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LAS MEMORIAS DE MAMÁ BLANCA (Luis Ramoneda) |
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LAS MEMORIAS DE MAMÁ BLANCA |
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de Teresa de la Parra. El estilo, lleno de naturalidad, refleja en muchos pasajes el candor de la visión infantil de los acontecimientos, con numerosos rasgos de humor y de afecto hacia personas ... retratadas con gran vigor.
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Título: Las Memorias de Mamá Blanca
Autora: Teresa de la Parra
Edición, introducción y notas de Marina Gálvez Acero
Castalia. Madrid (2003), 216 págs., 14,9 €
HAY QUE ALEGRARSE por la reedición de esta obra clásica de la literatura hispanoamericana. Teresa de la Parra nació en París en 1889, cuando su padre era cónsul de Venezuela en Berlín, y murió de tuberculosis en Madrid en abril de 1936. Era una mujer aristocrática, culta, gran viajera, pero muy identificada con su tierra venezolana. Este libro, publicado en 1929, es su obra más importante y tiene muchos rasgos de su infancia en el rancho de su familia no muy lejos de Caracas. La narración se inicia con un recurso cervantino: “Mamá Blanca, quien me legó al morir suaves recuerdos y unos quinientos pliegos de papel de hilo surcados por su fina y temblorosa letra inglesa, no tenía el menor parentesco conmigo”. Es decir, una amiga de la protagonista principal del relato ha recibido de ésta el encargo de revisar, después de su muerte, las cien primeras páginas de sus memorias. En los capítulos siguientes, se ofrece el texto supuestamente aligerado, con los recuerdos de Mamá Blanca, cuando era niña, en Piedra Azul, la gran hacienda de su familia, con extensas plantaciones de caña, acompañada por sus padres, por sus hermanas y por las personas que trabajaban en las tareas domésticas o en los quehaceres agrícolas y ganaderos. Son inolvidables, por ejemplo, Vicente Cochocho o Daniel (el vaquero). El libro se cierra con la descripción de la pérdida del paraíso, cuando la familia se instala en Caracas después de la venta del predio, y con la desilusión de las “niñitas”, años más tarde, tras una visita a la finca, porque ya en nada se parecía a su Piedra Azul.
En el trasfondo, hay una defensa de los bienes espirituales y de las tradiciones propias de la zona frente al empuje del positivismo, en los aspectos que Teresa de la Parra considera negativos. No se trata simplemente de una idealización de la infancia o de la vida en el campo ni de un deseo de vuelta a tiempos pretéritos, no estamos ante un libro nostálgico, aunque no le falten matices románticos, sobre todo en la figura de la madre. La autora intenta analizar el presente con sentido crítico y destacar lo bueno del pasado ante los grandes cambios que se vislumbran gracias a los avances de la técnica.
El estilo, lleno de naturalidad, refleja en muchos pasajes el candor de la visión infantil de los acontecimientos, con numerosos rasgos de humor y de afecto hacia personas de muy variada condición, retratadas con gran viveza. Las descripciones de costumbres y de ambientes son precisas, con atinadas comparaciones y poéticas imágenes. Nunca resultan farragosas y denotan la gran sensibilidad y las grandes dotes de observación de la autora.
La introducción sobre la vida y la obra de Teresa de la Parra, las notas a pie de página y el vocabulario final de venezolanismos y americanismos sitúan la narración en su contexto e informan de la valoración del relato en su tiempo y en la posteridad. Se facilita así la lectura y la comprensión de este libro clásico que merece la pena saborear.
Luis Ramoneda.
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