|
Por Antonio
Orozco Delclós
Arvo Net, 11.07.2006
El punto de partida doctrinal de la formidable
catequesis que Benedicto XVI ha realizado en Valencia,
durante la clausura del V Encuentro Mundial de las
Familias (8 y 9 de julio de 2006), ha sido esta
afirmación:
«el
ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios para
amar y sólo se realiza plenamente a sí mismo cuando hace
entrega sincera de sí a los demás». Inmediatamente viene
la segunda: «La familia es el ámbito privilegiado donde
cada persona aprende a dar y recibir amor». Conclusión:
«Por eso la Iglesia manifiesta constantemente su
solicitud pastoral por este espacio fundamental para la
persona humana» (Vigilia del V Encuentro Mundial de las Familias,
8 de julio 2006). Las consecuencias son muchas y de gran
calado. Ahora me limitaré a poner de relieve algunos
aspectos de la premisa mayor: el hombre, creado a
imagen de Dios; se entiende, del Dios vivo,
revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Creado
«Dios es Familia», en feliz expresión de Juan Pablo II.
En la Homilía recodará el Papa Benedicto que «ningún
hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por
sí solo los conocimientos elementales para la vida».
Late la pregunta de san Pablo «¿Qué tienes que no lo
hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte
como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4, 7). La
suficiencia viene de Dios. La autosuficiencia de la
criatura es mentira letal. Pero la insuficiencia –en
esto quisiera insistir ahora- no es una humillación,
sino, para la criatura inteligente, el sello de su
dignidad: la dignidad de «ser de Dios», imagen suya, con
vocación de «ser como Dios», no sin Dios, sino con Dios,
que es lo Bueno. En otros momentos el Papa ha insistido
en que el hombre no tiene otra salida que «ser como
Dios»… con Dios.
Una manifestación es que el Creador ha puesto en el
hombre la posibilidad de tomar parte en el poder de
multiplicar las imágenes de Dios en el mundo, lo cual
requiere, como es lógico, un contexto singular. Los
padres se hacen «cómplices» de un acto estrictamente
creador. Intervienen en un «milagro» portentoso. Tomás
de Aquino dice - en una pequeña obra titulada Los
cuatro opuestos - que «es más milagro el crear
almas, aunque esto maraville menos, que iluminar a un
ciego; sin embargo, como esto es más raro, se tiene por
más admirable». San Agustín queda más asombrado ante la
formación de un nuevo ser humano que ante la
resurrección de un muerto, porque piensa que cuando Dios
resucita a un muerto, recompone huesos y cenizas; sin
embargo - explica ese grande del saber teológico- «tú
antes de llegar a ser hombre, no eras ni ceniza ni
huesos; y has sido hecho, no siendo antes absolutamente
nada». No se trata de negar ni de afirmar la evolución
de la materia. Se trata aquí de la persona en cuanto
tal, dotada de una dimensión irreductible a elementos
corporales, cosa que la ciencia positiva cada día ve más
claro. El pensamiento no se reduce a la actividad
neuronal.
Besar lo que Dios ha hecho
Si dependiera de nosotros que Dios resucitase a un
muerto (pariente, amigo o desconocido), seguramente
haríamos todo cuanto estuviera en nuestro poder, por
costoso que resultase. Si Dios nos dijera: haz esto, y
este hombre volverá a la vida, sentiríamos una emoción
profunda y nos hallaríamos dichosísimos de ser
cooperadores de un evento semejante. Pues aún de mayor
relieve es la concepción de un nuevo ser humano. De
donde no había nada, surge una imagen viva de Dios. Por
ello Santo Tomás no tiene inconveniente en hacer suyo el
pensamiento de Aristóteles cuando dice que «el semen
humano es algo divino, en tanto que es un hombre en
potencia». Hoy, con los conocimientos biológicos que
poseemos podemos decir: el óvulo humano fecundado es
algo divino, porque es un hombre en acto. Tolstoi, en el
capitulo XIII de La sonata de Kreutzer asegura:
«habría que parar mientes en la obra grandiosa que se
realiza en la mujer cuando está embarazada o cuando
amamanta a un hijo. Se desarrolla el ser que es nuestra
continuación, el que ha de sustituirnos. Sin embargo, no
respetamos esta obra sagrada...».
