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EL HEREJE (José Manuel Otero Novas)

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EL HEREJE

El carácter no histórico de la novela "El hereje", de Delibes.

Por José Manuel Otero Novas,
en su obra Fundamentalismos enmascarados
Ed. Ariel 2001.


La triste sombra de la Inquisición

El discurso anterior, acreditativo del esencial antifundamentalismo de la filosofía cristiana, siempre se ve lastrado por el recuerdo de tantas y tantas actuaciones de los cristianos en sentido contrario, y concretamente, dado lo mucho que ha calado en la cono ciencia universal, por la memoria de la Inquisición, y singularmente de la Inquisición española, que parece ser la más conocida y en todo caso la más vituperada.

Nadie, y menos que nadie un cristiano, podrá justificar nunca el fundamentalismo de la Inquisición. Me es igual que el número de ajusticiados haya sido más alto o más bajo. Incluso, a estos efectos del necesario repudio, me sería indiferente que nunca hubiera llegado a promover la muerte de nadie. Me bastaría con que hubieran obligado a comparecer en su presencia a un solo hombre, para hurgar en sus creencias religiosas y censurar coactivamente sus ideas, para reputarla incompatible con los principios cristianos.

Razón por la cual el cristiano debe pedir sinceramente perdón por esos comportamientos de la Inquisición, "fanáticos" y "terribles" en expresiones del escritor católico Joseph Lortz.

Aunque una vez señalada con toda nitidez esa posición condenatoria, no es preciso dar necesariamente por buenas y correctas todas las acusaciones que se hacen a la Inquisición. Por pura higiene mental debe aceptarse todo lo que sea verdad, pero sólo lo que sea verdad. El sistema de aplastar a los culpables, haciéndoles reconocer, junto con sus delitos, otros muchos no cometidos, para provocar su aislamiento y rechazo social, es propio de etapas negras de la historia del hombre.

Se hace necesario entonces, en relación con la Inquisición o con otros temas similares, depurar lo que hay de verdad y de mentira; o exageración, o minusvaloración, en las imputaciones que flotan en el ambiente. Y, asimismo, determinar en qué medida esos comportamientos censurables son propios o consecuencia de las características de las personas que los tienen, o son más bien un modo de actuar típico del pensamiento de la época o de un determinado ambiente, afectante a todo tipo de personas existentes en aquel momento o lugar. Sólo después de hacer esos dos juicios cabe concretar las acusaciones contra personas o grupos singulares.

EL CARÁCTER NO HISTÓRICO DE LA NOVELA EL HEREJE, DE DELIBES

Yo me he formulado los anteriores interrogantes cuando leía la novela de Miguel Delibes El hereje." Siempre es un placer leer las novelas de Delibes.

En este caso, escuché decir al propio Delibes, al presentar su obra, que no es una novela histórica. Expresamente ha querido salir de la polémica sobre la historicidad de los hechos que presenta.

Pero pese a ello, no puede evitarse que sea una novela que informa sobre la historia del reinado de Carlos V y Felipe II en Castilla y Europa. No sólo no puede evitarse, sino que el autor, dentro del libro, no lo evita y narra hechos históricos, datos reales, y emite opiniones sobre el entorno y circunstancias de aquellos hechos y datos. Y luego el editor, en la contraportada, nos la presenta, en primer lugar, precisamente como novela histórica, en segundo lugar como novela de tipo "psicológico", y en tercero, como canto a la libertad y a la tolerancia.

Es por ello que los juicios y datos históricos de esta novela cobran una gran relevancia. Porque están en una novela de Delibes, que habrá tenido la tirada típica de los grandes novelistas, que multiplicará al menos por veinticinco cualquier otra obra que se escriba para precisar los hechos históricos correspondientes.

Tanto más, cuanto que la novela de Delibes se escribe en el contexto intelectual del pensamiento "correcto" e incide sobre otras muchas lecturas que los españoles hemos podido hacer con una presentación similar de los hechos.

