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Introducción
“La gran potencia educadora de nuestro tiempo es, sin duda, el cine.” (Julián Marías)
Quienes aterrizamos en este planeta tras el baby boom de los sesenta hemos aprendido, en gran parte, qué es el hombre viendo cine y televisión. Desde pequeños se nos abrió esa ventana mágica que nos transportaba a nuevos mundos, a otras épocas, países y personajes. Hemos nacido inmersos en la máquina de los sueños. Nuestra imaginación es fundamentalmente cinematográfica. Nuestras poses, nuestros gestos tienen algo de inconsciente sabor a celuloide.
No supone mucho esfuerzo advertir que el cine nos ha ensanchado la realidad o, al menos, nuestra imagen de lo real, y ha ampliado nuestra experiencia virtual de la vida. Antes que en la realidad, hemos visto en una pantalla el primer beso, el primer llanto alegre o el primer arrebato de desesperación. Por suerte, también ha sucedido así con nuestra primera experiencia de cómo se dispara un arma, se estrella un automóvil o un avión, o de cómo se pasa de la vida a la muerte.
Gracias al séptimo arte, advierte Julián Marías, reparamos en los múltiples detalles que forman la trama de nuestra existencia: “cómo la lluvia resbala por el cristal de una ventana; cómo una pared blanca reverbera casi musicalmente”. Y también “lo que es la espera, lo que es la amenaza, lo que es la ilusión; las mil maneras como puede abrirse una puerta, las incontables significaciones de una silla; lo que es una roca, la nieve, un hilo de agua; de cuántas maneras se puede encender un cigarrillo, o beber una copa, o sacar el dinero del bolsillo”. El cine nos presenta ante los ojos las diversas perspectivas de la persona. Aprendemos qué distinto es “dar una bofetada y clavar un puñal, y abrazar, y salir después de que le han dicho a uno que no. Conocemos todas las horas del día y de la noche. Hemos visto el cuerpo humano en el esplendor de su belleza y en su decrepitud, lo hemos seguido en todas sus posibilidades: escondiéndose de un perseguidor o de las balas, hincándose en la tierra o pegado a una pared; dilatándose de poder o de orgullo; dentro de un coche; bajo el agua; o en una mina; fundido con un caballo al galope, o paralizado en un sillón de ruedas.” La pena de muerte deja de ser una mera orden judicial para convertirse en una inyección letal o unos electrodos que buscan la piel de una persona, un hombre de espaldas contra un paredón, “una cuerda que ciñe el cuello que otras veces se irguió o fue acariciado o llevó perlas. La guerra no es ya retórica o noticia: es fango, insomnio, risa, alegría de una carta, euforia del rancho, una mano que nunca volverá, la explosión que se anuncia como la evidencia de lo irremediable.” [1]
Por todo esto se puede considerar el cine como el principal antropólogo de nuestros días. La gran pantalla, cuando no se diluye en la pura acción vacua e inconsistente, nos permite conocer, e incluso tratar virtualmente, a muchos personajes. Gracias al recurso del primer plano conocemos la expresividad del rostro –ese rostro que manifiesta y revela a la persona como irrepetible– hasta en sus mínimos detalles. Todos recordamos los variados matices expresivos de personajes inolvidables encarnados por Orson Welles, Robert De Niro, Dustin Hoffman, Katharine Hepburn, Diane Keaton, Julia Roberts y tantos otros.
Además, la reposición de títulos clásicos en televisión y salas de cine nos permite visitar diversas épocas y costumbres. Nos enriquecemos así con el pasado cultural, aprendemos de sus virtudes y defectos. De este modo logramos distinguir la intolerancia del respeto, el pudor y la finura de la tosquedad, y el egoísmo mezquino del sacrificio.
Se puede decir que una película es una visión condensada sobre la persona humana, un tratado de antropología implícita. El escritor, el guionista y el realizador no pueden eludir la eterna pregunta: ¿qué es el hombre? Ellos con sus creaciones nos están dando una respuesta a esta cuestión fundamental. Y para que esta respuesta se ajuste lo más posible a la realidad, es necesario que los creativos de cine y televisión tengan en cuenta la Psicología de la personalidad, la Antropología y la Ética.
Lo único que pretende este manual –destinado tanto a guionistas, estudiantes de comunicación y filósofos, como al amplio mundo de los amantes del cine– es intentar contestar a las siguientes cuestiones: ¿Cómo se manifiesta la persona a través de las narraciones cinematográficas? ¿Se puede saber quién es el ser humano a través del cine? ¿Tiene alguna relación lo que muestran las ficciones audiovisuales con lo que dice la Filosofía del hombre?
