¿Es posible hablar de Dios?. ¿Sigue siendo necesario hacerlo?. En 1956, Daniélou se hacía estas preguntas, cuya pertinencia no ha hecho sino crecer. Se puede, se debe hablar de Dios, porque el mismo Dios nos ha hablado. Ésta es la tesis mantenida por el autor que pretende ayudar a quienes buscan a Dios a tientas y guiar a un mejor conocimiento a quienes ya lo conocen.
ISBN: 84-7057-448-5
ÍNDICE DEL LIBRO
Dios y nosotros
Introducción. 9
Prefacio. 39
I. El Dios de las religiones. 41
II. El Dios de los filósofos. 75
III. El Dios de la fe. 111
IV. El Dios de Jesucristo. 151
V. El Dios de la Iglesia. 181
VI. El Dios de los místicos. 215
Bibliografía. 239
Recensión
Libros así confortan nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. Libros así legitiman las razones de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra caridad. Si podemos hablar de Dios, ahora y en un futuro, como lo fue en un pasado, es porque Dios, previamente, ha hablado de sí mismo. Karl Barth nos diría que «sólo Dios habla de Dios». La legitimidad de la elocuencia, como pretensión salvífica de la pa-labra cristiana, nace de la primacía de la caridad en el alma humana. Dios aparece en el hombre como deseable y, después, o al mismo tiempo, como deleitable. Pensar sobre Dios es primera tarea. Si algo ha puesto en duda, en sospecha, la modernidad –y no digamos nada la postmodernidad– es el pensamiento sobre Dios, mejor dicho, la comprensión y aceptación humilde del hecho de que Dios ha pensado-amado previamente al hombre desde toda la eternidad y se ha revelado; una revelación que se hace presente, en su integridad, por la acción de Dios en el tiempo de la Iglesia por medio del Magisterio. Este libro es un poco, o un mucho, una historia de no sólo la idea de Dios, sino de la vida de Dios en el hombre, y de la búsqueda, y del encuentro del hombre con Dios. Dios y nosotros, primero; nosotros y Dios, después, binomio de radical implicación para la vida y para el pensamiento, que no pude dejarnos indiferentes.
Libros así bien merecen ser pórtico y atrio de una colección de clásicos de teología del siglo XX, como la que con este volumen se inicia. Sorprende la agilidad con la que la editorial Cristiandad está, poco a poco, dando una vuelta de ciento setenta y nueve grados al horizonte de las publicaciones de teología en España. Y, desde hace bien poco, sin olvidar que su capacidad de acreditación se conjuga en un pretérito de éxitos que todos recordamos, y que han marcado mucha de la renovación elíptica de la teología y de la pastoral de la Iglesia. Bien lo dice, en fondo y forma, el profesor de Teología César Izquierdo, responsable de la amplia y cuidada introducción de este texto y de la mencionada colección. Y lo dice recordando la trayectoria intelectual del padre Daniélou, leída desde el hontanar de sus escritos autobiográficos, pasados unos años del Concilio Vaticano II, probablemente los suficientes. Cuando Pablo VI le nombra cardenal, en la ce-remonia de su consagración episcopal, en la capilla des Crames, del Instituto Católico de París, un grupo lanzó desde el coro octavillas acusándole de haber traicionado su libre magisterio teológico, y su giro a la cerrazón dogmática. Pero dejemos que el padre Daniélou hable en sus Memorias: «Se ha comentado mucho que he evolucionado, que he pasado de una fase de aceptación respecto del mundo moderno a otra crítica y polémica, que el progresista se había convertido en un conservador, cuando no en un integrista. Pero no, no he cambiado: me encuentro abierto al mundo, aunque detesto ciertas posturas de complacencia y complicidad. (…) Lo que, tanto a mí personalmente, como a algunos amigos míos, tales como los padres De Lubac y Urs von Baltasar y otros muchos, nos ha parecido grave dentro de la historia religiosa de estos últimos treinta años, es el deslizamiento operado desde un interés aperturista del pensamiento a una actitud de abandono (démission)».
Quiso el padre Daniélou, y queremos nosotros, en un mundo en el que Dios parece ausente, como si Dios no existiese, hacer memoria de los momentos y de las etapas por las cuales Dios se ha manifestado y por las que se le puede encontrar.
