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EN EL PRINCIPIO CREÓ DIOS... (Lluís Pifarré)

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EN EL PRINCIPIO CREÓ DIOS...

El autor, BENITO ORIHUEL GASQUE, se pregunta: ¿cómo a partir de aquella sopa cósmica inicial del Globo de Fuego formado por la Gran Explosión pudo crearse un Universo tan privilegiado, armonioso y bello?

ORIHUEL GASQUE Benito
En el Principio creó Dios…
Ediciones Internacionales Universitarias, 2001, 307 págs

Por Lluís Pifarré, catedrático de Filosofía


El autor de esta reciente obra, ya en su 2ª edición, Benito Orihuel Gasque, es doctor en Ciencias Químicas por la Universidad Complutense de Madrid y Catedrático de Matemáticas; ha ejercido su docencia en Valencia y Madrid. El libro se compone de ocho capítulos, acompañados de abundantes notas, resúmenes, figuras y una amplia bibliografía, y está prologado por el Dtr. Darío Maravall, de las Reales Academias de Ciencias y de Doctores. El autor, ha pesar de la complejidad de las cuestiones tratadas, utiliza un lenguaje claro y agradable de leer, que lo hace asequible por un amplio sector de lectores..

Orihuel se pregunta como es posible que a partir de la Gran Explosión primordial o Bing Bang, pudo nacer un Universo tan improbable, armonioso, ordenado y bello, que Einstein calificó de “milagro y eterno misterio, ya que a priori debería esperarse un mundo caótico”. ¿Cual fue el primer eslabón de la cadena que ha llevado a la realidad de un Cosmos como el que hoy conocemos?

Siguiendo de forma resumida las apasionantes descripciones que realiza Orihuel a lo largo de sus páginas, diremos que, a parte de los análisis que realiza en los primeros capítulos sobre las concepciones del origen y creación del Cosmos en las religiones antiguas, especialmente en el Antiguo Testamento, el autor señala que el primer aldabonazo de la teoría del Bing Bang se dio cuando en 1850, el físico alemán Rudolf Clausius, afirmó que el Universo estaba sometido a un proceso de degradación de su energía que suponía para el Cosmos su “decreto de muerte”, es decir, que a pesar de que su energía total se conserva constante en cantidad, disminuye en calidad, se degrada y desgasta.

De este modo, el Universo va disminuyendo constantemente en energía útil, capaz de producir trabajo, y va aumentando en calor, para llegar al día en que habiendo agotado sus energías más nobles, quedará sin actividad y sin vida, morirá en el frío y oscuridad del sepulcro, será su Muerte Térmica. La primera consecuencia de esta ley, es que el Universo no puede ser eterno, pues si lo fuera, hace mucho tiempo que ya hubiera alcanzado el estado de muerte Térmica, y sin embargo, sigue “muy vivo”. Esta teoría de Clausius, contradecía las hipótesis de algunos científicos del S. XVIII y XIX, que sostenían que el Universo era estable y eterno, que nunca cambia, por tanto, deducían, los que tenían prejuicios religiosos, que el Universo no había sido creado, al ser eterno, y no tenía ningún principio. No obstante, si no es eterno, es que tuvo un principio, lo que según Orihuel nos conduce a la Creación del Cosmos según revela el Génesis.

En 1912, el astrónomo norteamericano Slipher, es el primero que comprueba que las galaxias se alejaban de nuestra Vía Láctea a una velocidad de 1.800 Km/s. Seguidamente, en 1927, el astrónomo y sacerdote belga Georges Lemaître, conocedor de los trabajos de Slipher, y partiendo de las ecuaciones de la Teoría General de la relatividad de Einstein, predijo por cálculo, que vivíamos en un Universo que se hinchaba y expandía como un globo, con lo que las galaxias huían de nosotros como los cascotes de una granada que estalla. Esto le permitió establecer en 1931, su hipótesis sobre el origen del Cosmos, afirmando que el Universo había surgido por la gran explosión de un Átomo Primitivo, en el cual se concentraba toda la materia y la energía que hoy contemplamos. Esta hipótesis de Lemaître, adquirió bastante resonancia cuando la publicó en la revista inglesa “Nature, exponiendo que el Universo se había originado por el fortísimo trueno de una gran explosión de luz y calor. Era una nueva manifestación de que el Universo no era eterno, sino creado, lo que perjudicó notablemente su aceptación en la comunidad científica.

En 1948, el ruso, residente en Washington, George Gamow, junto con sus colaboradores Ralph Alpher y Robert Herman, desarrollaron la hipótesis de Lemaître, al predecir que la resonancia del tremendo trueno del Globo de Fuego primordial, procedente de la abrasadora radiación luz y calor, a pesar de irse enfriando de forma constante durante miles de millones de años por la expansión del Cosmos, aún se hallaría presente en él.

