LA MANIFESTACIÓN MERECE APOYO
Por Fernando de Haro
Iglesia. Libertaddigital
Era necesario encontrar alguna
opresión que resolver, algún
derecho que tutelar. Necesitaba
pronto algún programa rompedor
que estuviera a la altura de su
perfil radical. No parecía tarea
fácil. La Carta Magna del 78 es
de las más nuevas del mundo
occidental y recoge casi todas
las generaciones de derechos
constitucionales que se han
sucedido hasta el momento.
España es, además, un país en el
que la conciencia de clase hace
mucho que ha desaparecido. A la
inmensa mayoría de los
trabajadores les interesa mucho
más su prosperidad individual
que una reivindicación
organizada que presentar al
Gobierno. No había dónde rascar
en el terreno laboral. Hay,
desde luego, muchos derechos que
están todavía en mantillas. En
algunos casos se han producido
importantes retrocesos. Buen
ejemplo es el derecho
constitucional a la educación:
el Informe Pisa nos ha hecho
saber que nuestros escolares son
de los peores formados de todo
Occidente. Puestos a elegir una
transformación social de calado,
ésta no hubiera sido
superficial. Pero parece que la
reforma educativa de Zapatero se
hace esperar. Es un cambio que
requiere tiempo y no es nada
vistoso. Tampoco es fácil
propiciar una auténtica
conciliación de la vida
profesional y laboral, en un
país en el que el 48 por ciento
de la población cree que si una
mujer quiere tener un hijo debe
abandonar el trabajo. Y
encabezar la revolución de la
política familiar -también
estamos a la cola europea en
este capítulo- le sonaba al
presidente del Gobierno como
cosa de la derecha.
Hacía falta una revolución
rápida, muy sonora. Servía una
revolución nominalista, que al
cambiarle el nombre a algo
pareciera cambiar su sustancia.
Como la que hicieron los
jacobinos en la época de la
Convención cuando al denominar
al fiesta dominical como decadi
sustituyeron la memoria de
Cristo resucitado por la
celebración del Progreso. Pero
Zapatero, que no es un cabeza
loca, había sabido prever. Había
incluido en el programa
electoral la toma de la bastilla
heterosexual: el matrimonio para
personas del mismo sexo. Los
programas electorales no se
escriben para ser cumplidos, se
escriben para ocasiones como
esta. La operación requiere
menos esfuerzo que la toma del
palacio real pero tiene también
un fuente carácter simbólico. No
necesita mucho empeño. El cambio
del Código Civil le permite
presentarse como el
revolucionario que ha reconocido
un "derecho conculcado" por
Occidente durante siglos. No
podía limitarse a conceder
efectos jurídicos a las 10.000
uniones de personas del mismo
sexo que están censadas. Eso
hubiera sido demasiado modesto.
.
Zapatero, con esta reforma, se
apropia de la homofilia
cultural. Se trata de una
corriente que tiene profundas
raíces. Nuestra Europa a veces
parece un inmenso gimnasio que
apesta a cerrado y otras un
desquiciado quirófano. Un
inmenso gimnasio en el que todo
el mundo se tortura para cambiar
sus formas. Un quirófano en el
que la obsesión por modificar el
rostro que hemos heredado de
nuestros padres está generando
una nueva raza, hija de la
silicona. El deseo de felicidad
se expresa, más que nunca, como
revuelta violenta contra la
fisonomía con la que cada uno ha
venido al mundo. Fisonomía
física, sexual, cultural,
temperamental, espiritual... La
identidad que nos viene dada es,
por fuerza, algo malo y algo que
nos limita, algo de lo que
tenemos que librarnos. La única
identidad que nos vale es la que
podemos construir con nuestra
voluntad. Esta actitud en el
campo sexual se traduce en un
rechazo, hasta ahora inédito, de
la diferencia con la que nos
marca la naturaleza. Occidente
ha modificado varias veces su
valoración de la homosexualidad
a lo largo de la historia. Pero
siempre ha reconocido que
existen dos sexos, que el hombre
y la mujer son diversos y que
esta diferencia produce una
apasionante dramaticidad. En
este comienzo del Siglo XXI, la
ideología del genero –muchos no
la conocen pero han asumido sus
postulados– teoriza que no hay
sexos, que las fisionomías
diferenciadas son un producto
cultural. Cada persona, a través
de opciones sucesivas, se
adscribe a uno de los números
géneros (homosexual, bisexual,
heterosexual...la lista está
siempre abierta). Para defender
esa ideología de genero,
potentes grupos de poder
fomentan la difusión de la
homofilia. Se apoyan para ello
en las injusticias,
absolutamente rechazables, que
ha provocado la homofobia. En
este contexto, muchos que no se
habían planteado su identidad
sexual como algo problemático,
deciden "cambiar de genero".
Buscan con ese cambio unas
relaciones menos marcadas por la
"inseguridad" que provoca el
"otro distinto".
La homofilia da un último paso
al convertir esa forma violenta
de buscar la felicidad en una
reivindicación jurídica. Ese es
el motivo último de esta
reforma. No se trata de atender
la necesidad de un grupo social
sino de conseguir que el
ordenamiento jurídico, en lo que
tiene de síntesis de los valores
mínimos comúnmente admitidos,
deje de reconocer la diferencia.
Primero quedó abolida la
diferencia sexual, con esta
reforma quedará abolida la
diferencia que en la vida social
provocan los sexos. La
manifestación que ha convocado
el Foro de la Familia para el
próximo 18 de junio tiene un
especial valor porque supone una
estupenda ocasión para
revindicar la diferencia. Para
afirmar, con respeto hacia los
homosexuales, que el deseo de
felicidad no se cumple con un
rechazo violento de lo que se
nos ha dado; que se cumple
asumiéndolo acogiéndolo de forma
crítica. Sin gestos como los de
la manifestación, la cultura de
la homofilia puede provocar un
ambiente irrespirable. El 18 de
junio es una buena fecha para
salir a la calle para proclamar
que no queremos vivir ni en un
gimnasio ni en un quirófano.