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¿CONFRONTACIÓN ENTRE ESTADO E IGLESIA? (Jesús Ortiz López)

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¿CONFRONTACIÓN ENTRE ESTADO E IGLESIA?

 

 

Autor: Jesús Ortiz López

Arvo.net, 16/01/2008

 

De níngún modo. En primer lugar porque un gobierno, más o menos transitorio, no es el Estado y mucho menos la sociedad. En segundo lugar porque un gobierno no otorga derechos a los ciudadanos sino que tiene el deber de servirlos garantizando los derechos previos a cualquier legislación. Y en tercer lugar porque dos no discuten si uno no quiere, como le ocurre a la Iglesia católica o universal, que ha visto ya muchos gobiernos y  Estados en veinte siglos de existencia.

 

1. La autoridad moral de la Iglesia

 

          Desde el pasado 30 de diciembre asistimos a una cadena de descalificaciones por parte del actual Gobierno socialista contra la Iglesia que reunió a un millón y medio de personas, muchas no creyentes o no practicantes, en la Plaza de Colón de Madrid. Allí se defendió a la familia como necesaria para el desarrollo de las personas, para el progreso de los pueblos, y para la paz del mundo. Representan a la mayoría de la sociedad española que tiene un proyecto común de valores en torno a la familia y reacciona cuando se ve atacada. Porque cuando las leyes alteran su núcleo esencial de poco sirven las ayudas económicas menguadas, los subsidios interesados y las evanescentes promesas electorales. Todo esto merece ser estudiado con serenidad a la luz de las relaciones de colaboración entre la Iglesia y el Estado, sostenidas por los acuerdos bileterales con dimensión internacional, como hacemos a continuación.

           Benedicto XVI se ha dirigido a comienzo de año al Cuerpo diplomático acreditado ante al Santa Sede con palabras llenas de humanidad y de esperanza en defensa del hombre y del buen progreso de la sociedad. Es una muestra del prestigio moral que cada Pontífice romano tiene ante los gobernantes del mundo entero como instancia moral de primer orden que se sitúa en otro nivel más amplio y trascendente que el de las interesadas relaciones entre países, o de las luchas políticas partidarias en cada lugar del planeta. Porque cada gobierno tiene el peligro de creerse el ombligo del mundo y el poder absoluto que concede derechos a sus súbditos.

           Por cuarta vez en diez días Benedicto XVI recuerda que «la familia natural, comunión íntima de vida y de amor, fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, constituye el lugar primario de humanización de la persona y la sociedad. Desgraciadamente –añadía- vemos a diario qué insistentes y amenazadores son los ataques e incomprensiones contra esta importantísima institución humana y social». En España, además tenemos motivos para entender esta insistencia suya y el detalle para explicar qué es una familia y un matrimonio, pues llevamos tiempo sumergidos en la ceremonia de la confusión creada por el Gobierno de Rodríguez Zapatero y los medios que le sostienen.

           En el fondo de este debate global están los derechos humanos, cosa en que todos estamos de acuerdo, pero sólo aparentemente, como lo demuestra la falta de acuerdo sobre el derecho a la vida de los embriones humanos. Pero además, está en el vórtice del huracán la misma ley natural  que para algunos está pasada de moda y cifran sus pequeñas esperanzas en el consenso de una democracia simplemente procedimental: basta que se cumpla la débil mayoría por un puñado de votos, incluso de tránsfugas, para que salga una ley, y la sociedad la acepte como moralmente buena: si es legal es moral, si se puede hacer se hace. La manipulación y destrucción de embriones es una muestra de ello. 

           En el fondo hay un pulso entre dos concepciones del ser humano en la realidad, una reductiva, que todo lo cifra en el bienestar y los derechos individuales, y otra abierta a la trascendencia que es capaz de apelar a la rectitud moral y de plantear con valentía la cuestiones sobre la verdad, el bien, y la fuerza religiosa del ser humano. Hace unos años el pensador J.Gaarder, autor del famoso libro  El mundo de Sofía, consideraba que, si bien todos vivimos pululando entre los pelillos de la chistera, no todos se atreven a escalar y asomar la cabeza para ver al gran Mago del universo. Como es sabido estaba tratando de la filosofía y la sabiduría permanente no relativista, aunque  no mencionara la religión; pero sí se resiste a ver al hombre como un mono vestido, y también a debatir sobre los derechos de los simios. Por ese camino de la confusión no llegaremos a ninguna parte y las palabras de goma valen para todo. Entonces sólo queda la fuerza del poder, en lugar de la fuerza de la verdad; o con otras palabras del presidente Zapatero para garanatizar que la libertad os hará verdaderos, como si de un nuevo mesías se tratara.