En 1964, Amo Penzias y Robert W. Wilson, dos físicos de la compañía Bell Telephone, descubrieron casualmente en el laboratorio de Holmdel en Nueva Jersey, mediante un radiotelescopio con una antena gigante para ondas de radio, la radiación fósil o reliquia del cegador resplandor que produjo la gran explosión inicial del Cosmos, constituida por unas microondas de radio a la temperatura de 270º bajo cero, creyendo que se trataba de una radiación cósmica de fondo uniforme. Este descubrimiento que confirmaba las investigaciones de Gamow y sus colaboradores, determinó que gran parte de los cosmólogos aceptaran la Teoría de la Gran Explosión o Bing Bang, que hasta entonces había sido muy polémica.

En 1992, George Smoot y otros científicos, mediante los millones de datos ofrecidos por el satélite COBE, estudiaron dichas microondas y se puede decir que “vieron” la imagen o mapa del Cosmos cuando sólo tenía 300.000 años de edad, en el que aparecían manchas rojas, salmón y azules, que representaban las “arrugas” o variaciones térmicas en la radiación cósmica de fondo, que desmentían la suposición de Penzias y Wilson de que la radiación era uniforme y homogénea. Este hallazgo, que Stephen Hawking calificó “como el más importante del siglo”, permitía explicar la formación de las galaxias y confirmaba todavía más la teoría del Bing Bang.

Orihuel de forma didáctica, sabe interesar al lector cuando describe la Hora Cero de la Creación, el instante de la Gran Explosión, comparándola con una pequeñísima semilla que dotada de grandísima potencia con una temperatura infernal de quintillones de grados, hubiera germinado y se hubiera desarrollado hace muchísimo tiempo, hasta formar un árbol gigantesco que todavía sigue agrandándose, en el que progresivamente fueron apareciendo las grandes ramas con sus hojas. luego con sus flores y por último con sus frutos. Con ello, nos describe metafóricamente el momento en el que el Universo era un globo de fuego muchísimo menor que el núcleo del átomo más pequeño, en un estado de densidad, presión y temperatura infinitas, sin diferencias entre la energía y la materia, en la que las cuatro fuerzas de la naturaleza (la gravitatoria, la electromagnética, la nuclear fuerte y la nuclear débil) formaban una fuerza única, dominado por la radiación, sin partículas materiales, (formando la llamada sopa cósmica), Este pequeño núcleo encerraba en germen lo que después iba a ser toda la materia y la energía del Cosmos con sus galaxias, estrellas, planetas, y simultáneamente a la expansión del Globo de fuego primigenio, el espacio y el tiempo se iban creando.

En los primeros tres minutos después del Bing Bang, con el descenso de la temperatura, a partir de la fabulosa energía primordial, se crearon los “quarks” (subpartículas nucleares) que al agruparse formaron los “protones” y los “neutrones” (partículas que componen los núcleos de los átomos). También surgieron los “electrones” que forman la corteza de los átomos y giran alrededor del núcleo, y los fotones (partículas de energía o granos de luz). Trescientos mil años después de la Gran Explosión, la temperatura descendió a unos 6.000 grados, y los fotones al ser menos energéticos, ya no pudieron expulsar a los electrones de sus órbitas para que éstos pudieran acoplarse con los protones del núcleo y dar lugar a los átomos de hidrógeno y helio. Con la formación de estos átomos, aparecieron los “ladrillos” o materia del Universo, que permitió liberar la luz de los fotones. El Universo de ser totalmente opaco, se hizo transparente. Este maravilloso acontecimiento le hace exclamar a Orihuel: “¡El Fiat lux bíblico se hizo realidad!”.

Mil millones de años después del Bing Bang, comenzó la formación de las galaxias y estrellas. Y miles de millones de años más tarde, se formaría el Sol con sus planetas y satélites, y entre ellos, la Tierra, planeta excepcional en el que gracias al oxígeno, carbono, nitrógeno e hidrógeno, surgiría la vida en el período cámbrico, y muy al final, ayer, como quien dice, haría su aparición el ser humano

