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ALGUNAS OBRAS DE CAMILO JOSÉ C (-)

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ALGUNAS OBRAS DE CAMILO JOSÉ CELA

Esas nubes que pasan; Memorias, entendimientos y voluntades; La cruz de San Andrés; El asesinato del perdedor; Madera de boj

La críticas laudatorias sobre la obra del premio Nobel de Literatura Camilo José Cela con ocasión de su fallecimiento el 17 de enero de 2002, se encuentran fácilmente en los medios de comunicación. Sin restar el gran mérito literario que parte de su obra, indudablemente tiene, parece conveniente oír otras opiniones sobre otra parte y otros aspectos verdaderamente lamentables del genial escritor. Adolfo Torrecilla ha publicado en su momento las siguientes críticas en ACEPRENSA.

Esas nubes que pasan

Camilo José Cela
Espasa Calpe. Madrid (1992). 165 págs. 675 ptas.

Esas nubes que pasan es una colección de relatos breves que Cela fue escribiendo en revistas y periódicos entre 1941 y 1945, año de la primera edición. Hasta esa fecha, Cela había escrito La familia de Pascual Duarte (1942), Pabellón de reposo (1942) y Nuevas andanzas y desventuras del Lazarillo de Tormes (1942). Aunque estemos ante uno de los primeros textos de Camilo José Cela, se aprecian claramente algunas de las constantes que luego irá desarrollando y exagerando en posteriores obras, como su habitual escepticismo. La ventaja de estos relatos es que no abundan los aspectos escatológicos o sexuales, que tanto definirán su estilo.
Los relatos que forman parte de Esas nubes que pasan guardan una cierta unidad. No son, sin más, relatos aislados y autónomos de personajes variopintos, sino que hay en ellos una "semejanza tipológica", un mismo espacio y tiempo, y una repetición de los temas narrados, muchos de ellos por los mismos protagonistas: "Mis amigos de la ciudad, vieja y marinera como un ventrudo patache, vienen ahora a mis páginas, un sí es no es melancólicos y meditativos, un entre casquivanos y grandilocuentes".
El espacio es la Galicia típicamente marinera, aunque Cela no se refiera, para dar mayor amplitud a lo narrado, a ningún lugar concreto. Al autor, además -como en otros de sus libros-, no le interesan los escenarios sino los protagonistas. De ahí que la atención se fije desde el principio de la narración en ellos (Don Anselmo, Don Homobono, Catalinita, el tío Abelardo), descritos con esa peculiar mezcla de crueldad y caridad, habitual en Cela: "Marcelo Brito, el mulato portugués, cantor de fados y analfabeto, sentimental y soplador de vidrio, con su terno color café con leche, su sempiterna y amarga sonrisa y su mirar cansino de bestia familiar y entrañable, había salido de presidio". Estas descripciones, propias de la genialidad de Cela, se acercan bastante a los futuros "apuntes carpetovetónicos", "el alcaloide -ha dicho el autor- de todo, o casi todo, lo que haya podido escribir".


Adolfo Torrecilla


Memorias, entendimientos y voluntades

Camilo José Cela
Plaza & Janés/Cambio 16. Barcelona (1993). 378 págs. 1.995 ptas.

Cela publicó en 1959 La rosa, su primer libro de memorias, un repaso de su infancia y adolescencia. En su introducción, definía la memoria como "ese hondo pozo del que pueden estarse sacando cubos y cubos de dolor durante toda una vida". Había en La rosa un cordial idealismo familiar y un medido barniz poético.
Muy distinta es esta continuación, que va desde su traslado a Madrid hasta la publicación, al acabar la guerra civil, de La familia de Pascual Duarte. Desde la intocable posición en que se encuentra, Cela ha escrito este libro para aclararse en sus recuerdos, a veces atosigadores por la cantidad de nombres que rodean al autor.
Cela insiste en los aspectos que le han hecho famoso: muchas escenas procaces, humor escatológico y sucesos protagonizados por personajes casi carpetovetónicos. Cuando habla de sus años de estudiante, hay una obsesión por dejar en mal lugar la labor educativa de la Iglesia, generalizando desde su experiencia, a veces muy condicionada por las circunstancias. No tiene Cela la intención de que sus memorias sirvan para definir su tiempo, sino sólo su vida y sus aventuras, muchas de ellas escabrosas. Y ya está. Eso sí, de vez en cuando, hay divertidos chascarrillos y aciertos.