San Agustín quien nos ofrece otra sugerencia bellísima:
«Cuando alguno de vosotros besa a un niño, en virtud de
la religión debe descubrir las manos de Dios que lo
acaban de formar, pues es una obra aún reciente de Dios,
al cual, de algún modo, besamos, ya que lo hacemos con
lo que él ha hecho». El Papa lo recordaba en Valencia:
«En
el origen de todo hombre y, por tanto, en toda
paternidad y maternidad humana está presente Dios
Creador. Por eso los esposos deben acoger al niño que
les nace como hijo no sólo suyo, sino también de Dios,
que lo ama por sí mismo y lo llama a la filiación
divina. Más aún: toda generación, toda paternidad y
maternidad, toda familia tiene su principio en Dios, que
es Padre, Hijo y Espíritu Santo» (Homilía, 9.VII.2006).
Poco más adelante, insiste y saca una consecuencia
preciosa: «Venimos ciertamente de nuestros padres y
somos sus hijos, pero también venimos de Dios, que nos
ha creado a su imagen y nos ha llamado a ser sus hijos.
Por eso, en el origen de todo ser humano no existe
el azar o la casualidad, sino un proyecto del amor de
Dios. Es lo que nos ha revelado Jesucristo,
verdadero Hijo de Dios y hombre perfecto. Él conocía de
quién venía y de quién venimos todos: del amor de su
Padre y Padre nuestro». «Sé de dónde he venido y a
dónde voy», dice Jesús (Jn 8, 14), conoce sus raíces: es
el Hijo, que viene del Padre, que le ha enviado al mundo
(Cfr. 8, 18).
Cada persona es un proyecto del amor de Dios.
El Papa sugiere una analogía entre el origen del Hijo
eterno del Padre y nosotros en el mundo. Dios ama a cada
hombre por sí mismo y para cada uno tiene una misión,
otorga una vocación que se inserta en la obra redentora
del Hijo, llena de sentido su vida en el tiempo y le
prepara para la vida eterna en comunión con la Trinidad
y todos los santos.
Sabiendo que Dios es amor, las
actitudes hostiles a la natalidad resultan pasmosas y,
desde luego, absolutamente extrañas al cristianismo. Se
necesita haber perdido de vista lo que el hombre es y el
sentido de la vida, para caer en esa suerte de nihilismo
que prefiere la nada al ser (ser, además, hijos de Dios,
llamados por el Amor al Amor), o en el paradójico
hedonismo, que desprecia los bienes eternos por
mantener, a toda costa, ciertas comodidades
provisionales. Pablo VI decía en su tan manipulada
encíclica Humanae vitae: «el problema de la
natalidad, como cualquier otro referente a la vida
humana, hay que considerarlo por encima de las
perspectivas parciales de orden biológico o sociológico,
a la luz de una visión integral del hombre y de su
vocación, no sólo natural y terrena, sino también
sobrenatural y eterna».
Es preciso parafrasear a Manrique: nuestras vidas son
los ríos que van a dar al mar, que es ¡el vivir!;
pues el final no es más que el principio; el tiempo abre
paso a la eternidad, en la que Dios dará a cada uno
según sus obras (Apc 22,12). Los fieles verán –poseerán,
disfrutarán- a Dios, vivirán eternamente en la hondura
infinita de su Amor. Sabemos que cuando Dios dijo:
«Creced y multiplicaos y llenad la tierra» (Génesis,
1,28), pretendía una finalidad ulterior: llenar el
Cielo. La criatura humana, a diferencia de los
irracionales, tiene una «razón especial para
multiplicarse: completar el número de los elegidos»
(Tomás de Aquino), de modo que «la unión entre marido y
mujer (copulatio igitur maris et feminae), por lo
que respecta al género humano, es como el semillero de
la Ciudad de Dios» (San Agustín).
