Lo estatal es en sí jurídicamente público y de todos,
pero de hecho pertenece a los victoriosos de la
política, no es ni de lejos tan público como parece.
Acerca de la fides
En su bello y profundo Ensayo sobre la
vida privada, Manuel García Morente distingue tres planos,
de creciente intensidad, en esa vida. El primero es el de la
confianza, que se da entre amigos; después viene el de la
confidencia, propia de los que se aman; por último, comparece
la confesión, que cada uno se hace a sí mismo en la soledad de
su con-ciencia. Amistad, amor, amor propio ("de sí") son, por
tanto, los fundamentos de confianza, confidencia y confesión. Y
- se puede añadir- esperamos siempre bienes de los amigos;
esperamos, aún más, todo lo mejor de la persona que amamos;
pero, ¿podemos cifrar alguna esperanza verdadera en nosotros
mismos?
Cuando
Manuel García Morente, profesor de filosofía de la Universidad
madrileña en época republicana, escribió este ensayo, era
todavía un pensador agnóstico, antes de su conversión a la fe
católica. Que yo sepa, no revisó ya más su escrito. Pienso que
si lo hubiera hecho, habría retocado este último punto -el
relativo a la confesión- y habría cambiado el encuentro con la
propia soledad por la tesis agustiniana del Dios Interior.
Confianza, confidencia, confesión: siempre fides. Sólo desde esa
raíz tan profunda surge -se puede dar a luz- la palabra, es
decir, nace la comunicación, la comunión entre seres que
actualizan su espíritu en esa generación de la palabra. Por eso,
la palabra que no surge de una verdadera afición científica es
superficial; la que no surge de la amistad es ambigua o falsa;
la que no surge del amor no tiene suficiente profundidad. Pero
del mero "amor propio" apenas obtenemos palabra alguna, salvo
que seamos capaces de ir más allá y darnos cuenta de que sólo
encontraremos nuestro yo yendo más allá de él.
Es
decir, sin fides no hay sociedad ni desarrollo de la persona.
Gracias a ella -a la fides- nos encontramos a nosotros mismos en
el calor de la amistad y el amor, que es la esencia de la
privacidad; y, con todo, al mismo tiempo ella es la condición
imprescindible para que se dé lo público, la sociedad, la
comunicación. Por eso es más profundo y más personal el creemos,
que el yo creo.
"Público" y "privado" se implican mutuamente, porque nacen de
una raíz común. Justo por ello, la crisis del privativismo es
siempre, al mismo tiempo, crisis de lo público, y viceversa.
Esto
no se percibe hoy con claridad porque el par público-privado ha
sido sustituido por el par estatal-particular, cuyo fundamento
es diferente, porque el puro Estado no es producto de ningún
amor profundo, sino de un mecanismo de regulación y defensa; y
lo meramente particular es más bien o lo no compartible o lo
llamado ahora con frecuencia íntimo, cuya lejanía de lo
verdaderamente privado se muestra en la facilidad con que las
intimidades se venden a los medios de comunicación.
Lo
estatal es en sí jurídicamente público y de todos, pero de hecho
pertenece a los victoriosos de la política, no es ni de lejos
tan público como parece. Y, a su vez, una intimidad privada sin
amor verdadero es un contrasentido; se trata de un ámbito
particular y no auténticamente privado.
Interioridad y exterioridad de la fe
Parece, pues, que la presente situación histórica deja fuera de
juego, fuera de lugar, a la fides, en la medida misma en
que la política y la economía política se constituyen - desde el
inicio de la época moderna- sobre la desconfianza, y la llamada
"intimidad" poco tiene que ver con ella. Pero no
es posible: nada real -y la fides
es real- se puede hacer desaparecer; sólo se puede falsear.
0, desde otro punto de vista, parece que la
modernidad cambió la fe por la razón. La segunda sustituiría a
la primera. Pero eso no es posible, es una simple apariencia. En
realidad, lo que se ha hecho es, como apunta Antonio Machado,
sustituir la fe en Dios por la fe en la razón. No se puede
prescindir de la fe, nadie puede lograrlo. La mera razón no es
capaz de dar razón de sí misma suficientemente, y, por tanto,
ella misma encuentra su "continuación" en la fe. Es esta última
la que nos sostiene y nos orienta, la que nos permite vivir, en
último término.
