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LOS ESCRITORES Y SUS OBRAS (Ignacio Ruiz Velasco Nuño y otros)

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El corazón de la Iglesia


Harry Potter:
¿consumismo o hechizo literario?


Aprovechamos la reciente publicación de un nuevo volumen de las famosas aventuras de Harry Potter, sazonada por una bizantina y superflua polémica - para recuperar uno de los artículos que publicamos hace cuatro años, a la vez que indicamos los enlaces a otros relacionados de nuestra web.


En su cumpleaños número 11, Harry Potter, un pequeño y escuálido niño inglés –huérfano desde que tenía un año–, se entera de que es mago y por tanto tiene un lugar en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Un estrafalario y desconocido gigante le hace este descubrimiento que abre, para Harry y sus lectores, un mundo plagado de emocionantes y sorprendentes aventuras.
 

Por Ignacio Ruiz Velasco Nuño (*)

Traducidos a muchos idiomas, se han vendido por millones en todo el mundo. Las reseñas sobre los libros, su autora —su fantástica vida— y el fenómeno Potter acentúan dos aspectos: el comercial y la moda generalizada.

Así lo vemos, por ejemplo, en la vida de Joanne Katherine Rowling: parece un cuento de hadas, ya que después de diversas vicisitudes, entre ellas el fracaso de su matrimonio, regresó a Escocia con una hija de pocos meses. Sin trabajo, sólo con su seguro de desempleo, escribió su primer libro en los cafés de Edimburgo, acompañada de su hija. «Incapaz de pagarse un juego de fotocopias, pasó el original varias veces a máquina y lo envió a un par de agentes literarios. Una respuesta salvadora cambió entonces su vida» .

Sí, parece cuento de hadas, pero no lo es. La calidad literaria de la autora no es obra de una varita mágica, aunque se valga de ellas en su literatura.

J.K. Rowling ha escrito cuatro volúmenes —y ha prometido otros tres— porque conoce el mundo de la literatura y sabe desenvolverse en él. Admiradora de dos de los más grandes autores ingleses de literatura fantástica del siglo XX, J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis, se suma a su movimiento y aporta su propia visión creando un mundo que atrae a todos —como debe ser en la verdadera literatura fantástica.

No caeré en el error de decir que son obras que entretendrán a personas de 8 a 80 años, lugar común tan falso como la afirmación «todos llevamos un niño dentro». Frases así dañan terriblemente las obras al colocarlas como infantiles.

Es probable que quienes las emiten intenten superar el prejuicio racionalista y positivista revalorando los sentimientos, pero si un adulto aprecia un cuento de hadas, generalmente se debe a su calidad literaria, no a ese falso infantilismo. «A los niños no les agradan los cuentos de hadas más que a los adultos, ni los entienden mejor que ellos» .

Por otro lado, esas mismas personas suponen que las obras de fantasía «pueden pasar como» literatura, cuando en realidad son un género literario serio. Precisamente Tolkien levanta la voz y subraya que la literatura fantástica es tan literatura como Shakespeare, Cervantes o Dante. Y, por eso, se le exigirá tanto como a ellos y conmoverá tanto como ellos... o no es literatura.

¿Literatura vs. Consumismo?

El mercado parece haber devorado la obra de Rowling; tras el fenómeno de Harry Potter y la piedra filosofal el mundo anglosajón esperó el segundo volumen con miles de preventas en Internet, y millares de niños con sus padres hicieron cola desde la madrugada frente a las librerías para obtener su ejemplar: Harry Potter y J.K. Rowling habían ingresado al mundo de la mercadotecnia como un producto más.

Desde entonces ese mundo se dedicó a enaltecer a la autora para obtener su producto y aprovechar las ganancias. Firmó contratos para cine y para la producción de juguetes, ropa y miles de subproductos basados en el universo de Harry y sus amigos.

¿Es malo ingresar al mercado? Depende. Para una obra literaria puede ser sumamente dañino, corre el riesgo de perder calidad, pero también puede ser el triunfo esperado por un autor para salir de la pobreza. En el caso de Rowling es un hecho que lo consiguió y no tendrá que volver a copiar varias veces un original para enviarlo a los editores. Según ciertos periodistas, su fortuna personal es de las más cuantiosas del Reino Unido y destina muchos beneficios a instituciones caritativas y de asistencia social.

¿El éxito comercial dañó la calidad de los siguientes volúmenes de Harry Potter? No. Para beneficio de todos, la calidad literaria de Rowling parece incrementarse en cada nuevo libro.