José Francisco Serrano
Alfa y Omega
INTRODUCCIÓN
Por César Izquierdo
(…)
3. DIOS Y NOSOTROS
Dieu et nous apareció en 1956 [J. Daniélou, Dieu et nous (Grasset, Paris 1956)]. Antes de llegar a conformar un libro, su contenido había ido surgiendo de forma viva del contacto de su autor con las inquietudes concretas de las personas a las que ayudaba en su camino de fe. En este caso se trataba, sobre todo, del Círculo san Juan Bautista y, especialmente, de la enseñanza religiosa que Daniélou impartía en el Centre Richelieu, de la Sorbona. De las actividades del Círculo, sabemos que en el curso 1955-1956 se trató sobre el sentido de Dios en las religiones y sobre la actitud de las religiones ante el ateísmo. Dios y nosotros es, sin duda, resultado, al menos en parte, de ese trabajo. En cuanto al Centro Richelieu, que vino después del Grupo Católico de Letras de la Sorbona, que estuvo activo durante la guerra, Daniélou nos dice en sus Memorias: «Conservo un excelente recuerdo de aquel ambiente tan abierto frecuentado por católicos y no católicos, en el que encontré personas admirables. Yo intentaba dar testimonio de la fe cristiana en contacto con los problemas que afectaban a la actualidad religiosa, filosófica y sociológica. A esta enseñanza tan extraordinariamente abierta se deben mis libros de divulgación teológica, destinados a presentar la fe a un público de jóvenes de la actualidad: Dieu et nous y Approches du Christ (J. Daniélou, Memorias, 86). De hecho, Dieu et nous está dedicado a los alumnos del Centro Richelieu.
Dios y nosotros: el título apunta a una cuestión radical que tiene que ver con la diversa comprensión de Dios que tiene el hombre y, consecuentemente, con el modo de entender las relaciones ontológicas e históricas que hay entre Dios, el mundo y el hombre. Se debe subrayar la conjunción copulativa «y» porque, en esta obra, Daniélou está muy lejos del pensamiento disyuntivo que es tan frecuente al abordar este tipo de problemáticas. De acuerdo con ello, no se ocupa ahora de la negación de Dios, ni de una explicación más o menos deísta de las cosas. La relación positiva entre Dios y el hombre (nosotros) es el punto de partida del que manarán de forma natural la respectiva visión de Dios y del hombre. Y así, partiendo del Dios que presentan las religiones, pasa a la cuestión clásica del Dios de los filósofos, para adentrarse posteriormente en el Dios de la revelación -el Dios de la fe, de Jesucristo, de la Iglesia- y acabar con el Dios de los místicos. Veamos sucintamente el planteamiento que Daniélou hace de cada uno de estos temas.
El Dios de las religiones es el título del capítulo primero, y en él se ofrece al lector una síntesis de erudición y de reflexión teológica que, a pesar de los años transcurridos, goza de indudable actualidad. No es éste el único lugar en que Daniélou se ha ocupado del significado de las religiones y del diálogo entre ellas y el cristianismo, pero en estas páginas se puede apreciar que nuestro autor sigue teniendo mucho que decir a cualquiera que se acerque sin parti pris a estas cuestiones. En efecto, sorprende hasta qué punto afronta seriamente el desafio que suponían los nuevos conocimientos sobre la historia de las religiones, así como la «alternativa» que ofrecía la espiritualidad de las religiones de oriente (hinduismo, budismo) y da una respuesta profundamente teológica, abierta y cristiana a la vez.
Para Daniélou, el desarrollo cultual, doctrinal y místico de las religiones contiene la expresión de una revelación de Dios que habla a toda alma humana a través del cosmos, la conciencia y el espíritu. A través del simbolismo, de los mitos y de los ritos, -que expone, no en general, sino a partir de los datos concretos de las diversas tradiciones religiosas-las religiones buscan verdaderamente a Dios. En esa búsqueda, sin embargo, carecen de la orientación que sólo puede venir de la propia manifestación personal de Dios, y como consecuencia, lo que perciben y lo que expresan es oscuro e imperfecto. En su interpretación de la realidad de Dios y del mundo, las religiones corren el riesgo del politeísmo, o del panteísmo -versión metafísica del anterior, dice Daniélou- o del dualismo. El doble aspecto de, por un lado, la revelación que expresan y, por otro, la desorientación que las anima, hace a la historia de las religiones al mismo tiempo grande y decepcionante. En las profundidades de la humanidad religiosa surge una llamada hacia la luz que sólo le será dada en plenitud en Jesucristo.