Un ser humano vale más que mil universos
Depende de la generosidad de los padres que un día haya
en el Cielo aquella «gran muchedumbre, que nadie -según
el decir de San Juan- podía contar» (Apc 4,9). De los
que han recibido la llamada divina al matrimonio depende
que aquel día no falte nadie de los llamados por Dios
desde la eternidad a la eternidad. La responsabilidad de
los padres es pues grande y gozosa. Un hombre más o
menos importa mucho: vale más que mil universos, puesto
que éstos acaban todos por desvanecerse; la persona
humana, en cambio, no muere jamás: su yo no muere y su
cuerpo resucitará en el último día. Un solo hombre, una
sola mujer, vale toda la Sangre de Jesucristo, y con
esto queda dicho casi todo.
La tristísima posibilidad que hoy se brinda del visible
o invisible crimen que injustamente violenta el curso de
la naturaleza –cegar las fuentes de la vida, matar al
inocente no nacido-, es el reverso de una maravillosa
alternativa, que cobra en este tiempo valor nuevo: la
decisión libremente tomada (y por eso responsable) de
traer al mundo de un modo natural los hijos que la
providencia divina disponga y manifieste por medio de
circunstancias ordinarias que pueden descifrarse.
En esto, como en todo lo específicamente humano, la
ciencia positiva no tiene el monopolio de la verdad, ni
toda la verdad. Los famosos microbios de Pasteur
demuestran su frecuente miopía. Los ciegos, no ven el
sol y sin embargo incluso ellos saben que existe. En
realidad la mentalidad positivista —del cientismo en
general—, es muy poco científica, pues, como es bien
sabido, la ciencia habla cada vez más de realidades que
nadie ha visto, como por ejemplo las partículas más
elementales constitutivas de la materia, si es que
todavía se puede hablar así, conocidas sólo por
deducción de fórmulas matemáticas y confirmadas
únicamente por sus efectos. ¿Quién no es capaz de darse
cuenta de que podemos conocer las causas por medio de
sus efectos? ¿Quién, en su sano juicio, podrá negar que
el cuadro «Las Meninas» es efecto de «algún» Velázquez
que jamás hemos visto? ¿Quién puede negar el principio
de finalidad?
Dios trascendente e íntimo
Los conceptos de Creador, creación y criatura que, con
el cristianismo, imprimieron al mundo un formidable
impulso de crecimiento en humanidad, no pueden
naufragar. Cuando se marginan, emergen el sectarismo,
las antiguas artes adivinatorias, los horóscopos, el
zoologismo y el caos ético donde todo vale. Horas y
horas de radio y televisión, páginas y páginas de
periódicos y revistas se dedican a ello obteniendo
pingües beneficios. Convendría a todos que la familia
humana no regresara a situaciones de vana credulidad, a
la superstición, a los dioses de barro, de bronce, o de
escayola. La negación o la indiferencia respecto a Dios
no puede ser un motor de progreso, porque es nihilista,
motor de la nada, que nada puede mover. Si parece mover
algo es para dejarlo todo tal como estaba o peor. Llamar
«progresismo» a una ideología atea es un sarcasmo en el
que ya nadie debiera incurrir. Cualquier historiador
documentado sabe que el progreso científico y técnico,
como los conceptos de persona, dignidad y libertad, en
sentido riguroso, pleno, han llegado al mundo con el
Cristianismo. Si queremos progresar en humanidad es
preciso redescubrir al Creador del hombre y de su
libertad, verdadero e inmutable fundador y fundamento de
los derechos y deberes humanos, el Dios tan inmenso y
trascendente como cercano e íntimo, sin el cual todas
las declaraciones de principios son papel mojado o
siempre a punto para mojar: declaraciones de derechos
para usar y tirar. Por eso –dice el Papa a los Obispos
españoles- «Seguid
proclamando sin desánimo que prescindir de Dios, actuar
como si no existiera o relegar la fe al ámbito meramente
privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el
futuro de la cultura y de la sociedad».
Una cosa es la tolerancia, el respeto, más aún, el amor
al que no cree por las razones que sean, y otra muy
distinta callar la verdad recibida, inmerecida pero
poseída, que salva a la persona, a la familia y a la
sociedad.
La razón puede llegar a conocer con certeza que Dios es
la Verdad, la Bondad, la Belleza, la Sabiduría, el
Amor..., el Ser que es por Sí mismo, sin comienzo ni
término. Todo lo demás, sin su acción creadora, no es
nada, es imposible y racionalmente ininteligible.