El método utilizado en este libro no es lineal sino más bien espiral [2]. Los conceptos utilizados van reapareciendo a lo largo de los capítulos en diferentes niveles de profundidad y aplicados a diferentes dimensiones del ser humano. Se requiere, por tanto, una lectura completa para hacerse una idea cabal de lo propuesto. Esta forma de exposición tiene una ventaja que sólo en apariencia se contradice con lo anterior: la de poder leer cada capítulo como una sección independiente. Tal lectura es posible porque cada unidad contiene de modo tácito las ideas centrales del libro. Se podría decir que el todo está contenido en cada una de las partes, pero de un modo implícito. No basta fijarse sólo en una de ellas, hay que tener una visión de conjunto. Es lo mismo que ocurre en el sencillo fenómeno de la sonrisa. Podemos conocer a alguien viendo cómo sonríe, pues quien sonríe es la persona, no sólo la cara. En la sonrisa se revela toda la persona con su contento, aunque no se nos muestran todos los recovecos de su carácter. Se trata de un conocimiento inicial y, por tanto, insuficiente, aunque certero. De ahí que necesitemos profundizar en el trato con nuestros semejantes para poder apreciar cómo se manifiestan en las diversas facetas de su existencia.
Hemos empleado este método porque así es como se desenvuelve el conocimiento de los misterios de la vida humana, en círculos cada vez más profundos. No hace falta más que echar un vistazo a la historia del pensamiento para comprobar esta afirmación. Los filósofos llevan más de veinticinco siglos tratando de lo mismo (la verdad, la felicidad, el placer y el dolor, el amor, los sentimientos, etc.), pero en diversas cotas de radicalidad. En ello estriba la fascinación por el saber: se trata de una historia interminable en la que estamos implicados, como le sucedía a Bastián, el joven protagonista de la novela de Michael Ende. Este personaje no sale de su asombro al percatarse de que el libro que está leyendo trata sobre él. Apelado por la Emperatriz Infantil, Bastián debe introducirse en esa historia para salvar el reino de Fantasía. Del mismo modo, la realidad nos invita a comprenderla y rescatarla del olvido de la indiferencia.
Por último, conviene advertir que el visionado de los filmes que sirven de enunciado a cada tema, aunque no es absolutamente necesario, facilita la comprensión del texto. En cualquier caso, esta obra supone una invitación a bucear en el misterio humano deleitándose con el cine de calidad.
Capítulo 1º
LA PERSONA EN LA SOCIEDAD DE LA IMAGEN
“El secreto de la vida humana no radica en el hecho de que uno vive, sino en para qué vive. ” (F. Dostoievski. Frase pronunciada por Mikhail Gorbachov en ¡Tan lejos, tan cerca! de Wim Wenders)
Un animal que cuenta historias
En la primera escena de La princesa prometida [3], un abuelo entra en la habitación de su nieto enfermo con un paquete bajo el brazo:
Abuelo: Te he traído un regalo especial
Chico: ¿De qué se trata?
Abuelo: Ábrelo
Chico: ¿Un libro?
Abuelo: Exacto. Cuando tenía tu edad, nuestros libros sustituían a la televisión. Y éste es uno muy especial. Es el libro que mi padre solía leerme cuando estaba enfermo, el mismo que yo solía leerle a tu padre. Y hoy te lo leeré a ti.
Chico: ¿Trata sobre deportes?
Abuelo: ¿Bromeas? Esgrima. Lucha. Tortura. Venganza. Gigantes. Monstruos. Persecuciones. Rescates. Amor verdadero. Milagros.
Desde la noche de los tiempos, el ser humano ha contado historias, relatos, mitos. Con ellos pretendía llegar a conocerse mejor y transmitir sus creencias, valores, miedos y proyectos. El séptimo arte, continuando esta antigua tradición, también pone de manifiesto el carácter narrativo de la persona humana. Narrar no es un privilegio de literatos o cineastas. Tras una detenida reflexión, podemos observar que la vida en sí misma es narrativa: tiene planteamiento, nudo y desenlace. Si el hombre es un animal que cuenta historias es porque su mismo existir es un argumento, una narración. Nuestros sueños, imaginaciones, recuerdos, esperanzas y convicciones son narrativas. Cuando queremos darnos a conocer, contamos una historia. Cuando deseamos conocer a alguien le pedimos que nos cuente su vida. Partiendo de esta realidad, el novelista, el dramaturgo y el guionista elaboran sus creaciones. Pero es la persona quien da sentido y unidad a las historias.
El animal humano es un ser relacional y dialógico, es decir, sólo se constituye en relación a los demás: no hay yo sin un tú. Una persona sola, absolutamente aislada, sin ninguna relación es un imposible metafísico. Tanto el origen como el desarrollo del individuo remiten a los otros. No podemos comprendernos, ni tener conciencia de nuestra personalidad si no es respecto a otros seres racionales. Por eso toda vida tiene un argumento, una trama, de la cual los otros forman parte ineludible.
