Por Ricardo Piñero Moral
(Universidad de Salamanca)
Nuestra vida hoy está, a veces, tan
enmarañada, es tan ajetreada, que no caemos
en la cuenta de la realidad que nos rodea.
Esto no sólo se debe a las múltiples
ocupaciones y tareas que desempeñamos, sino
a un descuido de algunos principios básicos
que deberían regir nuestros comportamientos
cotidianos. Es más fácil dejarse llevar por
la inercia de los acontecimientos; es más
fácil no poner en cuestión las múltiples
opiniones con las que nos bombardean los
medios de comunicación; es más fácil
renunciar a examinar los valores que nos dan
nuestra auténtica identidad, que afrontar,
clarificar y jerarquizar nuestras
convicciones y nuestras creencias. Si no
somos capaces de detectar lo que de verdad
estamos viviendo, nuestra existencia se
convierte en algo insulso y tedioso, cuando
no en un escenario en el que la tibieza
termina por devorar aquello que realmente
somos.
En la cotidianidad cada uno de nosotros,
cuántas veces caemos en el olvido de nuestra
filiación divina. Nos comportamos como si no
fuéramos hijos de Dios, como si no nos
interesaran más que nuestros afanes
particulares desde una perspectiva puramente
social, económica o política. Sin embargo,
estamos llamados a vivir nuestra existencia
en la búsqueda de un amor sobrenatural; en
la esperanza en un mundo mejor y más justo
para nuestros hijos y para nuestros
semejantes; hemos de sentir la necesidad de
actuar bajo la luz de una fe que ha de
hacernos revelar la presencia de Dios en el
mundo.
Son demasiadas las ‘cosas’ que empañan esa
mirada limpia, esa apertura del corazón
hacia lo más profundo de la existencia
humana. Nuestros intereses no siempre pasan
por la solidaridad, por la esperanza, por la
fraternidad… antes bien, muchas veces son
egoístas y miopes. Nos parece que nuestras
fuerzas son suficientes para todo; nos
creemos que con sólo nuestros empeños
podemos llegar a nuestras metas; pensamos
que las capacidades reflexivas lo han de
abarcar y definir todo… En fin, esa soberbia
de especie racional privilegiada termina por
sacar de nosotros aquello que nos constituye
como personas, como criaturas de un Dios
manso y humilde del que hemos decidido no
aprender nada en virtud de nuestra propia
vanidad.
Ante este panorama, qué fácil lo tiene el
diablo para seguir vivo, y coleando… Somos
nosotros mismos quienes le abrimos la puerta
cada día con cierta prepotencia
pseudocientífica, con una sangrante falta de
delicadeza con los que sufren, con esa mal
entendida fe en la que echándonos en las
manos de un Dios todopoderoso y
misericordioso pretendemos ignorar la
responsabilidad de nuestros propios actos.
Una de las más cuidadas artimañas del ‘padre
de la mentira’ es la de hacernos creer que
no existe… Una sociedad tan civilizada, tan
tecnificada, tan del bienestar como la
nuestra, no puede consentir mantener entre
el corpus de sus creencias a un ser tan
‘especial’ como el diablo. Sería como un
desajuste racional, y eso supondría
reconocer que el ser humano no lo es todo en
la realidad, eso sería afirmar que el mundo
no está hecho a la medida del hombre.
Mientras nos empecinamos en esta soberbia,
lo único que estamos alimentando es la
protervia del ‘ángel caído’, que es tanto
como decir que mientras el hombre de carne y
hueso siga ocupado sólo en su carne y en sus
huesos, en sus pasiones y en sus deseos, se
olvidará del amor de Dios, y por eso sólo se
amará a sí mismo.
A veces, nos quieren representar nuestro
mundo como si fuera un video-juego, de esos
que tanto saben nuestros hijos: un universo
en el que el hombre manipula todo a su
antojo y en el que se siente señor de la
vida y la muerte… El Satán ya no es un
acusador con cuernos, pezuñas y rabo; ya no
es una gárgola que vomita fuego desde lo más
alto de una catedral medieval. El diablo es
ahora, como por otra parte ha sido siempre,
un ser sutil, inteligente, astuto y
cauteloso, que anda metido en nuestras vidas
casi sin darnos cuenta, que anda camuflado
en nuestras redes, inter-redes, que
entabla sus escaramuzas sin alborozos,
sabiendo que le es más rentable devorar la
voluntad y el interior de las almas de los
hombres buenos, que organizar una gran pira
en la plaza pública…
Por eso nos hace falta saber del diablo,
hemos de perder el miedo a conocer su
naturaleza, para así entender mejor sus
ardides y sus asechanzas para con nosotros.
Saber del ‘príncipe de este mundo’ nos hará
vivir mejor la presencia de Dios. Sólo
sintiendo que Él es amor podremos
enfrentarnos con fuerza y con confianza al
odio del adversario, a su mentira, a la
vanidad con la que refulge, a la impureza
que nos propone, a la pereza en la que nos
ata, en fin, a todo aquello que nos hace
dejar de amar, que nos impide ver la verdad
y que nos saca del camino…
A lo largo de las Escrituras son
muchos los pasajes en los que se habla de la
naturaleza del diablo y en los que se nos
muestra su capacidad de acción. Pero el
punto de partida es el reconocimiento de que
este ser es un ángel, en origen bueno. Esta
afirmación resulta de radical importancia y
demarca la tradición cristiana de otras
–como el maniqueísmo o el zoroastrismo- en
las que se considera que el diablo no es una
criatura, sino algo así como un principio
metafísico del Mal. Sin embargo, para el
cristianismo, desde los mismos textos
bíblicos hasta los desarrollos teológicos en
los comienzos mismos del Magisterio de la
Iglesia, el diablo es, existe; es una
criatura angélica, de naturaleza puramente
espiritual, dotado de dones preternaturales,
y de unas cualidades específicas.
