En este tiempo de Navidad, al celebrar
en nuestro HOY el Nacimiento temporal
del Logos eternamente engendrado por el
Padre Dios, cuando nos remontamos al
inicio de aquella singladura que pasa
por nuestros días, anticipando ya el
triunfo final del Niño-Hombre-Dios, Alfa
y Omega, Señor de la Historia,
Jesucristo, he redescubierto un
documento precioso del papa Benedicto
XVI que vale la pena meditar en todos
sus detalles, para volver luego a la
meditación desde la perspectiva
sapiencial del Vicario de Cristo en la
tierra. Creo que es sumamente útil y
práctico, a la hora de pensar como
afrontar los “retos” que presenta
nuestra época al hombre y a la mujer de
fe. Es imprescindible no perder de vista
la grandeza y lo Grande del Cristianismo
para no perderse en una batalla
extenuante sobre “detalles”, de no
escasa monta –en algunos nos jugamos la
vida-, pero que resultaría estéril, más
aún, contraproducente si no viéramos los
“detalles” -si no entendiéramos y no
procuráramos hacerlos entender- bajo la
luz de Lo Grande y de la Grandeza que
presta solidez a todo el edificio moral
del Cristianismo.
En primer lugar, el Papa da las
gracias por el encuentro con los obispos
suizos el 9 de noviembre de 2006, por
haber podido escuchar a sus
hermanos en el episcopado, tras unas
jornadas de estudio. Primera lección:
sincera disponibilidad de escucha;humildad:
«gracias por este encuentro que, a mi
parecer, nos ayuda a todos, porque para
todos es una experiencia de la unidad de
la Iglesia, y también es una experiencia
de esperanza que nos acompaña en todas
las dificultades que afrontamos».
Seguidamente pide disculpas por
presentarse sin un texto escrito: «en
cualquier caso, ahora no puedo
pronunciar un gran discurso, como
convendría después de un encuentro con
estos frutos». Se verá cómo discurre el
Papa sin papeles. Conoce el texto final
de los obispos: «Se trata de un texto
muy rico. Al leerlo pensé: en cierto
sentido, sería absurdo que yo volviera a
hablar sobre estos temas, de los que se
ha discutido durante tres días con
profundidad e intensidad. Veo en ese
texto el resultado condensado y rico del
trabajo realizado; añadir algo más sobre
los diversos puntos me parece muy
difícil, entre otras razones porque
conozco el resultado del trabajo, pero
no he escuchado a los que han
intervenido en las discusiones. Por eso
pensé que, esta tarde, al concluir, tal
vez convenía volver una vez más sobre
los grandes temas que nos ocupan y que
son, en definitiva, el fundamento de
todos los pequeños detalles, aunque,
como es obvio, cada detalle es
importante». El Santo Padre continúa
su discurso, que yo subrayaré según mi
personal interés [A.O.D.]:
Discurso de Benedicto XVI
al concluir su encuentro con los obispos de
Suiza
9 de noviembre de 2006 al concluir el
encuentro
En la Iglesia la institución no es
sólo una estructura exterior, mientras que
el Evangelio sería puramente espiritual. En
realidad, el Evangelio y la institución son
inseparables, porque el Evangelio tiene un
cuerpo y el Señor tiene un cuerpo también en
nuestro tiempo. Por eso, las cuestiones que
a primera vista parecen sólo
institucionales, en realidad son cuestiones
teológicas, y cuestiones centrales porque en
ellas se trata de la realización y
concreción del Evangelio en nuestro tiempo.
Por tanto, ahora conviene
reafirmar una vez más las grandes
perspectivas dentro de las cuales se mueve
toda nuestra reflexión. … He pensado en
dos temas específicos, de los que ya he
hablado y que ahora quisiera profundizar un
poco más.
Ante todo, tenemos el tema de
"Dios". Me han venido a la mente las
palabras de san Ignacio: "El cristianismo
no es obra de persuasión, sino de grandeza"
(Carta a los Romanos, III, 3). No deberíamos
permitir que nuestra fe se disuelva en
demasiadas discusiones sobre múltiples
detalles poco importantes; al contrario,
debemos tener siempre ante los ojos en
primer lugar su grandeza.