Los argumentos cinematográficos nos muestran que la vida humana es relación, enlace de diversas tramas narrativas. Nadie vive en absoluta soledad. La vida de cada uno afecta –de un modo más o menos intenso– a la vida de quienes le rodean. De ahí que el auténtico cine sea un antídoto, como veremos luego, contra el utilitarismo solipsista y la superficialidad. Esto lo consigue mostrando la verdadera realidad del hombre, sin ocultar su misterio, presentándolo en su acontecer, y obligándolo así a ver, imaginar y hacer proyectos. Al tener ante la mirada la multiforme diversidad de la vida, el espectador advierte que debe elegir entre las diversas trayectorias que le ofrece la realidad (el mundo y los otros). El cine entusiasma cuando ensancha el horizonte vital del hombre, y deprime cuando lo encierra en la jaula de sus estímulos primarios. En esto consiste la auténtica función educadora del séptimo arte. [4]
A veces se afirma que el cine es un entretenimiento, una industria de la evasión o algo sencillamente emocionante y bonito. Sin negar totalmente estas afirmaciones, como mínimo se puede decir que son reduccionistas o parciales. Afirma el director alemán Wim Wenders que el cine “no ha sido creado para distraer del mundo, sino para referirse a él. ¿Cómo vivir? y ¿para qué vivir? , son preguntas que el cine ya no se atreve a hacer. Las películas evitan cada vez más plantear estas preguntas e intentan por todos los medios ahorrarse tener que contestarlas. Cuentan de hecho historias de vida y muerte. El cine huye cada vez más del auténtico cine. Sus raíces se adentran cada vez más en lo irreal, y no en la vida.” [5]
Esta huida de lo real es un signo de nuestra época posmoderna, en la que el hombre se conforma con un pensamiento débil: meras opiniones o simples datos. Poseemos más información que en muchas épocas de la historia, pero eso no implica que seamos más sabios, que conozcamos mejor lo que son las cosas y nuestro mundo. Parece que la duda nos aturde y sólo los hechos, o lo más inmediato y sensible, son ciertos. Hemos reducido el ámbito de la seguridad y la certeza a lo más próximo, a lo que podemos controlar o hace referencia a nuestros gustos.
Nos ocurre como a Cifra, el personaje de Matrix que a pesar de sus conocimientos prefiere quedarse anclado en las apariencias y abandonar la lucha por la verdad. Prefiere ser reinsertado en un mundo virtual sólo para satisfacer sus deseos. “Sabes, sé que este filete no existe –le dice al agente Smith–. Sé que cuando me lo meto en la boca es Matrix la que le está diciendo a mí cerebro: Es bueno. Después de nueve años, ¿sabes de qué me doy cuenta? La ignorancia es la felicidad.”
Unos versos de T.S. Eliot denuncian esta situación de escepticismo: “¿Dónde está la sabiduría que se ha perdido en conocimientos? / ¿Dónde los conocimientos que se han perdido en información?” En la sociedad de la imagen nos vemos aturdidos por ráfagas de información que nos dejan en un estupor absoluto. Se nos habla de la inteligencia de los animales, de la posible clonación de seres humanos o de máquinas pensantes. Jóvenes y adultos creen que deben regir su conducta ateniéndose sólo a la llamada de los instintos –considerados como norma infalible–, se pierden en el laberinto de los sentimientos, u ofrecen un auténtico culto al cuerpo. No se cesa de ensalzar los derechos humanos, aunque no sepamos bien en qué base se apoyan, hasta el punto de justificar cualquier elección cuando tratamos de la propia vida o de la identidad del hombre y la mujer.
Por otra parte, la ciencia nos ofrece más información sobre el hombre que en ninguna otra época de la historia. Poseemos el mapa del genoma humano, pero no sabemos lo que somos. La persona es una realidad en la que hay que ahondar sin quedarse en la superficie. Y el arte cinematográfico, cuando no se deja arrastrar por intereses ajenos a la verdad y la belleza que le llevan a traicionar su propia esencia, se convierte en una ayuda ineludible para ahondar en este fascinante misterio en que consiste el ser humano.
La estructura narrativa de la vida humana
La fábrica de los sueños apela en muchos casos a nuestras emociones, pero también nos permite, una vez superado el impacto inicial, reflexionar sobre las ideas vertidas en las imágenes. El espectador busca entretenimiento, pero también desea contenidos y se siente defraudado en su butaca cuando sólo se le ofrece un bombardeo luminoso de meras sensaciones. Emociones similares también se experimentan ante una vídeo-consola o en un parque temático. Pero el cinéfilo aspira a más, pues desea conjugar el deleite con la comprensión intelectual. No podemos, por tanto, quedar anclados en esta corriente frenética de impresiones. La actitud pasiva de quien se deja arrastrar por ese torrente incapacita para disfrutar del buen cine y salir de la perplejidad del escepticismo. El lector puede preguntarse qué tiene que ver una cosa con la otra. Y aquí se sitúa la propuesta que se ofrece en este libro: el séptimo arte puede ser una fuente espléndida de saber antropológico.
