S. S. JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 31 de julio de 1996
La
concepción virginal de Jesús
(Lectura: capítulo 1 del evangelio
de san Lucas, versículos 34-37)
1. Dios ha
querido, en su designio salvífico,
que el Hijo unigénito naciera de una
Virgen. Esta decisión divina implica
una profunda relación entre la
virginidad de María y la encarnación
del Verbo. "La mirada de la fe,
unida al conjunto de la revelación,
puede descubrir las razones
misteriosas por las que Dios, en su
designio salvífico, quiso que su
Hijo naciera de una virgen. Estas
razones se refieren tanto a la
persona y a la misión redentora de
Cristo como a la aceptación por
María de esta misión para con los
hombres" (Catecismo
de la Iglesia católica,
n. 502).
La
concepción virginal, excluyendo una
paternidad humana, afirma que el
único padre de Jesús es el Padre
celestial, y que en la generación
temporal del Hijo se refleja la
generación eterna: el Padre, que
había engendrado al Hijo en la
eternidad, lo engendra también en el
tiempo como hombre.
2. El
relato de la Anunciación pone de
relieve el estado de Hijo de Dios,
consecuente con la intervención
divina en la concepción. "El
Espíritu Santo vendrá sobre ti y el
poder del Altísimo te cubrirá con su
sombra; por eso el que ha de nacer
será santo y será llamado Hijo de
Dios" (Lc 1, 35).
Aquel
que nace de María ya es, en virtud
de la generación eterna, Hijo de
Dios; su generación virginal, obrada
por la intervención del Altísimo,
manifiesta que, también en su
humanidad, es el Hijo de Dios.
La
revelación de la generación eterna
en la generación virginal nos la
sugieren también las expresiones
contenidas en el Prólogo del
evangelio de san Juan, que
relacionan la manifestación de Dios
invisible, por obra del "Hijo único,
que está en el seno del Padre" (Jn
1, 18), con su venida en la carne:
"Y la Palabra se hizo carne, y puso
su Morada entre nosotros, y hemos
contemplado su gloria, gloria que
recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad" (Jn
1, 14).
San
Lucas y san Mateo, al narrar la
generación de Jesús, afirman también
el papel del Espíritu Santo. Éste no
es el padre del niño: Jesús es hijo
únicamente del Padre eterno (cf.
Lc 1, 32. 35) que, por medio del
Espíritu, actúa en el mundo y
engendra al Verbo en la naturaleza
humana. En efecto, en la Anunciación
el ángel llama al Espíritu "poder
del Altísimo" (Lc 1, 35), en
sintonía con el Antiguo Testamento,
que lo presenta como la energía
divina que actúa en la existencia
humana, capacitándola para realizar
acciones maravillosas. Este poder,
que en la vida trinitaria de Dios es
Amor, manifestándose en su grado
supremo en el misterio de la
Encarnación, tiene la tarea de dar
el Verbo encarnado a la humanidad.
3. El
Espíritu Santo, en particular, es la
persona que comunica las riquezas
divinas a los hombres y los hace
participar en la vida de Dios. Él,
que en el misterio trinitario es la
unidad del Padre y del Hijo, obrando
la generación virginal de Jesús, une
la humanidad a Dios.
El
misterio de la Encarnación muestra
también la incomparable grandeza de
la maternidad virginal de María: la
concepción de Jesús es fruto de su
cooperación generosa en la acción
del Espíritu de amor, fuente de toda
fecundidad.
En el plan
divino de la salvación, la
concepción virginal es, por tanto,
anuncio de la nueva creación: por
obra del Espíritu Santo, en María es
engendrado aquel que será el hombre
nuevo. Como afirma el
Catecismo de la Iglesia católica:
"Jesús fue concebido por obra del
Espíritu Santo en el seno de la
Virgen María, porque él es el nuevo
Adán que inaugura la nueva creación"
(n. 504).
En el misterio
de esta nueva creación resplandece
el papel de la maternidad virginal
de María. San Ireneo, llamando a
Cristo "primogénito de la Virgen" (Adv.
Haer. 3, 16, 4), recuerda que,
después de Jesús, muchos otros nacen
de la Virgen, en el sentido de que
reciben la vida nueva de Cristo.
"Jesús es el Hijo único de María.
Pero la maternidad espiritual de
María se extiende a todos los
hombres a los cuales él vino a
salvar: "Dio a luz al Hijo, al que
Dios constituyó el mayor de muchos
hermanos" (Rm 8, 29), es
decir, de los creyentes, a cuyo
nacimiento y educación colabora con
amor de madre" (Catecismo
de la Iglesia católica,
n. 501).
4. La
comunicación de la vida nueva es
transmisión de la filiación divina.
Podemos recordar aquí la perspectiva
abierta por san Juan en el Prólogo
de su evangelio: aquel a quien Dios
engendró, da a los creyentes el
poder de hacerse hijos de Dios (cf.
Jn 1, 12-13). La generación
virginal permite la extensión de la
paternidad divina: a los hombres se
les hace hijos adoptivos de Dios en
aquel que es Hijo de la Virgen y del
Padre.
Así
pues, la contemplación del misterio
de la generación virginal nos
permite intuir que Dios ha elegido
para su Hijo una Madre virgen, para
dar más ampliamente a la humanidad
su amor de Padre.
|