O Dios o el absurdo sin más. Por eso se ha dicho que «si
no hubiera Dios, habría que inventarlo». Pero ésta no es
una buena manera de concebir a Dios. Dios no es
necesario porque exista la criatura, sino que la
criatura -innecesaria-, para existir, necesita del Ser
que es eterno, infinito, verdadero, bello, bueno,
sapientísimo, amorosísimo, capaz de donar el ser y la
vida. Todo lo que no es Dios es ininteligible por sí
solo, no existe por sí mismo. El «ser» sólo puede ser
obra del «Ser»; la vida sólo puede ser obra de la Vida;
el pensamiento, sólo puede ser obra de la eterna
Sabiduría. Ningún ser que no sea Dios es autosuficiente
(un resbalón en la bañera y se acabó la
autosuficiencia); nada puede existir ni subsistir sin el
Ser estricta y absolutamente autosuficiente.
Todo lo que es, ahora mismo (no sólo en el momento del
big-bang, o cosa parecida), es «por Dios». El deísmo, es
un modo de entender a Dios como si fuese el ser
«necesario-para» sacar el universo de la nada y nada
más. Dios habría regresado a su olimpo y el mundo
rodaría a su aire. Esta «cosmovisión», ese modo de
entender la realidad global, permite desentenderse de
Dios, y montárselo todo como si Él no existiese. Pero
sin Dios Creador, absoluto, trascendente, no hay nada. A
la vez, sin contradicción, Dios es un Ser tan próximo,
que el Apóstol Pablo puede decir que «en el vivimos, nos
movemos y somos» (Hch 17, 28). La criatura existe no
«fuera», sino «en» Dios. Un antiguo autor cristiano pudo
escribir: «ningún ser es exterior a Dios: Dios se
encuentra en todos los seres; pero lo ignoran; huyen
lejos de Él, o mejor dicho, lejos de ellos mismos». Nada
es o existe fuera de Dios, lo cual no quiere decir que
Dios y el mundo se identifiquen. Indica que toda
criatura -de por sí insuficiente en su ser y en su
obrar- es sostenida por Dios como la fuente actual de su
vivir, de su respirar, de su entender y amar. Si algo
existe es «en Él», sin confundirse ni mezclarse. Y Dios
es Amor.
Dios no es yo; yo no soy Dios. Pero Dios no es «el
Otro», lejano, inasequible, inescrutable. Dios, como
dijo lapidariamente san Agustín, es Aquél que me es
más íntimo que yo mismo (San Agustín, Confesiones,
cap. VI). Yo soy más suyo que de mí mismo. No es
necesario «salir a» buscarle, basta centrar el
pensamiento, con toda sencillez, sin necesidad de
ejercicios psicológicos estrambóticos ni de
«meditaciones trascendentales» esotéricas. Basta entrar
en la propia conciencia, para conversar con Él, con una
intimidad tal que no se puede alcanzar con ninguna otra
persona. Tom Hahn llega a decir, con razón que yo, cada
uno, está más cerca de Dios que de sí mismo. Y Dios es
Amor.
¿Qué es lo que «sobrenadamos»?
«La fe católica nos obliga a afirmar que las
almas [cada «yo»] son creadas inmediatamente por Dios».
Por ello toda vida humana es sagrada, pues - son ahora
palabras de Juan XXIII «desde su comienzo, compromete
directamente la acción creadora de Dios». Dios está «en»
todo lo creado y todo lo creado está «en» Él. Tendemos a
imaginarnos agarrados por Dios pero suspendidos, como
colgados «sobre la nada»; incluso algunos se imaginan
«sobrenadando la nada» (expresión tan ingeniosa como
hueca). ¿Hay alguna verdad en esa imagen? Rebuscando,
puede decirse que es cierto que la criatura de suyo nada
es. Por eso solemos decir en momentos en los que
experimentamos lo que somos solo por nosotros mismos:
«¡no somos nada!».
Es cierto que Cristo ha dicho «sin mí, nada podéis
hacer». Pero también es verdad que nunca somos sin Él.