Adolfo Torrecilla

La cruz de San Andrés

Camilo José Cela
Planeta. Barcelona (1994). 240 págs. 2.200 ptas.

Con esta novela, ganadora del cada vez más polémico Premio Planeta, añade Cela una muesca más a su visión deprimente de la condición humana. Recurre, como ya hiciera en su anterior novela El asesinato del perdedor (ver servicio 67/94) al desfile de personajes marcados por aficiones sexuales patológicas. La trama argumental es tan mínima -el sacrificio colectivo de una secta religiosa- que no sostiene en ningún momento la narración ni justifica la incesante verborrea coral de unos personajes peleles que portan, como un fardo, las abusivas obsesiones de Cela.


Adolfo Torrecilla

El asesinato del perdedor

Camilo José Cela
Seix Barral. Barcelona (1994). 238 págs. 1.700 ptas.

El asesinato del perdedor es la primera novela que publica Cela desde que en 1989 consiguiera el Premio Nobel de Literatura. En esta nueva obra continúa el camino de experimentación formal que inició en 1973 con Oficio de tinieblas 5 y que continuó en Mazurca para dos muertos (1983) y Cristo versus Arizona (1988).
Por cualquier sitio por el que abramos la novela encontramos el inconfundible aroma de Cela, que ha decidido petrificar sus principales señas de identidad: el persistente tufo escatológico y los inagotables e inverosímiles ejercicios sexuales en los que participan la casi totalidad de los muchos personajes, apenas voces, que aparecen en esta obra.
Al igual que sucedía en las novelas anteriormente citadas, Cela utiliza un sistema expresivo caótico, que le viene muy bien para desinteresarse tanto de la estructura de la novela, absolutamente reiterativa dentro de su desorden, como del resultado final, delirante e incoherente.
No hay sorpresas en esta nueva, y difícil, novela. Como opinaba certeramente el crítico literario Santos Sanz Villanueva: "Quienes han visto en el autor gallego una incapacidad para trabar un argumento y para diseñar personajes complejos tendrán nuevas y definitivas pruebas a su favor" (Diario 16, 9-IV-94).
El libro cuenta, entre líneas, y con cuentagotas, una mínima historia que -dice Cela- pertenece a la España negra, esa España que le es tan grata y que sólo existe en las crónicas de sucesos y en las obras de Cela. Mateo Ruecas, el perdedor, fue amonestado en un bar por magrear descaradamente a su novia. El juez lo encerró en la cárcel donde Mateo pasó unos terroríficos días. Al abandonar la prisión, y ante el temor de volver, Mateo Ruecas decide suicidarse. Esta breve historia está desperdigada por toda la novela; por si alguien no se ha enterado bien, Cela, al final, añade una carta -innecesaria a todas luces- en la que explica detalladamente el argumento. Este alegato contra la intolerancia se pierde en el maremágnum que forman unos personajes tocados por el característico y repetitivo humor negro de Cela y por sus peculiares obsesiones. El perdedor es el lector.


Adolfo Torrecilla


Madera de boj

Camilo José Cela
Espasa. Madrid (1999). 323 págs. 2.900 ptas.