Si la vida humana es narrativa, nada mejor que ver el despliegue de esa vida para llegar a comprenderla. Oyendo narraciones “sobre madrastras malvadas, niños abandonados, reyes buenos pero mal aconsejados, lobas que amamantan gemelos, hijos menores que no reciben herencia y tienen que encontrar su propio camino en la vida” o hijos “que despilfarran su herencia en vidas licenciosas y marchan al destierro a vivir con los cerdos”, los hombres han aprendido desde niños lo que es ”un niño y un padre, el tipo de personajes que pueden existir en el drama en que han nacido y cuáles son los derroteros del mundo. Prívese a los niños de las narraciones y se les dejará sin guión, tartamudos angustiados en sus acciones y en sus palabras”. [6]
El filósofo y dramaturgo Gabriel Marcel decía que cuando tenía un problema antropológico lo resolvía escribiendo una obra de teatro. De este modo podía observar la lógica que rige la trama de las relaciones interpersonales. En ello estriba la importancia de la literatura en general, y del cine en particular, como fuente de conocimiento antropológico y ético. Al ver tragedias como Hamlet y dramas como Ana Karenina o Solas, entendemos que sus desenlaces no obedecen únicamente al gusto popular por las emociones fuertes, más bien son consecuencia lógica de la libre actuación de los personajes.
Decía Sófocles en su tragedia Antígona que “muchas son las cosas misteriosas, pero nada tan misterioso como el hombre” [7]. El ser humano es un misterio: por mucho que lo conozcamos siempre nos asombra. Los acontecimientos humanos fundamentales siempre superan y desbordan nuestros elaborados esquemas, y nos agitan y sacan del consabido mundo hecho a nuestra medida. Aunque conozcamos de sobra el mecanismo que rige la constitución de un embrión humano, el nacimiento de una nueva persona no deja de admirarnos. Lo mismo ocurre con fenómenos tan habituales como el amor, la muerte o la búsqueda de la felicidad. Todos ellos son fuente eterna de asombro, y ese mismo deslumbramiento explica que el hombre se exprese pintando cuadros, haciendo cine, componiendo canciones, o escribiendo libros...
Así se advierte en varios estudios que se han realizado sobre los argumentos cinematográficos [8]. En ellos se exponen estudios antropológicos y filológicos que muestran cómo la religión, la literatura y los mitos son fuentes inagotables de creación de arquetipos dramáticos para el cine. Con independencia de épocas y culturas, en todas las historias aparecen figuras universales: La búsqueda de un tesoro en Jasón y los Argonautas reaparece en El halcón maltés o en Indiana Jones y la última cruzada; el regreso al hogar de Ulises en la Odisea se nos presenta de nuevo en Los mejores años de nuestra vida y O Brother!; el concepto de belleza interior que aparece en La Bella y la Bestia se vuelve a encontrar en El jorobado de Notre-Dame, Eduardo Manostijeras o Shrek. Y así sucede también con muchos otros temas como la venganza, el amor imposible, el individuo con personalidad desdoblada, el ansia de poder, etc.
Esto no quiere decir que toda creación narrativa se reduzca a la repetición de un arquetipo o esquema simple. Más bien implica que el hombre, al ser un misterio irreductible a un mero mecanismo biológico o psicológico, siempre da que pensar. La realidad siempre superará nuestros pobres esquemas, permitiendo e impulsando la creatividad. No se pueden reducir los arquetipos dramáticos o la estructura narrativa de la vida humana a meras tendencias reprimidas o al inconsciente: este esquema reduccionista cae por tierra cuando contemplamos el amor y el sacrificio libre de Rick, Guido y John Coffey en Casablanca, La vida es bella o La milla verde. Afirmar que el origen de nuestras historias se reduce a nuestros deseos de placer o de poder sublimados es una simplificación. O habría que decir que nuestra psicología profunda es mucho más rica de lo que han pensado el psicoanálisis freudiano y sus seguidores: porque está abierta a la infinitud de lo real. No sólo nos interesa dominar o disfrutar. También la verdad, el amor y la belleza mueven al hombre.
Que la persona sea un misterio conlleva que el sentido de sus deseos e impulsos esté en la realidad y no en la subjetividad [9]. Sería absurdo decir que la sed, por ejemplo, crea o se inventa el agua. Si existe la sed es porque hay agua. Tampoco sería lógico afirmar que la vista se basa en una objetivación de ciertas percepciones, o en el anhelo de superar la soledad, pero sin admitir que hay algo que ver. Lo mismo ocurre con el deseo de felicidad: tiene que haber una realidad que lo colme, pues en caso contrario no existiría la experiencia de la desesperación y el hombre sería un ser absurdo, una pasión inútil. Tal postura resulta casi imposible de sostener en la práctica, pues en tal situación la vida no merecería la pena ser vivida. Pero desde el instante en que decidimos vivir, reconocemos implícitamente un sentido en nuestra existencia.
El psicologismo realiza una drástica simplificación del misterio del hombre y de lo real al afirmar que, en el fondo, el arte, las relaciones humanas y la religión son mera voluntad de placer o mero afán de poder disimulados por nuestro inconsciente y nuestras tradiciones culturales. El mal se reduciría a un problema humano causado por un desequilibrio psíquico o una inadaptación social. Evidentemente estas situaciones se pueden considerar muy negativas, pues lo son, pero no agotan el enigma del mal.