Causa asombro y admiración la descripción del nacimiento de las estrellas, cuya fértil cuna se halla en unas gigantescas nubes moleculares de hidrógeno, densas, frías y oscuras, que son las estructuras de mayor tamaño de las galaxias (algunas llegan a medir 300 años luz). Después de una gestación de millones de años, al contraerse estas gigantescas nubes, formaron esos nuevos objetos celestes que iniciaron su ciclo vital como protoestrellas y posteriormente se transformaron en estrellas. Pasado un período de inestabilidad de unos 10 millones de años, las estrellas viven establemente su madurez, y algunas de ellas, como las supernovas, al explosionar y morir violentamente, devuelven al medio interestelar los nuevos elementos químicos que han fabricado en su interior a modo de grandes reactores de fusión nuclear, del que surgen la creación de los planetas. Las estrellas, como en el caso del Sol, viven y permanecen encendidas durante miles de millones de años, y mueren lentamente y sin explotar, a medida que van consumiendo suavemente la “combustión” nuclear de su hidrógeno, que al irse transformando en helio, aumentan su tamaño en centenares de veces, y se constituyen como Gigantes Rojas. Mas tarde, disminuyen de tamaño hasta alcanzar su fase terminal como estrellas enanas blancas, cuya luz y calor se irá extinguiendo lentamente.

Resulta fascinante el conocimiento de que estas estrellas que albergan en su interior decenas de soles, mediante sus núcleos de helio formados paso a paso, al ir soldándose entre ellos formaron el tronco principal del que se surgieron sucesivamente y en un proceso de miles de millones años, los básicos elementos químicos de la vida como el carbono, oxígeno, neón, magensio, silicio, azufre y calcio, de cuyas ramas brotaron los núcleos de nitrógeno, sodio, aluminio, fósforo, cloro, potasio… hasta completar los 92 elementos del Sistema Periódico. Orihuel comenta, que estos graduales procesos han necesitado precisamente el período de tiempo transcurrido, pues si en vez de recorrer el enorme tramo de unos 15.000 millones de años, hubiera, por ejemplo, recorrido uno de 3.000 millones de años, el Universo no se hubiera desarrollado tal como es, y nosotros no estaríamos aquí para contarlo. El Universo es como es porque el hombre existe, y como hogar del hombre, se halla adaptado a la existencia de la vida en nuestro planeta.

El asombro continua apoderándose del lector, al considerar que las condiciones iniciales que rigieron el Bing Bang, fueron especialísimas, dando lugar a una misteriosa y ordenada sinfonía, en un Universo que ha sabido conservar ingentes reservas de energía. Este orden que controló y orientó la Gran Explosión, ha sido calificado por Paul Davies, como lo había sido por Einstein, como la paradoja fundamental de la Cosmología, pues una “creación accidental”, o sea por azar, es una posibilidad casi nula, pues equivaldría a seleccionar un caso entra la unidad seguida de un quintillón de ceros de casos igualmente posibles, lo que habría producido un Universo totalmente desordenado, y la Gran Explosión inicial, en vez de estrellas, hubiera formado agujeros negros, tan masivos y de tal grado de atracción, que ni la luz podría escapar de ellos. Pero nuestro Universo no sólo está ordenado, sino que lo está de tal manera, que después de transcurridos unos 15.000 millones de años, todavía conserva dicha ordenación de forma muy estable. lo que para Orihuel es un claro reflejo del orden profundo que reina en la materia, orden que es independiente de la materia y surge misteriosamente con ella.

El autor se pregunta: ¿cómo a partir de aquella sopa cósmica inicial del Globo de Fuego formado por la Gran Explosión pudo crearse un Universo tan privilegiado, armonioso y bello? ¿Cómo pudo surgir tan gran complejidad partiendo de la simplicidad inicial de hidrógeno y helio, que han formando una estructura jerarquizada constituida por conjuntos de millones galaxias partiendo de una homogeneidad inicial casi perfecta? ¿como se explica la finísima precisión de ajuste entre el vigor de la intensidad expansiva, y el de las fuerzas gravitatorias? Pues si la intensidad del vigor expansivo hubiera sido sólo un poco mayor, todo el Universo se hubiera dispersado de forma caótica, por el contrario, si la intensidad de la Gran Explosión hubiera sido un poco menor de lo que fue, la gravedad habría ido deteniendo la expansión y el Cosmos se habría colapsado, y tanto en un caso como en el otro, nosotros no estaríamos aquí para contarlo.

El autor considera que la Fe religiosa, con su noción de Creación; la Filosofía, como filosofía del ser, y la Ciencia con su investigación científica, al converger de modo tan coherente, nos señalan la necesaria existencia de una Inteligencia ordenadora del Cosmos, como ya vislumbró Anaxágoras en el S. V a C., y que para Orihuel, es la patente manifestación del Dios Creador del Universo Humano. Sin duda que las magníficas descripciones desarrolladas a lo largo de sus páginas, hacen honor al encabezamiento que da nombre a su libro, inspirada en el capítulo I del Génesis: En el principio creó Dios… (el cielo y la tierra), una Creación del Universo que prosigue y que la Ciencia va descubriendo.

 

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