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LIBERACIÓN DEL CAUTIVO (Antonio Orozco Delclós)

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Liberación del cautivo

Liberación del cautivo

 

 

Es hora de despertar del sueño y prestar atención a la llamada y a Quien llama. Caer en la cuenta de que «en él vivimos, nos movemos y somos». No estamos aherrojados al espacio y al tiempo. Participamos de la eternidad por nuestro espíritu inmortal. La muerte no es el límite angustioso de la existencia.

«Muchos han tratado de escribir la historia de las cosas que pasaron entre nosotros, tal y como nos las trasmitieron los que las vieron desde el principio y que ayudaron en la predicación. Yo también, ilustre Teófilo, después de haberme informado minuciosamente de todo desde sus principios, pensé escribírtelo por orden, para que veas la verdad de lo que se te ha enseñado. (Después de que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto), impulsado por el Espíritu volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas, todos le alababan y su fama se extendió por toda la región.

Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. El iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor.» Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.»
(Lucas ,1, 1-4; 4, 14-21)

 

«¡Hoy!» ¿Hoy? ¡Han pasado veinte siglos desde aquel «hoy» y ni entonces ni ahora se acabo la pobreza, ni saltaron los cerrojos de las cárceles ni cesaron las angustias de los desesperados! Y sin embargo el Verbo no miente ni ha dejado de cumplir sus deberes. Aquel hoy fue, y es también nuestro hoy. Jesús curó muchos enfermos… relativamente muchos, en términos absolutos poquísimos. Los pobres, dijo, siempre los tendremos entre nosotros. Obviamente, Jesús hablaba de liberación de una pobreza, de una cautividad, de una opresión más profunda de la que se nos antoja al oído ligero. Los pobres reciben la Buena Nueva, los cautivos y los oprimidos son liberados, los ciegos ven, y la gracia llueve a chorros.

Los paisanos de Nazaret esperaban montones de milagros en aquel hoy y el final de sus problemas materiales. Pero no sucedió. Habían interpretado tan mal la Escritura como la libertad que en ella se anunciaba para los tiempos mesiánicos. No se trataba de dinamitar las cárceles, denostar la pobreza crematística, ni de ver el sufrimiento físico o psíquico como «el mal» que haya de evitarse a toda costa. Si se puede evitar ¡evítese! Hágase todo lo posible, y si se puede más, más. Crear riqueza, crear medicinas, crear espacios de libertad, siempre más y mejor. Of course! Pero no cabe olvidar el sermón de la montaña: «bienventurados los pobres…, los que lloran…, los que padecen…, los perseguidos…». Se puede y se debe ser feliz en medio de las más crueles tribulaciones. ¿Por qué? Lisa, llana y grandiosamente, porque siempre cabe amar, con la nueva libertad.

Es preciso ahondar, acudir a las raíces del mal, para curarlo radicalmente. Hay que extirpar, pues, todo lo que impida amar. ¿Qué es lo que impide amar? La distancia del Amor. Como la sed abrasadora acontece en la lejanía de las fuentes de aguas limpias. Cuando hay amor, hay un porqué sufrir. «Habiendo porqué, más valen dolores, qu'estar sin amores…», canta Juan del Encina. ¿Qué es lo que impide beber en las fuentes del amor? La fuerza centrípeta que se empeña en meter al yo en sí mismo, como si fuera ahí donde pudiera saciar sus hambres de amor y sabiduría, como si la persona no fuese un ser esencialmente relacional, como si no existiera en relación vital ante todo con el Tú divino, que es el Amor personal, más aún, tri-personal: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La persona es una tensión, una proyección al Tú donde se encuentra la plenitud de la Sabiduría, de la Belleza, del Amor. Plenitud que se derrama sobre las imágenes creadas, los otros yo, donde se espejea el de Dios, por oculto que esté.

No es ésta una doctrina esotérica. Es una experiencia cotidiana, que hoy se cumple en millares de hijos de Dios. Quizá no lo expresarían igual, pero lo viven en los cinco continentes, en todas las situaciones posibles de la existencia humana en la tierra.

¿De qué pobreza, opresión o ceguera, me quiere liberar «hoy» Cristo Jesús? Hoy, sí. Porque hoy es el mismo hoy aquél. Siempre es el «hoy» de Cristo. Cristo es «el mismo ayer, hoy y siempre». ¿Qué virtudes, que fuerzas me faltan hoy? ¿Fe, esperanza, caridad? ¿Prudencia, justicia, fortaleza, templanza…? ¿Qué obstáculos he de quitar yo hoy de mi mente y de mi corazón, para crecer en esas potencias fundamentales?