La novela del escritor danés Henrik Stangerup El hombre que quería ser culpable es una buena muestra de cómo no se puede reducir el mal a un problema social o psicológico. Un hombre asesina a su mujer en un arrebato de ira. Los sociólogos y psicólogos de la ciudad le dicen que no es responsable de ese asesinato, pero el quiere que se reconozca su libertad y su culpa. Sin ellas dejaría de ser persona. También en El indomable Will Hunting encontramos una crítica a la reducción del hombre a mecanismos psicológicos o a datos sociales. El carácter violento del protagonista no se puede reformar con métodos psicoanalíticos. El joven Will se burla de todos los psiquiatras que intentan bucear en su inconsciente o en sus instintos. Sólo el doctor McGuire advierte que la persona es un misterio al que sólo se accede por la confianza y el amor. De este modo consigue solucionar los desórdenes afectivos de Will.
En definitiva, el psicologismo no advierte que los deseos remiten más allá de ellos mismos. No podemos reducir el misterio del hombre a lo que se encuentra en su inconsciente. Es necesario salir de ese reducido ámbito de nuestra psicología y advertir que la fuente de nuestros anhelos está fuera de nosotros. De ahí que muchos psicólogos humanistas actuales (Viktor Frankl, Daniel Goleman, Oliver Sacks, Lou Marinoff o Enrique Rojas) hayan superado las deficiencias del psicoanálisis al reconocer que la madurez humana no se basa en el equilibrio obtenido por la satisfacción de los impulsos primarios, sino en el esfuerzo por trascenderse, ir más allá de sí mismo y buscar un sentido a la vida. Este sentido no es creado por el hombre, más bien es algo o alguien que encuentra en su vida. Por eso el amor, el trabajo creativo, la religión e incluso el sacrificio constituyen aspectos de la realidad que otorgan significado y sentido a la vida humana.
Con todo esto queremos afirmar que la estructura narrativa humana no se puede reducir a un esquema simple, a un estereotipo mecánico. Estas afirmaciones reduccionistas, aunque vengan avaladas por un gran despliegue de jerga científica, no son por ello más verdaderas. En este caso el científico hace decir a su método lo que éste no puede descubrir. La metodología de las ciencias humanas no agota la realidad de la persona.
Volveremos sobre estas ideas a lo largo del libro. Por ahora sólo quedan apuntadas y sin desarrollar. Debido al método en espiral que seguimos, es necesaria una visión global de esta obra para comprender cabalmente lo que se quiere decir con la expresión ‘el misterio del hombre’.
El cine como potencia educadora
En toda creación cultural –como la literatura, el cine, la televisión y la publicidad– aparecen visiones o aspectos del ser humano: el amor y el sexo, la violencia, el terror, el poder, la creación artística, la manipulación de la vida humana por parte de la ciencia, el valor y el sentido de la existencia, la libertad, etc. Los productos culturales reflejan –pues son copias o mímesis– la mentalidad vigente en una sociedad y a la vez moldean el pensamiento y las actitudes de la comunidad donde nacen. Con imágenes y narraciones se influye más, se educa mejor. Los cuentos y las parábolas tradicionales son sustituidas ahora por “cineparábolas” o “teleparábolas”. Aunque se intente negar, la intención didáctica es explícita en las producciones audiovisuales. A pesar de que la creación artística no pueda sustraerse del todo a los intereses ideológicos o económicos, sería deseable que estos no imperasen sobre la verdad y el bien del hombre.
Si la sociedad es mimética, más todavía lo es la sociedad de la imagen. Pero la mímesis no es neutra, pues en muchos casos se crea un discurso gris de lo políticamente correcto que se nos impone de un modo sutil e inconsciente. Se intenta justificar la eutanasia en El paciente inglés, suavizar el drama del SIDA en Filadelfia, o excusar los deslices sexuales de un presidente en Primary Colors. Pero afortunadamente también los medios audiovisuales nos desvelan la propia manipulación de los mass-media: el fraude de los concursos televisivos en Quiz Show; las luchas por el poder en los medios informativos y la explotación que éstos hacen de los dramas humanos en Héroe por accidente, Detrás de la noticia (The Paper) y Mad City. Por otra parte, la generosidad de los pobres habitantes de un barrio de chabolas de Calcuta en La ciudad de la alegría; la transformación moral de Jean Valjean, gracias a la actitud misericordiosa de un obispo en Los Miserables; la entrega del doctor Sayer a sus enfermos en Despertares; la defensa de la coherencia moral, la amistad y el estudio que muestran las aventuras de Harry, Hermonie, Ron y el gigante Hagrid en Harry Potter y la piedra filosofal, o la magnanimidad y el sacrificio de Frodo Bolsón por eliminar la fuente del mal en El Señor de los Anillos, nos animan a ser mejores.
Respecto a esta capacidad catártica del cine, el productor inglés David Puttnam cuenta su experiencia al visionar la célebre película sobre el canciller inglés Tomás Moro, Un hombre para la eternidad: “Recuerdo haber visto [la película] cientos de veces, no por sus cualidades fílmicas, que las tiene, sino por el efecto que producía en mí: el hecho de permitirme esa enorme presunción de salir del cine pensando: ‘Sí, yo también hubiera dejado que me cortaran la cabeza para salvaguardar un principio’. Sabía de sobra que no era así, y probablemente nunca encontraría a nadie que lo hiciera, pero el cine me permitió ese sentimiento; me permitió que, por un momento, sintiera que todo lo decente que había en mí se había puesto en pie. Eso es lo que el cine puede conseguir” [10].