De ahí que la clave principal de nuestra vida
sea encontrar la fe adecuada. Tanto mejor sea ella, tanto mejor
viviremos. Desde antiguo, el paradigma de la vida es la
juventud. En ella se concentra y se expresa toda la fuerza del
vivir.
Como dice Kierkegaard, "quien espera siempre
lo mejor envejece con las decepciones, y quien aguarda siempre
lo peor se gasta temprano; pero quien cree conserva una eterna
juventud" (Temor y temblor. Elogio de Abraham). Vemos así
que personas envejecidas en el cuerpo y en el espíritu, luchan
en su vejez por aquello en lo que todavía creen, aunque sea
fanáticamente. Es eso lo que los mantiene en vida.
Con frecuencia, sin embargo, la fe pierde la
medida de su vitalidad. El punto aquí no está en la intensidad
-pues todo lo que está en plenitud de vida crece- sino en el
modo adecuado. Cuando la fe falla, porque aquel en quien se cree
se descubre indigno de ello, porque lo creído no muestra
suficientemente su verdad, o porque no está bien asentada en
nuestro espíritu, entonces se hace acomodaticia o se crispa en
fanatismo.
Interesante es aquí que tanto la acomodación como el fanatismo
son actitudes a la vez interiores y exteriores, como lo es toda
fe. Puede alguien disimular y eludir en lo posible pronunciarse
sobre algo, pero esa actitud misma ya le delata, porque no hay
vivir que no se exteriorice. Puede otro mostrar gran entusiasmo,
pero si ese entusiasmo no resiste la prueba de la constancia y
de la producción de frutos se verá que no hay verdadera fuerza
interior.
La
confianza, la fe, como cualquier otro tipo de saber, no se puede
imponer desde fuera. Es contradictorio con su propia naturaleza.
El saber verdadero es siempre de un sujeto - no "subjetivo" en
el sentido de caprichoso-, y tan poco sabe el que repite una
lección sin entenderla como el que confiesa de palabra una fe
que no tiene. Sin interioridad no hay fe.
Pero,
desde el punto de vista complementario, es imposible que alguien
poseedor de un saber no lo exteriorice. Iría en contra de la
unidad del ser humano. Puede que no lo haga conscientemente o
que se resista a decir lo que sabe, por algún motivo. Pero para
el buen observador, la vida misma de esa persona -en su gesto,
en sus acciones, en sus respuestas, etc.- "traiciona"
constantemente lo que lleva dentro.
Fe y
laicismo
Ante unas realidades tan incontrovertibles
cabe preguntarse en qué sentido es posible la tesis moderna de
que la religión es cuestión privada y sólo lo "estatal" debe
ocupar el ámbito público. Esta tesis, tomada en toda su crudeza,
constituye
la base del laicismo, que hoy pugna de nuevo por imponerse
plenamente.
El
laicismo puede buscar su coherencia al menos de dos modos. Por
un lado, puede sostener que sociedad y Estado son dos realidades
diferentes. En la sociedad, cada uno podría exteriorizar su fe,
pero el Estado sería obligadamente neutro. Esto, sin embargo, es
imposible, pues el Estado es una estructura pensada y manejada
por seres humanos; es una forma determinada, y ninguna forma es
"neutra" sino que tiene en su misma formalidad una inclinación,
ante la cual las pasiones de sus regidores no pueden permanecer
indiferentes.
Además, aquí la diferencia sociedad-Estado no está correctamente
comprendida, pues el gobierno es una institución de la sociedad
entre otras, y no está en un plano distinto al de la llamada
sociedad civil. El gobierno es una institución de la sociedad
civil; sin embargo, el "Estado" pretende ser otra cosa
diferente, o bien sustituir a dicha sociedad.
Otra
solución posible, en la búsqueda de la coherencia laicista,
consiste en negar, una vez más, la diferencia Estadosociedad,
pero mediante el procedimiento de convertir al tiempo la forma
política vigente en religión. Si no hay distinción
Estado-sociedad, el lugar de la expresión de la fe no puede ser
otro que el mismo Estado. Pero el Estado no puede estar
internamente dividido; por tanto, en el fondo, para esta
solución la religión civil del Estado es inevitable, aunque ello
se desconozca o se quiera esconder.
