Por Sunsi Estil-les Farré
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Arvo Net, 09.10.2006
¿Religión sí, religión no?.
¿Religión en la escuela o fuera de
la escuela?. Finalmente el acuerdo
es religión sí, pero sin excesos. De
oferta obligada para los centros, de
elección voluntaria para los alumnos
y no computable a efectos académicos.
Y no convence. Nadie se puede apear
de su “burro” porque el tema se ha
sometido a debate desde el prisma de
las convicciones personales.
Probablemente ése ha sido el error.
Todavía recuerdo el enfado del
Profesor de Teoría literaria, Ramón
Pla, hombre afable, de una
sensibilidad exquisita. Cursaba
tercero de carrera. Él impartía la
asignatura de “Crítica literaria” y,
si la memoria no me falla, aludió al
Cantar de los cantares para
ejemplificar un recurso literario.
Silencio absoluto y elocuente que,
traducido, significaba “ni puñetera
idea”. ¡Cómo!. ¿Unos aspirantes a
filólogos desconocíamos esos textos
bíblicos?. El Doctor Pla, con su
habitual elegancia, insinuó que
nuestro analfabetismo era, como
mínimo, preocupante. Y si a ello le
añadíamos cerrazón y prejuicios
tal vez deberíamos considerar
seriamente si no nos habíamos
confundido de aula y de Facultad. Ni
que pintados los versos de Rafael
Alberti al que el profesor Pla
citaba con frecuencia, aquellos que
dicen “Se equivocó la paloma ... se
equivocaba”.
Los argumentos que expongo a
continuación no son míos. Tampoco
son los de un creyente. Pertenecen a
un
diputado socialista francés, Jean
Jaurès, fundador del periódico "L’Humanité".
Están recogidos en una carta que
envió en 1905 a su hijo cuando éste
le pidió un justificante que le
eximiese de estudiar religión.
“Este justificante, querido hijo,
no te lo envío ni te lo enviaré
jamás.” . ¡Contundente!. Jean
Jaurès tenía motivos para responder
así. Su negativa se fundamenta en
sus conocimientos sobre el hecho
religioso. Sabía que la religión no
es un apéndice extirpable ni un
atuendo que nos viste a ratos y
dejamos colgado en el perchero
cuando molesta o resulta demasiado
exigente. El creyente es un ser
humano cuya fe informa su vida, su
relación con el prójimo, su
trabajo, el arte que fluye de su
espíritu y su concepción
trascendente de la existencia.
Jaurès era consciente de que obviar
esta realidad es lo mismo que
pretender obtener la radiografía del
cuerpo humano ocultando la columna
vertebral.
“Estudias
mitología para comprender la
historia y la civilización de los
griegos, de los romanos, y ¿ qué
comprenderías de la historia de
Europa y del mundo entero después de
Jesucristo, sin conocer la religión,
que cambió la faz del mundo y
produjo una nueva civilización?. En
el arte, ¿qué serán para ti las
obras maestras de la Edad Media y de
los tiempos modernos si no conoces
el motivo que las ha inspirado y las
ideas religiosas que ellas
contienen?. En las letras, ¿puedes
dejar de conocer no sólo a Bossuet,
Fenelón, Lacordaire, De Maistre,
Veuillot y tantos otros que se
ocuparon exclusivamente en
cuestiones religiosas, sino también
a Corneille, Racine, Hugo, en una
palabra a todos estos grandes
maestros que debieron al
cristianismo sus más bellas
inspiraciones?”.
Jean Jaurès aparca sus convicciones
personales y traslada las
coordenadas de la controversia al
plano estrictamente cultural. Los
interrogantes que formula son
prácticamente cerrados; funcionan
como afirmaciones rotundas y
difícilmente contestables:“¿Cómo
sería completa tu instrucción sin un
conocimiento suficiente de las
cuestiones religiosas sobre las
cuales todo el mundo discute?.
¿Quisieras tú, por ignorancia
voluntaria, no poder decir una
palabra sobre estos asuntos sin
exponerte a soltar un disparate?”.
“¿Querrás tú condenarte a saltar
páginas en todas tus lecturas y en
todos tus estudios?”.
A pesar de estar muy lejos de las
posturas laicistas, creo no
equivocarme al entender que cultura
y laicismo no son términos
excluyentes; a no ser que el
laicismo comportase optar
libremente por la ignorancia. ¿Es el
caso?. Jaurés demuestra que no
debería serlo.
Sunsi Estil-les Farré
Diari de Tarragona
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