| Ed. Tusquets. Barcelona, 2001, 80 págs., 1.400 ptas.
Ángel González (Oviedo 1925) no es un autor muy prolífico, pero por su obra poética ha recibido, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias (1985), el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1996) y un sillón en la Real Academia de la Lengua Española. Después de nueve años de silencio, aparece este nuevo libro de uno de los poetas más destacados de la llamada generación de los 50, de notable influencia en la poesía española de los últimos años.
A través de imágenes relacionadas con los juegos de la luz en los momentos crepusculares del día o en la estación otoñal, el autor hilvana algunos recuerdos, trata de recuperar momentos vividos en un intento de situarse y de situar al lector ante el misterio del tiempo y de la naturaleza (“Los silbos amarillos de los mirlos, / el verde desvaído al que apuntaban, / la luz, la brisa, el cielo inquieto: / todo nos confundía”) y de su incidencia en la relación amorosa (“Estos poemas los desencadenaste tú, / como se desencadena el viento, / sin saber hacia dónde ni por qué”), en la palabra, en los objetos, en la vida. Se trata de un libro elegíaco, a veces melancólico, probablemente de los mejores de Ángel González, en el que no falta la ironía, característica de toda su obra, aunque aquí aparece más matizada y por eso quizá menos cínica y más abierta al misterio y a la trascendencia, aunque sin salir del tono generalmente escéptico y más bien pesimista de los libros anteriores.
Otoños, La luz a ti debida (de tema amoroso) y Glosas en homenaje a C. R. (se trata de Claudio Rodríguez, uno de los mejores poetas de su generación, ya fallecido. En esta parte del libro, el autor indaga en la amistad y en la tarea creadora) y Otras luces componen el poemario. El estilo de Ángel González es generalmente claro, descriptivo, con uso frecuente de un tono casi coloquial, al que el poeta sabe dotar de una precisa musicalidad.
Luis Ramoneda.
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