Nos encontramos ante dos variantes del
radicalismo democrático, la primera en su forma liberal y la
segunda en el modo socialista. La debilidad de la formula
liberal se presenta hoy con toda su agudeza en la Unión Europea
que, ante la ausencia de valores de su sistema, pretendidamente
neutro, está literalmente a merced de cualquier fe que se
presenta, por fanática o exótica que sea.
Menos
débil es la fórmula socialista, cuyo núcleo está en la
sacralización del Estado, pero tiene el inconveniente de que nos
conduce -como está claro y ha sido muchas veces señalado- al
totalitarismo de hecho, aunque encubierto en la apariencia de
unas libertades inesenciales y casi anecdóticas. La
dogmatización comunitarista de la democracia, propia de los
socialismos populistas, supone, por su parte, la instalación en
el poder de una fe fanática en la unidad popular, fe meramente
emocional y reactiva, cuyo futuro político es la parálisis.
La
"neutralidad" del Estado liberal expresa el deseo de algunos o
muchos ciudadanos de dejar la "carga" de lo social en manos de
ese organismo, para poder dedicarse así cada uno a su vida e
interés particular. El problema es que ese planteamiento implica
la falta de fe operativa en el carácter social del ser humano,
es decir, en el carácter trascendente del hombre (pues si no hay
trascendencia, carece de sentido cargar con la vida de los
demás). La consecuencia ineludible de esa falta de fe -falta que
viene sustituida por la fe de cada persona en sí misma- es la
debilitación social y personal, pues hace falta ser muy
optimista para tener verdaderamente fe en uno mismo.
Ello explica por qué el vaciamiento religioso
del liberalismo extremo empuja a la mayoría hacia la fe
socialista en el Estado. No se puede vivir sin fe, la fe es la
raíz de nuestro vivir, y ante el vértigo y la
angustia de tener que creer en un desconocido -pues, con pocas
excepciones, cada uno es un profundo desconocido para sí mismo-
es una solución asequible creer en el Estado; una fe aún más
fácil si el Estado se presenta en forma cálida y populista. Para
el pensamiento moderno, como muy bien supo ver Hegel, el Estado
es el Dios objetivo en este mundo.
Ninguna de las dos fórmulas, por tanto, da resultado, y menos
aún el intento de lograr una intermedia. Esto último ya se ha
ensayado varias veces y, de la forma más poderosa en el llamado
Estado "providencia" de la segunda posguerra europea: un
porcentaje de libertad y otro de Estado, convenientemente
mezclados. La intención es buena y los resultados aparentes
también. El problema está en que la fe se enerva al máximo,
queda adormecida, con una capacidad casi infinita de acomodación
en lo profundo, y una incapacidad progresiva de acoplamiento en
lo exterior.
Ámbito superficial y profundo de la fe
Es
decir, justo lo contrario de lo que pide la naturaleza de las
cosas. El que se acomoda en lo profundo no tiene vigor ni
personalidad propia alguna, es un "mero individuo"; el que no se
acopla en lo exterior es un "niño mimado" intransigente, que
impide cualquier forma social agradable de vida.
Esta
es la imagen del hombre más común hoy. Podemos comprobar con
cuanta dificultad se cede en cuestiones superficiales y con
cuanta facilidad en las profundas. El cambio de nombre de una
calle puede suscitar un levantamiento popular, mientras que la
transformación del concepto de matrimonio deja indiferente a la
mayoría. Pero, una vez más,
no hay
que dejarse engañar: nadie puede vivir sin fides. Ahora
la fe se pone en el Estado, en el progreso futuro o en el vacío
de la existencia. Hay personas, en efecto, que deciden "vivir
al día", en el pragmatismo existencial, "confiados" en que ese
vacío hace irrelevantes sus acciones desde el punto de vista de
la trascendencia. Pero no podemos olvidar que no lo saben: nadie
sabe con seguridad que la vida no vale nada. Ellos lo creen, es
su fe.
Un
misterio de la realidad, y sobre todo de la realidad humana,
consiste en que cada acción que llevamos a cabo es -en sentido
amplio- una cierta creación. No estaba y ahora está. Como
apostilla Nietzsche: "vuestro querer es crear" Por eso siempre
son creadores de empresas, organizaciones, instituciones, los
que creen en ellas. Por eso, el que cree en Dios, de modo
misterioso ayuda a "crear" a Dios en su alma; y por eso el que
cree en la nada se autoanula.