Sin embargo, que sea un producto de moda puede ser mal precedente. La peor recomendación que nos pueden hacer a muchos es: «todo el mundo lo está leyendo». En la época de Homero seguramente era un elogio, pues pocos y críticos lectores constituían ese «todo el mundo». Pero hoy los diarios de mayor tirada suelen ser los de menor calidad y otro tanto se puede decir de las revistas o de multitud de pasquines. Ése peligro corren los libros de Harry Potter, sumado a la primera película sobre el pequeño mago.

¿Mercadotecnia o fantasía?

Para que una obra sea considerada literatura de fantasía o cuento de hadas debe, entre otras cosas, dejar claro lo mismo que las obras clásicas: la diferencia entre bien y mal. Homero lo dice de continuo y los buenos libros de fantasía lo remachan. Eso precisamente vemos en Rowling.

La verdad del relato es asunto relativamente secundario, no porque los niños se dejen engañar más fácil que los adultos, sino porque si está bien construido despertará el interés de ambos y comprenderán que «eso» es verdad en ese mundo secundario creado por el narrador. «Los cuentos de hadas, como es obvio, no se ocupaban mayormente de lo posible, sino de lo deseable. Y sólo daban en el blanco si despertaban los deseos y, al mismo tiempo que los estimulaban hasta límites insufribles, también los satisfacían».

Cuando Hagrid, el gigante, le explica a Harry que es un mago importante, una de las primeras cosas que aclara del mundo mágico es que existen magos buenos y malos, que se mezclan, es difícil identificarlos y viven en una batalla permanente. Lord Voldemort, cabeza de los malos, es «peor que peor» y pertenece al lado oscuro.

La distinción aparece de continuo a lo largo de la saga, al punto que el último capítulo del tomo IV, Harry Potter y el cáliz de fuego, describe cómo quedan las cosas para la gran batalla que afrontará el mundo mágico. En la despedida del curso de Hogwarts, Dumbledore, director del colegio y cabeza de quienes defienden el bien y la verdad, habla de un alumno fallecido:

«Recuerden a Cedric. Recuérdenlo si en algún momento de su vida tienen que optar entre lo que está bien y lo que es cómodo, recuerden lo que le ocurrió a un muchacho que era bueno, amable y valiente, sólo porque se cruzó en el camino de lord Voldemort.» (T. IV, p. 626).

En Harry Potter el bien siempre se presenta como arduo, el mal como fácil y cómodo. El bien exige sacrificios mientras el mal pone cualquier medio para alcanzar su fin. Y quien dice el bien, dice el amor. Harry se salvó de la maldición asesina de lord Voldemort porque lo protegía el sacrificio amoroso de su madre, quien murió para salvarlo.
Pero una obra literaria no necesariamente es una moraleja, y menos un cuento de hadas. Harry Potter no es un conjunto de moralejas para mentes infantiles. Es ante todo una serie de aventuras con trama propia, con una estructura magníficamente estudiada y desarrollada, no sólo coherente, también con ese toque de suspenso e intriga que atrapa al lector y no lo suelta.

Sorprende que cada nueva novela añada páginas a las historias precedentes. Parece que conforme se sumerge en el mundo mágico Rowling descubre más personajes y aventuras, monstruos, enemigos y lugares nuevos. También es capaz de hacer relativamente autónoma cada entrega, se pueden leer por separado aun sin conocer las anteriores. Sin embargo, recomiendo seguir el orden natural para disfrutarlas mejor.

El humor salta con frecuencia para romper la tensión. Por ejemplo, los personajes de los cuadros de Hogwarts tienen vida, se mueven, se visitan entre ellos, hablan, y ocasionalmente se les suben las copas en un festejo; o la frustración de Nick Casi Decapitado, uno de los fantasmas del colegio, quien no puede integrarse a una orden de caballería de fantasmas decapitados por no poder jugar polo con su cabeza.

Lo mismo sucede con la ironía que refleja situaciones muy humanas, como la del profesor de la materia Defensa contra las Artes Oscuras, quien plaga su despacho de fotografías suyas que por las noches se ponen tubos para ensortijarse el pelo y así mostrarlo más atractivo a las alumnas y admiradoras.

Sin cabos sueltos

En la obra de Rowling no quedan cabos sueltos: su capacidad para entrelazarlos es tan amplia que nadie reclama saltos de una trama a otra; las ordena adecuadamente, deja una en suspenso para retomar otra y avanzar unos pasos, hasta que cada elemento queda justificado en algún momento del relato, como una ventana abierta o la presencia de un insecto.

Es un trabajo sin soluciones fáciles, con el rigor necesario como para pedirle cuentas por un personaje que no actúa conforme a su carácter o queda excluido de la obra sin una explicación razonable. Rowling reconoció uno de esos fallos: Marcus Flint, alumno del 5° curso en Hogwarts en el primer libro, vuelve a aparecer en el tomo IV, cuando debía haber dejado el colegio porque sólo hay siete grados.