Recuerdo que cuando iba yo a
Alemania, en las décadas de 1980 y 1990, me
pedían entrevistas y siempre me daban por
anticipado las preguntas. Se trataba de la
ordenación de mujeres, de la anticoncepción,
del aborto y de otros problemas como estos,
que vuelven continuamente a la actualidad.
Si nos dejamos arrastrar por estas
discusiones, entonces se identifica a la
Iglesia con algunos mandamientos o
prohibiciones, y a nosotros se nos tacha de
moralistas con algunas convicciones pasadas
de moda, y la verdadera grandeza de la fe no
se aprecia para nada. Por eso, creo que
es fundamental poner de relieve
continuamente la grandeza de nuestra fe, un
compromiso del que no debemos permitir que
nos aparten esas situaciones.
A este respecto, quisiera seguir
completando ahora nuestras reflexiones del
martes pasado, insistiendo una vez más en
que es importante sobre todo cuidar la
relación personal con Dios, con el Dios que
se nos manifestó en Cristo. San Agustín
subrayó en repetidas ocasiones los dos
aspectos del concepto cristiano de Dios:
Dios es “Logos” y Dios es “Amor”, hasta el
punto de que se hizo totalmente pequeño,
asumiendo un cuerpo humano y al final se
entregó como pan en nuestras manos.
Estos dos aspectos del concepto
cristiano de Dios deberíamos tenerlos
siempre presentes y hacerlos presentes. Dios
es “Espíritu creador”, es “Logos”, es razón.
Por esto, nuestra fe es algo que tiene que
ver con la razón; se puede transmitir
mediante la razón, y no tiene que esconderse
ante la razón, ni siquiera ante la de
nuestro tiempo.
Pero precisamente esta razón eterna
e inconmensurable no es sólo una matemática
del universo y mucho menos una “primera
causa” que, después de haber provocado el
“Big bang”, se retiró. Al contrario, esta
razón tiene un corazón, que le impulsó a
renunciar a su inmensidad, haciéndose carne.
Y sólo en eso radica, a mi entender, la
última y verdadera grandeza de nuestra
concepción de Dios. Sabemos que Dios no es
una hipótesis filosófica; no es algo que
“tal vez” existe; sino que nosotros lo
conocemos y él nos conoce a nosotros. Y
podemos conocerlo cada vez mejor si
permanecemos en diálogo con él.
Por eso, la pastoral tiene como
misión fundamental enseñar a orar y
aprenderlo personalmente cada vez más.
Hoy existen escuelas de oración, grupos de
oración; se ve que la gente la desea.
Muchos buscan la meditación en alguna otra
parte, porque piensan que en el cristianismo
no pueden encontrar la dimensión espiritual.
Nosotros debemos mostrarles de nuevo que
esta dimensión espiritual no sólo existe,
sino que además es la fuente de todo.
Con este fin debemos multiplicar
esas escuelas de oración, donde se enseñe a
orar juntos, donde se pueda aprender la
oración personal en todas sus dimensiones:
como escucha silenciosa de Dios, como
escucha que penetra en su Palabra, que
penetra en su silencio, que sondea su acción
en la historia y en mi persona; comprender
también su lenguaje en mi vida y luego
aprender a responder orando con las grandes
plegarias de los Salmos del Antiguo y del
Nuevo Testamento.
Las palabras para dirigirnos a Dios
no las tenemos por nosotros mismos, sino que
nos han sido concedidas: el Espíritu Santo
mismo ya ha formulado palabras de oración
para nosotros; podemos penetrar en ellas,
orar con ellas, aprendiendo así también la
oración personal, aprendiendo cada vez más
"a Dios" para tener certeza de él, aunque
calle; para alegrarnos en Dios.
Este íntimo estar con Dios y,
por tanto, la experiencia de la presencia de
Dios es lo que nos permite experimentar
continuamente, por decirlo así, la grandeza
del cristianismo, y luego nos ayuda también
a atravesar todos los pequeños detalles en
los cuales, ciertamente, debemos vivirlo y
realizarlo día a día, sufriendo y amando, en
la alegría y en la tristeza.
