Por JULIÁN MARÍAS,
de la Real Academia Española
ASÍ fue conocido en España, e inmensamente popular, durante casi todo el siglo XIX Alexandre Dumas, nacido hace 200 años, en 1802, el mismo año que Víctor Hugo. Cuando su hijo publicó «La Dama de las Camelias», se añadió el calificativo «padre». El uso de la época era traducir los nombres propios; predominaba la impresión de que eran nombres comunes a casi todos los países europeos, en su mayoría de santos que también recibían nombres diversos. Solamente se conservaban algunas formas extranjeras, como Walter Scott, porque Walterio era igualmente exótico y menos agradable; no digamos si se llegaba a Winston.
Desde muy temprano fui lector entusiasta de Dumas. A los trece años devoré un grueso volumen que contenía «Les Trois Mousquetères» con su continuación «Vingts ans après»; muchos años después leí la tercera parte, «Le Vicomte de Bragelonne». Libros y más libros, novelas históricas que cubrían principalmente los siglos XVI, XVII y XVIII. Dumas era un fantástico narrador, que contaba con singular atractivo, de manera a la vez sencilla y brillante. Tengo la impresión de que todavía hoy es bastante leído y con agrado, lo cual significa una larga vitalidad.
La época de los Valois y la que comprende desde sus orígenes la Revolución aparecen en los libros de Dumas con una fuerza, un relieve y un atractivo que sorprenden. Si se compara la «Reine Margot» con la desvaída película del mismo título, se echa de menos el talento del novelista. La Reina Margarita, su marido el futuro Enrique IV, el Bearnés, los tremendos episodios de la Noche de San Bartolomé, todo ello aparece con una fuerza imborrable.
El ciclo de la revolución francesa se inicia con «Le Collier de la Reine». El primer capítulo es simplemente prodigioso: unos cuantos años antes del comienzo de la Revolución, se reúnen a comer en casa del Duque de Richelieu unos cuantos personajes famosos, entre ellos el Rey de Noruega, de incógnito, y el famoso conde de Cagliostro. También está la Condesa de Dubarry. La narración es minuciosa, se espera un vino precioso que ha mandado desde su palacio otro aristócrata y hay que esperar. Los personajes hablan de esperanzas, temores y zozobras; se especula con posibles causas y formas de muerte; Cagliostro inicia, con resistencia, al final con cierta pasión, los vaticinios. La alegre reunión se va volviendo dramática, se ensombrece. Es como un preludio magistral de lo que años después será la gran revolución.
Hace cosa de setenta años que leí estas páginas; las tengo frescas, como si acabara de conocerlas; retengo toda la anticipación que encerraban y que se desarrolló en unos cuantos libros espléndidos. Cuando yo los leía sabía muy poco de casi todo; el nombre de Rousseau, que aparece en las «Mémoires d´un médecin», no me decía gran cosa; cuando mucho después releí este libro, me sorprendió el acierto con que estaba evocada su figura.
La novela histórica es un género particularmente interesante. No solo por lo que tiene de novela, sino que precisamente por ello contribuye poderosamente a la comprensión de la historia. Hay enorme desigualdad en los estilos de este género novelesco, según las lenguas, los países y las épocas. A veces se desentiende de la veracidad; otras, por el contrario, acumula precisiones, datos, información. Lo decisivo, lo más valioso, es que la introducción de personajes vivos, reales o ficticios, hace que se ilumine el contexto, el ambiente, los acontecimientos. Todo eso se ve como escenarios de vidas concretas, comprensibles, que pueden ser apasionantes, con sus argumentos que se entrecruzan; en suma, imaginan una compleja convivencia que fue la situación real en las circunstancias evocadas.
Esto lo hacía Dumas con perfección raras veces igualada. Era radicalmente novelista, narrador, inventor de personajes, intérprete de los que tomaba de la realidad, a los que forzaba a convivir con los suyos. Por eso se entienden admirablemente bien las largas porciones de la historia francesa a las que dedicó sus novelas. Sería interesante comparar la visión de esas porciones de historia que poseemos con las de otros períodos que quedaron fuera de su actividad.
Es bien sabido que Dumas no era escrupuloso. No todo lo escrito salió de su mano, sino de un «taller» que aplacaba la ambición del público por sus obras. Una de sus peores novelas, que leí en mi juventud, es «La mano del muerto». En ella había innumerables personajes, que iban muriendo con extraña facilidad; pero todavía quedaban muchos y los hizo embarcar en un buque que naufragó. Hace tiempo leí un concienzudo estudio sobre Dumas en que se hacía constar que no había escrito ese libro.
El torso de la obra auténtica se ha salvado, y creo que podrá tener aún larga vida. Recuerdo con extraña viveza los personajes de muchos de sus libros, los tres mosqueteros, que como se sabe eran cuatro, sus enemigos y rivales, sus amores, sus aventuras y venganzas, el paradero de cada uno de ellos en su madurez o su vejez. Un mundo que parece haberse conservado milagrosamente.