Es posible que se resuma en ceguera, mi mal ¿Qué es lo que yo veo habitualmente? ¡Cosas! ¡cosas en el espacio! cosas que ocupan espacio, cosas de mil colores que se mueven, se agitan, se me vienen encima, me perturban; cosas que me impiden el paso, me gritan, me golpean las sienes, me quitan espacio –¡bultos!- y tiempo, mi tiempo…

Me ciegan. Me concentro, me centro en mí mismo, me contorsiono dentro de mi mismo como un elefante que quisiera guarecerse refugiándose dentro de su trompa. Como si la parte fuera mayor que el todo, como si el todo cupiera en la parte. Como si no hubiese principio de no contradicción. Como si el absurdo no fuera absurdo. Como si el refugio del yo fuese el yo, como si el centro del yo fuese el yo, como si la plenitud del yo fuese el yo. Cuando el centro del yo es el Tú, y es el Tú el refugio y la plenitud del yo. Por eso amar es descentrarse y amar es la liberación del yo, la ruptura de las cadenas, la luz de los ojos, la soltura de movimientos, el aire que hincha y oxigena los pulmones y la sangre que hierve en las venas.

Es la fuerza centrípeta del yo que se trasmite a las pupilas, que en lugar de mirar hacia fuera miran hacia dentro… Afortunadamente emerge una filosofía que viene fraguándose desde hace algunas décadas, llamada a redescubrir el puesto del hombre en el cosmos y sus múltiples dimensiones existenciales. Se atreven a decir esta verdad: la persona «no existe», «co-existe». En la persona se encuentra la individualidad más genuina con la apertura más universal. El inmanentismo clausura, enjaula, oprime la persona enclaustrada en sí misma. El realismo le abre las puertas y las ventanas a la realidad que le trasciende pero que en ella existe, o, si se prefiere, la persona existe sólo en la realidad que la trasciende. Sin los otros yo, la persona no se descubre a sí misma. Sin el Tú divino, no cobra consciencia de su relevancia trascendente, supratemporal. No advierte que su origen se remonta a una llamada que procede de lo Eterno y vibrará eternamente. Por eso mismo –no por lo que imaginaba Marx- no nos podemos pensar por mucho rato inexistentes. Participamos de la eternidad de quien nos ha llamado a la existencia.

Es hora de despertar del sueño y prestar atención a la llamada y a Quien llama. Caer en la cuenta de que «en él vivimos, nos movemos y somos». No estamos aherrojados al espacio y al tiempo. Participamos de la eternidad por nuestro espíritu inmortal. La muerte no es el límite angustioso de la existencia. «Hoy» podemos ser libres de la angustia de la muerte viéndola como tránsito hacia el verdadero Fin sin término. Una cárcel menos, una opresión desaparece.

Ahora ya se abren los ojos a la luz. El mundo es mi casa, mi mundo. No hay sólo cosas, bultos, hay otros yo, otros llamados como yo, ciertas prolongaciones de mí mismo, con las que coexisto. En cierto modo existo por ellos y para ellos, porque todos nos hallamos frente al Tú trascendente, destinatarios de la voz amorosa que nos llama hijos con infinita ternura paterna. Ya no son bultos o peldaños, cosas. Su libertad no es un límite a mi libertad. Mi libertad no termina donde comienza la suya, al contrario, comienza donde comienza la suya, mi libertad es un encuentro enriquecedor con las libertades de mis semejantes. Unidas y plurales nuestras libertades, somos realmente personas, capaces de edificar un mundo digno de ser habitado por personas que coexisten y conviven en comunión de fines y variedad de medios. Nos hemos liberado de la libertad cosificada, petrificada, espacializada, excesivamente temporalizada. Hemos liberado la libertad. ¿Cómo? ¿Quién lo diría? Por el amor. Sucede que «el gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara.» (1)

Está en nuestro poder que hoy sea el día de nuestra liberación. Y mañana habrá de serlo también, porque en este asunto no se puede vivir de rentas. Es preciso comenzar un día y otro. Romper cadenas, abrir cáceles, abrir ojos y oídos, levantarse por encima de las opresiones. Cada día, cada hora, puede ser el hoy anunciado en la Escritura, el hoy de Cristo en el yo de cada cristiano. No es tarea para gente de escasa estatura espiritual, pero es asequible a todo aquel que tenga «hambre y sed de justicia», es decir, de santidad, de libertad, de amor al Tú divino y a los otros yo.

¿Amar es descentrarse? En cierto sentido sí. Porque el centro del yo es el Tú. Pero el Tú, como es sabido desde san Agustín, es más íntimo a mí mismo que yo mismo. Por eso el descentramiento no es enajenación, al contrario, es hallar la raíz trascendente de mi propia existencia, el Amor originante de mi amor, a la vez Amor-imán, fin final plenificador de mi existencia terrena y de mi vida en la eternidad.

Antonio Orozco-Delclós
Domingo, 25.I.2004 (3º T.O. C)
 


(1) San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 48

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