Desde esta perspectiva, a mi
entender, se ve el significado de la
liturgia también precisamente como escuela
de oración, en la que el Señor mismo nos
enseña a orar, en la que oramos con la
Iglesia, tanto en la celebración sencilla y
humilde con unos cuantos fieles, como
también en la fiesta de la fe. Ahora, en las
diversas conversaciones, he vuelto a
comprobar precisamente cuán importante es
para los fieles, por una parte, el silencio
en el contacto con Dios y, por otra, la
fiesta de la fe; cuán importante es poder
vivir la fiesta.
También el mundo tiene sus fiestas.
Nietzsche llegó a decir: sólo podemos
hacer fiesta si Dios no existe. Pero eso es
absurdo: sólo puede haber una verdadera
fiesta si Dios existe y nos toca. Y
sabemos que estas fiestas de la fe abren de
par en par el corazón de la gente y producen
impresiones que ayudan con vistas al futuro.
En mis visitas pastorales a Alemania,
Polonia y España he comprobado nuevamente
que allí la fe se vive como una fiesta y que
acompaña luego a las personas y las guía.
En este contexto quisiera mencionar
otro hecho que me ha causado una impresión
muy profunda. En la última obra de santo
Tomás de Aquino, inconclusa, el
“Compendium theologiae”, que quería
estructurar sencillamente según las tres
virtudes teologales, fe, esperanza y
caridad, el gran doctor comenzó el capítulo
de la esperanza, y lo desarrolló
parcialmente. Allí, por decirlo así,
identifica la esperanza con la oración:
el capítulo sobre la esperanza es, al mismo
tiempo, el capítulo sobre la oración. La
oración es esperanza en acto. De hecho, en
la oración se desvela la verdadera razón por
la cual es posible esperar. Nosotros podemos
entrar en contacto con el Señor del mundo;
él nos escucha y nosotros podemos escucharlo
a él. A esto aludía san Ignacio; y es lo que
yo quería recordaros una vez más: "El
cristianismo no es obra de persuasión, sino
de grandeza" ?" Ou peismones to ergon,
alla megethous estin ho Christianismos"?
(Carta a los Romanos, III, 3).
Lo realmente grande en el
cristianismo es este poder entrar en
contacto con Dios, lo cual no dispensa de
las cosas pequeñas y diarias, pero tampoco
debe quedar ocultado por ellas.
La segunda reflexión que me ha
venido a la mente durante estos días atañe a
la moral. Escucho a menudo decir que hoy la
gente tiene nostalgia de Dios, de
espiritualidad, de religión, y que se
comienza a ver de nuevo a la Iglesia como
posible interlocutora, que puede dar una
contribución a este respecto (ha habido un
período de tiempo en que esto, en el fondo,
sólo se buscaba en las otras religiones).
Cada vez se toma mayor conciencia de que
la Iglesia es una gran portadora de
experiencia espiritual; es como un
árbol, en el que pueden anidar las aves,
aunque luego quieran de nuevo volar lejos,
pero precisamente es el lugar donde pueden
descansar durante cierto tiempo.
En cambio lo que resulta muy
difícil a la gente es la moral que la
Iglesia proclama. Sobre esto he
reflexionado -de hecho, ya reflexiono sobre
ello desde hace mucho tiempo- y veo cada vez
con mayor claridad que, en nuestra época, en
cierto sentido, la moral se ha dividido en
dos partes. No es que la sociedad
moderna sencillamente no tenga moral, sino
que, por decirlo así, ha "descubierto" y
reivindica otra parte de la moral que tal
vez no se ha propuesto suficientemente en el
anuncio de la Iglesia en los últimos
decenios, y también más. Son los grandes
temas de la paz, la no violencia, la
justicia para todos, la solicitud por los
pobres y el respeto de la creación.
Esto ha llegado a ser un conjunto
ético que, precisamente como fuerza
política, tiene gran poder y constituye para
muchos la sustitución o la sucesión de la
religión. En lugar de la religión, a la que
se ve como metafísica y algo del más allá
-tal vez incluso como algo individualista-
entran los grandes temas morales como lo
esencial que luego confiere al hombre
dignidad y lo compromete.