La Revolución francesa, con su enorme dramatismo, con su entusiasmo inicial, sus torpezas, su horror, las transformaciones súbitas de una sociedad, todo eso vive con increíble actualidad en toda la serie de novelas de Dumas.
Podríamos decir que se trata de la salvación por la imaginación. Sin esta, todo queda pálido, exangüe, inerte. Ha habido en decenios recientes una tendencia en los historiadores a acumular datos, precisiones, estadísticas, precios, fluctuaciones de mercados. Se ha omitido la narración. Se ha dejado de «contar»; las cuentas han reemplazado al cuento, y con ello se han desvanecido los personajes: se ha intentado escribir una historia sin apenas nombres propios.
Los historiadores deberían leer a Dumas; probablemente los mejores lo hacen; no sería difícil adivinar en sus libros la probabilidad de que se hayan nutrido de las novelas fantásticas, imaginativas, ágiles, pero no sin fundamento, que escribió durante tantos años Alejandro Dumas.
J.M.
---------------------------------------------------------------------------------------
Alejandro Dumas, un torrente de literatura popular
Es tan difícil imaginar la biblioteca de cualquier hogar sin una novela de Dumas como encontrar en cualquier historia de la literatura más de quince o veinte líneas dedicadas a su obra. El próximo 24 de julio se celebra el segundo centenario del nacimiento de Alejandro Dumas (1802-1870). Es una buena ocasión para recordar la figura del hombre más leído de su época: extraordinario y paradójico, a medio camino entre la genialidad y la incultura, extravagante y presuntuoso, encantador e imaginativo. Vivió al dictado de fuertes impulsos: amor propio, horror a la pobreza, necesidad de medrar, fascinación por lo heroico, vanidad rayana en la manía, donjuanismo, prodigalidad y fanfarronería.
Javier Cercas
17/7/2002.-
--------------------------------------------------------------------------------
Con increíble capacidad de trabajo, Dumas es una auténtica fuerza de la naturaleza. Nadie lo ha leído entero. Ni él mismo. No sólo porque no se releía, sino porque no escribía todo lo que llevaba su firma. Entre 1826 y 1870 escribió alrededor de 91 obras de teatro, unas 200 novelas o relatos cortos, unos 10 volúmenes de memorias y unos 19 de impresiones de viajes. Funda y dirige 8 periódicos y acaba su vida redactando un libro de cocina.
La época del folletín
Tratándose de Dumas, es ineludible hablar del folletín, peculiar mezcla de literatura y periodismo. Desde mediados del siglo XIX la máquina de vapor permite tiradas mayores y más rápidas, los ferrocarriles facilitan la difusión de los diarios y el nacimiento del servicio de correos en Francia hace posibles suscripciones en provincias. En 1836 nacen en París La Presse y Le Siècle: más baratos, con publicidad, con sucesos, con independencia ideológica y con mucho espacio para la cultura.
El folletín, dedicado hasta entonces más bien a la crítica literaria y al comentario político, pasa ahora a dedicarse a novelas por entregas. En primera página y a doble columna, Le Siècle publica Los tres Mosqueteros (1844), su segunda parte Veinte años después (1845) y la tercera, El Vizconde Braguelonne (1849-1850). El Conde de Montecristo, otra célebre producción, se irá desgranado diariamente entre agosto de 1844 y enero de 1846, ahora en el Journal des Débats. Su receta es infalible: enganchar desde el principio al lector, situando la acción in media res, y hacer coincidir el final de cada entrega con un momento emocionante de la acción.
Historia y aventura
Dos elementos vertebran las novelas de Dumas: la historia y la aventura. La ruptura con lo anterior que supusieron la Revolución francesa y Napoleón germinó en la vocación historicista de principios del siglo XIX. Se percibe el pasado como un romántico refugio consolador, donde se busca heroísmo y huida de la rutina. Dumas, pura exaltación de la individualidad, condena el prosaísmo de su época y la falta de ideales.
De ordinario en sus obras se observa un equilibrio entre personajes reales y ficticios, aunque, por lo general, la peripecia y la intriga cuentan más que la sujeción a la historia. Lo esencial en Dumas es siempre el destino individual de sus héroes, la aventura, sea o no fiel al trasfondo histórico. Su temática prototípica es la del viaje peligroso, con pruebas para cumplir un destino. También en cierto modo se puede hablar de novela iniciática, descripción del proceso de configuración de la identidad del héroe. Posadas, castillos, prisiones, emboscadas, naufragios, huidas, dobles, secretos, desapariciones... El ritmo, eso sí, hace que la psicología de los personajes (fuertemente tipificados) sea monolítica y esquemática.