Todo lo anterior lleva a plantear las relaciones entre cristianismo y religiones de una forma original. No tiene ya sentido la comparación que hacía la apologética entre la religión verdadera y las demás que eran falsas. Pero tampoco sirve de nada la comparación moderna entre la riqueza de la experiencia religiosa de algunas religiones y del cristianismo. La experiencia religiosa puede ser más intensa en los no cristianos. «Buda y Mahoma son genios religiosos más grandes que san Pedro o el Cura de Ars. Pero lo que salva no es la experiencia religiosa, sino la fe en la Palabra de Dios».
Igualmente original y sugerente es el acercamiento de Daniélou al tema de «El Dios de los filósofos» (capítulo II). Desde el comienzo avisa de que su interés no es el de examinar si alguna vez la filosofia condujo al hombre a Dios. Ése, afirma, es un falso problema, porque la conversión a Dios siempre es un proceso del hombre total, no de la pura razón. Se sitúa en el interior del orden real e histórico, que es un orden de gracia y de pecado, en el interior por tanto de la historia de la salvación, y se pregunta por cuál es el estatuto de la filosofia dentro de una perspectiva teológica. El resultado será que -como sucede con las religiones- hay un mal uso y un buen uso de la filosofía, «que hay un falso Dios de los filósofos y, sin embargo, una verdadera filosofia de Dios».
Daniélou pone de manifiesto que no se pueden oponer razón y experiencia religiosa. Esta última es eminentemente subjetiva, y la certeza a que llega es incomunicable. A este respecto, es de gran interés la reflexión que ofrece sobre lo que hoy llamamos el problema del sentido, es decir, la armonía que existe entre la existencia de Dios y nuestras aspiraciones más hondas. Lejos de aceptar sin más la fuerza de esa correspondencia, argumenta -quizás con una cierta exageración- que la creencia en Dios no tiene que ver con las aptitudes religiosas y se impone objetivamente tanto al temperamento místico como al positivista. «La realidad de Dios -escribe- se impone más a nosotros en su objetividad cuando contradice nuestras aspiraciones, cuando su realidad contradice a nuestra inteligencia y su voluntad desbarata nuestros proyectos».
El conocimiento de Dios se da en la frontera entre el conocimiento y la incognoscibilidad, en la «tiniebla» de la que habla Gregorio de Nisa. Por tanto, cuando la filosofia -el racionalismo en realidad- pretende una comprensión total de la inteligibilidad del ser y designa esa perfecta inteligibilidad a Dios, en realidad a lo que ha llegado es a un ídolo, el ídolo del racionalismo. A Dios se llega mejor si se le entiende a partir del límite de la razón: todo lo que se dice de él es insuficiente, y al mismo tiempo todo es cierto. La idea de límite que representa Dios permite plantear también otros problemas límite, como la libertad, el mal y el sufrimiento que la razón no puede explicar suficientemente e impiden que la razón se cierre en sí misma, y son «ventanas abiertas sobre el misterio del ser»: exigen por ello algo más que un discurso; exigen una conversión existencial.
Nuestro autor ofrece asimismo una reflexión nada convencional sobre el carácter personal de Dios y sobre la coexistencia de Dios y las criaturas, es decir, sobre la creación, con la que el lector experimenta un inmediato enriquecimiento de su visión de la realidad.
El siguiente paso (capítulo III) nos sitúa ya frente a «El Dios de la fe». Al tratar del Dios de la fe, Daniélou introduce al lector en la relación de Dios salvador -el Dios vivo, «el Dios de Abraham, Isaac y Jacob»- con el mundo. Este Dios es el que se revela en la palabra y en la historia, y pide ser acogido por el hombre en la fe. En el capítulo siguiente «El Dios de Jesucristo» se completará esta exposición con lo que se refiere a la manifestación de la Trinidad de las personas a través de sus obras.