Desde que fuimos concebidos en el seno de nuestra madre
«en Él vivimos, nos movemos y somos» (Hch 17, 28). No
estamos, pues, sobrenadando la nada, ni colgados sobre
la nada, ni siquiera asidos de la mano de Dios que
impide que nos hundamos en un abismo de nada. Existimos
no sobre el fundamento de la nada, que nada puede
fundar; sino sobre el fundamento inconmovible que es el
Ser divino. El nihilismo, el existencialismo ateo, el
vértigo o la náusea de la existencia carecen de
fundamento real, son producto de la mera imaginación. Ni
la nada, ni la muerte fundan la existencia. El
fundamento es Dios, que es la consistencia misma, lo
inquebrantable, la seguridad absoluta, que presta
solidez y seguridad a nuestra frágil naturaleza. Frágil
de suyo, pero robusta «en Dios». Cuando digo: «¡Dios
mío!» expreso la «propiedad» más mía que existe. Tanto
que si Él no fuera mío, nada sería mío, ni yo mismo.
Aunque, en rigor, Dios es mío porque yo soy de Él. Y Él
es Amor.
Nuestra «pre-existencia»
Por eso yo, de algún modo, soy eterno. He existido
siempre, he pre-existido a mi existencia actual.
¿Es éste un pensamiento cristiano o más bien platónico o
ancestral del lejano Oriente, donde las personas han
sido antes lagartos, ofidios, tigres de Bengala,
libélulas o mariposas de mil colores? Respuesta: es un
pensamiento cristiano, de uno de los pensadores
cristianos más eminentes, Tomás de Aquino, y de otros
anteriores y posteriores que de éste han aprendido. Dice
el santo doctor que todo lo que hay de perfección en
cualquier criatura, preexiste y se contiene en Dios
de modo eminente. (Cfr. Summa Theologica I, 14, 6).
Las criaturas –explica- están en Dios de dos maneras:
a) En cuanto las contiene y conserva el poder divino,
como están ciertas cosas en nosotros, por estar en
nuestro poder. Por ejemplo, este escrito preexistía en
mí tiempo antes de escribirlo. Ahora está ahí, con
subsistencia propia, al alcance de cualquiera. Así, pero
mucho más perfectamente, todas las cosas que existen,
han existido o existirán, están actualmente en Dios, con
todo lo que han sido, son o serán.
b) También están las cosas en Dios por sus razones o
ideas correspondientes; que no son ideas que habitarían
en un mundo «ideal», como pensó Platón; sino ideas que
en realidad no se distinguen de la Esencia divina. Y
como la Esencia divina es vida, en este sentido todas
las cosas son vida en Dios. Más llanamente, las personas
hemos existido siempre en la Mente divina de un modo
incluso más noble que el terreno, aunque allí no
teníamos la existencia como propia, como sujetos
distintos de Dios, que es lo que somos desde que fuimos
creados por Él (Cfr. S. Th. I, 18, 4 in corp.)
¿Me puedo imaginar «inexistente»?
Quizá todo aquél que ha pensado un poco sobre la
conciencia de sí mismo y de su propio pensamiento, se
haya inquietado tratando de imaginarse no existiendo.
¿Por qué no puedo imaginarme no existiendo? Puedo
imaginar el mundo sin mí, pero no puedo imaginarme a mí
mismo inexistente, «siendo nada». Ese intento no es
trivial. Indica profundidad. Karl Marx, que había
reiterado el experimento, sostenía que el hombre se cree
falsamente inmortal porque no se puede imaginar a sí
mismo inexistente. En mi opinión, la realidad es que no
puedo imaginarme no existiendo porque, de algún modo,
siempre he existido, en el sentido apuntado. ¿Qué era yo
antes de existir en el mundo? ¿Nada? No puede ser,
porque la nada, nada es; por tanto, la nada no puede
«estar antes ni después» de cosa alguna. Antes del ser
sólo puede haber el Ser. Antes de existir yo, que soy
más que materia, más que cuerpo, que no puedo -en cuanto
que soy un yo- venir de la materia, ni siquiera de la de
mis padres, existía el Yo divino. Yo existía en Él, en
su proyecto, en su Inteligencia, en su Voluntad, en su
Sabiduría, en su Amor, de un modo eminente. Y por eso he
llegado a existir con existencia propia. Razón de más
para ponderar la dignidad de cada ser humano y para
advertir la gravedad de perturbar de algún modo el orden
de la amorosa Sabiduría divina. Mi existencia ha sido
donada por Dios a la vez que por mis padres,
cooperadores de Dios. «La
alegría amorosa con la que nuestros padres nos acogieron
y acompañaron en los primeros pasos en este mundo es
como un signo y prolongación sacramental del amor
benevolente de Dios del que procedemos»
(Benedicto XVI, Homilía, Valencia 9.VII.2006).