Yo ignoro, y carezco de curiosidad especifica por conocer, cuál sea la posición religiosa o filosófica de Delibes. Ni si ha cambiado o no con el paso del tiempo. Lo que sí constato es que cuando yo conocí su persona y su obra en los años 60, Delibes, además de gran novelista, era en España un escritor ilustre y abierto, definidamente "católico", y dentro de lo católico, sintonizando con el Vaticano II, y que hoy, consagrado por un gran prestigio, nos lo encontramos con tesis publicadas críticas hacia lo católico y lo español clásico. Quizá una y otra situación deriven de una misma realidad profunda que haya permanecido inmutable, pero sus manifestaciones externas presentan ciertos desplazamientos. En aquellos tiempos anteriores nadie iba a la cárcel por acatólico, ni hoy tampoco se entra en prisión por ser miembro de la Iglesia; pero entonces, las posiciones de Delibes encajaban muy bien en lo socialmente correcto, y hoy también; cada una de las diferentes manifestaciones, en un tiempo y en otro, son acordes con el ambiente intelectual predominante del respectivo momento. Lo cual es legítimo, no tengo absolutamente ningún motivo para dudar que sea sincero, y hasta puede ocurrir que sean expresiones diferenciadas de un mismo planteamiento interior. Mas, al margen del respeto y admiración hacia la persona de Delibes y a sus muy elevadas cualidades literarias, algo reduce su autoridad cuando, como es prácticamente inevitable en casos como éste, formula y transmite valoraciones sobre la realidad que describe.

Delibes distorsiona el entorno

En cuanto al entorno de tiempo y lugar, el autor describe una España atrasada frente a las novedades intelectuales y religiosas de Europa. No sólo es ése su continuado telón de fondo; no sólo presenta lo avanzado que se incuba en Valladolid como proveniente de más allá de los Pirineos y necesitando vitalmente de la ida a Europa para subsistir, sino que en algún momento dice expresamente que en aquellos tiempos España se "moderniza" merced a las influencias que está recibiendo de Francia.

El complejo de inferioridad español ante Europa, justificado en la realidad de los dos o tres últimos siglos, lo extrapola el novelista a. la España del siglo XVI. El pensamiento correcto, según el cual hoy nos modernizamos gracias a Europa, se convierte en un absoluto intemporal.

Es verdad que la España de Carlos V, como la de Felipe II, recibió magníficas influencias de Francia, de Alemania, muy especialmente de los Países Bajos, de Italia, etc. Pero en el balance de entonces no era España la que se modernizaba gracias a Europa, sino Europa la que se modernizaba gracias a España. Uno de los muchos signos característicos de la superioridad de España en aquellos momentos era precisamente que podía absorber y asumir cuanto de bueno veía en el mundo. Y España veía mucho en el mundo, porque el mundo era en buena medida hispánico. El juicio de Delibes es tan inadecuado, como si ahora, porque vemos que los americanos van a París a aprender a servir la mesa y a estudiar sus modas en Saint Honoré, dijéramos que Estados Unidos recibe de Francia la modernización. Estados Unidos es hoy el imperio que admite gentes e influencias de todo el mundo, precisamente porque es el Imperio, y es Estados Unidos quien moderniza a Europa, aunque aprenda muchas cosas de Europa, o de Asia, o de Latinoamérica... En la propia ciudad de residencia de Delibes, Valladolid, hay un espléndido Museo Nacional de Escultura, y allí se pueden encontrar los ejemplos de personajes como Juan de Juni (francés) o Pompeyo Leoni (italiano), que a mitad del siglo XVI, es decir, justamente en la época en que se desarrollan los hechos de la novela de Delibes, se vienen a España, porque aquí hay un gran movimiento artístico en el que pueden desarrollar su talento. Cuando en el siglo XX nuestro Severo Ochoa decide marchar a América para poder desarrollar los trabajos que le valieron el Nobel, no es porque América reciba la modernización de España, sino porque es el lugar moderno adonde han de ir los españoles que quieran tener más facilidades para descollar.