Aunque esta fábrica de sueños apele en muchos casos a nuestras emociones, es posible y necesario, superado el impacto inicial, que las ideas plasmadas en las imágenes inunden nuestro intelecto y nos hagan reflexionar.
La antropología implícita en el cine
A veces el espectador se sorprende ante la transformación de un personaje, que en pocas horas sufre un cambio decisivo en su personalidad [11]. El proceso dramático expresa el devenir del personaje, por eso éste no permanece invariable de principio a fin. El hijo modelo se transforma en un monstruo sanguinario; es el caso de Michael Corleone en El Padrino. También La lista de Schindler muestra como un empresario pragmático acaba convirtiéndose en héroe; y viendo A propósito de Henry se puede observar como un abogado egoísta descubre el amor.
El arco de transformación [12] del personaje tiene que seguir una lógica, si hay incongruencias en el viaje interior de los personajes, si un protagonista se muestra estereotipado o con reacciones muy previsibles, casi de mecánica instintiva, la película parece irreal y pierde calidad artística. Es el caso de los personajes planos como Torrente, Rambo, los protagonizados por Van Damme o los jóvenes de Scream y Sé lo que hicisteis el último verano.
La diferencia entre un personaje que evoluciona en su concepción del amor y muestra su riqueza interior, y otro sin relieve, queda plasmada en Roxana y Christian, protagonistas de Cyrano de Bergerac. Ante el asombro del joven mosquetero, la bella joven advierte que el amor no se reduce a la fascinación por la apariencia física, sino que reside en el interior de la persona. También encontramos este contraste en la actitud que manifiesta Lucy respecto de la antigua novia de Peter en Mientras dormías. Ésta es una mujer superficial que vive pendiente de su aspecto corporal. Lucy, en cambio, reconoce que el auténtico amor se da a segunda vista, una vez superada la seducción por la belleza exterior.
Pero no hay que confundir el personaje plano con el personaje íntegro, como por ejemplo Maximus en Gladiator, Tomás Moro en Un hombre para la eternidad o Elinor en Sentido y sensibilidad. Son tres sujetos que se mantienen fieles a sus principios a lo largo de toda la narración.
“Bajo la superficie dramática del guión, lo que sucede ante el espectador, late siempre el mundo de las personas” [13]. Hay una antropología implícita en el cine y corresponde al pensador elaborar una antropología explícita que sirva de base para la construcción de personajes. Tanto en la creación cinematográfica y televisiva como en la ficción literaria hay que beber de la fuente de la psicología de la personalidad, la antropología y la ética. El escritor, el guionista, el realizador no pueden dejar de lado la pregunta fundamental sobre el hombre pues, quieran o no, están dando una respuesta con sus creaciones.
¿Qué es la persona? La antropología permite adentrarse en ese enigmático mundo y descubrir la estructura narrativa de la vida humana que será la base inspiradora de las historias literarias y los guiones cinematográficos. Este saber filosófico es imprescindible para no simplificar la creación –la breve duración de una película es, al mismo tiempo, un peligro y un reto– o la comprensión de los personajes, tanto por parte del guionista como del espectador. En la novela, en principio, es más difícil ser reduccionista con la riqueza de un personaje debido a la mayor extensión y al carácter analítico de este modo de narración artística.
Desde su aparición hace más de cien mil años, el hombre sigue siendo el único animal que se hace preguntas. No sólo porque anda erguido y posee manos y cabeza, sino por estar abierto a lo real y no exclusivamente a los estímulos sensibles. Para el animal humano, el fuego, por ejemplo, no es sólo un estímulo caliente sino una realidad que se puede estudiar y dominar. Esta apertura a lo real, por tanto, le permite conocer y configurar la realidad: desarrollar el pensamiento, la ciencia, la técnica, el arte, etc. Tarea difícil, pues la realidad es tan compleja y rica como apasionante. El ser humano es un animal desprotegido, deficitario desde un punto de vista biológico, pero el number one entre las especies animales gracias a su libertad inteligente, fuente de la cultura. [14]
Leer, amar, hablar, tener amigos, buscar el sentido de la vida y la felicidad, estar sujeto a derechos y deberes, son manifestaciones de que el hombre posee una libertad inteligente, y que es, como decía Jaspers, un animal transbiológico.
Formamos parte del mundo pero somos algo más: poseemos autoconciencia o capacidad de conocernos y ser conscientes de nuestra existencia; la intencionalidad de la inteligencia y la voluntad nos permite salir de nosotros hacia el mundo para conocerlo y quererlo; nuestra interioridad o intimidad subjetiva, nuestro yo más profundo, es irreductible al cuerpo. Todos estos fenómenos, que analizaremos en otros capítulos, son pruebas de la peculiaridad específica del ser humano.