Desde que en 1989 Camilo José Cela obtuviera el premio Nobel de Literatura ya se venía hablando de Madera de boj. Tanta expectativa había levantado esta obra que la publicación en 1994 de El asesinato del perdedor (ver servicio 67/94) y La cruz de San Andrés (premio Planeta 1994; ver servicio 165/94) apenas merecieron el interés de la crítica, que las consideró obras menores, a la espera de ésta.
Si en las dos novelas anteriores el argumento, siempre caótico e intrascendente, era una excusa para engarzar todo tipo de pensamientos y personajes estrafalarios, en Madera de boj no hay ni argumento ni protagonistas. Aquí el interés, por decir algo, lo tiene la Costa de la Muerte, lugar que Cela transforma en símbolo y en escenario de múltiples naufragios que unen el pasado con el presente; este lugar es, también, un mito que enlaza Galicia con las tradiciones célticas y la materia de Bretaña.
Mediante una técnica enumerativa que ya empleó hasta la saciedad en las dos novelas anteriores (y antes en Oficio de tinieblas 5, Mazurca para dos muertos y Cristo versus Arizona), el narrador, que se identifica con el propio Cela, viene a decirnos que en la vida no existe ningún tipo de orden ni estructura y que "la vida no tiene más desenlace que la muerte". Esta imagen, que domina toda la novela, se va desgranando en pasajes muy cortos, escritos de manera experimental, por donde van desfilando naufragios y ese inconfundible coro de personajes tipificados que forman parte de la España en blanco y negro, ancestral, que Cela ha calificado de carpetovetónica. A diferencia de otras novelas, las tendencias sexuales de sus personajes no son ni tan grotescas ni tan explícitas; en esta ocasión predomina la vena escatológica, en la que Cela, cómo no, es todo un maestro.
Los que gusten del Cela vanguardista encontrarán en Madera de boj su obra más arriesgada, ya que, prescindiendo de los ingredientes básicos de cualquier novela, Cela se vuelca de manera obsesiva en el lenguaje, recreando incluso el "castrapo", peculiar mezcla de gallego y castellano.
Para los que quedaron agotados y vapuleados con lo último de Cela, Madera de boj supone otra vuelta de tuerca en el mismo sentido narrativo y temático que ni emociona ni conduce a ningún lado; una prueba más de la incapacidad de Cela para construir un argumento y personajes que dejen poso.

Adolfo Torrecilla
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En la muerte de Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura
Adolfo Torrecilla (ACEPRENSA)

Desde que en 1942 apareciera La familia de Pascual Duarte, la literatura española está muy unida a la figura de Camilo José Cela, fallecido el pasado 17 de enero en Madrid. Cela es autor de una variada e importante obra que abarca casi todos los géneros y que le valió el Premio Nobel en 1989. Todo el mundo aprecia la imaginería verbal de Cela, a veces muy manierista, pero innovadora, creativa y sorprendente, y con una conexión muy especial con todo lo castizo. Pero desde hace tiempo sus novelas experimentales demostraban su carencia de dotes para crear una narración de envergadura y unos personajes que emocionen.


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De padre español y de madre inglesa, Camilo José Cela Trulock nació el 11 de mayo de 1916 en Iria Flavia, un pequeño pueblo gallego donde está ubicada actualmente la Fundación que lleva su nombre. Su feliz infancia está magníficamente retratada en La rosa (1959), uno de los libros más leídos, más valorados y mejor escritos de toda su literatura. Lo que le sucede desde su llegada a la capital hasta que publica La familia de Pascual Duarte en 1942 lo describe en Memorias, entendimientos y voluntades (ver servicio 49/93), el segundo tomo de sus recuerdos. Este libro tiene mucho menos interés literario, pues lo publica en 1993, cuando Cela ya es un personaje popular, y su redacción ha perdido la frescura y la sencillez que caracteriza La rosa. Además, hace gala de algo que será una constante de su literatura: la insistencia en la narración de episodios procaces.
Estética tremendista

Su primera novela es, quizás, su obra cumbre. Gran parte de la crítica coincide en señalar que los rasgos que aparecen en La familia de Pascual Duarte (1942), escrita bajo lo que se denomina estética tremendista (reflejar la realidad de manera pesimista y amarga mediante la acumulación de los efectos dramáticos y violentos), se repiten, en algunos casos de manera obsesiva, en su narrativa posterior. Esta novela es la historia de un delincuente reincidente que acaba asesinando a su propia madre. Con una prosa directa y escueta, Cela no construye una novela de trama o de ambiente, sino un cuadro costumbrista y esperpéntico. Aunque enlace con la picaresca y con el humor negro, en esta novela hay de todo menos ingenuidad y compasión.