La presentación que Daniélou hace de la fe y de la revelación ofrece explicaciones que hoy forman parte de la doctrina comúnmente aceptada. Pero es necesario tener en cuenta la fecha en que fue escrita para hacerse cargo de lo que suponía esa forma de afrontar los temas clásicos de la revelación de Dios y de la fe con la que el hombre responde. Con sencillez, sin establecer tensiones con la forma tradicional de presentar la fe como asentimiento, Daniélou afirma que «la fe se refiere esencialmente a hechos divinos». La revelación entonces forma parte de la historia de la salvación. De todos modos, Daniélou no trata de ofrecer una reflexión detenida sobre la naturaleza de la revelación y de la fe, sino sobre todo de presentar al Dios que se revela y con el que el hombre se encuentra en la fe.
Más allá de la creación, el Dios bíblico es conocido en su relación con el mundo a través de la Alianza. «La Alianza nos introduce así en la revelación del Dios vivo con todo su misterio y toda su paradoja». En la Biblia, los rasgos fundamentales con los que Dios se presenta son la verdad, la justicia y el amor. Nuestro autor expone de forma original y profunda el sentido que esos temas centrales tienen en las Escrituras. Así, por ejemplo, el lector se encuentra con una sabrosa reflexión sobre la roca como símbolo de la verdad bíblica, en lugar de la luz que era el símbolo de la verdad en la filosofía; o sobre el significado profundo de la justicia de Dios, que no se define por referencia al hombre, sino que es la fidelidad del amor a sí mismo.
Si la Alianza es la categoría central para entender a Dios en su relación con el mundo, la santidad es lo que permite conocer a Dios en su misterio propio. Daniélou dedica la última parte a exponer el concepto bíblico de santidad, con oportunas derivaciones hacia temas como la belleza y su relación con Dios o el fundamento de la moral.
Pero este Dios que se revela y salva, manifiesta en primer lugar el misterio de su intimidad: «El objeto de esta revelación es la Trinidad de las personas. Es el misterio propiamente dicho de Dios, un misterio totalmente inaccesible a la razón humana, oculto en la tiniebla (...). Este misterio inaccesible constituye la totalidad del cristianismo». Daniélou no utiliza las expresiones Trinidad económica y Trinidad inmanente, pero se refiere a lo que hay bajo ellas. Se ocupa en primer lugar de «la Trinidad en el espejo de la economía», o lo que es lo mismo, de la Trinidad que actúa en la historia: la Trinidad tal como se manifiesta en la Escritura, es decir, «la historia de las misiones». Para ello, Daniélou se sirve del testimonio de la Escritura y de los Padres de la Iglesia que han desarrollado este aspecto, especialmente Ireneo y Gregorio Nacianceno.
Lo primero que ofrece es una explicación de las misiones en general, para pasar después a analizar la misión del Hijo y del Espíritu, a partir del Padre. Esto le permite ofrecer una síntesis de la acción y de la figura del Hijo encarnado y del Espíritu Santo. A este respecto, los textos de la Escritura que Daniélou aduce reciben un sentido que los llena de contenido; es decir, extrae de ellos parte de la abundante riqueza que contienen y acercan más a la comprensión y a la conversión la acción personal de Dios en Cristo y en el Espíritu.
Pero la explicación del misterio del Dios trino quedaría peligrosamente incompleta si no se pudiera ir más allá de su actuación en la historia, porque cabría reducir su realidad a su reflejo histórico. Por ello, Daniélou se ocupa también, aunque más brevemente, del «misterio de las relaciones» entre las personas divinas. La realidad primordial del Dios trino está envuelta en la «tiniebla» y permanece extraña al hombre carnal. Por medio de esa extrañeza, sin embargo, se manifiesta la realidad de la Trinidad que no se adapta al hombre, sino que lo eleva por encima de sí mismo y lo adapta a ella.
