Los
grandes defensores de la libertad
"Los cristianos somos los grandes defensores de la libertad,
contra toda clase de esclavitudes y totalitarismos, antiguos y
nuevos", ha dicho monseñor Javier Echevarría, Prelado del
Opus Dei, en la homilía pronunciada en la Catedral de Oviedo,
invitado por el Obispo de la diócesis, monseñor Osoro, con
ocasión del Año de la Cruz. Extraemos algunos párrafos de
la misma:
Los cristianos somos los grandes defensores de la libertad,
contra toda clase de esclavitudes y totalitarismos, antiguos y
nuevos. La fuerza para mantener viva esa santa rebeldía la
encontramos, no en la violencia física o moral -que rechazamos,
siguiendo las enseñanzas del Evangelio-, sino en la fe, la esperanza
y el amor: las tres virtudes teologales, infundidas por Dios en
nuestras almas; verdaderas fuerzas que actúan en la historia, aunque
en muchas ocasiones los hombres no las reconozcan.
En el leño de la Cruz, Cristo nos alcanzó la victoria definitiva. El
Señor borró el pliego de cargos que nos era adverso (...)
clavándolo en la cruz, leemos en la epístola a los Colosenses.
Habiendo despojado a los
principados y potestades, los exhibió en público llevándolos en su
cortejo triunfal[5].Nosotros
hemos de unirnos a ese triunfo suyo, con una fe viva, con una
esperanza segura, con una caridad ardiente.
Apliquemos esta doctrina perenne a las circunstancias que a cada uno
nos toca vivir: en la propia familia, en la ciudad donde residimos,
en la nación a la que pertenecemos. No perdamos nunca la esperanza,
aunque la situación personal o social parezca difícil. Alimentémosla
en la oración y en los sacramentos. ¡Qué magnífica oportunidad se
nos ofrece en este Año Santo de la Cruz para recibir con más
fruto el sacramento de la Penitencia, donde el Señor perdona
nuestros pecados, y para acercamos con mayor devoción a la Sagrada
Eucaristía, donde Él mismo se nos entrega como alimento del alma!
Es lógico que cada uno cultive proyectos concretos en el ámbito de
la familia, de la profesión, de los intereses que le mueven, siempre
abiertos a las necesidades ajenas, pues el espíritu solidario -la
preocupación por los demás forma parte de la naturaleza humana y
constituye, además, una componente esencial del mensaje cristiano.
«Más aún -afirma Benedicto XVI-, nosotros necesitamos tener
esperanzas -más grandes o más pequeñas- que cada día nos mantengan
en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todas las
demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios,
que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que
nosotros solos no podemos alcanzar»[6]
Con la fe y la esperanza de los hijos de Dios, podremos combatir las
peleas del Señor. Primero en nuestra propia alma, para dejar que
Cristo reine en nosotros; y luego en la gran batalla de amor y de
paz, que todos hemos de librar -cada uno a su manera, de acuerdo con
sus posibilidades- para que la sociedad civil redescubra las raíces
cristianas que han forjado la historia de España, de Europa y de
muchas otras naciones. Tengamos el deseo de hablar con quienes
conozcamos, para que ellas y ellos hablen a su vez con otros;
pensemos en el apostolado ejemplar de los primeros cristianos, que
poco a poco, con perseverancia, logró la conversión del mundo
pagano.
Acabamos de comenzar un año paulino, con motivo del
bimilenario del nacimiento de San Pablo. La predicación del Apóstol
se centraba en Cristo crucificado,
escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los
llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y
sabiduría de Dios. Porque lo necio de Dios es más sabio que los
hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres[7].
Cristo sale a nuestro encuentro también con ocasión de las
dificultades -grandes y pequeñas- con las que todos nos enfrentamos
en la vida. Pidamos la gracia de saber encontrar precisamente ahí
una participación en la Cruz de Jesús. Es don de Dios, que hemos de
suplicar con humildad, como nos recuerda hoy el Evangelio de la
Misa:
Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. Llevad
mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de
corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo
es suave y mi carga es ligera
[8].
Si recibimos la Cruz con amor, si sabemos descubrir en sus brazos
una ocasión de unirnos estrechamente al Señor, en la Cruz
encontraremos el resplandor de la verdad, el descanso en la fatiga,
la alegría en nuestro caminar. Y no sólo luego, en la
bienaventuranza eterna, sino ya ahora, en el momento presente. Como
afirmaba San Josemaría: lejos de desalentarnos, las
contrariedades han de ser un acicate para crecer como cristianos: en
esa pelea nos santificamos, y nuestra labor apostólica adquiere
mayor eficacia
[9].
No lo dudemos: vida cristiana equivale a vida apostólica
llena de alegría.
Cfr.
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09/07/2008
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