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¿POR QUÉ UNA OFENSIVA DE LAICISMO, AHORA? (Andrés Ollero Tassara)

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¿Por qué una ofensiva de laicismo ahora?

 

Andrés Ollero, antiguo diputado del PP por Granada defiende que los socialistas se aferran al anticlericalismo porque es uno de los pocos signos de identidad que entronca con sus orígenes. Asegura que el laicismo está expresamente excluido de la Carta Magna. Acaba de publicar un libro de máxima actualidad, y polémico, por supuesto: “España: ¿un Estado laico?”.
 

 

 "Quien defienda el laicismo debe disponerse
a cambiar la Constitución”

 

Expansión.com
ENTREVISTA

 

Pregunta: ¿España es un Estado laico?
Respuesta: Se plantea con frecuencia un dilema, quizá interesado, entre confesionalidad y laicismo. El laicismo implica una separación tajante entre los poderes públicos y cualquier factor de índole religioso, y eso está expresamente excluido en la Constitución, que no sólo no menciona la palabra “separación, sino que cita la palabra “cooperación”. Quien desee defender la postura laicista, debe disponerse a cambiar la Constitución. Estamos en una situación “postconstitucional” a semejanza del “postconcilio”, que consistía en que unos señores se empeñaban en hacer decir al Concilio lo que ellos habrían querido que dijera. Con la Constitución, algunos pretenden, no sólo en esto, sino en el modelo de Estado, etc., que diga lo que pretendieron que dijera, que el Estado fuera federal por ejemplo

P.: ¿Por qué una ofensiva de laicismo ahora?
R.: Hay varias posibles explicaciones. Una son los signos de identidad. Es lo que me comenta algún amigo socialista. Cuando un partido ha dejado de ser confesionalmente marxista, y no puede identificarse como obrero porque hoy no se sabe qué significa, uno de los pocos signos de identidad que entronca con sus orígenes es el anticlericalismo. Otra explicación puede ser que la mayoría absoluta que consiguió el PP destrozó el dilema derechas-izquierda, la idea de que con la derecha peligraban las pensiones, o de que gobernaría contra los trabajadores... Los que sostienen un modo de hacer política que consiste en la exclusión del otro, se han quedado sin esa arma, y quizá alguien esté planteando un dilema laicos-confesionales y la exclusión del otro como alternativa. Es importante llegar a un concepto positivo de la laicidad. La Constitución dice que los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias de la sociedad. Ésa es la laicidad positiva: tener en cuenta a los ciudadanos y no tratarlos como meros súbditos, sometidos a cómo Iglesia y Estado resuelven sus problemas. La laicidad es que se reconozca el protagonismo del ciudadano de a pie, tanto dentro de la Iglesia, evitando el clericalismo eclesiástico, como en la sociedad, evitando el “clericalismo civil”, del que es una clara muestra el laicismo.

P.: ¿Se puede resumir qué es el laicismo?
R.: El laicismo lo que dice es: como el Estado no tiene religión, los ciudadanos, si la quieren tener, en su casa. En el caso de la cultura, por ejemplo, no se dice: como el Estado no tiene cultura propia, el que la quiera, en su casa; o, como el Estado no tiene una ideología, el que la desee tener, en su casa. Hay cuestiones que son públicas y el Estado da dinero para mantenerlas, pero parece exigible que lo dé, no buscando el beneficio de quien gobierna, sino teniendo en cuenta lo que, sobre la cultura, la ideología o la religión piensen los ciudadanos. A mí no me escandaliza que el Estado aporte medios a actividades de tipo religioso, me escandaliza que dé dinero a películas que no ven ni la familia del director.

P. : ¿Hay que ser tolerantes?
R.: Ése es el asunto de otro libro que voy a publicar, “Derecho a la verdad”. Por supuesto que hay que ser tolerante. Pero sería un error entender que tolerancia es relativismo. Todos los teóricos de la tolerancia, Locke, Voltaire, Marcuse... han dejado claro que tiene el límite de lo intolerable, lo cual supone la existencia de unos valores objetivos. En ese sentido, el laicismo es intolerante, porque suscribe un concepto de neutralidad que es imposible, tan imposible como la neutralidad del cero. El cero a la izquierda no vale nada, por tanto ser neutral así equivale a anular; si convertimos la religión en la sociedad en un cero a la izquierda, lo que hacemos es erradicarla; el cero a la derecha multiplica, y en ese sentido el laicismo se erige en “confesión civil”, y resulta coherente que haya “bautismos por lo civil”, como ha habido, “primeras comuniones por lo civil”, y todos los sacramentos por lo civil. El laicismo acaba siendo una religión para reprimidos.

P.: ¿Y qué es tolerar?
R.: Hay que distinguir entre tolerancia y reconocimiento de un derecho. Respetar a una persona que tiene una religión distinta de la propia no es tolerancia, es reconocimiento de un derecho. La tolerancia surge ante una opinión que se considera falsa o una conducta que se considera rechazable. ¿Por qué lo toleramos? Porque valoramos más la dignidad de la persona que lo suscribe o desarrolla. Y siempre existirá la frontera de lo intolerable: no vamos a permitir sacrificios humanos, por muy digna que sea la persona que lo pretenda, o por muy convencido que esté de que es un acto de culto.

P.: Matrimonio entre personas del mismo sexo.
R.: Jurídicamente, el matrimonio homosexual es una contradicción en sus términos. Es como si habláramos de una compraventa en la que no se transmite la propiedad: no es compraventa. Hay en marcha una operación muy laicista, una especie de “indulgencia plenaria por lo civil”, que consiste en utilizar el Derecho para intentar cambiar el código moral de la sociedad. Se ha buscado ya en el caso del aborto, y ha fracasado, en el sentido de que la sociedad sigue considerándolo inmoral.

P.: Los obispos piden a los católicos que no voten la ley de uniones homosexuales.
R.: Una de las consecuencias de la laicidad es precisamente entender el doble plano de la conciencia individual y de la argumentación civil. La Iglesia tiene, no sólo el derecho, sino la obligación, de formar la conciencia de sus fieles, y por tanto de indicarles cuáles son las exigencias de esa conciencia, si quieren seguir siendo fieles. Y, por supuesto, cualquier católico debe tener en cuenta esas sugerencias, para hacerlas propias, con esa dimensión personal e intransferible que la conciencia lleva consigo. Asunto distinto es que, como es lógico, a la hora de argumentar, en una sociedad plural, hay que hacerlo con argumentos que sean compartibles por los demás, coincidan o no con nuestras convicciones. Hay que evitar el dilema de pensar que en una sociedad plural las propias convicciones hay que anularlas, como si no existieran. El problema no es que haya un Gobierno que malvadamente intenta anular los factores religiosos, sino que existe un gran número de creyentes a los que les falta laicidad y han entendido mal fórmula de que no cabe imponer convicciones, con lo cual acaban permitiendo que los demás les impongan las suyas

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés

Editor-Coordinador: Antonio Orozco Delclós

Enviado por Expansión - 24/05/2005 ir arriba
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