Con todas estas ideas se pretende llegar a una fecunda colaboración entre antropólogos y guionistas. Los primeros pueden aprender a pensar narrativamente viendo cine, y los segundos –partiendo de las aportaciones de los pensadores– lograr una visión profunda de la realidad humana. Ninguno de estos dos colectivos puede permanecer ajeno al otro, pues ambos hacen Antropología. La persona humana es el contenido de sus creaciones y de sus reflexiones, aunque utilicen diferentes métodos y la finalidad de su trabajo sea aparentemente diversa. Sólo en apariencia porque, en el fondo, todos buscamos bucear en el misterio humano.
Una Filosofía del hombre
La Filosofía del hombre o Antropología filosófica no es la Antropología física, también llamada Etnografía (estudio de los rasgos corporales de los individuos o razas humanas, actuales o primitivas [paleoantropología]). Tampoco es Etnología, o Antropología cultural (estudio de culturas particulares o nacionales, del temperamento humano modificado por la cultura, etc.). Estas antropologías de índole sociocultural o física se denominan positivas o particulares para distinguirlas de la Antropología filosófica: un saber que tiene por objeto al ser humano pero de un modo universal, a través de la búsqueda de sus causas últimas: ¿qué es en último término el hombre? La reflexión del pensador persigue una comprensión de la persona como tal y en su totalidad, no sólo como habitante de tal país, raza o cultura, etc.
El estudio filosófico del hombre parte de la experiencia, que incluye tanto nuestra propia autoconciencia y sus plasmaciones artísticas, como las ciencias experimentales y humanas. Las ciencias humanas (Psicología, Sociología, Antropología cultural, Historia, Lingüística, etc.) necesitan de la Antropología filosófica para tener una idea global del hombre. Dice Max Scheler que “en ninguna época de la historia ha resultado el hombre tan problemático a sí mismo como en la actualidad” , pues carecemos de un concepto unitario del ser humano. Esa idea global la obtiene la Antropología filosófica reflexionando a partir de la experiencia, el arte y los datos de las diversas ciencias. Con ello pretende obtener una comprensión profunda de la realidad humana.
En las diversas ciencias positivas el ser humano es visto como objeto. La Biología y la Medicina estudian el hombre como un organismo vivo, un conjunto de vísceras o un sistema orgánico. Según la Psicología, el individuo es un sistema de funciones psíquicas (instintos, impulsos, inconsciente, etc.). Desde este punto de vista el animal racional aparece como un ser más de la naturaleza, más complicado pero sin diferencia esencial con el resto de los animales.
Pero el hombre no es sólo lo que las ciencias dicen. No es sólo objeto, también es el sujeto de las ciencias humanas. Es el único animal que puede tomar distancia y estudiarse a sí mismo. La reflexión intelectual nos permite ‘alejarnos’ de nosotros y vernos como un objeto de investigación. Sin embargo ese distanciamiento no es total: somos al mismo tiempo juez y parte. Por lo que no basta con preguntar ¿qué es el hombre? , también hay que plantearse ¿quién es el hombre?, ¿quién soy yo? Somos seres singulares e irrepetibles, personas.
El animal humano, al igual que Buzz Lightyear en Toy Story[16], necesita saber lo que es para serlo de veras. Es el único viviente al que no le basta con existir, sino que necesita saber para qué vive, cuál es el sentido de su vida. Por eso la Antropología filosófica pretende elaborar una imagen del ser humano que de orden, integre y unifique los resultados obtenidos en las distintas ciencias. De este modo, como afirman Vicente y Choza, se puede orientar el proceso humano de autorrealización [17]. La persona sólo será feliz si sabe qué es y quién es.
Uno puede plantearse si esta imagen que proporciona la Antropología es nuestra visión particular del hombre occidental o, por el contrario, es universal. Si negamos la Filosofía como saber global, sólo nos queda el recurso a las ciencias positivas y en ese caso el relativismo será insuperable. No podríamos juzgar otras culturas, ni compadecernos, por ejemplo, de los sufrimientos de la protagonista de No sin mi hija a manos de un marido fundamentalista islámico. Tampoco deberíamos horrorizarnos cuando una mujer en El club de la buena estrella, siguiendo principios de la cultura ancestral china, ahoga a su bebe en la bañera para vengarse de la infidelidad de su marido. Ni denunciar, como hace Hugh Grant, los experimentos médicos que realiza Gene Hackman con mendigos de una ciudad americana en Al cruzar el límite. Las ciencias experimentales o positivas no pueden establecer –ni es su objetivo– qué es real, evidente, ético o bello. Por eso necesitamos un saber más universal: la Filosofía.
Además, el relativismo cultural se contradice ya que se erige a sí mismo como un principio transcultural. Se da la curiosa situación de que todo es relativo menos el relativismo.
Pero la Filosofía es y surge como una crítica de los defectos de una cultura y, por tanto, como una superación del relativismo. Los primeros filósofos griegos consideraron que era algo antinatural, y no un mero capricho local, que las amazonas se cortaran un pecho. También resultan rechazables para un pensamiento filosófico y ético las leyes injustas, los sacrificios humanos en la América precolombina, o la intolerancia de los talibanes, por indicar sólo unos pocos ejemplos. Por eso la Antropología busca conocer la universal dignidad de la persona, y para ello debe lograr la difícil tarea de superar los prejuicios culturales que afecten a la grandeza de todo ser humano.
