Guerra en la paz
Por JULIÁN MARÍAS, de la Real Academia Española
ASÍ titulé yo mi comentario a la novela «Los cipreses creen en Dios», de José María Gironella, que acaba de morir. Estaba situada su acción en el momento en que empezaban a gestarse las actitudes, las oposiciones, los estados de ánimo que habían de desembocar en la tristísima guerra civil.
Esta novela tuvo enorme éxito. Estaba escrita en excelente prosa narrativa, sin primores de estilo, lo que hizo fácil su traducción y su éxito en otras lenguas. Se trataba de aquel momento en que todavía no se había roto la concordia entre españoles, pero ya se anunciaban las tensiones, las hostilidades que se habían de manifestar del modo más violento poco después.
La acción está situada en Gerona, simplemente presentada y vivida, sin subrayarlo. Hubiera podido acontecer en otras ciudades españolas, de cualquier región, con matices diferenciales y no otra cosa. Así fue leído y entendido este libro.
Hay personajes vivos, una familia de fuerte realidad, en que cada uno de los individuos tiene personalidad y relieve. Esta familia está rodeada de otras innumerables, y aparecen no sólo las personas individuales sino también las unidades de convivencia inmediata, como dicha familia que es el centro de la narración. Desde ella se ve una España entera, con matices, variedades de temple, diversidad de proyectos, pero sin grandes diferencias, que eran casi irrelevantes y no impedían la visión del conjunto.
Todo está centrado en Gerona, una ciudad fuertemente catalana, como el autor, pero la acción tendría el mismo sentido si aconteciera en otro lugar de España. Así era la realidad, y Gironella la presenta con fidelidad y rigor.
Desde la familia Alvear, desde unos cuantos individuos unidos por fuertes lazos de convivencia y sentimientos, se va dibujando un mapa general de la vida española. Aparecen grupos, tendencias, diversidades, hostilidades más o menos larvadas pero que no impiden todavía la convivencia ni perturban la visión del conjunto. Hay una variedad de intereses, de maneras de ver las cosas, de propósitos. Se presentan y describen tendencias que se convertirán en tensiones, pero que aún no preludian la ruptura.
Uno de los mayores aciertos de esta novela es que su centro es una fuerte unidad familiar, los Alvear, dentro de la cual los individuos tienen un relieve del que se nutre la convivencia. Desde el presente no se advierte bien lo que ha significado durante tanto tiempo la enérgica personalidad dentro de convergencias no menos enérgicas. Temo que hoy se tiene la impresión de que son dimensiones en cierto modo antagónicas y que se dificultan mutuamente. Tal vez se atenúan ambas, como si cada una se afirmara en una especie de emancipación, diríamos cada una a expensas de las otras. Pienso que esto es un error y que uno de los valores de la novela de Gironella es mostrar ello en una acción dramática, en una convivencia cada uno de cuyos elementos potencia y refuerza los demás.
Uno de los factores más importantes en un libro, tanto de pensamiento como de ficción, es el ser plenamente inteligible. Esta novela lo es, en forma narrativa, en una serie de acciones que se explican, se desarrollan, teniendo cada una de ellas presentes las demás. Podría hablarse de coherencia, que no excluye la fuerte diversidad, que terminará por llevar a la violencia y la lucha. En otros libros, con demasiada frecuencia en los recientes, cada fracción vive por su cuenta, con lo cual se pierde la referencia mutua y en último término la realidad de cada una. La discrepancia, si es real, consiste precisamente en discrepar de los demás, teniéndolos presentes, coexistiendo con ellos, componiendo un sistema de tensiones dramáticas en que la vida consiste, tanto la individual como la colectiva y la histórica.
Temo que en los últimos años se ha hablado poco de Gironella. Esto haría pensar que su obra no estaba enteramente viva, que había quedado confinada a un pasado ya relativamente lejano. No tengo datos, no estoy seguro de si «Los cipreses creen en Dios» se ha seguido leyendo asiduamente. Frecuentemente se tiene la impresión de que está vivo aquello de que se habla, que se menciona a cada paso. No estoy seguro de que sea así. Las ideas, las visiones de la realidad, los libros de cualquier género, todo eso tiene una vida que podríamos llamar subterránea, que puede ser muy activa aunque se la mencione solo de tarde en tarde, tal vez con ocasión de alguna muerte. El tejido social es otra cosa, no consiste en «menciones» o citas; transcurre de manera silenciosa, sin el rumor de las alusiones y comentarios públicos.
Si se conocieran con precisión los hechos, se caería en la cuenta de la vitalidad callada de doctrinas, autores, libros de los que se habla muy rara vez, mientras que las referencias casi cotidianas pueden ser superficiales, de escaso calado, sin consistencia. Es sorprendente la capa de silencio que cae sobre asuntos, personas, obras que estaban constantemente en primer plano de la publicidad, tan pronto como dejan de actuar fuerzas más o menos organizadas que perseguían algún fin.