Esto es un aspecto; es decir, esta
moralidad existe y fascina también a los
jóvenes, que se comprometen en favor de la
paz, de la no violencia, de la justicia, de
los pobres y de la creación. Y realmente son
grandes temas morales, que por lo demás
pertenecen también a la tradición de la
Iglesia. Los medios que se proponen para su
solución, a menudo son muy unilaterales y no
siempre son aceptables, pero ahora no
debemos detenernos en esto. Los grandes
temas están presentes.
La otra parte de la moral, que con
frecuencia en la política se percibe de modo
muy controvertido, atañe a la vida. De esta
moral forma parte el compromiso en favor de
la vida, desde la concepción hasta la
muerte, es decir, su defensa contra el
aborto, contra la eutanasia, contra la
manipulación y contra la auto-legitimación
del hombre a disponer de la vida.
A menudo se trata de justificar
estas intervenciones con finalidades
aparentemente grandes: para utilidad de las
generaciones futuras. Así se presenta
también como algo moral incluso el
apropiarse de la vida misma del hombre y
manipularla. Pero, por otra parte, también
existe la conciencia de que la vida humana
es un don que exige nuestro respeto y
nuestro amor desde el primer instante hasta
el último, incluso cuando se trata de
personas que sufren, discapacitadas o
débiles.
En este contexto se presenta también
la moral del matrimonio y de la familia.
El matrimonio, por decirlo así, está cada
vez más marginado. Conocemos el
ejemplo de algunos países, donde se han
realizado modificaciones de la ley, según
las cuales el matrimonio ahora ya no se
define como unión entre un hombre y una
mujer, sino como unión entre personas. De
este modo, como es obvio, se destruye la
idea de fondo, y la sociedad, desde sus
raíces, se transforma en algo totalmente
diverso.
La conciencia de que la sexualidad,
el eros y el matrimonio como unión entre
hombre y mujer van juntos ?"los dos serán
una sola carne" dice el Génesis?, se
debilita cada vez más; todo tipo de unión
parece totalmente normal. Todo ello se
presenta como una especie de moralidad de la
no-discriminación y como un modo de libertad
que se debe al hombre.
Así, como es obvio, la
indisolubilidad del matrimonio se convierte
en una idea casi utópica, que precisamente
también desmienten en la práctica muchas
personas de la vida pública. De este modo
también la familia se desintegra
progresivamente. Desde luego, para el
problema de la disminución impresionante del
índice de natalidad se dan múltiples
explicaciones, pero con toda seguridad
también desempeña un papel decisivo el hecho
de que se quiere tener la vida para sí
mismos, de que se confía poco en el futuro y
de que precisamente se considera que ya no
es realizable la familia como comunidad
duradera, en la que puede crecer la
generación futura.
Por consiguiente, en estos ámbitos
nuestro anuncio choca contra una conciencia
contraria de la sociedad, por decirlo así,
con una especie de anti-moralidad, que se
apoya en una concepción de la libertad vista
como facultad de elegir autónomamente, sin
directrices prefijadas, como
no-determinación, por tanto como aprobación
de todo tipo de posibilidades, presentándose
así de modo autónomo como éticamente
correcto.
Pero la otra conciencia no ha
desaparecido. Existe, y yo creo que debemos
esforzarnos por volver a unir estas dos
partes de la moralidad y poner de relieve
que están inseparablemente unidas entre sí.
Sólo si se respeta la vida humana desde la
concepción hasta la muerte es posible y
creíble también la ética de la paz; sólo
entonces la no violencia puede expresarse en
todas las direcciones; sólo entonces
respetamos verdaderamente la creación; y
sólo entonces se puede llegar a la verdadera
justicia.
Creo que en este aspecto tenemos una
gran tarea por delante: por una parte, no
presentar el cristianismo como un simple
moralismo, sino como un don en el que se nos
ha dado el amor que nos sostiene y nos
proporciona la fuerza necesaria para saber
"perder la propia vida"; y, por otra, en
este contexto de amor donado, progresar
también hacia las realizaciones concretas,
las cuales siempre tienen como fundamento el
decálogo, que con Cristo y con la Iglesia
debemos leer en este tiempo de modo
progresivo y nuevo.
Así pues, estos eran los temas que a
mi parecer debía y podía añadir. Os
agradezco vuestra indulgencia y vuestra
paciencia. Esperamos que el Señor nos
ayude a todos en nuestro camino.