Por César Alonso de los Ríos
en ABC 18.I.2002
A Cela, viajero por la Alcarria, le detuvo la Guardia Civil en Budia, un pueblecito alargado, que discurre disciplinadamente entre las laderas del monte y la vega, como tantos caseríos alcarreños. Hubo un tiempo en que los habitantes de Budia estaban cabreados con Cela por este episodio: no les hacía ninguna gracia pasar a la Historia por haber nacido en el pueblo en que fue detenido el escritor. Pasado aquel primer resquemor, el Ayuntamiento terminó por dedicar al suceso una placa conmemorativa.
El viajero debió de llegar al pueblo con aires poco habituales en las gentes que, muy de tarde en tarde, se dejaban caer por allí, tales como viajantes catalanes o algún descendiente del pueblo que pudiera venía a vender alguna heredad y que enseguida se reportaban ante el cura o el juez de paz. Los guardias debieron de observar a aquel extraño ser que no acaba de tener siquiera el aspecto definitivo de un vagabundo pero que no demostraba tener un objetivo claro en la visita al pueblo. Fisgaba en nimiedades, andaba sin ton ni son y de vez en cuando tomaba alguna nota mientras miraba al campo como si se tratara de un agrimensor pero sin los bártulos de éstos.
Me ha contado Delibes que por aquellos tiempos tuvo un incidente similar con la Guardia Civil el pajarero Valverde, el que sería con el tiempo director de Doñana. Éste resultó sospechoso por pasar horas observando el cielo y tomar apuntes ininteligibles en un bloc. No le resultó fácil convencer al sargento de que los dibujos no eran escuadrillas de aviones sino bandadas de pájaros.
Cela ha dejado escrito con qué morosidad preparó aquel viaje. Hoy nos parece infantil que en 1948 pudiera tomarse aquel periplo, tan cercano a Madrid, como si se tratase de una esforzada aventura. Por lo mismo ello nos habla de las distancias enormes, culturales y humanas, que existían entre los modos urbanos y los rurales, entre el ritmo de la ciudad con tranvías y el de la vida campesina, entre la dudosa modernidad del Madrid de la posguerra y las tradiciones populares... Aquellos autobuses envueltos en nube de polvo cabeceando por páramos y vegas que tardaban un día entero en recorrer diez o doce pueblos...
El viajero Cela descubre otro sentido del tiempo a poca distancia de Madrid, como en su día Azorín, como en su día Unamuno, como Ortega, aunque en esta ocasión sin las preocupaciones regeneracionistas de aquéllos. Cela ha salido al campo para levantar acta tan solo. Se diría que quiere probar las posibilidades del lenguaje. Son apuntes como los que hace por los mismos días en sus cuadernos de viaje Julio Caro Baroja. Éste para sus quehaceres etnográficos; Cela para la pura recreación paisajística y una elementalidad antropológica. Ni un desliz de carácter ideológico. Ni una tentación retórica. Ni siquiera la mención de que por estos campos pasó la guerra hace tan poco tiempo.
El viaje, el paisaje como desafíos para el lenguaje. Dentro de poco va a surgir un tipo de viajero distinto: Juan Goytisolo, Armando López Salinas... Les interesa más la denuncia. El paisaje en la medida que debe ser transformado. El viajero ve los Campos de Níjar en función del hombre que los mira y sobre todo del hombre que los padece. Ahora estamos todavía en la palabra, no en el discurso moral. En el principio fue la palabra...
A los críticos y a los historiadores de la novela se les escurre por entre sus preocupaciones narrativas y sus pretensiones taxonómicas este libro de Cela, este viaje a la elementalidad social y antropológica, esta descripción auroral, el libro más hermoso de Cela, el más verdadero (con perdón), al que yo más quiero: el «Viaje a la Alcarria».
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