En el historiador Domínguez Ortiz leemos el siguiente párrafo, que es suficientemente expresivo y no necesita más apostillas: "... el prestigio de España y de todo lo español siguió siendo muy grande hasta mediados del siglo XVII. España seduce e inquieta a los franceses, ha escrito Joseph Pérez: "Nunca ha estado tan presente en Francia como en el reinado de Luis XIII,- se aprendía entonces el español, como hoy el inglés; se leían y traducían los grandes autores de la literatura española, empezando por El Quijote; se admiraba el teatro español; se hacen llegar de Madrid los guantes, los perfumes, los artículos de lujo que imponía la moda. Y al mismo tiempo se criticaban las baladronadas de los españoles, su orgullo y su hipocresía"."

Dentro de esa línea de pensamiento "correcto", la novela de Delibes nos dibuja un ambiente católico integrista, reaccionario, formalista, ridículo, intolerante, en contraste con el pensamiento protestante, y especialmente luterano, libre, avanzado, tolerante, fraterno espiritual. Destaca un talante español persecutorio de las ideas, que se plasma en las frecuentes quemas de libros, lo cual señala que ocurre incluso en ciudades universitarias del prestigio de Salamanca ofreciendo como contrapunto la descripción de una espléndida Primavera intelectual en Europa, con la multiplicación de más y más libros, por ejemplo, en la ciudad de Wittemberg; y como concesión a la objetividad, advierte que las quemas de libros no eran exclusivas de España, sino que también se produjeron en Amberes, ciudad casualmente estaba entonces bajo control español, con lo cual, lejos de matizar, confirma el contraste. Incluso se hacen exposiciones de simpática presentación de los principios de la reforma protestante y de sus "dogmas", mientras que ninguna explicación se hace de las tesis católicas adversas, como si las adversas fueran irracionales, supersticiosas y sólo mantenidas por la fuerza.

Y, naturalmente, el elemento católico aparece en la obra aplastando, hasta el exterminio y la hoguera, al protestante. El autor centra su novela en el episodio histórico probablemente más duro de represión española contra los protestantes, pero, seguramente, porque no pretende que sea una novela histórica, no dice que está contando algo de lo más llamativo que aquí ocurrió; ni tampoco da trascendencia ni significado al hecho de que esos protestantes que en España son víctimas y esos Estados europeos que al parecer significan la libertad y la tolerancia y el progreso, están en esas épocas protagonizando en sentido inverso unas persecuciones y derramamientos de sangre mucho más intensos que los españoles.

Los españoles que hicimos el bachillerato en las décadas de los 40 y 50 del siglo XX, hemos estudiado en nuestros libros de texto la biografía y significado de Miguel Servet. Un navarro aragonés, heterodoxo respecto del catolicismo, que además de su afición por la teología fue una autoridad de las ciencias geográfica y médica, habiendo sido el descubridor de la circulación pulmonar. En la etapa madura de su vida vivió fuera de España, y como era un prolífico escritor, a pesar de ser un "heresiarca", según Menéndez Pelayo, polemizó con Zuinglio, Ecolampadio y Calvino (no estaba muy convencido del carácter "trino" de la Divinidad), por lo que en la Europa supuestamente tolerante de entonces (según Delibes) tuvo que huir, primero a Basilea, y después de Basilea a Francia, donde vivió bajo nombre supuesto, lo cual no impidió que Calvino le denunciara al inquisidor de Lyon, quien le tomó preso; evadido de Francia, huyó a Ginebra, donde Calvino le reconoció y llevó al Tribunal de la ciudad, conocido como el Pequeño Consejo, Tribunal que hostigado por Calvino acabó condenando a muerte a Servet, sentencia que fue ejecutada haciéndole morir en la hoguera en la colina de Champel, junto al lago Leman, donde hoy existe un monumento en honor del ajusticiado. Era el año 1553, es decir, 6 y 7 años antes de los autos de fe que refleja Delibes en su novela.