Como el último tomo de Harry Potter es de más de 600 páginas, algunos piensan que resulta arduo para mentes infantiles, pero los niños que leyeron los volúmenes anteriores se embeben también en éste porque consigue lo que tanto preocupa a literatos y maestros: atrapar imaginación y mente.

Sorprende, pues en ocasiones las frases no son sencillas, al menos en sus traducciones, y sin embargo al lector le resulta difícil dejar el libro: se encuentra con una trama en la que suspenso, miedo, situaciones inquietantes, lástima, dolor o alegría piden continuar con cada palabra, cada frase, cada párrafo, cada capítulo y cada nuevo libro.

Mientras educadores e intelectuales desarrollan planes para hacer leer a los escolares, Rowling lo logra con su magnífica pluma, estilo sugerente e imaginación dinámica que conecta con cualquier lector. Algo está pasando cuando niños desde 6 años buscan cada nuevo tomo de la serie o en las escuelas hablan con el lenguaje de los personajes de Rowling.

Me decía una persona que sólo por este hecho valdría la pena comprar y recomendar esos libros. No creo que sea suficiente argumento, hay muchos temas eróticos o sensacionalistas que pueden inducir a los adolescentes a la lectura, pero cuando se unen la calidad literaria y la distinción entre bien y mal, estamos frente a una obra poco común que crea el hábito de la lectura.

Pociones para hechizar muggles

¿Cómo lo logra Rowling? Imaginando un mundo fantástico con sus propias reglas, su propia lógica, con un sentido de realidad. Es lo que Tolkien llama creación de un mundo secundario «en el que tu mente puede entrar» . En el mundo de Harry Potter los personajes mágicos y los no mágicos, muggles, se entrecruzan sin mezclarse. El trabajo principal del Ministerio de Magia «es impedir que los muggles sepan que todavía hay brujas y magos». La razón es clara, como bien lo explica Hagrid: «Caramba, Harry, todos querrían soluciones mágicas para sus problemas. No, mejor que nos dejen tranquilos».

Me interesa subrayar que desde el primer tomo se distinguen el mundo primario, de nuestra vida cotidiana, y el secundario, que también es real dentro de su marco. Bins, el único profesor fantasma de Hogwarts, reclama este carácter para la historia de los magos frente a los mitos y leyendas que se difunden como bulos por los corredores del colegio:

«Ya basta —dijo bruscamente— ¡Es un mito! ¡No existe! ¡No hay el menor indicio de que Slytherin construyera semejante cuarto trasero! Me arrepiento de haberles relatado una leyenda tan absurda. Ahora volvamos, por favor, a la historia, a los hechos evidentes, creíbles y comprobables.»

¿Qué profesor de historia no haría reclamo semejante ante un «mito» o leyenda? Pero cuando el profesor es un fantasma y la asignatura es Historia de la Magia, las cosas cambian. No porque historia y profesor no sean reales, sino porque su realidad pertenece a otro mundo, al de la imaginación y la fantasía, con sus propias reglas y condiciones.

Por ejemplo, cuando Harry recibe una lechuza (medio de comunicación habitual en su mundo) del Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia, del Ministerio de Magia, por hacer un hechizo entre muggles sin tener la edad permitida, y además lo amenazan con expulsarlo del colegio. Y, por si eso no bastara, siempre se cita la fuente originaria de la norma: sección decimotercera de la Confederación Internacional del Estatuto Secreto de los Brujos. Harry Potter es literatura, no un mero producto de consumo.

En casa de incrédulos

Antes de su traslado a Hogwarts, Harry vivía con sus tíos, los Dursley, quienes lo despreciaban y humillaban. Forjado en esa dureza de trato, es un niño tranquilo con un carácter bien definido.

Un día, tras un aluvión de misteriosas cartas que le llegan con la descripción puntual del lugar donde habita, aparece Hagrid volando en una motocicleta y le descubre a Harry su verdadera identidad y la razón de que le sucedan cosas raras cuando se enoja o teme algo, como recuperar en una noche el pelo que su tía le cortó o liberar del zoológico a una boa gigante que cree oír hablar.

Propiamente es cuando comienza la historia imaginada por J.K. Rowling. ¿Qué es? ¿Un cuento para niños, una chifladura punk o new age? Nada de eso. Nos encontramos ante un nuevo tipo de «cuento de hadas» en el más puro sentido tolkieniano:

«Un "cuento de hadas" es aquel que alude o hace uso de Fantasía, cualquiera que sea su finalidad primera: la sátira,

Enviado por Arvo Net - 19/07/2005 ir arriba
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