En 1943, bajo la misma estela del tremendismo, publica Pabellón de reposo y Nuevas andanzas y desventuras del Lazarillo de Tormes, novela mediocre que subraya la fascinación de Cela por la narrativa realista española de todos los tiempos, la que va desde El Lazarillo hasta Baroja.

De 1944 es Esas nubes que pasan (ver servicio 6/93), una colección de relatos breves que Cela fue publicando en revistas y periódicos desde 1941. Aunque no se refiera a ningún lugar en concreto, estos relatos son un homenaje a la Galicia típicamente marinera, pero no a los escenarios sino a los tipos, a los protagonistas. En estas narraciones se encuentra el germen de lo que, más adelante, definió como apuntes carpetovetónicos: “el alcaloide de todo, o casi todo, lo que haya podido escribir”. A diferencia de posteriores libros de relatos, en estos Cela no abusa de los aspectos escatológicos o sexuales. En esta misma línea hay que destacar El bonito crimen del carabinero (1947), El gallego y su cuadrilla (1949), Timoteo el incomprendido (1952) y Tobogán de hambrientos (1962).

Libros de viajes

Considerada por algunos críticos como su mejor obra, en 1948 publica Viaje a la Alcarria, a la que añadirá en versiones posteriores algunos pasajes prescindibles. En el prólogo, Cela explica su opinión sobre cómo tienen que ser los libros de viajes: “Como en casi todo lo mío, salvo en algunas páginas muy de los primeros tiempos de andar yo en este oficio, las cosas están contadas a la pata la llana y tal y como se me figuraron. En esto de los libros de viajes, la fantasía, la interpretación de los pueblos y de los hombres, el folklore, etc., no son más que zarandajas para no ir al grano”. Cela se muestra heredero del espíritu viajero de los autores noventayochistas, que describieron la intrahistoria y los paisajes de España en sus páginas.

Este libro inaugura otra de las vertientes de Cela, los libros de viajes, donde logra un destacado equilibrio entre lo costumbrista y lo meramente descriptivo. Además de Viaje a la Alcarria merecen destacarse Del Miño al Bidasoa (1952), Judíos, moros y cristianos (1956) y Viaje al Pirineo de Lérida (1965), entre otros.

Consagración ya en los años 50

En 1945 comienza a escribir una de sus obras más celebradas, La colmena, que publica seis años después, tras un elaborado trabajo de redacción. Son los años del realismo social, del afán de dar testimonio de los males que aquejan a la sociedad. Por la inevitable lectura política que llevaba consigo, la novela le ocasionó un nuevo y serio encontronazo con la censura. Cela intenta atrapar el ambiente miserable y hambriento del Madrid de 1942, cuando todavía son muy visibles las cicatrices de la guerra civil. Escrita con la técnica del objetivismo, Cela hurga en la miseria moral y social, describiendo un ambiente envilecido y embrutecido donde no tienen cabida las inquietudes espirituales. La novela aglutina multitud de historias fragmentarias, sin apenas relación, pero que en su conjunto forman como las celdillas de una colmena: una imagen animalizada para reflejar la desolación de la vida madrileña y que sirve también de resumen de la negativa visión que Cela tiene del ser humano.

Experimentos con poco fruto

De 1969 es su novela San Camilo 1936, “la crónica amarga de un tiempo amargo”, donde vuelve a recuperar la ambientación tremendista posterior a la guerra civil española, empleando una estructura experimental y una técnica coral, como ya hiciera en La colmena. En 1976 fue designado senador real y colaboró incluso en la redacción de la Constitución Española de 1978. Luego vendrían sus novelas más vanguardistas y experimentales: Oficio de tinieblas 5 (1973), tan llena de sus oníricas e inconfundibles letanías y enumeraciones; Mazurca para dos muertos (1983), Premio Nacional de Literatura, ambientada en una Galicia ancestral y con mucha presencia de pasajes escatológicos y pasiones sexuales animalizadas; y Cristo versus Arizona (1988), novela arriesgada en su concepción estructural y temática, pero muy poco leída.