Y Miguel Servet era conocido de Sebastien Castellion, un teólogo calvinista que también tuvo algunas diferencias de criterio teológico con Calvino, como consecuencia de las cuales hubo de abandonar Ginebra e ir a refugiarse a Basilea, en cuya Universidad consiguió empleo de profesor de griego. Castellion, cuando conoció el trágico final de Servet causado por su líder religioso, se consideró obligado en conciencia a publicar un libro sobre la tolerancia, como exigencia derivada de la fe cristiana, pero en aquel ambiente europeo pretendidamente (por Delibes) "liberal", tuvo la "precaución" de publicar su tratado sobre la tolerancia bajo el seudónimo de Martín Bellus, lo cual no impidió que fuera llevado a prisión por sus correligionarios calvinistas, prisión en la que murió.

Servet fue condenado por las opiniones vertidas en sus libros, y por ello fue quemado junto con sus libros. Castellion murió en prisión por libros que tuvo que publicar con seudónimo. Décadas después, la Universidad de París quema oficialmente los libros de Suárez, y el Parlamento de Inglaterra los del mismo Suárez más los de Mariana. Sin que tampoco las quemas de libros "molestos" al poder fuera "propio" de los movimientos cristianos (católicos o protestantes); ya antes lo practicaron en España los musulmanes, y no sólo respecto de publicaciones cristianas, sino de su propia fe; así se hizo, por ejemplo, con Averroes cuando el califa le destierra a Lucena, momento en el que se prohíbe la difusión de sus ideas y se queman sus obras... (véase Apéndice II de este capítulo).

Desgraciadamente, los autos de fe de Valladolid, los episodios de Servet o Castellion, o los de los libros de Suárez y Mariana, son simples botones de muestra de unas conductas que fueron abundantes y normales en la Europa de los siglos XVI y XVII, en España, en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en Suiza, en Italia, en Holanda y Flandes..., y protagonizadas tanto por católicos como por protestantes.

En la Dieta de Augsburgo de 1555, que adoptó una "paz", se reconoció a instancia de los poderes protestantes el derecho de cada príncipe para decidir la religión que pudiera practicarse en su territorio, sin más requisito que el de permitir emigrar a quienes no quisieran aceptar el cambio forzoso de creencias. Con base a ello se provocaron expulsiones o emigraciones en masa de quienes no aceptaban la fe oficial del país. Por parte protestante, además de las alemanas, son famosas las inglesas contra los católicos, y especialmente contra los puritanos que fueron elemento decisivo en la colonización de las zonas anglófilas de Estados Unidos y las promovidas por el calvinismo en Ginebra. Por parte católica, fueron muy notables las practicadas en Francia respecto de los hugonotes hasta el edicto de Nantes, y desde que Luis XIV suspendió dicho edicto en 1685 hasta mediados del siglo XVIII, como también dentro de Alemania, y ya en el siglo XVIII (1731-1732), las de Baviera.

Conocemos bastante bien los ajusticiamientos de católicos que no quisieron dejar de serlo a manos de príncipes protestantes. Es muy famoso el del político y escritor santo Tomás Moro en la Inglaterra de Enrique VIII, que naturalmente fue acompañado en las Islas Británicas de muchísimos más, sin que se libraran de esas furias los fríos países nórdicos; en el área escandinava, los católicos que se negaban a aceptar la reforma protestante eran declarados proscritos por el poder civil, y así podemos encontrarnos en las crónicas con el obispo católico de Hólar en Islandia, que fue declarado fuera de la ley por Christian III por rechazar la "conversión" al protestantismo, y como se rebeló ante ello, fue ajusticiado, junto con sus hijos en 1550.

Pero no pensemos que las persecuciones "europeas" sólo se dieron recíprocamente entre católicos y protestantes. La reforma protestante, precisamente por su base en el "libre examen", generó inmediatamente numerosos heterodoxos y sectas infractoras de la línea fundacional dentro de cada una de sus ramas. Y la posición protestante respecto de sus hermanos desviados fue todo lo intolerante que podamos suponer. No se libró de ese duro espíritu persecutorio el mismo Lutero, que aprobó los intentos de aniquilación y matanzas de sus "hijos" anabaptistas en Alemania (que alcanzaron cifras enormes). Tampoco Calvino, para quien los episodios ya relatados de Servet y Castellion no fueron una excepción, sino más bien la regla, exigió expresamente, caso de que fuere necesaria, la represión por la violencia de toda doctrina no calvinista, y contando sólo el período 1541-1546, intervino personalmente en 58 condenas a muerte por razones de ideas religiosas, amén de promover la expulsión de Ginebra de los disidentes religiosos.