Un ejemplo curioso es el olvido inmediato tras la muerte de algunos autores de los que se esperaba o deseaba el Premio Nobel, tan pronto como su desaparición ha anulado su posible «candidatura». Ya no sirven para ese propósito y automáticamente quedan fuera de juego, lo cual muestra que no interesaban ellos, sino su posible servicio a ciertos intereses de partido, región o país.
«A distinguir me paro las voces de los ecos», dijo Antonio Machado. Es una buena norma si no se quiere errar demasiado, tomar como real lo que es solo apariencia o, como dijo Quevedo «un vocablo y una figura».
Creo que Gironella estaba más vivo de lo que parecía; era catalán, pero escribía en la lengua común de los españoles, quiero decir en una de sus dos lenguas propias; es curiosa y difícilmente comprensible la tendencia frecuente a renunciar a una parte de la herencia, de lo que pertenece en propiedad: extraña vocación de empobrecimiento. Gironella era además hombre religioso; el título de su novela lo delata y al mismo tiempo lo aleja, lo deja fuera de juego. Llevamos bastantes años tratando de destruir muchas cosas, con la simple técnica de hacerles el vacío, pero la realidad es tenaz y no se deja fácilmente suplantar.
Por LLUÍS FOIX
en La Vanguardia, 6-I-2003
Decía con amargura Josep María Gironella que existía una conspiración del silencio contra él y contra su extensa obra literaria. Hoy se levantará esta cortina del olvido y los diarios dedicarán editoriales, artículos y glosas biográficas a este catalán que se convirtió en el primer escritor que intentó explicar el terrible conflicto de la guerra civil.
En unos días volverá a caer en el olvido por parte de quienes no le perdonaron que se pasara al bando franquista en la guerra, que escribiera en castellano y que hubiera intentado relatar sin pasión las causas ideológicas y sociales que llevaron a la guerra civil. Pero la obra de Gironella no se podrá borrar de la memoria de la literatura española. Como tampoco se ha podido eliminar la de Juan Sebastián Arbó que fue un fecundo y brillante escritor durante el franquismo.
Hablé muchas veces con Gironella en mi despacho de La Vanguardia cuando venía a entregar algún original implorando y hasta mendigando que se publicara un artículo porque no quería seguir viviendo olvidado. Era un hombre de profundas convicciones, extraordinariamente ácido y crítico en los últimos años, preocupado por la trascendencia, por Dios al que buscaba en la niebla y que no acababa de encontrar.
Su trilogía sobre la guerra civil que se inauguró con “Los cipreses creen en Dios” fue un reencuentro de muchos españoles con la cruda realidad de una guerra que dejó a la sociedad desgarrada, asustada, débil. Habían escrito sobre el conflicto escritores muy célebres como Hemingway, Malraux y Bernanos. Eran novelas sobre sus experiencias en la guerra civil. Gironella intenta explicar el porqué España se dividió en dos bandos irreconciliables hasta el punto de matarse unos a otros. Sus causas profundas, colectivas, sociales, no solamente económicas, la cultura religiosa y las cuentas pendientes en una sociedad que venía enfrentándose desde la primera guerra carlista.
Con una prosa suave pero muy rica, Gironella explica los orígenes de aquellas desavenencias. Podría ser muy bien uno de los muchos Episodios Nacionales de Pérez Galdós en los que el gran escritor canario disecciona la irracional y compleja sociedad española del siglo antepasado. Gironella ganó el Nadal en 1946 pero vendió muy poco. Siguió escribiendo y no llegaba al gran público. Se fue a París y desde la distancia empieza a elaborar la trilogía que le haría célebre y que le daría millones de ejemplares de ventas.
Los españoles buscaban una explicación al drama que acababan de vivir. Y Gironella se la dio con tres libros que se convirtieron en una gran éxito editorial. Acabó viviendo en Arenys intentando recuperar el reconocimiento que había tenido en los años cincuenta y sesenta. Volvió a viajar, a buscar claridad en sus dudas, visitó Jerusalén, estudió el budismo, cuestionó el catolicismo, no acabó de encajar en la Catalunya nacionalista que vendría con la democracia, habló con libertad de espíritu en medio de los altibajos de su estado de ánimo.
Hoy vuelve a ser noticia. Y lo será durante muchos años. Siempre que se quiera estudiar y conocer el ambiente que se respiraba en aquella España de la postguerra, hambrienta y aislada, peleada y cicatrizando las heridas de la guerra, con miedo para hablar del drama que pasó y sin buscar más explicaciones que las que daba un régimen que imponía radicalmente el lenguaje de la victoria. Gironella, tímidamente, empezó a introducir la necesidad del diálogo y de la comprensión en aquellas dos Españas que acababan de partirse la cara sin saber exactamente porqué.
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