Con plumas ajenas
El torrente de su producción literaria hubiera sido imposible de mantener sin sus negros. Augusto Maquet, el más importante de ellos, colabora con Dumas entre 1841 y 1851. No hay acuerdo en torno al grado de colaboración, aunque se admite que el sello que da el éxito lo pone Dumas. Sí es cierto que antes y después las obras de Maquet, como poco, pasaron inadvertidas. Dumas hacía el esquema de acontecimientos de cada capítulo, Maquet se ocupaba de la investigación histórica y de la primera redacción; luego era de nuevo la pluma de Dumas la que dramatizaba, desarrollaba y daba los retoques antes de mandar a impresión. Trabajaban a un ritmo trepidante, pues tenían compromisos con cuatro o cinco periódicos a la vez. Maquet accedió a no figurar como coautor en Los tres Mosqueteros, y en 1845, por amistad, cedió a Dumas todos los derechos. Cuando quiso recuperarlos porque se enemistaron, la justicia se los negó y Dumas también. En 1922 sus herederos pudieron cobrar una parte.
Estamos ante un caso prototípico de la poca atención que se presta a los autores populares. Ni los líderes intelectuales del momento ni el poder lo tomaron en serio, sólo el pueblo. Dumas escribía deprisa, sin poner signos ortográficos. Sus ayudantes revisaban después. De ahí muchos de los defectos formales de sus obras. Son proverbiales sus acrobacias narrativas y sus infidelidades históricas, las repeticiones, clichés, largos diálogos (pagaban por línea), sus fórmulas afectadas. Los personajes son tan arquetípicos que guardan a veces poca relación con la realidad; quizás por esto se ha dicho con verdad que Dumas no es un gran novelista, siendo un buen narrador. Victor Hugo lo resumía como un escritor más de genio que de talento.
Mal leído
A Dumas le ha pesado mucho su fama (merecida) de frívolo, mujeriego y gastador, de escritor por encargo y poco cuidadoso; no le han ayudado las divulgaciones reduccionistas y aligeradas de sus obras más famosas en forma de adaptaciones, resúmenes, series televisivas o animadas: nadie desconoce los personajes de Los tres Mosqueteros (por referirnos a su obra más célebre), pero pocos habrán leído el texto original (casi mil páginas) y menos el de sus dos continuaciones. Es cierto que se ayudó de colaboradores, pero nadie cuestiona que el genio lo ponía él. Dumas es literatura de entretenimiento de calidad, ha dado vida a personajes inolvidables como d'Artagnan, Porthos, Athos o Dantès. La frivolidad de la vida cortesana que retrata en muchas de sus novelas o la imagen poco positiva de algunos personajes eclesiásticos (como su versión del cardenal Richelieu, escasamente matizada) conviven con valores positivos de amistad y valentía, fidelidad y constancia, valor generoso y abnegación
Es cierto que vale más leerlo que estudiarlo. En su literatura hay artificios, trucos, trampas y estereotipos melodramáticos que el sentido crítico rechaza, pero que el instinto de lector adora. Como dice Pérez-Reverte, “hay otras novelas mucho mejor escritas, por supuesto. Pero, comparadas con el Montecristo sólo son simples obras de arte”.
Alejandro Dumas hijo (bastardo), autor de La dama de las camelias, escribió a su padre este epitafio: “Ha muerto como ha vivido. Sin darse cuenta”. El talento abrumador de Alejandro Dumas padre convertía en aventura y emoción todo lo que tocaba. Francia le concede ahora la máxima gloria, preparando en el Panteón de París el lugar donde descansarán definitivamente sus restos mortales, cerca de los de Rousseau, Voltaire, Hugo, Zola o Malraux.
--------------------------------------------------------------------------------
(1) Una guía de lecturas ordenada con señal de ediciones recientes:
a) ciclos históricos:
— Siglo XVI: La Reina Margot (Cátedra, 1995), La Dama de Monsoreau y Los Cuarenta y cinco.
— Siglo XVII: Los tres Mosqueteros (Anaya, Tus libros, 1999), Veinte años después (Ediciones del Azar, 2001), El Vizconde de Braguelonne (Sopena, 1978, sólo en bibliotecas).
— Siglo XVIII: “Memorias de un médico”: José Balsamo, El collar de la Reina, Angel Pitou y La Condesa de Charny. Se pueden encontrar en bibliotecas, en ediciones de su obra completa de los años 70 y 80 (Editors, Gaviota, Euroliber o Sopena).
b) otras novelas:
— El Conde de Montecristo (Debate, 1998).
— El Tulipán Negro (Anaya, Tus libros, 1994).
— El Caballero de Harmental (Edhasa, 1995).
— Historia de un muerto contada por él mismo y otros relatos de terror (Valdemar, 1999).
Esta página es un resumen del servicio distribuido a los suscriptores de Aceprensa (www.aceprensa.com), Servicio 100/02
|