Y no deja de ser sintomático que uno de los luteranos juzgados en los autos de fe de Sevilla del siglo XVI, el "jerónimo" Antonio del Corro, habiéndose exiliado después Pirineos arriba en busca de respeto para su libertad de conciencia, volvió a sufrir persecución por parte de los protestantes en su país de exilio.

Sin que esta violencia religiosa europea transpirenaica fuera sólo producto de unos difíciles momentos iniciales de la "Reforma" o "Contrarreforma". Porque cuando el siglo XVII está ya en su crepúsculo, el protestantismo calvinista inglés, a través de Cromwell, genera "el reinado de los santos", que produce unas feroces y brutales persecuciones religiosas en las islas, especialmente contra los católicos, y más aún en Irlanda. Y ya hemos visto que en el siglo XVIII se sigue practicando la expulsión de disidentes religiosos en Francia y en Baviera.

¿Cómo esta realidad puede ser marginada por Delibes, cuando bastantes de sus hitos más significativos ocurren en Europa antes y en los mismos años de los hechos que narra? Y si no la ignora, ¿cómo puede construir un relato en el que se atribuya la intolerancia al catolicismo español de la. época, como característica singular suya, y en contraste con un supuesto espíritu amplio y de coexistencia religiosa de allende nuestras fronteras?

Von Ranke, precisamente luterano, y uno de las más destacados historiadores de la Edad Contemporánea sostiene las tesis que aquí voy exponiendo: España factor de modernidad de Europa; represión protestante muy dura en Europa; ligazón entre trono y altar como consecuencia de la Reforma protestante...

Y J. H. Elliot tampoco duda en destacar la superioridad de la España de los primeros Austrias respecto del resto de Europa. Dice que "cualquiera que haya dedicado algún tiempo al gran Archivo Nacional de Simancas (tan próximo al Valladolid de Delibes), no puede por menos que quedar impresionado por la aplastante masa de documentación generada por la máquina administrativa española en los siglos XVI .y XVII. La España de los Habsburgo fue pionera del moderno Estado burocrático... La medida que España aplicaba un año (en aquellos siglos), se convertía con frecuencia en las de Europa al siguiente".

Delibes no ignora lo que yo aquí digo; lo conoce por su formación anterior y por la investigación que es evidente que realizó para acometer su novela; y como es hombre de fina sensibilidad, muy posiblemente comprendió que la imagen que su novela daba sobre el catolicismo español era injusta; acaso fue por ello por lo que salió a televisión a proclamar que no tenía pretensiones históricas; quizá se sintió obligado a encabezar su trabajo con una cita de Juan Pablo II sobre la necesidad de reconocer los atropellos perpetrados por la Inquisición.

También es probable que, por lo mismo, ya en el preludio de la novela hay unos personajes protestantes que, dialogando entre sí, anotan aspectos negativos y violentos de Lutero, coacciones de Calvino y las matanzas alemanas relacionadas con Müntzer (más de 100.000 muertos dice Delibes). Pero si con ello la buscaba, en modo alguno restableció la equidad; porque toda su novela se recrea en la descripción del catolicismo español de la época como intolerante y violento (de lo que es prueba la carta de Carlos V desde Yuste: no la reproduce en conjunto, ni siquiera en párrafos completos, sino que la va desmenuzando por frases sueltas, por goteo, con lo cual magnifica y "normaliza" aquella postura); mientras que, tras las pocas frases dedicadas por sus personajes a reconocer puntos negros del protestantismo europeo, los equilibra a continuación; en cuanto a Lutero, puntualizando su amor a la música y a la imprenta así como su condición de fiel esposo y padre amantísimo; en lo que toca a Calvino, destacando que, pese a todo, el pueblo aceptó de grado su autoridad, y la ciudad parecía un templo. Y por lo que respecta a los problemas con los anabaptistas, se dicen frases como que "en toda revolución hay excesos... No debe juzgarse la Reforma por ellos... Para los campesinos, un cambio religioso sin dinero carece de interés... Eran humanos, aspiraban a que la religión les redimiera; luchaban por una religión práctica... Lutero pudo más y los derrotó..."; con ello, salda con balanceada neutralidad algunos de los puntos negros del comportamiento europeo protestante del tiempo, y describe a continuación la Europa protestante, detalladamente y sin cortapisas ni reservas, como un supuesto paraíso de libertad y humanismo, del que dependían para subsistir espiritualmente, los pocos españoles esforzados que querían una vida humana, moderna y cristiana; españoles que se presentan masacrados por el catolicismo español del siglo, un catolicismo del que sólo se reflejan los elementos execrables.