El hombre puede conocer algo de esa realidad primordial por la revelación que ella hace de sí misma a través de la acción en el mundo. La vida trinitaria se manifiesta como perfectamente una y al mismo tiempo se da en ella la doble dependencia del Hijo y del Espíritu, así como el orden en esa dependencia cuyo primer origen se remonta siempre al Padre, aunque es el Hijo quien envía inmediatamente al Espíritu Santo.
Ahora bien, conocido lo anterior, es necesario preguntarse: ¿dónde encontramos al Dios de Jesucristo? Porque hay diversas presentaciones de Jesucristo, y es necesario conocer los criterios que nos permiten aproximarnos a su verdadera imagen. Las diferencias en este punto son las que invitan a encontrarlo solamente en la Escritura, o en la Iglesia que conoce la revelación de Dios en la Escritura que ella lee en su Tradición. Toda esta problemática ocupa a Daniélou en el capítulo V de Dios y nosotros, precisamente el que lleva por título «El Dios de la Iglesia».
Solamente al final del capítulo, Daniélou se ocupa realmente de la presentación que hace la Iglesia del misterio de Dios trino, enlazando, por tanto, con lo afirmado en el capítulo anterior a propósito del «misterio de las relaciones», o lo que posteriormente se ha designado como Trinidad inmanente.
Daniélou ofrece una apretada síntesis de la historia de la elaboración de la teología trinitaria en los primeros siglos de la teología. La mayor parte de este capítulo la ocupa, sin embargo, una a modo de introducción a la epistemología teológica.
A la pregunta de si la Escritura es la única fuente para conocer la manifestación de las personas divinas en la obra de la salvación, la respuesta es que esa Escritura solamente se puede entender si es leída en el testimonio de la Iglesia y de su Tradición viva. Daniélou dialoga a este respecto con un exponente particular de la postura protestante, como es el teólogo valdense O. Cullmann. Este autor da una importancia única a los apóstoles, estableciendo un corte entre ellos y la Iglesia post-apostólica. Daniélou, en cambio, argumenta la unión entre los apóstoles y la Iglesia, para concluir que «la revelación se hace infaliblemente presente por la acción de Dios en el tiempo de la Iglesia por medio del Magisterio».
Junto a las relaciones entre Escritura y Tradición, hay que plantearse otra cuestión que es la del papel que desempeña el espíritu humano en la explicación de los datos de la Escritura y de la Tradición. En otras palabras, es necesario analizar el papel de la teología. Daniélou tiene presente a este respecto la propuesta de la teología kerigmática que postula que la teología debe limitarse a utilizar las categorías bíblicas y limitar por tanto al máximo el papel del discurso racional. Un examen de la historia de la doctrina le permite sin embargo dejar clara la legitimidad y la necesidad de ir más allá de las fórmulas escriturísticas para mostrar que la teología, en cuanto lectura de la revelación con los recursos del pensamiento, es una forma imprescindible de conocimiento de Dios. Para ello, sin embargo, el teólogo debe ir incluso más allá de sí mismo y ser contemplativo del misterio.
Finalmente, el capítulo VI trata de «El Dios de los místicos». El Dios de la Revelación no se hace conocer solamente a través de los testimonios que da de su obra, y cuyo significado desentraña la teología especulativa, sino que se revela también directamente al alma. ¿Cómo hay que entender esta revelación al alma? No, por supuesto, en el sentido que ya ha quedado excluido en los capítulos anteriores de la mera experiencia interior. Se trata en realidad de experiencia de esos grandes creyentes que son los santos. «El hombre espiritual está dotado de aptitudes nuevas, de sentidos nuevos que lo connaturalizan con esa tiniebla divina, inaccesible al hombre carnal, y le permiten penetrar en ella».
El punto de partida de esa captación misteriosa de Dios es el bautismo. Daniélou desarrolla lo que supone el bautismo para el hombre: regeneración, filiación divina, libertad de los hijos de Dios, amistad, inhabitación trinitaria («la Trinidad se apodera del hombre en el bautismo y se comunica a él»), vida de la gracia, configuración con Cristo... La presencia de Dios en el alma por el bautismo crea la gracia santificante e incita las virtudes de la fe y de la caridad con las que el hombre es capaz de volverse a ese Dios presente en ella y unirse a él a través de la inteligencia y del amor.