En 1989 recibió el Premio Nobel de Literatura por, con palabras del jurado, “la riqueza e intensidad de su prosa, que con refrenada compasión encarna una visión provocadora del desamparo de todo ser humano”.

Tras un largo paréntesis, en 1994 publica El asesinato del perdedor (ver servicio 67/94), novela insustancial y clónica, donde están presentes los reiterativos e inconfundibles rasgos temáticos y estilísticos de Cela, a pesar de que él mismo ha llegado a escribir que “cada libro que escribo es un salto en el vacío”. El mismo año obtiene el Premio Planeta con La cruz de San Andrés (ver servicio 165/94), novela que fue acusada posteriormente de plagio y que, con actitud cansina y poco brillante, incide en los mismos rasgos estilísticos que la anterior. En 1995 recibió el Premio Cervantes por el conjunto de su obra.

Su último libro ha sido Madera de boj (1999; ver servicio 141/99), novela que, para algunos, vuelve a demostrar la desbordante capacidad narrativa e imaginativa de Cela y, para otros, es una prueba más de cómo en sus últimas composiciones, las más vanguardistas, sigue siendo incapaz de crear personajes que dejen poso y de construir argumentos atrayentes que tengan una mínima consistencia y coherencia. Ante esta incapacidad, lo más fácil es recurrir al caos onírico y verbal.

Dominio del lenguaje

El rasgo que más suele destacarse de Cela es su dominio del lenguaje. Cela maneja una prosa barroca, enfática, naturalista, llena de recursos (sorprende la variada adjetivación) y de hallazgos que demuestran un profundo conocimiento del léxico español. Sin embargo, como señalaba Julián Marías en 1989, “temo que la obra de Cela quede afectada por su abuso de las zonas marginales del lenguaje, de sus registros más detonantes, indefectiblemente destinados a pasar”. Sin lugar a dudas, este singular manejo del argot popular y de las expresiones malsonantes, junto con algunas anécdotas polémicas, que reflejan también su colérico carácter, han sido los rasgos que más popularidad le han dado.

En toda la obra de Cela hay un persistente hilo conductor: su visión pesimista, cínica y escéptica de la existencia. Desde La familia de Pascual Duarte hasta Madera de boj, pasando por La colmena, Cristo versus Arizona y El asesinato del perdedor, en todas ellas y en todos sus escritos hay una preferencia e insistencia por los ambientes y los personajes desgarrados y truculentos, que denotan un profundo nihilismo vital. Esta antropología está muy presente en su narrativa, protagonizada por personajes descreídos y animalizados, y donde el sexo está unido casi siempre a la procacidad y la perversión, sin piedad ni humanidad, y donde la religión ocupa un lugar negativo, algo así como un ingrediente folclórico.

Estos rasgos son muy evidentes, por ejemplo, en La colmena, cuyas historias acumulan amargamente las vicisitudes de un abigarrado coro de personajes que sólo se mueven para satisfacer sus instintos más primarios. Esta idea del hombre la expresaba así Cela en un prólogo de 1957 a la tercera edición de La colmena: “La cultura y la tradición del hombre, como la cultura y la tradición de la hiena o de la hormiga, pudieran orientarse sobre una rosa de tres solos vientos: comer, reproducirse y destruirse. La cultura y la tradición no son jamás ideológicas y sí, siempre instintivas”.

El denominado objetivismo social con el que narra Cela –heredero de experimentos narrativos anteriores (John Dos Passos, Huxley, Faulkner, etc.)– es una trampa para ofrecer sólo una parte de la realidad, aquella que más conviene a la visión existencial del autor. Lo mismo le había pasado en La familia de Pascual Duarte, escrita bajo la estética del tremendismo, y que ofrece un pormenorizado catálogo de miserias y brutalidades. La diferencia con La colmena está en que en Pascual Duarte Cela humaniza a su protagonista con una espontaneidad primitiva pero comprensible, a lo que contribuye la forma narrativa elegida, la confesión en primera persona.

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05/07/2005 ir arriba
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