Algunas películas como 2001, una odisea del espacio, Blade Runner, Matrix e Inteligencia Artificial tratan sobre la identidad humana. La búsqueda de la identidad personal es una constante vital: ¿Qué es el hombre y quién soy? El hombre es el ser que ha de tomar una postura respecto de sí. Lo propio de la existencia es elegir, pero elegir es, en el fondo, elegirse. De ahí la angustia de la libertad: el propio yo está en juego. Y para que esta elección sea acertada es necesario conocer la realidad y nuestra propia realidad: esto es, la verdad. La verdad, como veremos en otro capítulo, no es un objeto que se pueda adquirir y poseer como una cosa; no se apodera uno de ella sino que es ella quien toma posesión de nosotros cuando la aceptamos existencialmente. Lo verdadero es apasionante porque pone en juego todo lo que somos y hacemos.
En esa aventura por la verdad, la Antropología filosófica juega un papel importante, aunque no el único. Ella investiga qué es el hombre, qué tipo de realidad es el hombre, qué y quién es el hombre realmente. Pero sus resultados siempre son perfeccionables, no agotan el misterio. Y ante el aspecto misterioso de la vida no caben la huida al escepticismo o la reclusión en la superficialidad, sino bucear en él sabiendo que nunca lo agotaremos. Se trata de un desafío que merece la pena.
[1] MARÍAS, J.: La educación sentimental, Alianza, Madrid 1992, pp.212-213.
[2] Este método circular o en espiral es utilizado por M. Heidegger, K. Jaspers, H.G. Gadamer, A. López Quintás y otros autores contemporáneos.
[3] Guión del novelista William Goldman.
[4] Cfr. MARÍAS, J.: La educación sentimental, o.c., p. 220.
[5] Citado por CAPARRÓS, J.M.: El cine de nuestros días (1994-1998) , Rialp, Madrid 1999, p.289
[6] MACINTYRE, A.: Tras la virtud. Editorial Crítica, Barcelona 1987, pp.266-267.
[7] Versos 332-333.
[8]Por ejemplo: J. BALLÓ y X. PÉREZ: La semilla inmortal. Los argumentos universales en el cine. Anagrama, Barcelona 1997 y SÁNCHEZ-ESCALONILLA, A.: Guión de aventura y forja del héroe. Ariel, Barcelona 2002.
[9] La subjetividad más bien hace referencia al significado, no al sentido. Las cosas adquieren significado para mí cuando se adaptan a mis esquemas mentales o gustos. El sentido, en cambio, viene a ser el significado especial que adquiere algo en una trama de relaciones, pues la persona es un ser relacional y dialógico. La vida humana sólo tiene sentido en referencia a los otros. Además, el sentido se da en un nivel de realidad distinto y superior en posibilidades al nivel en que se da el significado. Pero ambos deben integrarse, aunque el sentido siempre abarca más que el significado. El deseo de poseer cierto coche, por ejemplo, puede tener un gran significado subjetivo, pero no tener sentido si pertenece a otra persona que no quiere deshacerse de él. No se debe deformar la realidad según el propio entendimiento, interés o gusto. Volveremos sobre este tema en el capítulo 6. [10] Cfr. MOYERS, B.: “David Puttnam, Filmmaker”. Citado por PARDO, A.: El cine como medio de comunicación y la responsabilidad social del cineasta, p.128, en CODINA, M (editora): De la ética desprotegida, EUNSA, Pamplona 2001.
[11] Cfr. SÁNCHEZ-ESCALONILLA, A.: Estrategias de guión cinematográfico, Ariel. Barcelona 2001, pp.275ss.
[12]Cfr. Ibíd, p.292 ss.
[13] Ibíd., p.275
[14] Cfr. AYLLÓN, J.R.: La buena vida, Martínez Roca, Barcelona 2000, pp.153-154.
[15] Die Stellung des Menschen im Kosmos en Gesammelte Schriften, Francke Verlag, Berna y Munich 1971-87, t.9, p.11. Citado en J. VICENTE-J. CHOZA, Filosofía del hombre, Rialp, Madrid 1991.
[16] Buzz sufre una depresión al comprobar que sólo es un ‘juguete’, no un guardián espacial. El sheriff Woody le hace reconocer que en eso estriba su grandeza y el sentido de su existencia: “¡Eh, espera un momento! Ser un juguete es mucho mejor que ser un guardián espacial. En serio. Mira, en esa casa hay un niño que piensa que eres el mejor, y no porque seas un guardián espacial sino porque eres un juguete. ¡Su juguete!” Buzz supera su crisis y junto a Woody realiza una serie de hazañas que les permiten cumplir su misión y vivir felices con su joven dueño.
[17] Cfr. J. VICENTE-J. CHOZA, Filosofía del hombre, o.c., p.25
(*) Cine y misterio humano
Ediciones RIALP
280 páginas
ISBN: 84-321-3438-4
PRECIO: 14 euros
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