Lo que
importa subrayar aquí es que ninguno de esos "actos de fe"
tienen sentido sin su raíz interior, ni existen tampoco sin su
manifestación exterior. Es inútil jugar con la idea contraria.
Cualquier esfuerzo por encerrar la fe en la pura particularidad
o en el mero privatismo no es que sea ilegítimo, es que es
imposible. Lo que puede ser ilegítimo es el trato que por parte
de los "poderes públicos" se da a la fe de cada persona.
Poder y gobierno
Ahora
bien, eso nos conduce a otro tema. Cada realidad tiene un poder
propio, natural. Lo privado, una vez instalados en ello, nos
concede todo su ser; y lo mismo lo público. Pero también hay
poderes "violentos", que pueden ser de dos tipos: aquéllos que
buscan perfeccionar lo natural -como cuando se opera a una
persona para rectificarle un defecto orgánico- o los que fuerzan
la naturaleza.
Todo
lo que entendemos por poderes en la vida de la sociedad se
ejercitan de alguno de esos dos modos violentos. Por eso, desde
antiguo el arte de la política ha sido comparado con el arte
médica. Y lo mismo se puede decir del arte educativa.
En
relación con el tema que nos ocupa, el gobernante debe, en
principio, ayudar a que cada persona despliegue armónicamente,
perfeccione, la fe que profesa. Lo contrario parece un
atropello, no se le ve justificación posible alguna. Con todo,
aquí nos enfrentamos a un problema tan antiguo como la
humanidad. El problema procede de que para vivir humanamente
necesitamos a los otros, pero para poder convivir con ellos
hemos de tenerles confianza, y no hay confianza sin una cierta
unidad de ideas y sin unidad de voluntades.
El
gobernante es legítimo cuando garantiza con su acción de
gobierno el que se respeten los fundamentos sobre los que se
apoya la confianza entre los miembros de una sociedad, y cuando
fomenta adecuadamente su desarrollo. El problema está en saber
bien cuáles son esos fundamentos, algo en tiempos pasados
relativamente fácil, pero en tiempos modernos y, sobre todo, en
los progresivamente multiculturales y globales, cada vez más
difícil.
Volvamos por un momento al comienzo de esta exposición. Se
mencionaban los tres planos de la fides: confianza en la
amistad, confidencia en el amor, confesión en el "amor de sí'
Son niveles de creciente intensidad y, por tanto, vemos una
interioridad y una exterioridad más fuertes en el amor que en la
amistad, y en el amor a Dios que en el amor de sí mismo. Para
construir la sociedad llamada Iglesia hace falta el amor de
Dios, la fe en plena confesión, la confianza más absoluta; para
construir la sociedad llamada matrimonio hace falta el amor
verdadero al cónyuge, la confidencia con él; para construir la
sociedad civil hace falta una amistad fundamental, sin la cual
no hay confianza posible: son esa amistad y esa confianza las
que crean las instituciones, las cuales encarnan socialmente lo
propio de la amistad, a saber, la constancia de la voluntad.
No hay
verdadera sociedad civil sin instituciones sólidas, vitales,
verdaderas. Las instituciones no se pueden crear "desde fuera",
desde el "Estado" La función del gobierno es sólo protegerlas y
fomentarlas. Estamos hoy tan lejos de esa normalidad, que más
bien se ve normal, en el mejor de los casos, que el Estado
"cree" sociedad civil.
Amigo
y enemigo político
Dos de
los más grandes tratadistas de la política, uno antiguo y
otro reciente -Aristóteles y Carl Schmitt- dicen algo muy
parecido con respecto a ella, aunque suene diferente.
Aristóteles sostiene, en la Ética Nicomaquea, que la base
principal e imprescindible para que se dé la unidad política y
sea posible -por consiguiente- un gobierno normal, es la
"amistad" entre los ciudadanos. Carl Schmitt, por su parte,
afirma que la principal tarea del gobernante es distinguir con
claridad quién es el "enemigo".
Aristóteles no pretende que todos los ciudadanos sean "íntimos
amigos". Sabe bien que eso no es posible. Afirma, simplemente,
que sin una actitud básica de amistad no es posible organizar
una unidad política duradera en un grupo de población.