Fundados en Dios
La criatura no está, pues, «sobrenadando la nada». Está
fundada en el Amor inmenso e inmutable de Dios, que es
el único e inmediato antecedente de mi ser personal. Yo
no tengo derecho a pensar en que me pueda fallar el
fundamento de mi vivir, el suelo de mi existencia,
porque mi «suelo» es Dios-Amor. Él no puede soltarme.
Puede fingir que no está, o yo puedo no darme
cuenta, para que sepa lo que sería estar sin Él; para
que yo combata mi afán de autosuficiencia y valore el
don de Dios con gozosa gratitud. Pero yo no estoy
colgado sobre la nada. Esto es una imaginación
engañosa. ¿Si Dios «me suelta de su mano», qué pasa? Es
una pregunta de ciencia ficción, porque es seguro que Él
no me va a soltar. Yo puedo no quererle conmigo y esto
sería el infierno, porque sería vivir en esquizofrénica
contradicción conmigo mismo, incurrir en una serie de
errores y de mentiras monstruosas. Pero Él jamás dejará
de amarme, porque ya me quiere y, por tanto, me quiere
eternamente.
El está y estará eternamente con-migo. Mi existir no es
existir, sino co-existir. Mi ser no es ser, es co-ser.
Mi vivir no es vivir, sino con-vivir, en primer lugar y
ante todo, con Dios, más íntimo a mí que yo mismo. Por
eso el acto más propio de la criatura racional es la
oración, es decir, la conversación con Dios; vivir con
la consciencia habitual de que Dios existe no más allá
de los espacios siderales sino en lo más íntimo de mi
ser personal. Yo estoy más cerca de Dios que de mí
mismo.
¡Qué gran tarea la de la familia cristiana! Es preciso
concluir estas líneas de ideas renovadas por el
magisterio del actual Romano Pontífice (¡queda tanto por
meditar sobre la familia y la transmisión en ella de la
fe!). Retengamos este párrafo de su Homilía en
Valencia:
En la cultura actual se exalta muy a menudo la
libertad del individuo concebido como sujeto
autónomo, como si se hiciera él sólo y se bastara a
sí mismo, al margen de su relación con los demás y
ajeno a su responsabilidad ante ellos. Se intenta
organizar la vida social sólo a partir de deseos
subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una
verdad objetiva previa como son la dignidad de cada
ser humano y sus deberes y derechos inalienables a
cuyo servicio debe ponerse todo grupo social.
La Iglesia no cesa de recordar que la verdadera
libertad del ser humano proviene de haber sido
creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, la
educación cristiana es educación de la libertad y
para la libertad. Jesucristo es el hombre perfecto,
ejemplo de libertad filial, que nos enseña a
comunicar a los demás su mismo amor: “Como el Padre
me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi
amor” (Jn 15,9). A este respecto enseña el Concilio
Vaticano II que “los esposos y padres cristianos,
siguiendo su propio camino, deben apoyarse
mutuamente en la gracia, con un amor fiel a lo largo
de toda su vida, y educar en la enseñanza cristiana
y en los valores evangélicos a sus hijos recibidos
amorosamente de Dios. De esta manera, dice el
Concilio, ofrecen a todos el ejemplo de un amor
incansable y generoso, construyen la fraternidad de
amor y son testigos y colaboradores de la fecundidad
de la Madre Iglesia como símbolo y participación de
aquel amor con el que Cristo amó a su esposa y se
entregó por ella»
(Lumen gentium, 41). (Benedicto XVI, Homilía
en la Clausura del V Encuentro Mundial de las
Familias, Valencia 9 de julio de 2006)
‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾
RELACIONADOS:
|