 

 

2. En la misma barca del servicio

 

          Pues bien, para interpretar estos recientes ataques a la Jerarquía de la Iglesia católica por parte del Gobierno socialista y su trayectoria en estos últimos años, bueno será decir algunas palabras sobre la naturaleza y fines del Estado y de la Iglesia, así como sobre la necesaria colaboración para el bien común de los ciudadanos, en el respeto de la ley, del orden moral, y de la vida humana[1]. Fue el Concilio Vaticano II quien habló de las relaciones entre la Iglesia y el Estado afirmando que la comunidad política y la Iglesia, cada una en su ámbito propio, son mutuamente independientes y autónomos. La Iglesia y el Estado están llamados a colaborar para servir a los hombres pues no es otra su finalidad, aunque sea en planos diversos: la Iglesia ha recibido la misión de evangelizar a los pueblos y a su vez los Estados tienen la misión de buscar el bien común temporal de todos los ciudadanos, que incluye también bienes espirituales pues el hombre trasciende la materia[2].

 

· Dos niveles distintos y complementarios

           «La misión propia que Cristo confió a la Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Precisamente de esta misma misión religiosa fluyen una función, una luz y unas energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad de los hombres según la ley divina»[3]. La Iglesia es una sociedad de orden sobrenatural que se propone la salvación de las almas; una misión religiosa que incluye la recta ordenación de las cosas temporales, de modo que sirvan al hombre para alcanzar su fin último. Con su doctrina y su actividad apostólica, la Iglesia contribuye al progreso humano de la sociedad; los medios que la Iglesia utiliza para llevar a cabo su misión son ante todo espirituales: la predicación del Evangelio, la administración de los sacramentos, la oración, y el ejercicio múltiple de la caridad, desde la asistencia a enfermos e inmigrantes hasta la educación de los jóvenes.

           En cambio, el Estado es de orden natural y se propone el bien común temporal de la sociedad civil, que incluye también el bien espiritual de los ciudadanos. Un Estado que sólo se ocupara del bienestar material seguiría una antropología intrascendente y mutilaría la condición humana[4]. El bienestar social requiere, además de los medios materiales, otros muchos bienes de carácter espiritual, como son la paz, el orden, la justicia, la libertad, la cultura o la religión. Son bienes que sólo pueden alcanzarse mediante el ejercicio de las virtudes sociales, que el Estado debe promover y tutelar, como es la moralidad pública.

 

Voluntad de colaboración

          Las relaciones entre la Iglesia y el Estado han de ser lógicamente de unión y colaboración mutua, aunque cada uno actúe dentro de su propio orden. Colaboración que parte del mutuo reconocimiento de ser sociedades diferentes, con naturaleza, organización y personalidad jurídica propias; y esto se lleva a cabo mediante la regulación jurídica de aquellas materias que afectan a los fines de ambos, como son el derecho a la vida, la educación, el matrimonio, la comunicación social, o la asistencia a los necesitados. Para eso están los tratados y acuerdos bilaterales de carácter supranacional que ninguno de ellos puede alterar unilateralmente. Entre nosotros se oye con demasiada insistencia, por parte de Izquierda Unida, de gentes del PSOE, o de otros radicales como ERC, que se cambien los Acuerdos existentes. La respuesta es que se pongan a ello a ver qué pasa en la sociedad y en el orden internacional.

          La realidad es que en esas materias tan importantes el actual Gobierno socialista lleva cuatro años introduciendo leyes lesivas para la el matrimonio y la familia, la vida y la educación. Los resultados están a la vista cuando vemos que se deshacen más matrimonios que nunca amparados en el llamado divorcio exprés, una bandera del Gobierno; cuando vemos que crece el número de abortos, cien mil en el último año, burlando la ley que lo considera un delito contra la vida, aunque ya se oyen voces para una ley de plazos que convertiría el delito en derecho de la mujer; o cuando padecemos la asignatura obligatoria de Educación para la ciudadanía, conocida como educación en el espíritu laicista para borrar en los jóvenes cualquier atisbo de trascendencia. Una asignatura que viene a desarrollar aspectos de la nueva Ley de Educación (LOE) impuesta a la comunidad educativa, de espaldas a los padres, y sin lograr un consenso social suficiente con la sociedad y las fuerzas políticas. No es fácil ver cómo cuadra este tsunami legislativo con nuestra Constitución cuando dice que los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones (Art. 27, 3). Algo que acaba de ser ratificado en el Tratado de Lisboa casi con las mismas palabras y que obliga a los países de la Comunidad Europea. Por cierto, que se ha firmado en un monumento de primera categoría de la capital lusa: el Monasterio de San Jerónimo, una muestra del esplendor del arte cristiano que vitaliza la cultura de Europa.

          Mal que les pese, todo esto choca con la Constitución cuando establece ciertamente y para bien, que ninguna confesión tendrá carácter estatal (de ahí la aconfesionalidad), pero también que los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones (Art. 16, 3) ¿Alguien ha visto algo de esto durante cuatro años y especialmente desde la Jornada festiva de la familia el pasado 30 de diciembre?