Pero hay otra presencia que no es tanto presencia de Dios en el alma como presencia del alma en Dios por la cual el hombre se vuelve hacia Dios, lo posee y goza de su presencia. El alma que crece en la vida de la gracia es siempre colmada por Dios en la medida de su capacidad, pero al comunicarse a ella, la gracia dilata esa capacidad del alma y la vuelve capaz de nuevas gracias. La «sensación de presencia» de la que habla el Niseno será proporcional al aumento de gracia.
«La experiencia mística está hecha, pues, de posesión y de deseo, de interioridad y de éxtasis». Daniélou expone el testimonio de san Gregorio de Nisa, san Juan de la Cruz, así como el pensamiento de Maritain sobre la mística. Su conclusión es que a través del crecimiento de la vida de la caridad en el alma, las Tres Personas son conocidas por el alma con ese conocimiento oscuro y amante en que el conocimiento tiene la medida del amor. Ésa es la teología mística, la que constituye el alba real de la visión mística.
PREFACIO
Orígenes decía que siempre es peligroso hablar de Dios. Es cierto que todo lo que decimos de Él nos parece en seguida insignificante, en comparación con lo que El es. Y entonces tememos que lo que digamos de Él, más que manifestarlo, lo oculte, y constituya más un obstáculo que una ayuda. Por eso, cada vez que decimos algo, querríamos negarlo. Y al mismo tiempo es cierto que todo lo que decimos de Él es verdad y, no obstante, nada de eso es verdad. Porque Él es lo que decimos y sin embargo no lo es. Él es, decía el Pseudo-Dionisio, todo lo que es y nada de lo que es.
Pero ¿es acaso necesario hablar de Dios? Pues si bien permanece siempre desconocido, también es, paradójicamente, muy conocido. ¿Por qué hablar de Él como si lo conociéramos mejor que los demás, si todos lo conocen? Porque no hay nada más conocido que Dios. No hay nada que ocupe tanto lugar incluso en la vida de quienes lo niegan o creen que lo ignoran. Emmanuel Berl decía que nunca había encontrado ateos, sino solamente hombres que creen en Dios, pero sin saber exactamente qué creen. De modo que Dios es el más conocido y el más desconocido. Un niño lo conoce, tal vez antes de conocer a su madre, y los más grandes místicos no lo conocen aún.
Si podemos, no obstante, hablar de Dios, es porque Dios ha hablado de sí mismo. Como dijo Barth: «Sólo Dios habla de Dios». Mi propósito en este libro no es, pues, decir lo que yo digo de Dios, sino lo que Dios ha dicho de sí mismo. Y esto justifica su propósito y establece su ordenamiento. Porque Dios ha hablado muchas veces. Ha hablado y habla a todos los hombres por medio de la creación, que es su obra, y por medio del Espíritu, que es su imagen. Luego, ha hablado por medio de sus profetas. Y finalmente ha hablado por medio de su Hijo. Y es así un mismo Dios el que se da a conocer a los paganos y a los filósofos, a los judíos y a los cristianos. Pero entre todas esas vías del conocimiento de Dios, conviene establecer un orden. Y es ése justamente el propósito de este libro: ubicar las religiones y las filosofias, el Antiguo Testamento y el Nuevo, la teología y la mística, según su aportación específica al conocimiento de Dios.
Este libro querría también ayudar a quienes buscan a Dios a tientas, mostrándoles las vías por las cuales Él se hace conocer. Querría guiar a quienes conocen a Dios, explicándoles cómo se revela de varias maneras, pero cómo su revelación en Jesucristo es eminente y definitiva. Querría ayudar a los cristianos a ubicar en su conocimiento de Dios las diversas vías que se les proponen, y a amar la Biblia sin subestimar la teología, y a hacer teología, pero sin descuidar la mística. Querría sobre todo, en un mundo en el que Dios parece tan ausente, restituir las etapas progresivas por las cuales se ha manifestado y por las cuales se le puede encontrar.
EDICIONES CRISTIANDAD, Madrid, 2003
ISBN: 84-7057-448-5
241 pp.
Edición autorizada para Arvo.net
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