Por Luis Olivera , periodista
A los 15 años entró en su primer campo de concentración, por tener ascendientes judíos. Hasta 1945, final de la II Guerra Mundial, no fue puesto en libertad. Libertad “vigilada” por la larga dictadura estalinista hasta 1989. Tardó 30 años en dar a conocer por escrito lo que allí había vivido, obra que le ayudó a “matar fantasmas”. Y, sin embargo, sonríe y habla con optimismo.
“El regenerador de la esperanza surgido del horror”, se le ha llamado. Es Imre Kertész (Budapest, 1929), el flamante Premio Nobel de Literatura 2002. Es el primer magiar en recibir este premio. Y espera de la vida “mucho trabajo”, aunque ya tiene 73 años. No habla para nada de jubilarse, aunque confía que la dotación del Nobel (un millón de dólares) ayude a mejorar su actual situación económica. No cambiará de editorial. Tenía previsto dar una conferencia en Barcelona el próximo día 25 de noviembre. En el Instituto de Humanidades.
¿Desesperanzado? No. Todas las fotos que se ven en los diarios lo muestran sonriente y junto a su esposa. La noticia del premio le cogió en Berlín, donde vive a caballo con Budapest. La editora de Kertész afirmaba que el impacto del sufrimiento en los campos de exterminio nazi atraviesa toda su obra. Pero Siv Bubklitz recordó también que si Adorno había predicho que era imposible escribir poesía después de Auschwitz, “Kertész prueba que podemos seguir considerando la literatura como una vía de salvación para el hombre”.
El hombre es el ser capaz de idear la pesadilla brutal de un campo de concentración y, a la vez, es la misma criatura que entra en él musitando una oración. Así lo contaba otro superviviente del holocausto nazi, el psiquiatra Viktor Frankl, desaparecido hace pocos años en Austria. El hombre es capaz de vencer –con su libertad interior, que nadie puede manipular—al Estado totalitario, opresor de todas las libertades individuales. Imre Kertész es otro de esos vencedores, de “una generación que se va extinguiendo”, como ha escrito Jaime Vándor. De ahí su esperanzada visión del presente y del futuro. El ha explorado cómo un individuo aislado es capaz de resistir las enormes presiones de la conformidad política y social. Y la Academia Sueca ha reconocido que ni el nazismo ni el estalinismo “consiguieron aniquilarme”.
Porque si con el fin de la II Guerra Mundial había que adaptarse a la paz, a las pérdidas tras el terror, “nos dimos cuenta de que la paz no, llegaba y que ese terror, simplemente, había cambiado de cara”. Los ‘ismos' se tocan, por ser extremos. Kertész se dio cuenta de que ambos regímenes “habían asumido plenamente la máxima de Nietzsche sobre que ‘Dios había muerto'”. Así lo recoge en “Sin destino”, su primera novela, muy autobiográfica. No han podido con él, aunque “las cicatrices siguen abiertas”. El ha tomado la bandera vital del estado anímico “de una masa, de seis millones de personas sin nombre ni apellidos. Gente a la que no sólo se le arrebató la vida, sino que también perdió toda ambición, todo destino, la razón, el deseo. Todo”.
Su resistencia a autocensurarse durante la dictadura estalinista le redujo a la soledad y al ostracismo. “Prefirió la oscuridad a la conformidad”, ha escrito el New York Times. El se niega a que su radiografía de la historia contemporánea “se convierta en un mero archivo notarial”. Kertész representa en el tribunal de la historia a seis millones de personas y a 600.000 judíos húngaros mandados a los campos de concentración. Nunca ha admitido ningún pacto de silencio. “Hitler y Stalin (..) hay muchos”. Y siendo cordial, humilde y reflexivo, está siempre tras los secretos de la conciencia humana, con un pensamiento profundo, que encierra una filosofía trascendente y personalista de la vida, en busca de la verdad interior de cada hombre.
“Cuando pienso en una nueva novela, siempre pienso en Auschwitz”, ha dicho poco después de anunciarse el Nobel. Y, a pesar de ello, Kertész “es muy jovial, profundamente cariñoso, un hombre al que le gustan mucho las celebraciones y estar con la gente”. Gracias a él, que “ha convertido el miedo al ser humano en gratitud cálida a la vida y a todo el que le rodea”. Muchas gracias a él, que ha creado literatura y cultura fecundas donde otros encontrarían sólo desolación y neurosis, ha escrito Tertsch. Gracias por armar sus obras “como un compositor” y por “admirar la música alemana”. Bienvenido sea este premio a un autor de una lengua minoritaria que todavía tiene mucho que decirnos sobre cómo somos los hombres. Nosotros.
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