 

 

3. La democracia es imposible sin valores morales

 

          La Iglesia tiene el derecho y el deber de señalar cuándo una ley es injusta por ser contraria a la ley natural -leyes del aborto o de investigación con embriones humanos-, y determinadas costumbres o situaciones que son objetivamente inmorales -matrimonio de homosexuales o corrupción administrativa-, aunque estén permitidas por el poder civil. Y también puede recordar a los católicos que deben ser consecuentes para no apoyar a personas y partidos que se propongan objetivos contrarios a la ley moral y la dignidad de las personas, como es la eugenesia o el racismo. Ya sabemos que la facción gobernante no quiere ni oír hablar de ley natural pues siguen a pie juntillas el iuspositivismo jurídico, que es como un árbol arrancado de sus raíces, que seguirá teniendo hojas y algunos frutos por un tiempo pero está sentenciado de muerte. Lo expresaba con acierto ya en el siglo V a.C. la Antígona de Sófocles al déspota de turno: «No creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables, de los dioses: su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe cuándo fue que aparecieron (...). Puede que a ti te parezca que obré como una loca pero, poco más o menos, es a un loco a quien doy cuenta de mi locura».

          La Iglesia sabe que el Estado está planteado desde la dimensión ética de la persona y de la sociedad, y debe custodiar también la ley moral natural. Es el modo que tiene, según su naturaleza, de cooperar en su orden al bien trascendente de las personas. Además está avalado por la experiencia universal en el espacio y el tiempo que no se puede separar del todo la moral privada de la pública, salvo que uno caiga en la esquizofrenia. Por eso el Concilio lamentaba la separación entre la fe y la vida diaria de muchos como uno de los más graves errores de nuestra época[5], lo cual afecta especialmente a los creyentes, más que ser una crítica a los gobernantes. En cambio, la coherencia de los fieles laicos con su fe en todas sus actuaciones, en especial quienes tienen cargos de responsabilidad pública, será la mejor garantía de que las instituciones y leyes contribuyen al bien común[6].

          Para concluir diremos que la religión está fundada en la verdad y no a medio camino entre el fundamentalismo y el laicismo porque le corresponde un plano superior trascendente: el hombre se encuentra con la llamada de Dios y el sentido pleno de su vida. No hay razones para sospechar poca lealtad en la Iglesia en sus relaciones con el Estado, y menos para acusar a la Jerarquía de faltar a la verdad (Fernández de la Vega en el Congreso) cuando enseña que el matrimonio es la unión estable de un hombre y una mujer, cuando defiende el derecho a la vida de los no nacidos, y cuando manifiesta que los derechos subjetivos no tienen licencia para matar, y lo hace ante una sociedad envejecida que se aferra a pequeñas esperanzas porque le falta la gran esperanza del Gran Mago del universo, un modo de hablar de Dios Padre amoroso y providente y de su Hijo Jesucristo, que cada Navidad nos regala el realismo del amor, la libertad anclada en la verdad, y saber convivir con todos.

_______
 

* Jesús Ortiz López

Doctor en Derecho Canónico


[1] Las siguientes ideas están expuestas con más amplitud en J.Ortiz, Conocer a Dios, Vol I, capítulo 15, Rialp, 2003.

[2] Cfr. Gaudium et spes, 76.

[3] Ibidem , 42

[4] A.HUXLEY, Un mundo feliz, Plaza & Janés 1996. Ha descrito cómo sería -¿o quizá ya es?- un Estado, nacional o supranacional, que cercenara las necesidades espirituales de los hombres como son el amor auténtico, la búsqueda de la verdad, la liberad para decidir el propio destino, o el sentido religioso de una vida dirigida a Dios. Esta novela describe un mundo en el que se han cumplido los peores vaticinios: triunfan los dioses del consumo y el bienestar, y está organizado en “zonas de seguridad” que esconden el peor del totalitarismo. Ese mundo ha sacrificado valores humanos esenciales, y sus habitantes son procreados in vitro a imagen y semejanza de una cadena de montaje.  G. Orwell mostraba algo parecido en su famosa Rebelión en la granja.

[5] Ibidem, 43.

[6] «No se puede, por lo demás, separar la moral pública y la moral privada. Hoy se proclama con rara unanimidad que el hombre público tiene derecho a su vida privada, sancionándose de este modo una dicotomía que secciona al mismo individuo en dos compartimentos estancos. Todo lo cual es verdadero y legítimo sólo hasta cierto punto. Quien asume un protagonismo social, ha de hacerlo desde la verdad personal, comprometiéndose por convicción y no sólo por convención o interés coyuntural». CEE, La verdad os hará libres, n. 62

 

 

 
Enviado por ArvoNet - 27/08/2009 ir arriba
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