Carl
Schmitt, por su parte, no pretende la declaración de guerra
contra todo enemigo que se presente. Distingue con claridad
entre inimicus y hostis. El inimicus es el enemigo
personal, por alguna razón que ha atizado el odio. Schmitt no
considera que esto sea directamente un tema político. El se
refiere al hostis, al adversario meramente político, que
puede además ser inimicus o no. El autor alemán tiene
buen cuidado en afirmar que Jesucristo ordenó amar al
inimicus, pero nada dijo acerca del hostis. Es decir,
lo que Schmitt subraya es que si no sabes diferenciar quién es
la persona confiable para la convivencia política (el "amigo"
aristotélico) y quién no, no puedes gobernar adecuadamente.
Lo que
se obtiene, entonces, de ambos autores, es que la guerra es una
posibilidad siempre abierta en política, pues siempre hay
ámbitos políticos extraños al propio. Que haya diferentes
unidades políticas tiene la ventaja de permitir a cada individuo
la libertad de abandonar un ámbito político que le desagrada o
en el que no confía. Mantener la posibilidad de la guerra es,
por tanto en ese sentido, lo mismo que mantener la posibilidad
de la libertad individual.
Por el
contrario, el pacifismo es antipolítico, y suspende de facto
la libertad individual de los ciudadanos. El pacifismo, o
bien prefiere la paz a la amistad -al sacrificar las
convicciones justas sobre las que se basa la confianza mutua-, o
bien se empeña utópicamente en conseguir la amistad universal de
los seres humanos.
En el
primer caso, más característico del socialismo, sucede que una
paz sin amistad es la paz de los muertos. El socialismo
sustituye lo social por lo colectivo, en el cual la persona
humana es un individuo unido a otros de forma puramente exterior
y reactiva, pero no se desarrolla interiormente como persona:
es un viviente psicológico y un muerto espiritual.
El
segundo caso es típicamente anarquista. El ideal anarquista se
cifra en la solidaridad universal del género humano, lo cual
hablaría de lograrse por medio de una unión sentimental, dado
que toda unión basada en la razón es subordinante y, por tanto,
según el anarquismo, no "amistosa" : Tal solidaridad es
ciertamente una utopía, como la historia se ha encargado de
mostrar repetidamente.
Esperanza política
Sin
embargo, el anarquismo es, en el fondo, la utopía escondida en
el alma de todo socialista y de todo liberal que tiene corazón,
pues tanto el uno como el otro se dan cuenta de la inhumana
frialdad de las respectivas propuestas en su estado puro. Unas
gotas de utopía anarquista son imprescindibles para ofrecer
algo así como una esperanza. Y sin ella no se puede vivir.
La
amistad que fundamentaba la confianza, sin la cual no hay
sociedad civil posible, se transforma así de hecho en la
solidaridad que fundamenta la simpatía o el afecto; pero las
simpatías no bastan. Una fe verdadera engendra esperanza; la
solidaridad sentimental engendra mero entusiasmo.
Un buen gobernante sabe que ha de basar su
política en aquella fe, por pequeña que pueda ser, que los
ciudadanos tienen en común. Pero también sabe que sin esperanza
no se vive bien. Ha de intentar, por ello, facilitar el
crecimiento de una fe que genere esperanza, pues entonces se
reforzará esa "amistad" básica sin la que no hay sociedad
posible.
Confianza, esperanza y amistad pueden ser más o menos profundas,
pero carece de sentido situarlas sólo en lo privado o en lo
público: pertenecen necesariamente a ambas dimensiones. De donde
se deduce que neutralidad o indiferencia son palabras vacías,
falsas, imposibles en política.
Un
gobernante y una sociedad demuestran, por tanto, su grandeza no
cuando pretenden ser neutrales, sino cuando expresan con
valentía y con respeto, tanto al amigo como al adversario, la
amplitud y la profundidad de su fe.
Rafael Alvira, catedrático de Filosofía.
Art. publicado en NUEVAS TENDENCIAS, nº 86
del Instituto Empresa y Humanismo©
de la Universidad de Navarra
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RELACIONADOS:
Laicismo, Política,
Iglesia, Estado, Religión,
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