Leyendo a Delibes en esta novela, se recuerda que la doctrina esencial que motiva la Reforma protestante junto a otras cuestiones realmente nimias, como la comunión bajo las dos especies- es el tema de la justificación luterana por la fe. La encarnación y pasión de Cristo para redimir a los hombres es tan importante que por sí misma justifica la salvación de los humanos. No importan las "obras" de los hombres, sino que la "gracia" obtenida por Cristo es "superabundante". Y según los Evangelios, el "que creyere en Mí se salvará", lo único decisivo es la fe en Cristo, y no las obras humanas.

Importa poco -para el negocio de la salvación- que el hombre se esfuerce por sacrificarse, por ser generoso...

Desde un punto de vista religioso y evangélico, cabe pensar en otros pasajes de las Escrituras marginados por Lutero, como el del juicio universal, donde la salvación se vincula a las obras, y concretamente a las obras de caridad. Pero no nos importa ahora el estudio religioso del asunto, sino el humano-sociológico.

Porque muy posiblemente, ese planteamiento protestante ha inducido al abandono de la preocupación moral por el actuar humano, al no ser condicionante de la salvación. No es que los protestantes declaren la indiferencia del obrar; pero al desconectarlo del negocio de la salvación, contribuyen a eliminar la moral heterónoma. Por ello, poco después de la Reforma, surgen en Europa las filosofías que buscan una moral autónoma, como la de Kant. Moral autónoma que, en teoría, puede ser suficiente para la vida social, pero no en la práctica, ya que las masas necesitan moral heterónoma, bien religiosa, o bien de otro tipo.

Es muy posible que la doctrina luterana de la justificación haya contribuido a la "desmoralización" de Occidente. Pues si bien Occidente no es hoy un mundo protestante, sin embargo, nuestra cultura, en buena medida es cristiana, pero con gran dosis de protestantismo, por el predominio anglosajón de las últimas centurias.

En algún momento se ha pensado que la sociedad puede perfectamente vivir sólo con las reglas del Derecho, sin necesidad de una moral. Pero esa idea se ha ido abandonando a lo largo del siglo XX. Y al constatar que la moral, al menos la moral con trascendencia "social", estaba en crisis en una sociedad secularizada, hemos montado ese espectáculo pintoresco en el que las autoridades de los Estados presionan o semicoaccionan a los grupos sociales para que aprueben códigos deontológicos (no son sólo los colegios profesionales; últimamente el mundo de las sociedades anónimas vive sometido a esa fiebre); en teoría, lo que se monta es una moral heterónama laica; en la práctica, es Derecho vergonzante y carente de la nota de "seguridad", porque los poderes públicos de este tiempo dicen no querer interferir en el campo de lo privado.

Hay quien piensa que es "pesimismo" creer que cuando el hombre ha de buscar una moral autónoma, llegará a la inmoralidad, en su conjunto. Otros creen que es realismo, pues la autonomía moral sólo es alcanzable por minorías. Y no faltan quienes son optimistas precisamente por ello, porque tienen una concepción " fundamentalista", y creen que el vacío social que esa situación crea, será llenado por otras culturas -por ejemplo, ahora, la musulmana, u otras que puedan resucitar, como la marxista- que aprovecharán la situación para dominar a Occidente e imponer su concepción de moral heterónoma, más exigente, como en otros tiempos ocurrió con Roma, o Grecia, o Egipto...

 

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05/07/2005 ir arriba
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