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Según el
cardenal Ratzinger "existe una
agresividad ideológica secular, que
puede ser preocupante. En Suecia, un
pastor protestante que había
predicado sobre la homosexualidad
basándose en un pasaje de la
Escritura, ha pasado un mes en la
cárcel. El laicismo ya no es aquel
elemento de neutralidad que abre
espacios de libertad a todos.
Comienza a transformarse en una
ideología que se impone a través de
la política y no concede espacio
público a la visión católica y
cristiana, que corre el riesgo de
convertirse en algo puramente
privado y, en el fondo, mutilado. En
este sentido, existe una lucha y
debemos defender la libertad
religiosa contra la imposición de
una ideología que se presenta como
si fuese la única voz de la
racionalidad, cuando sólo es
expresión de un "cierto"
racionalismo".
-Pero, para usted, ¿qué es la
laicidad?
-La laicidad justa es la libertad de
religión. El Estado no impone una
religión, sino que deja espacio
libre a las religiones con una
responsabilidad hacia la sociedad
civil, y por tanto, permite a estas
religiones que sean factores en la
construcción de la vida social".
Preguntado por la verdadera esencia
del cristianismo, el purpurado la
describe como "una historia de amor
entre Dios y los hombres. Si se
entiende esto en el lenguaje de
nuestro tiempo, el resto viene
solo".
-¿Dónde está Dios en la sociedad
contemporánea?
"Está muy marginado. En la vida
política parece casi indecente
hablar de Dios, como si fuese un
ataque a la libertad de quien no
cree. El mundo político sigue sus
normas y sus caminos, excluyendo a
Dios como algo que no pertenece a
esta tierra. Lo mismo sucede en el
mundo del comercio, de la economía y
de la vida privada. Dios queda a un
margen. Sin embargo, me parece
necesario volver a descubrir, y
existen las energías, que también la
esfera política y económica tienen
necesidad de una responsabilidad
moral, una responsabilidad que nace
del corazón del hombre, y en última
instancia, tiene que ver con la
presencia o la ausencia de Dios. Una
sociedad en la que Dios es
absolutamente ausente se
autodestruye. Lo hemos visto en los
grandes regímenes totalitarios del
siglo pasado".
- Por lo que respecta al tema de
la ética sexual, la Encíclica "Humanae
vitae" ha causado una profunda
separación entre el magisterio y el
comportamiento práctico de los
fieles. ¿Es hora de volver a
reflexionar sobre ella?
-"Para mí es evidente que debemos
seguir reflexionando. Ya en sus
primeros años de pontificado, Juan
Pablo II ha ofrecido al problema un
nuevo tipo de enfoque antropológico,
personalista, desarrollando una
visión muy diversa de la relación
entre el yo y el tú del hombre y de
la mujer. Es verdad que la píldora
ha dado lugar a una revolución
antropológica de grandes
dimensiones. No ha sido como se
podía pensar al inicio, sólo una
ayuda para las situaciones
difíciles, sino que ha cambiado la
visión de la sexualidad, del ser
humano y del mismo cuerpo. La
sexualidad se ha separado de la
fecundidad y de este modo ha
cambiado profundamente el concepto
de la misma vida humana. El acto
sexual ha perdido su finalidad, que
antes era clara y determinante, de
modo que todas las formas de
sexualidad han llegado a ser
equivalentes. Sobre todo, de esta
revolución deriva la equiparación
entre homosexualidad y
heterosexualidad. Por eso digo que
Pablo VI ha planteado un problema de
muchísima importancia".
- La homosexualidad es un tema
que concierne al amor entre dos
personas y no la mera sexualidad.
¿Qué puede hacer la Iglesia para
entender este fenómeno?
-"Diría dos cosas. Antes que nada,
debemos tener un gran respeto por
estas personas, que también sufren y
que quieren vivir en modo justo. Por
otra parte, crear ahora la forma
jurídica de una especie de
matrimonio homosexual, en realidad
no ayuda a estas personas".
-Por lo tanto, ¿Usted da un
juicio negativo sobre la elección
tomada en España?
-"Sí, porque es destructiva para la
familia y para la sociedad. El
derecho crea la moral o una forma de
moral, ya que la gente normal
habitualmente piensa que lo que
afirma el derecho es moralmente
lícito. Y si juzgamos esta unión más
o menos equivalente al matrimonio,
nos encontramos con una sociedad que
ya no reconoce ni lo específico de
la familia, ni su carácter
fundamental, es decir, lo que es
propio del hombre y la mujer, que
tienen como objetivo dar continuidad
-y no solo en sentido biológico- a
la humanidad. Por eso, la elección
tomada en España no aporta un
beneficio verdadero a estas
personas, porque de esa forma
destruimos elementos fundamentales
de un orden de derecho".
-A veces la Iglesia diciendo no a
todo, se ha visto derrotada. ¿No
tendría que ser posible, por lo
menos, un pacto de solidaridad entre
dos personas, aunque sean
homosexuales, reconocido y tutelado
por la ley?
"Pero institucionalizar un acuerdo
de ese tipo -que el legislador lo
quiera o no- aparecería
necesariamente a la opinión pública
como otro tipo de matrimonio que
asumiría así, inevitablemente, un
valor relativo. No hay que olvidar,
por otra parte que, con estas
decisiones hacia las que tiende hoy
una Europa -por decirlo así- en
decadencia, nos separamos de todas
las grandes culturas de la
humanidad, que han reconocido
siempre el significado propio de la
sexualidad: esto es, que el hombre y
la mujer han sido creados para ser,
unidos, la garantía del futuro de la
humanidad. Garantía no solo física,
sino también moral". |