habitación sólo para mí, con mis juguetes y mis olores.
Un día llegó una asistente social. Tenía las mejillas rojas y un abrigo verde botella muy gastado. "Tienes suerte", exclamó con alegría. "Hoy hacemos las maletas y mañana te vas a casa de tus tíos. El tío Luciano es el hermano de tu abuelo. Está casado, pero no tiene hijos. Pasarás con ellos las vacaciones de Navidad y el verano. ¿Estás contenta?"
No dije ni sí ni no. Me quedé quieta, con los ojos de caracol que se proyectaban adelante y atrás.
A la mañana siguiente llegó mi tío a recogerme. Sus zapatos crujían mientras atravesaba el gran pórtico. En vez de darme un beso me tendió la mano: "Encantado. Soy Luciano."
Su coche tenía los asientos de plástico rojo, muy limpios. Atrás había dos cojines de punto llenos de encajes y bordados. En cada curva oscilaban como medusas gigantes. Guardábamos silencio.
"Ahora conocerás a tu tía Elide", me dijo poco antes de llegar a la granja.
Mi tía parecía esculpida en madera. Mejillas rojas y duras y una nariz muy grande. Me dio dos besos como mordiscos, diciendo: "Bienvenida."
Por la tarde la ayudé a limpiar el pollo. Al día siguiente preparamos los bizcochos para Navidad. Hablaba poco. "Pásame eso, coge aquello."
Yo tenía un cuarto en el piso de arriba, con una cama grande y fría. Había una mesa, un armario y el suelo de baldosas. Desde la ventana se veía el escaléxtric de la carretera comarcal. Vuom, vuom, hacían los coches; grrrrn, los camiones.
A menudo había niebla. En esos días los grandes Tir parecían mamuts. Emergían de la nada, como fantasmas, y por la nada volvían a ser tragados.
Aquella Navidad, bajo el árbol de plástico con las luces parpadeantes, encontré un paquete. Y, dentro del paquete, una caja. Dentro de la caja, una camisa blanca.
"¿Te gusta?", preguntó la tía Elide.
"Sí", respondí.
En realidad, la camisa blanca no me importaba en absoluto. Lo único que me hubiera gustado de verdad era un osito con quien compartir la cama. Mi osito de siempre había terminado en el mundo de la sombra, con todo lo demás.
Aquella Navidad recibí una camisa blanca, y he recibido una camisa blanca casi todas las Navidades siguientes. Una camisa cada vez más cerrada, cada vez más casta.
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