Tal vez pueda extrañar que un ser
pervertido, pervertidor, infame, cuya
soberbia llega hasta el enfrentamiento
directo contra el poder de Dios, sumo Bien,
fuera creada como un ser bueno. Pero Dios,
el Creador, no ha hecho nada que no sea
bueno, ni siquiera al diablo. Así pues, el
ángel caído es algo más que una verdad de
fe, es un ser real, que en el ejercicio
pleno y autónomo de uno de sus dones, el de
la libertad, optó por apartarse de manera
radical del Bien, eligió establecer una
batalla implacable contra Dios mismo, y
eligió para ello actuar contra el hombre.
¿Por qué contra el hombre? Entre otras
razones, porque el hombre es un ser creado a
imagen y semejanza de Dios mismo. Atacar e
intentar destruir al ser humano es, en el
fondo, atacar e intentar destruir una de las
obras más amadas por Dios mismo.
Uno de los objetivos del ‘tentador’ es
romper la relación del hombre con Dios, pero
no cae en la cuenta de que esa relación es
mucho más profunda, mucho más radical de lo
que él considera. El vínculo del ser humano
con la divinidad no radica en una simple
transacción comercial, es decir, no está
fundada en que Dios da al hombre riquezas y
bienes y por ellos el hombre le adora, sino
en un amor desinteresado, en un amor de
naturaleza metafísica que tiene su origen en
el reconocimiento de una relación filial.
Aún así, el diablo persevera porque confía
en quebrar esa relación presentando nuevas
artimañas, nuevas estrategias que acompañan
al ser humano a lo largo de toda su vida.
Ese ardid tan extraordinario como constante,
se concreta en un hecho tan ordinario que
todos padecemos en nuestra vida cotidiana:
la tentación.
El Nuevo Testamento refleja claramente las
acciones torticeras de este espíritu maligno
que anda en el mundo para la perdición de
las almas. Son buena prueba de ello la
tentaciones que ejerce sobre el propio
Cristo, y que resultan ejemplares y
ejemplarizantes para la naturaleza humana.
Pero los Evangelios relatan la Buena Nueva,
la victoria de Jesús de Nazaret sobre el Mal
y sobre el Maligno, son una expresión
decidida de la llegada del Reino de Dios,
que se impone sobre el Principado de este
Mundo: “si por el dedo de Dios expulso yo
los demonios, es que ha llegado a vosotros
el Reino de Dios” (Lc. 11, 20).
Cristo nos anuncia el camino del bien, la
contundencia de la verdad, y el sendero de
la vida auténtica. El camino, la verdad y la
vida que Cristo mismo es, revelan la
implicación radical de la inmanencia con la
trascendencia, manifiestan el poder del
Creador sobre todas sus criaturas haciendo
visible el Amor infinito de Dios.
La Pasión y la Resurrección de Cristo
terminan por aleccionarnos acerca de la
naturaleza del Adversario. Éste no ceja en
su empeño ni siquiera en los últimos
instantes de la vida de Jesús. Persigue
doblegar la voluntad del Nazareno, porque
con ello se apoderaría de la nuestra. Sin
embargo, la firmeza de Jesús, que se pone en
manos del Padre, que decide libremente hacer
Su voluntad, posibilita la salvación de los
hombres, de todo hombre que se ponga en las
manos de Dios y que renuncie a las artes
perversas del Maligno. La resurrección es el
triunfo de la vida sobre la muerte, es la
victoria del Bien sobre el Mal, es el fruto
del Amor fecundo que supera todo odio.
Las tentaciones, incluso la cruz, son
escenarios en los que se detecta la
presencia maléfica del ángel caído, pero
cada vez más caído, cada vez más derrotado.
Cristo resucitado representa la excelencia
de la Encarnación del Verbo que aniquila,
mediante la muerte, al señor de la muerte y
que libera a todo hombre de la esclavitud (Hb.
2, 14-15). En conclusión, podemos decir que
el diablo es un ser, de naturaleza
espiritual, creado por Dios en origen bueno
y que en el ejercicio de su libertad decidió
enfrentarse al Bien. Esa elección es tan
firme que su rebeldía se transforma en
protervia, y renuncia explícitamente a
restaurar su comportamiento. Por eso el
‘ángel caído’ no tiene posibilidad de
redención y su destino no es la gracia de la
salvación, sino la oscuridad del pecado.
Pero nosotros los hombres, criaturas libres,
hijos de un Dios omnipotente, desde nuestra
voluntad y con la ayuda divina, siempre
podremos decir no a Satán… Qué difícil lo
tiene el diablo si tú quieres, si no olvidas
que has nacido de la Luz y del Amor. Ya que
hemos venido de la Luz, ya que la Luz ha
venido a nosotros, no la despreciemos y
seamos testigos de ella…
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